Dos hombres se cruzan en un sendero del bosque hace unos diez mil años. Uno lleva un arco, viste con pieles y es alto para su tiempo. Tiene buen aspecto y una dentadura sorprendentemente decente para alguien que jamás conocerá un dentista. Come carne, pescado, frutos, raíces, huevos, miel, bayas, semillas, lo que encuentre y sepa que puede comerse. Y sabe mucho. Conoce plantas que alimentan, plantas que curan y plantas que matan. Sabe dónde encontrarlas y en qué época. No tiene rey ni recaudador, nadie puede llamarle a filas y, si la comida escasea donde está, puede marcharse.
El segundo empuja un carro. Es agricultor. Y cuesta entender qué pudo llevar a sus antepasados a cometer semejante estupidez. Es más bajo. Sus dientes acusan una dieta mucho más monótona y cargada de carbohidratos. Vive hacinado con otros hombres y demasiado cerca de sus propios excrementos y de los de los animales, una feliz innovación para cualquier microorganismo emprendedor. Y trabaja. Vaya si trabaja.
Tiene que desbrozar el terreno, talar, arrancar tocones, retirar piedras, preparar el suelo, reservar para la siembra parte del grano que podría comerse, sembrar, escardar, proteger los brotes de los animales, vigilar que nadie robe la cosecha, esperar que llueva —pero no demasiado—, temer al granizo, segar exactamente cuando la planta decide que debe hacerlo, transportar, trillar, aventar, secar, almacenar, mantener alejados hongos, insectos y roedores, moler y, finalmente, cocinar. Además, la profesión tiene un horario peculiar. El cazador puede dejar de buscar comida cuando tiene bastante. Una cosecha madura no admite que la dejemos para el lunes. Hay que sembrar ahora, escardar ahora, segar ahora. Durante unas semanas se trabaja mientras haya luz porque seis meses de esfuerzo pueden desaparecer con una tormenta. Y después de todo eso puede aparecer un señor y llevarse una parte. Enhorabuena. Ha inventado la civilización.
Estamos hablando probablemente del acontecimiento más trascendental de la historia humana. Lo llamamos Revolución Neolítica y seguimos viviendo dentro de ella. La ciudad en la que vive, el Estado que le cobra impuestos, el dinero con que los paga, su jornada laboral, las guerras entre territorios, la propiedad de su casa, la pantalla donde está leyendo estas líneas: tire del hilo de casi cualquier cosa que organiza su vida y acabará llegando a aquellos hombres que un día decidieron quedarse quietos y cultivar su comida.
Hasta hace poco hemos tenido muy claro que fue un progreso, que tomamos la mejor decisión. Ahora está menos claro. Desde que Mark Nathan Cohen y George Armelagos reunieron en 1984 la evidencia disponible en Paleopathology at the Origins of Agriculture, los muertos han ido contando una historia bastante poco heroica de aquella revolución. Los primeros agricultores encogieron. Sus esqueletos muestran peor nutrición y más enfermedades; sus dientes, una explosión de caries. En Europa, estudios que combinan restos óseos y ADN antiguo han confirmado algo especialmente revelador: aquellos campesinos eran más bajos porque las condiciones en que vivían les impedían alcanzar la estatura que llevaban escrita en los genes.
Los dientes tampoco celebraron el progreso. El cereal proporcionaba muchas calorías y alimentaba a mucha gente, pero redujo brutalmente la variedad de la dieta y llenó la boca de carbohidratos fermentables. Çatalhöyük (en la imagen), la enorme población neolítica de Anatolia, nos ha dejado casi un historial médico de doce siglos. Clark Spencer Larsen y sus colegas encontraron allí enfermedad, desgaste físico, caries y una convivencia íntima con residuos humanos y animales. Los primeros campesinos descubrieron, entre otras cosas, maneras muy eficaces de enfermar juntos.
Sus huesos conservan también el trabajo. Moler cereal durante horas, arrodillarse ante molinos de piedra, cargar pesos, recolectar agachado y repetir los mismos movimientos durante años dejó huellas en rodillas, pies, brazos y columnas vertebrales. Las mujeres soportaron buena parte del procesamiento del grano. Miles de años después, sus esqueletos todavía recuerdan la jornada laboral.
A cambio podían tener más hijos. Para una mujer que se desplaza continuamente, un niño que aún no camina es literalmente una carga. Dos niños pequeños simultáneamente son un problema logístico. La lactancia prolongada contribuía a mantener períodos más largos de infertilidad y a espaciar los nacimientos. En una aldea nadie tiene que cargar con el pequeño durante kilómetros de marcha y, bastante pronto, éste puede empezar a resultar útil: vigilar animales, espantar pájaros, recoger combustible, acarrear agua, cuidar hermanos.
El paleodemógrafo Jean-Pierre Bocquet-Appel ha encontrado en los cementerios neolíticos la huella de ese cambio: calcula que la transición pudo suponer alrededor de dos nacimientos adicionales por mujer.
Y volvemos al principio: ¿por qué abandonó nuestro hombre del arco una vida aparentemente mejor para convertirse en el pobre desgraciado del carro? Respuesta rápida: porque nunca supo que lo estaba haciendo. Cada paso que dieron parecía el más sensato, hasta que fue demasiado tarde para volver atrás. Habían caído en la trampa.
Los natufienses del Próximo Oriente ya estaban aprendiendo a quedarse quietos antes de ser agricultores. Hace entre unos 15.000 y 12.000 años encontramos cazadores-recolectores que construyen asentamientos duraderos, almacenan alimentos, explotan intensivamente cereales silvestres y regresan a los mismos lugares. Imaginen el proceso: Aquí hay comida abundante: quedémonos un poco más. Si vamos a volver, construyamos algo mejor. Guardemos parte de lo que sobra. Favorezcamos las plantas que nos interesan. Arranquemos las que compiten con ellas. Esparzamos sus semillas cerca del asentamiento. Protejámoslas. Ya que tenemos más comida y no tenemos que cargar a nuestros hijos durante las migraciones, podemos tener alguno más.
Un día los descendientes de aquellos cazadores descubren que ya no pueden marcharse. Cabe entonces hacer una pregunta que Richard Manning explota deliciosamente en Against the Grain: ¿domesticamos nosotros al cereal o consiguió el cereal domesticarnos?
Si el trigo pudiera hablar, probablemente contaría una historia diferente. Un humilde pasto consiguió que un tipo que llevaba cientos de miles de años recorriendo el paisaje se instalara a su lado. Le convenció para talar bosques, arrancar las especies que competían con él, matar o espantar a los animales que pretendían comérselo, remover la tierra, llevarle agua, seleccionar sus semillas, proteger a sus descendientes y dedicar una parte considerable de su existencia a reproducirlo. Hoy el trigo cubre más de dos millones de kilómetros cuadrados del planeta. ¿Quién domesticó a quién?
El cereal consiguió además que nos quedáramos a vigilarlo. El cazador puede levantar el campamento. El agricultor ha enterrado meses de trabajo en el suelo. Su riqueza está a la vista. Sabemos dónde vive, qué produce, aproximadamente cuándo madurará y dónde guardará después la cosecha.
James C. Scott ha llamado la atención sobre la extraordinaria afinidad entre los cereales y los primeros Estados. El grano es visible, divisible, medible, transportable y almacenable. Un tubérculo permanece discretamente bajo tierra. Un rebaño puede salir andando. Un campo de cebada madura anuncia al recaudador cuándo conviene hacer una visita. El grano podía contarse. Podía acumularse. Podía heredarse. Podía robarse. Podía gravarse. El excedente almacenable hizo posibles a otra escala la acumulación, la desigualdad estable, el tributo, la administración y la especialización. Alguien podía vivir del grano sin cultivarlo. Habían aparecido el funcionario y el soldado.
Nuestro agricultor estaba cada vez más atrapado. Había perdido parte de los conocimientos que permitían vivir como sus antepasados, había transformado el paisaje y tenía demasiados hijos para volver atrás. Y precisamente esos hijos explican en buena medida por qué ganó.
Porque, a diferencia de lo que sucede en las historias de Disney, en la realidad no siempre gana el bueno, sino el que se reproduce más. Un territorio cultivado puede sostener una población muchísimo más densa que el mismo territorio explotado mediante caza y recolección. El cazador puede comer mejor, medir más, trabajar menos y no pagar impuestos. Pero hay veinte campesinos.
Y esos veinte tienen hijos.
Más gente exige más campos; más campos permiten alimentar a más gente; más gente exige nuevos campos. Llega un momento en que regresar resulta matemáticamente imposible. El bosque que mantenía a cien personas no mantendrá a mil. Y cuando ambas formas de vida compiten por el mismo espacio, una dispone de una ventaja que no tiene nada que ver con la salud, la libertad ni la felicidad de quienes viven en ella.
Pero la comparación entre nuestros dos protagonistas es imposible, porque solo conocemos la evolución de uno de ellos. Damos por supuesto que el cazador habría seguido siendo eternamente el mismo señor con arco y pieles mientras el agricultor avanzaba hacia Atenas, Roma, las catedrales, la imprenta, Bach, Newton, la penicilina y el Apolo 11. Pero no tenemos la menor idea, porque carecemos de grupo de control.
Sin embargo, la idea convencional de una sociedad cazadora-recolectora estática y simplicísima hay que ir descartándola. El pan, por ejemplo, es anterior al agricultor. Amaia Arranz-Otaegui y sus colegas encontraron en Shubayqa 1, en Jordania, restos carbonizados de una especie de pan plano elaborado por cazadores-recolectores natufienses hace unos 14.400 años, miles de años antes de la agricultura plenamente desarrollada en la región. Aquellos hombres ya recolectaban, molían, mezclaban y cocinaban cereales silvestres.
Es posible que también fabricaran cerveza, y eso sí es civilización. Li Liu y su equipo encontraron en morteros de piedra de la cueva de Raqefet, en Israel, restos que interpretaron como evidencia de fermentación de cereales hace unos 13.000 años, probablemente relacionada con banquetes rituales. La posibilidad resulta demasiado hermosa para omitirla: quizá el hombre inventó la cerveza antes que la agricultura.
Y está Göbekli Tepe. Hace unos 11.500 años, en la actual Turquía, hombres que todavía obtenían gran parte de sus alimentos de recursos silvestres levantaron enormes recintos con pilares de piedra de varias toneladas, animales esculpidos y una iconografía que todavía intentamos descifrar. Klaus Schmidt lo interpretó como un gran centro ritual de cazadores-recolectores. Hallazgos posteriores han revelado también arquitectura doméstica y una sociedad que estaba precisamente atravesando esa frontera borrosa entre ambos mundos. Para reunir a mucha gente, organizarla, hacerla trabajar en una obra monumental y construir una compleja vida ritual no hizo falta esperar primero al agricultor, la ciudad y el Estado.
Pero lo que sí sabemos es que nuestro cazador perdió a la larga, por simple cuestión aritmética.
Y aunque hemos hecho hincapié en todo lo malo que vino con la sedentarización —la esclavitud, las pestes, el hambre junto a graneros llenos, las guerras, los impuestos y millones de hombres que pasaron su vida doblados sobre un campo que pertenecía a otro—, también de ella salió todo lo bueno de nuestra civilización. De ella salieron el rey y el recaudador, pero también el escriba, el artesano, el arquitecto, el matemático, el filósofo, el músico, el científico. Surgieron ciudades y bibliotecas. El conocimiento pudo acumularse y transmitirse a una velocidad incomparable. Llegaron Sófocles y Chartres, Velázquez y Bach, el cálculo infinitesimal y la máquina de vapor, la anestesia, los antibióticos y las sondas espaciales.
Y acabamos donde empezamos, en esa encrucijada en el bosque. Imaginemos que nuestro cazador y nuestro campesino tienen una visión de lo que vendrá: ven las primeras ciudades y las primeras guerras. Las pirámides y los esclavos que las levantan. Atenas. Roma. Las grandes epidemias. Las catedrales. Shakespeare. Velázquez. Bach. Las trincheras. Auschwitz. La penicilina. La bomba atómica. Un hombre dejando una huella sobre la Luna.
Ahora sí pueden elegir. ¿Cuál de los dos se da la vuelta?