En noviembre de 1978, una lectora iraní que firmaba como Atoussa H. envió una carta a Le Nouvel Observateur. Iba dirigida a Michel Foucault, que había vuelto de Teherán entusiasmado con la revuelta contra el sha, en la que creyó ver una «espiritualidad política». Atoussa H. le advertía de que aquello, visto desde dentro, anunciaba un gobierno de clérigos que decidiría cómo debían vestir y vivir las mujeres como ella. Foucault despachó la carta con desdén. Unos meses después llegaron las ejecuciones y el velo obligatorio.
La escena resume lo que vendría después. Un intelectual de izquierdas idealiza el islamismo desde lejos; alguien que lo ha padecido le avisa, y él no escucha. Esa actitud tardaría todavía un par de décadas en recibir un nombre.
Un nombre para una deriva
En 1994, el trotskista británico Chris Harman convirtió aquella fascinación en estrategia. En The Prophet and the Proletariat sostenía que los revolucionarios podían marchar junto a los islamistas en unas luchas y enfrentarse a ellos en otras, y lo resumía en un lema: con los islamistas a veces, con el Estado nunca.
Al otro lado del Canal, el filósofo Pierre-André Taguieff, investigador del CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica de Francia) y estudioso del antisemitismo, observó lo mismo en las manifestaciones de apoyo a la segunda intifada. En La nouvelle judéophobie (2002) le puso nombre: islamo-gauchisme. El término apuntaba a una alianza concreta, nunca a los musulmanes o a la izquierda en bloque: la de dos tradiciones que discrepan en casi todo y coinciden en sus enemigos, que son Occidente, el capitalismo liberal, Estados Unidos e Israel. Para entender por qué esa coincidencia resulta tan extraña hay que mirar de dónde viene cada una.
Dos tradiciones opuestas
Cuando Hassan al-Banna fundó los Hermanos Musulmanes en Egipto, en 1928, su lema proclamaba el Corán como su constitución. Sayyid Qutb, su gran teórico, llevó la idea hasta el final en Hitos en el camino (1964): la soberanía pertenece sólo a Dios, y toda ley hecha por hombres es una forma de idolatría.
Esa tesis choca con la médula de Occidente, que se levantó, entre otras cosas, sobre una distinción antigua: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con los siglos, esa distinción permitió separar la ley civil de la religiosa. Sobre esa base se pudo promover la conciencia individual, la igualdad de hombres y mujeres ante la ley, la libertad de criticar cualquier creencia, incluida la propia, y la idea de que las normas se discuten y se votan. El islamismo impugna cada uno de esos pilares: somete al individuo a la comunidad de creyentes, subordina a la mujer, castiga la blasfemia y niega legitimidad a cualquier ley que no venga de lo alto.
La izquierda francesa llevó aquella separación de esferas más lejos que nadie, pues se forjó expresamente contra el clero: la ley de separación de 1905 fue obra suya, y durante un siglo la escuela laica, la libertad de las mujeres y el derecho a la blasfemia formaron parte de su identidad. Cuesta imaginar dos proyectos más opuestos. Y, sin embargo, una parte de esa izquierda comparte hoy pancarta con el otro.
Cada parte cree usar a la otra
La explicación es, sobre todo, práctica. Una izquierda que había perdido el voto obrero buscó un nuevo sujeto histórico en los inmigrantes y sus hijos, definidos ante todo por su religión. El oprimido dejó de ser el obrero de la fábrica y pasó a ser el creyente de la periferia. Con él llegaban votos concentrados en ciertos barrios y una causa moral con la que sustituir la que se había ido apagando con la prosperidad económica.
El islamismo obtuvo a cambio el vocabulario del antirracismo con el que presentar cualquier crítica como discriminación. La palabra clave es «islamofobia». Pascal Bruckner denunció en Un racisme imaginaire (2017) que el término convierte la crítica de una religión en odio a sus fieles: quien cuestiona el velo queda equiparado a quien insulta a un musulmán por la calle. Años antes, Caroline Fourest había desmontado en Frère Tariq (2004) el doble lenguaje de Tariq Ramadan (nieto del fundador de Los Hermanos Musulmanes), por decir una cosa ante el público europeo y otra ante los suyos.
Cada parte cree estar utilizando a la otra. El intercambio, con todo, es desigual. El islamismo tiene un proyecto que no cambia de una elección a la siguiente; la izquierda que lo corteja ajusta su discurso a la clientela que busca. Un ejemplo lo tenemos en Irene Montero y su silencio sobre las violaciones diarias en Ceuta.
De la pancarta al escaño
El 10 de noviembre de 2019, Jean-Luc Mélenchon encabezó en París una «marcha contra la islamofobia». Entre los convocantes estaba el Colectivo contra la Islamofobia en Francia, que el Gobierno disolvió en 2020 acusándolo de haber alimentado la campaña contra Samuel Paty, el profesor decapitado por mostrar caricaturas de Mahoma.
Mélenchon, antaño laicista intransigente, ha construido su estrategia en torno a la «nueva Francia» de las periferias y los hijos de la inmigración. Tras el 7 de octubre, La Francia Insumisa llamó «ofensiva armada» a la matanza de Hamás y evitó durante semanas la palabra terrorismo. En marzo de 2026, el partido ganó las alcaldías de Saint-Denis y Roubaix.
El Reino Unido ofrece la versión más amarga. En 2024, George Galloway ganó en Rochdale con una campaña centrada en Gaza. Pero el efecto más grave de la etiqueta de islamofobia no se mide en escaños. El informe de Alexis Jay calculó en 2014 unas 1.400 víctimas de explotación sexual sólo en Rotherham entre 1997 y 2013, y documentó cómo el miedo a parecer racistas paralizó a funcionarios y concejales. Ese miedo pesó más que el deber de proteger a unas niñas.
Las voces incómodas
A pesar de que se atribuye el uso y concepción del término a una supuesta «extrema derecha», muchos de quienes han dado la voz de alarma desde hace tiempo no encajan en esta etiqueta. Élisabeth Badinter (filósofa y feminista) lleva décadas reprochando a la izquierda que abandone a las musulmanas que rechazan el velo. En el mundo anglosajón Nick Cohen y Paul Berman, dos hombres de izquierdas, han escrito contra la complacencia de sus colegas en este aspecto.
Uno de los casos más elocuentes es el de Kamel Daoud. En 2016, tras las agresiones de Nochevieja en Colonia, escribió sobre el islamismo y el cuerpo femenino. Un grupo de académicos le tachó en Le Monde de islamófobo: un argelino amenazado de muerte por los islamistas recibía lecciones de antirracismo desde París. En 2024 ganó el Goncourt con Houris, la historia de una joven a la que un islamista degolló durante la década negra argelina.
La hipótesis de Sumisión
La literatura ha imaginado adónde puede llevar esta deriva. Sumisión, de Michel Houellebecq, salió a la venta el 7 de enero de 2015, el día de la matanza de Charlie Hebdo. En la Francia de 2022 que imagina la novela, el candidato de la Fraternidad Musulmana, Mohammed Ben Abbes, llega al Elíseo porque socialistas y conservadores prefieren apoyarle antes que ver ganar al Frente Nacional. Nadie conspira. Cada partido hace un cálculo razonable, y la suma de esos cálculos entrega el país. Las mujeres dejan de trabajar y el narrador, un profesor desencantado, se convierte al islam por comodidad y conveniencia.
¿Qué probabilidad hay de que algo así ocurra? Los datos piden cautela. Según las proyecciones del Pew Research Center, los musulmanes eran en 2016 el 8,8 % de la población francesa y serán en 2050 entre el 12,7 % y el 18 %, según el ritmo de la inmigración. Ni en el escenario más alto se acercan, de momento, a una mayoría. El voto musulmán no es un bloque y no existe en Francia ningún partido confesional con peso. Un presidente islamista resulta todavía improbable.
El riesgo verosímil es otro, en la línea de lo retratado por Houellebecq. Una minoría del 15 %, joven y concentrada, basta para decidir alcaldías y para que los partidos ajusten su discurso a sus portavoces más ruidosos. En 2020, una encuesta del IFOP indicó que el 74 % de los musulmanes franceses menores de 25 años anteponía sus convicciones religiosas a los valores de la República. Si la izquierda sigue cortejando a los más rigoristas, la sumisión puede llegar sin noche electoral, en forma de pequeñas concesiones (como el burkini que Grenoble autorizó en sus piscinas en 2022 y que el Consejo de Estado tumbó) y de silencios: profesores que esquivan ciertos temas, editores que se lo piensan dos veces, etc.
Una carta sin respuesta
El término islamoizquierdismo tiene detractores serios. En 2021, el CNRS negó que fuera una «realidad científica», y muchos lo ven como una etiqueta vaga que la «extrema derecha» usa como arma. Pero una discusión sobre los términos no vuelve imaginario lo que se nombra. Taguieff, Fourest o Cohen no son de «extrema derecha», y sus argumentos descansan en hechos comprobables: el comunicado de La Francia Insumisa tras el 7 de octubre, las estrategias electorales o el silencio de Rotherham.
Lo que se le reprocha a esa izquierda es haber suspendido su propia tradición laica ante la única religión que en Europa aspira aún a gobernar la vida pública. El precio lo soportan las chicas a las que su barrio vigila la falda, los homosexuales, los musulmanes laicos que esperaban refugio en la izquierda y escritores como Rushdie o Daoud, que han pagado con su seguridad lo que otros discuten desde un despacho.
Atoussa H. escribió a Foucault hace casi medio siglo. Una parte importante de la izquierda europea sigue sin contestar aquella carta.