Que el problema son las élites, nuestras indignas y vergonzantes élites, eso lo sabemos desde hace ya mucho tiempo. En realidad, las nuestras ni siquiera son élites. Ocupan, es cierto, el primer lugar, el del poder, el del mando; pero sin desempeñarlo como lo desempeñaban los aristoi, los mejores, que decían los griegos.
Gracias a su posición, nuestras élites vergonzantes se lucran a manos llenas, pero el problema no está ahí. Siempre, en todos los tiempos, las élites se han beneficiado de su posición, lo cual es lógico y bien está que así sea (el subrayado significa: he aquí uno de los abismos que nos separan del resentimiento izquierdista). El problema consiste en que, no haciendo otra cosa que lucrarse a mansalva, nuestras élites incumplen su misión fundamental, la que hacía que, en las sociedades jerárquicas, las aristocracias tuviesen sentido y grandeza: la misión de dar ejemplo, de encarnar el arquetipo que la sociedad consideraba el más alto y señero.
A decir verdad, también nuestras pseudoélites dan ejemplo, también ellas personifican el arquetipo de nuestro orden de cosas. El problema es que este orden, lejos de ser grande, noble y superior, es pequeño, rastrero y vulgar. Es el orden del materialismo rampante que ha logrado, es cierto, un prodigio: depararnos la existencia más muelle y longeva jamás alcanzada por los hombres, al tiempo —he ahí el drama— que, reduciendo el vivir a un mero vegetar, todo se ha impregnado de sinsentido y absurdidad.
No todos los males, sin embargo, provienen del materialismo. Junto con él, hay otras cosas. Hay el individualismo, que, extirpando arraigos, nos priva de identidad; y hay el igualitarismo, que, envolviéndonos con su señuelo —«todos iguales, nadie superior»—, lo rasea todo por abajo y nos hunde en la charca en la que chapotean los átomos de la individualidad. Está tan arraigado el espíritu igualitario (alguna especie de arraigo hay que tener…) que hasta lo proclaman las pseudoélites que, por su poder, su posición y sus medios, son la negación misma de la igualdad; unas pseudoélites que, si alguna vez se les ocurriera encarnar un orden jerárquico y superior, rechazarían la idea, horrorizadas ante tal insensatez.
¿Y el pueblo en todo ello?
El pueblo: ese pueblo al que nos agarramos como un clavo ardiendo; esas buenas gentes que, ante la deserción de las «egregias minorías», constituyen la única luz en la que confiar si queremos que un día se alumbre un nuevo amanecer.
El pueblo: ese pueblo en el que, pese al individualismo que también lo gangrena, aún perduran restos de los antiguos arraigos. Persisten en él sentimientos de apego familiar, anhelos de un sentido superior, sagrado, pertenencia al gran todo llamado patria, mantenimiento de tradiciones, ritos y cultos llegados del fondo de los tiempos.
Por eso somos, por eso hay que ser populistas.
Una pregunta, sin embargo, no puede dejar de inquietarnos: ¿no estaremos haciéndonos demasiadas ilusiones sobre las virtudes populares? Si ensalzamos tanto a las clases bajas… Pero no. «Ya no hay clases bajas ni altas. Sólo plebe pobre y plebe rica», dice con razón el gran Nicolás Gómez Dávila. Si tanto ensalzamos a la plebe pobre, ¿no será por la imposibilidad de confiar en la plebe rica?
Tomemos un ejemplo. Las buenas gentes del pueblo de Madrid que durante dos días, el 21 y 22 de noviembre de 1975, formaron colas kilométricas para rendir un último homenaje a Francisco Franco, ¿no eran acaso las mismas que en las elecciones de 1977 no dieron ningún diputado a Blas Piñar y su Fuerza Nueva (uno solo le concederían en 1979)?
No nos extrañemos demasiado. Su comportamiento no deja de ser lógico si pensamos que ese pueblo tan amante de la familia y de sus costumbres, tan fiel a la patria y a sus tradiciones, es el mismo que, durante cincuenta años en España y ochenta en todo Occidente, ha estado apoyando con su fiel voto a quienes tenían como empeño romper la patria, extirpar raigambres y demoler tradiciones.
Hay más. Cuando ya nadie puede ignorar la magnitud de los desafueros cometidos por el actual Gobierno socialista, todavía hay en España unos 6,5 millones de votantes dispuestos a apoyar a los representantes de un partido que quizás sea socialista, pero en ningún caso es obrero ni español.
Veamos otro caso de lo tornadiza que puede ser la buena gente del pueblo. Pensemos en lo ocurrido en Hungría (o en Polonia, donde también sucedió algo parecido). Durante doce años, el pueblo magyar ha estado sosteniendo y dando constantes mayorías de gobierno a Viktor Orbán y a su partido Fidesz. Luchando a brazo partido contra brutales sanciones impuestas por la Unión Europea, los dirigentes húngaros lograron forjar el que habrá sido el régimen más antiglobalista, antiinmigracionista y antiliberal[1] de toda Europa.
Así fue sucediendo, elección tras elección, hasta que en las del pasado abril se produjo un vuelco total. La mayoría absoluta con la que Fidesz contaba en el Parlamento se derritió como hielo al sol. Se convirtió en un escuálido 19,6% de los sufragios, la mayoría de los cuales fueron a parar al nuevo partido de Péter Magyar, un antiguo dirigente de Fidesz, convertido de la noche a la mañana en ardiente partidario del globalismo y de las políticas apátridas de la UE.
La pregunta es pues:
¿Tiene sentido, es legítimo que cada cuatro años se pueda votar, no para elegir a los mejores dentro de una determinada constelación de ideas, sino para escoger entre dos concepciones del mundo diametralmente opuestas? ¿Qué Estado puede edificarse, qué sociedad construirse de tal modo? ¿Qué autoridad puede ejercer su mando cuando, al cabo de doce años de esfuerzos y tesón, el pueblo echa por la borda todo lo que se había emprendido hasta entonces?
Agarremos el toro por los cuernos y formulemos la pregunta que nadie plantea. ¿Es legítimo someterse a las veleidades de la voluntad popular?
Si respondemos afirmativamente; si consideramos que, aunque la voluntad popular decida demoler el edificio, es ella quien constituye su piedra angular; si aceptamos sin reserva el postulado primero de la democracia liberal, ¿no estamos cayendo en la disolución con la que ésta lo disuelve todo? ¿No estamos pretendiendo que todo es aleatorio, relativo, que no hay ni principios firmes, ni valores sustantivos, ni verdades sustanciales que sostengan el edificio? ¿No se disuelven sus cimientos al albur de lo que las masas aprueben hoy y desaprueben mañana? ¿No se desagrega todo de tal forma que hasta lo más básico y elemental —la identidad antropológica: ser hombre o mujer— puede disolverse mediante simple declaración en el Registro Civil?
Tal es el riesgo cuando el orden de la Ciudad depende de las masas y nos sometemos a ellas. Someterse, he ahí la palabra. Someterse como siempre se han sometido los hombres y siempre se someterán. Tres son las formas de sometimiento. La primera es la clásica, la obvia: la sumisión brutal y feroz al tirano, que todos rechazan… pero muchos aceptan aferrándose a la servidumbre voluntaria de la que hablaba Étienne de la Boétie. La segunda es esta misma sumisión, pero disfrazada con aderezos nocivos, adornos perniciosos y gregarismo de masas; es la sumisión que acarrea, sobre todo, el buenismo democrático, ese angelismo que sueña con «la paz perpetua y universal» (Kant), «la gobernanza mundial» (Soros) y la supresión de cualquier forma de sometimiento. La tercera sumisión es la que, poniendo las cartas boca arriba, emana de un orden firme y hasta duro, pero que, excluyendo toda arbitrariedad, se ciñe a leyes claras y normas estrictas. Especialmente las que consagran la libertad de expresión y asociación, esos grandes principios democráticos —ésos sí son grandes, ésos sí son nobles— que los «demócratas» aún en el poder se dedican a cercenar tan pronto como ven peligrar su hegemonía.
El caso del régimen de Nayib Bukele en El Salvador ilustra a la perfección este último caso. ¿Quién no acataría, gustoso, un poder incontestado e incontestable, firme y seguro, pacificador y bienhechor como el de ese Bukele que, vulnerando con justo criterio los derechos humanos de los asesinos pandilleros (pero de nadie más), prorroga en medio de un clamoroso aplauso popular sus mandatos presidenciales sin que nada de ello entrañe menoscabo para las libertades de expresión y asociación? ¿Quién preferiría, por el contrario, el segundo tipo de sumisión; la ofrecida a quien se agarre al nihilismo y se someta a las masas, a sus veleidades y necedades? Y al decir «masas», nos referimos tanto a la «plebe pobre» como a la «plebe rica» de una burguesía que, empapándose de vulgaridad hasta el tuétano, la ha convertido, junto con la tríada materialismo-individualismo-igualitarismo, en signo distintivo de los tiempos.
¿Qué hacer?
¿Qué hacer si las élites nos han fallado y el pueblo —lo único que, pese a sus inconstancias, aún se mantiene parcialmente sano— también puede fallar?
Se imponen dos cosas. Por un lado, proseguir lo que llevamos haciendo desde hace tanto tiempo: continuar la labor metapolítica consistente en analizar, explicar y difundir la nueva concepción del mundo cuya implantación se trata de lograr.
Se impone, sin embargo, una corrección importante. Si nuestras élites, olvidándose de altas miras y nobles objetivos, se retuercen en el fango de lo feo y lo bajo, suya es, ante todo, la responsabilidad. Pero no es sólo suya. Hemos descuidado a nuestras élites; las hemos dejado solas. A nadie se le ha ocurrido acercárseles para intentar que una fracción significativa de ellas deje de caracterizarse por el calificativo que les corresponde: vergonzantes.
Semejante tarea no es fácil; es ardua y compleja. Pero no imposible. Desde sus posiciones de alto poder, algunos magnates (piénsese, por ejemplo, en el hombre más rico del planeta) ya cuestionan, con todas las limitaciones e inconsecuencias que se quiera, el rumbo seguido por los tiempos. Sea como sea, una evidencia salta a la vista: nunca las clases populares han cambiado por sí solas el rumbo del mundo. Siempre, en todas las grandes transformaciones y revoluciones de la historia, ha estado implicada una fracción de quienes ocupaban hasta la víspera la cúspide del poder. No hay razón para pensar que, ante el cambio de época que se vislumbra en el horizonte, las cosas puedan ser distintas.
Pero se trata también de otro asunto. Se trata de emprender lo que siempre se ha dicho que debería emprenderse cuando, quitándole su prefijo a la metapolítica, haya que lanzarse al combate que pone directamente la mira en el poder político y su conquista.
Nada aún está decidido, pero es indudable que el panorama está cambiando a un ritmo acelerado. Toda una plétora de fuerzas soberanistas, identitarias, de la derecha radical… —algún día habrá que encontrar una única denominación — están al acecho del poder en casi todo Occidente.
No todas estas fuerzas , es cierto, actúan con igual determinación. Algunas ya están poniendo paños calientes a sus políticas; otras quizá los pongan el día en que triunfen. ¿Qué ocurrirá, por ejemplo, si dentro de unos meses el tándem Marine Le Pen-Jordan Bardella llega al poder en Francia? ¿Avanzarán por el camino que está recorriendo la intrépida Alternativa para Alemania? ¿O se decantarán por la senda moderada que sigue Georgia Meloni y sus Fratelli d’Italia?
¿Qué nos deparará un futuro tan apasionante como el que está a la vista? Cualquier cosa que nos depare, convendría no olvidar que lo político no siempre se ciñe a lo moral y a lo verdadero. Trenzado como está de afectos y sentimientos, azares y pasiones, el orden político se caracteriza por un constante entrecruzamiento de lo posible y lo imposible, lo deseable y lo indeseable. Y como no siempre se acierta con la dosis adecuada de lo ideal y lo posible, pueden ocurrir dos cosas. O bien altas verdades y ecuánimes propósitos, pero imposibles de realizar, pueden conducir a estrepitosos fracasos y sangrantes derrotas. O bien puede ocurrir al revés: a fuerza de no atreverse a arriesgar nada, a base de buscar sólo lo posible y lo razonable, puede caerse en un posibilismo de cortas miras que olvide los objetivos que de verdad importan.
La Gran Encrucijada
Navegando entre tales escollos, va avanzando —pero también puede naufragar— la nave que, en estos primeros años del vigesimoprimer siglo de nuestra era, nos ha llevado a la más apasionante y arriesgada de las encrucijadas.
Empiezan a desmoronarse en este cruce de caminos los mitos fundadores de la modernidad. El igualitarismo, el individualismo, el desarraigo histórico, la pérdida de identidad colectiva…, todo ello es puesto en la picota por el fantasma que, como el de Marx, pero profundamente opuesto a él, recorre Europa.
¿Acabará triunfando el fantasma? ¿Se abrirán nuevos tiempos desbordantes de belleza, vigor y verdad? Depende. Pero no sólo del empeño, valor e inteligencia que se pongan en la refriega. También depende, como todo en la vida, como todo en la historia, de esa cosa impalpable e indeterminable que los antiguos, considerándola incluso superior a los dioses, llamaban el fatum: los hados y sus imprevisibles designios.
Pero como no podemos acceder a sus designios, limitémonos a los nuestros. Sigamos interrogando los caminos de la nave que, como un fantasma, recorre Europa y el mundo.
Lo material y lo espiritual
O lo que es lo mismo: el materialismo y lo sagrado.
Poco se aborda, escasamente se denuncia este otro desmoronamiento —el de lo sagrado— de un mundo que reduce todo a lo material y racional. Hasta hace poco, se solía condenar el materialismo en nombre del ansia consumista que embargaba (aunque con opuestas posibilidades…) tanto a la plebe rica como a la pobre. Pero eran otros tiempos: las vacas gordas todavía pastaban en nuestros prados; aún no habían llegado las vacas flacas de la precariedad que, desencadenada por oligarcas y plutócratas, nos agobia hoy a todos (menos a ellos).
Las ansias consumistas se mantienen con el mismo vigor de siempre, pero ya no pueden satisfacerse igual. ¿Qué sentido tendría entonces denunciar denodadamente un consumismo al que la mayoría sólo puede acceder con hartas limitaciones? No tendría sentido; no se puede ni se debe. Pero sí se puede abordar por su otro lado la cuestión del materialismo.
Este otro lado es el de la indigencia espiritual en la que nos hunde la dupla materialismo-racionalismo. Consiste en el desvanecimiento de cualquier aliento superior, de cualquier vibración de «lo sagrado», de cualquier presencia de «lo numinoso», como lo llama Miguel Ángel Quintana Paz. Lo que se desvanece es tanto «lo sagrado» que arde en lo divino como «lo numinoso» que alumbra en lo bello. La belleza del arte, es cierto, sigue gustando (o siguen los turistas diciendo que les gusta), pero ya no estremece, ya no alumbra al mundo. ¿Cómo podría hacerlo cuando por primera vez en la historia —véanse los garabatos de nuestro «arte contemporáneo», véanse los mastodontes que entristecen a nuestras calles grises— los hombres han colocado lo feo y lo anodino ahí donde siempre había señoreado lo bello y lo sublime.
La cuestión es inmensa y ha sido desarrollada, con el detenimiento que no permite un artículo, en otro lugar[2]. Baste señalar que su importancia no estriba sólo en la necesidad de reconquistar lo bello y desterrar lo feo. Si ello es crucial, también lo es la cuestión que de ahí se deriva.
Mil proyectos
¿Son suficientes los objetivos identitarios adoptados hasta ahora por el fantasma que recorre Europa? ¿Bastan tales banderas para que, triunfando, se pase de la fantasmagoría a la realidad?
Ondean en tales banderas la excelencia antiigualitaria, la identidad arraigada en la historia, la reafirmación del mando y la autoridad, la supresión de la soledad individualista, la victoria sobre las hordas que invaden nuestras patrias, así como la consecución de un bienestar que, sacándonos de la actual precariedad, nos devuelva a la bonanza que conocíamos en tiempos no tan lejanos.
Si en los palacios del poder se izara solamente una parte de tales banderas, la victoria ya sería considerable y la vida, mucho más vivible. Ahora bien, ¿cómo lograr la victoria sin un consenso social que, masivo y arrollador, acabe con el orden vigente? ¿Y cómo conseguir tal consenso sin un gran proyecto galvanizador de afectos, ansias y voluntades?
No tenemos este proyecto. Tenemos, por supuesto, mil proyectos políticos, mil programas de acción, pero que no implican un proyecto de mundo, de mundo nuevo. No hay nada verdaderamente novedoso en las banderas antes indicadas: identidad, comunidad, tradición… Sus objetivos son indispensables, pero reactivos: reaccionan ante el nihilismo desarrollado por nuestras pseudoélites… y compartido hasta hace cuatro días por todo el mundo.
Lejos de proponer una nueva sensibilidad, un nuevo imaginario, un nuevo orden de cosas, tales banderas nos llevan —insisto: por indispensables que sean— a regresar a lo que existía no hace tanto tiempo. Implican volver a la bonanza económica de los años sesenta y setenta del pasado siglo, suponen regresar a las raigambres sobre las que siempre se han asentado los pueblos, significan reafirmar unas identidades cuya aniquilación ya estaba en germen desde que en 1945 concluyó la Guerra Civil europea, pero cuya demolición sólo se ha emprendido resueltamente en los últimos tiempos.
Nada hay que objetar contra el retorno a lo que nos ha sostenido durante siglos. Tenemos que volver a ello, pero innovando. Bien está conservar, pero la «revolución conservadora» —conservar y a la vez transformar— está mucho mejor[3]. Ello es especialmente necesario por dos razones. Si el mundo de ayer, que diría Zweig, abundaba en virtudes que se impone mantener, también es mucho lo que se ha de desterrar. La otra razón es que aquel mundo asentado sobre la identidad, el arraigo y la tradición era inseparable del fervor religioso que lo envolvía. Y este fervor —volveremos a ello— está hoy por hoy desaparecido.
También es admirable, obviamente, reaccionar contra nuestros opresores. Pero no basta. No basta con repudiarlos si este repudio no contiene la perspectiva de reemplazar el orden actual por otro nuevo: grande, noble, afirmativo. No basta con decir ‘no’; hay que saber decir ‘sí’. Sí a un nuevo proyecto forjador de mundo; sí a una nueva sensibilidad que no se limite a reconstruir el suelo sobre el que los hombres se han erguido durante siglos.
Si siguiéramos sin proyecto, ¿qué fervor podría sostener a nuestros pueblos en una lucha en la que el enemigo se defenderá con uñas y dientes? Será tanto más encarnizada la lucha cuanto que lo que se trata de cambiar no es sólo tal o cual gobierno, tales o cuales políticas. Lo que se trata de cambiar es el mundo.
El Proyecto
Cambiar nuestro mundo desacralizado, desespiritualizado, por otro de alto voltaje espiritual. He aquí el Proyecto: convertir el desierto por el que vagamos en un vergel donde se proclame alto y fuerte cuál es nuestro destino, quiénes somos, para qué estamos en el mundo.
Saber y proclamar tales cosas, vivir conforme a ellas y gracias a ellas, eso sí es un proyecto, eso sí es fascinante: saber y sentir con hidalguía por qué se vive, por qué se muere. No adormecidos por construcciones metafísicas o teológicas de otros tiempos, sino embriagados por «el seductor destello de oro —decía Nietzsche— en el vientre de la serpiente vita»[4].
¿Cómo puede brillar —grande, firme, incontrovertible— algo tan leve e inconsistente como el destello de oro en el vientre de la serpiente vita? ¿Cómo puede el caminante avanzar con paso firme y decidido cuando «no hay camino, sino estelas en la mar», que decía don Antonio Machado? ¿Qué puede, en una palabra, dar consistencia a lo inconsistente, realidad a lo evanescente? ¿Qué puede obrar tal milagro, sino lo bello, lo sagrado, lo divino? Y cuando decimos «divino», hay que pensar en una divinidad que, acogiendo la contradictoria realidad de lo mítico, reconozca que es ahí donde se halla su casa: en el alto campo de lo poéticamente mítico.
Sólo así, merced a un Dios que sepa bailar y poetizar, merced a un arte que quiera de nuevo ser grande; merced, en fin, a «lo sagrado —esa conjunción de lo ficticio y lo verdadero, de lo mítico y lo real— se podrá insuflar fulgor y magnificencia a un mundo que, muerto el Dios todopoderoso y absoluto, desvanecido cualquier Absoluto, se debate entre despeñarse por el abismo o renacer en una nueva plenitud.
«Tenemos el arte —decía también Nietzsche— para no perecer a causa de la Verdad». De la Verdad suprasensible, dicen los filósofos; de la Verdad sobrenatural, dicen los teólogos. Cuando ya ninguna de ellas es posible ni legítima, sólo otro tipo de verdad —mítica, poética— puede iluminar el mundo.
¿Es posible? ¿Puede semejante verdad cumplir tan alta misión? No sólo la de iluminar a quienes recibimos con júbilo el zarpazo de lo sagrado. La misión, sobre todo, de iluminar al conjunto de los hombres, tan toscos, tan zafios —y tan entrañables— como pueden ser.
¿Es posible? ¿Ha ocurrido alguna vez algo parecido?
Por lo que hace a lo divino, la respuesta es evidente. Como el aire que, al envolver la vida, la hace existir, así lo divino ha envuelto el mundo en todas las civilizaciones, culturas y épocas. Menos en la nuestra.
Pero ¿el arte? ¿Puede el arte iluminar al mundo?
«Los griegos, ese pueblo de artistas», decía igualmente Nietzsche (y ya no lo cito más). Lo mismo habría podido decir de los hombres del Renacimiento y, aunque en grado menor, de quienes se apiñaban en catedrales góticas, rezaban en templos barrocos, sacaban en procesión a hermosas Vírgenes y benefactores santos, recitaban romances castellanos o asistían a dramas, comedias y autos sacramentales.
La mayoría de ellos eran torpes, incultos, analfabetos; lo cual no era óbice para que el fuego de lo bello, desparramándose por campos, calles y plazas, impregnara el aire de la Ciudad. De eso se trata: de impregnar un aire en el que también debía de pensar Filippo Tommaso Marinetti cuando, frente a lo insípido y prosaico de la democracia, propugnaba que el arte y su poderío —«artecracia», lo bautizó— empaparan, como su trasfondo, la Ciudad.
La Disyuntiva
Escuchemos a Tocqueville, que nos plantea un dilema tan apasionante como clarividente. Después…, elija usted, amable lector.
¿Quieres darle al espíritu humano cierta altura, una forma generosa de contemplar las cosas de este mundo? ¿Quieres inspirar en los hombres una especie de repulsa hacia los bienes materiales? ¿Ansías hacer surgir o conservar profundas convicciones y emprender grandes desvelos?
¿Se trata para ti de pulir las costumbres, elevar las maneras, hacer brillar las artes? ¿Anhelas poesía, furor, gloria?
¿Pretendes organizar un pueblo de forma que […] persiga grandes empresas y, cualquiera que sea el resultado de sus esfuerzos, deje una inmensa huella en la historia?
Si tal es, según tú, el principal objetivo que deben proponerse los hombres en sociedad, no adoptes el gobierno de la democracia: no te llevaría ciertamente a tu objetivo.
Pero si te parece útil desviar la actividad intelectual y moral del hombre hacia las necesidades de la vida material, y dedicarlo a que produzca bienestar; si te parece que para los hombres la razón es más provechosa que el genio; si no persigues en absoluto crear virtudes heroicas, sino costumbres tranquilas; […] si en lugar de obrar en el seno de una sociedad brillante, te basta con vivir en medio de una sociedad próspera; si, en fin, el principal objetivo de un gobierno, según tú, no consiste en absoluto en darle a todo el cuerpo de la nación la mayor fuerza o la mayor gloria posibles, sino en procurar el mayor bienestar y evitar la mayor miseria a cada uno de los individuos que lo componen; iguala entonces las condiciones y constituye el gobierno de la democracia.[5]
¿Ya ha escogido usted? ¿Con qué se queda? ¿Con una sociedad brillante y heroica, o con una sociedad próspera y medrosa? ¿Ansía para su patria virtudes heroicas o costumbres apacibles? ¿Opta por el genio o por la razón? ¿Por la gloria o por el bienestar?
Si elige lo segundo, si escoge lo cómodo y bonancible, si prefiere lo blando y biempensante, está usted optando por la democracia. No podemos sino recomendarle, en tal caso, que dé sus votos al Partido Popular. Si escoge, en cambio, lo primero —lo heroico , lo intrépido, lo poético—, no está eligiendo la democracia —no, al menos, la que conocemos hoy— y le recomendamos en tal caso que dé sus votos a Vox.
La disyuntiva de Tocqueville condensa en unas líneas fulgurantes el fondo de lo expuesto en estas páginas. Tiene, sin embargo, un defecto que no es achacable al pensador. Expresa con exactitud lo que era la democracia en la América de los años treinta del siglo XIX y desvela —¡menuda premonición!— lo que, durante los dos siglos que siguieron, se impondría por doquier.
Pero si esta disyuntiva es la que regía entonces e impera hoy, no debe ser la que impere mañana.
No hay ninguna razón de que sus dos términos se opongan como enemigos irreconciliables. No hay motivo para que la gloria se enfrente al bienestar, el genio excluya la razón, la riqueza reniegue de la belleza.
Sólo la burguesía, desde los siglos XIX y XX, ha llevado ambos términos a un enfrentamiento tan absurdo como mortal. ¿Acaso renegaban de la belleza aquellos ricos banqueros y generosos mecenas —los Medici— que en la Florencia renacentista llevaron el arte a su más alta cumbre? ¿Acaso renegaban del esplendor de lo bello los banqueros y burgueses venecianos que, plantando la belleza sobre el mar, levantaron la ciudad más hermosa de la tierra? La gloria que alcanzaron, ¿no radica en que supieron reunir en un haz lo que la democracia y el capitalismo separarían y opondrían después?
La respuesta es evidente; la pregunta se contesta por sí sola. Pero es otra la que nos importa. Bañando como estamos en la mayor abundancia jamás conocida y en la mayor fealdad jamás experimentada, ¿seremos capaces de aunar, como los antiguos, belleza, poder y riqueza?
En sí misma, la cosa es perfectamente posible; nada se le opone. Pero hace falta lo más importante: quererlo, desearlo. Hay que querer que la luz inquietante de lo sagrado ilumine un mundo que también debe entregarse a producir bienes y riquezas, bienestar y prosperidad. Con una condición: que la codicia y sus desmesurados afanes no coloquen el producir y el consumir en la cúspide del vivir; no hagan que dinero, bienes y productos sean el santo y seña de un mundo que convierte entonces el fulgor de lo sagrado en rémora de tiempos idos o en entretenimiento de tiempos presentes.
Que se conjunten (o no) dos cosas tan aparentemente opuestas —belleza y bienestar, intrepidez y comodidad, sacralidad y prosperidad— determinará nuestra suerte, marcará el destino de los hombres que la historia ha emplazado en la mayor de las encrucijadas. De ella parten dos caminos: o seguir despeñándonos por el abismo del nihilismo, la fealdad y la tosquedad; o alcanzar la gloria de conjuntar el mayor bienestar jamás conocido con el fuego arrebatador de lo bello, sagrado y divino.
(Ilustración: detalle del Retrato de Cosme I de Medici, de Agnolo di Cosimo)
[1] ‘Iliberal’ fue, más exactamente, el término que emplearon para no atemorizar en exceso a la biempensancia liberal.
[2] En mis libros Los esclavos felices de la libertad, Ediciones El Manifiesto, nueva edición corregida y aumentada, Madrid, 2026 (de próxima publicación), y en El abismo democrático, Ediciones Insólitas, Madrid, 2019.
[3] Aludo, por supuesto, al movimiento cultural, social y político que se desarrolló en Alemania entre los años 1919 y 1933.
[4] Nietzsche, La voluntad de poder, § 26.
[5] A. de Tocqueville, La démocratie en Amérique, vol. I, Bibliothèque de la Pléiade, Gallimard, París, 1983, pp. 281-282.