Foucault, el monstruo genial

Cien años del filósofo que resquebrajó la verdad

En años recientes, todos nos hemos familiarizado con un tipo de censura muy típica del siglo XXI. Pongamos que alguien cuenta un chiste racista: no es suficiente con denunciar el chiste como racista; tienes también que insistir en que el chiste no es gracioso, aunque lo sea.

Nadie dice: “ese chiste es racista pero la verdad es que te partes”. Eso no es aceptable. Tengamos esta idea en cuenta cuando examinamos la obra de Michel Foucault: entendamos que sus argumentos y sus propios actos eran frecuentemente repugnantes, pero igualmente apuntaban hacia verdades subyacentes que a veces quedan ocultas detrás de los escándalos y las opiniones políticas con las que se asocia (correctamente) al pensador francés, en su vida privada un despreciable pederasta y un ser miserable.

Foucault, nacido hace ahora un siglo en Poitiers (Francia), es el académico más citado en la historia de las humanidades, de acuerdo con las estimaciones de Google Scholar, el buscador de Google para temas académicos. También fue un abusador reincidente que tenía la tortura sexual como pasatiempo favorito, y homosexual con fetiches sadomasoquistas que frecuentaba los baños públicos de San Francisco que, en consecuencia, murió de Sida en 1984. Se desconoce a cuántos hombres mató al infectarlos con el virus, pero no fueron pocos.

El poder y sus métodos de control son las claves del pensamiento de este hijo de cirujano, que publicó un libro sobre la historia de las prisiones que tituló Vigilar y castigar. Su biógrafo James Miller escribe sobre un ensayo de 1979 en el que Foucault imagina «festivales de suicidio» y «orgías de suicidio», así como una especie de retiro especial donde aquellos que planeaban suicidarse podían buscar «parejas sin nombre para ocasiones de morir liberados de toda identidad».

Gran parte del prestigio de Foucault se debe a sus grandes contribuciones sobre la historia de la sexualidad. De forma chocante, propuso 1870 como año en el que se inventó la “homosexualidad”, en referencia a un artículo en una revista editada por un manicomio alemán, el “Archiv für Psychiatrie und Nervenkrankheiten”, en el que un médico del manicomio, Westphal definió el “sentimiento sexual contrario” como una afección neuropática.

Esto puede parecer absurdo. La sodomía es, obviamente, uno de los pecados más prominentes en la Biblia e incluso en el Corán, aunque la tradición árabe de sodomía es tan potente y prominente que el 99% de toda la poesía homosexual publicada antes de 1870 lo fue en árabe, por musulmanes píos. Pero Foucault no está argumentando que la sodomía se inventó en 1870: su idea es que la categoría del “homosexual”, un ser desviado respecto al estándar de la sociedad, que comete “actos homosexuales” incluyendo la sodomía, es una categoría que no existía antes.

Consideremos a todos estos musulmanes píos que escribían poemas a sus jóvenes amantes (casi todos eran pederastas también, con preferencia por jóvenes esclavos que no podían rechazar sus avances). Esos poetas, muy abundantes en Al-Andalus sin ir más lejos, no se consideraban “desviados”, no se veían a sí mismos como una categoría separada del resto: si acaso, se veían como pecadores o como pervertidos, del mismo modo en que muchos romanos veían a los muchos griegos (hablamos de gente como Sócrates, Alejandro Magno, Ptolomeo…) que mantenían relaciones con efebos.

Lo que hizo Foucault por poner el dedo en la llaga del momento en que lo que ahora llamamos “gays” se inventaron como una categoría social, un grupo de “desviados” que ahora tiene su propia bandera, sus propios festivales públicos y días de guardar, discotecas, restaurantes, hoteles, tiendas y hasta alguna que otra isla griega. Nada de eso existió hasta que los psicólogos del siglo XIX, incluyendo Freud, empezaron a considerar la atracción homoerótica como un trastorno psicológico.

Foucault desarrolló esta teoría, y otras muchas, en su obra más famosa, la Historia de la sexualidad, un libro que es frecuentemente malinterpretado bajo todo tipo de enfoques, muchos de ellos progresistas. El propio Foucault, para defenderse tales enfoques, nos dejó una frase célebre que resume su visión: “el sodomita era alguien que cometía un pecado; el homosexual es ahora una especie”.

Dadas sus inclinaciones y su interés en la historia de la psiquiatría y el internamiento forzoso, no es de extrañar que Foucault se fijara también en los manicomios y en la visión social de la “locura”. Foucault destacó un cambio fundamental en el estatus del trastorno mental, ocurrido en la transición del Renacimiento a la época clásica de la Razón, a principios del siglo XVII.

Durante el Renacimiento (Cervantes, Shakespeare, Erasmo, etc.), la locura era un fenómeno específico del espíritu humano que se localizaba en la misma categoría que los profetas, los visionarios poseídos, los santos, los bufones, los endemoniados, etcétera. Hablamos de un fenómeno dotado de sentido y de una verdad propia: aunque los locos fueran denostados, se les trataba con sobrecogimiento, como mensajeros de un horror sagrado. A partir de Descartes, sin embargo, la locura se convierte en otra cosa.

Bajo el prisma racionalista, la locura se distancia del contacto con planos espirituales distintos (que, para los racionalistas, son cuentos de viejas) y pasa a ocupar el lugar que anteriormente estaba reservado a la lepra. Ya no es un fenómeno que deba ser interpretado, buscando su significado, sino como una simple enfermedad que debe tratarse bajo las leyes de la medicina o la ley, mientras se aísla a los pacientes para evitar el contagio: a partir de Descartes, Don Quijote, o Hamlet, ya no es un loco genial, es un residente en un manicomio.

Este cambio teórico explica por qué, a partir del siglo XVII, los locos fueron internados, recluidos en hospitales psiquiátricos, estudiados y controlados como un fenómeno natural, por primera vez en la historia. En su Historia de la locura, Foucault dedica tres o cuatro páginas al pasaje de las “Meditaciones” en el que Descartes llega al “cogito ergo sum”.

Ese tipo de contribuciones hace que Foucault sea un pensador al que merece la pena leer, aunque solo sea para entender el origen de mucha de la basura posmoderna que flota en el actual mundo intelectual, como excrecencias que se han alimentado de los libros de Foucault. Y tampoco podemos exculpar a Foucault totalmente: él mismo empujó sus teorías al límite, como el nihilista adolescente sadomasoquista que siempre fue, argumentando que toda actividad humana es un ejercicio encubierto del poder.

La idea de que no existe una verdad objetiva sobre lo que debe hacerse (ni en la política, ni en la ciencia y, ciertamente, tampoco en la moral) es típicamente de Foucault. Si hay un malo de película que, mientras acaricia a un gato, empuja a la intelectualidad izquierdista a abandonar toda argumentación moral sincera, ése es Foucault: las prisiones no pueden ser reformadas, porque cualquier intento de reducir la crueldad es un engaño para perpetuar las estructuras de poder existentes; los mendigos esquizofrénicos violentos no pueden ser internados porque lo único que se busca es despojarles de su libertad.

Esto es lo peor de Foucault: él fue, en opinión de Maurice Spandrell (a quien ya se entrevistó en estas páginas), quien acabó con la idea igualitaria de la izquierda trabajadora, y abre la puerta al neoleninismo típico de los wokes podemitas: una visión de la izquierda como un club para los feos y estúpidos, los obesos enfermizos, los infelices y desposeídos, los desviados y los trastornados mentales, para que puedan vengarse de quienes tuvieron más suerte que ellos.

Por comparación con esto, otros pecados de Foucault son menores. Solo por comparación. Al fin y al cabo, su horrible vida personal y sus terribles opiniones políticas muy frecuentemente parecen impulsadas por un mero deseo de trolear o escandalizar muy propio de alguien que pasó décadas como abajofirmante de gran prestigio intelectual y público.

Así las cosas, el rechazo de la convención, de lo que es socialmente aceptable, y las ganas de llamar la atención para (por decirlo de forma muy francesa) “epater la bourgeousie” explican muchos de los momentos más escandalosos y, francamente, olvidables de la carrera de Foucault.

En los años 1970, firmó varios manifiestos y participó en varios manifiestos para legalizar la pedofilia, de modo que él y sus amigos heterosexuales (alguno tenía) tuvieran mayor acceso legal a carne fresca. Lo más curioso, y deleznable, de aquel movimiento, que todavía mantiene cierta actividad semi-comatosa en Francia y algún otro país, es la proclama libertaria de que la sexualidad no puede tener fechas impuestas por la ley, y de que los pedófilos tienen todo el derecho a disfrutar sus impulsos, como (digámoslo así) los pescadores con caña, los aficionados al mus y los fans de la ópera.

En esa misma época, Foucault visitó Irán y celebró la revolución islámica de 1978 como fascinante forma de espiritualidad política: una movilización de masas inspirada en la llegada de una nueva visión de las formas sociales de convivencia e igualdad; al año siguiente, tuvo que corregirse cuando empezó a ver a sodomitas y comunistas siendo ejecutados, pero ya sabemos que nadie es perfecto, y Foucault menos que nadie.

(Imagen de Foucault: archivo de difusión/autor no identificado)

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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