Gabino Diego: «A un actor que ha hecho comedia, el drama le sale natural»

El gran actor, premiado con un Goya, repasa su vida y filmografía; habla de la comedia, del teatro, de directores como Fernán Gómez y Santiago Segura y de sus otras pasiones culturales menos conocidas, la música y la fotografía

Las bicicletas son para el verano, El viaje a ninguna parte, Amanece que no es poco, ¡Ay, Carmela! –premio Goya a la Mejor Interpretación Masculina de Reparto–, El rey pasmado, Belle Époque, Los peores años de nuestra vida… Seguro que a usted le resultaría difícil elegir sólo una de estas películas interpretadas por el actor Gabino Diego como su preferida. Actualmente, se encuentra girando por los teatros de toda España con una obra muy divertida, Pijama para seis. Siente verdaderamente amor por el escenario y se le nota. Afortunadamente, también seguimos viéndole en el cine. Acaba de rodar un cortometraje y recientemente ha vuelto a bordar el personaje de Cuco en Torrente Presidente, de Santiago Segura. Gabino Diego llega desbordando simpatía y amabilidad a esta conversación en la que hacemos un agradable viaje por su trayectoria, reflexiona sobre la vida y la pasión que supone su trabajo.

Casi nos lo perdemos como actor porque igual estaría en Cuba como responsable de los más importantes grandes almacenes que allí hubo

¡Casi! Mi madre era hija de un asturiano de Coro, Villaviciosa, y mi padre descendiente de ganaderos cántabros, de Vega de Pas, que partieron hacia Cuba a principios de siglo. Mi abuelo comenzó vendiendo telas por las casas hasta que pudo fundar los míticos Almacenes El Encanto. Fueron unos almacenes muy significativos en Cuba, además de una época espléndida. Entre sus clientes se encontraban John Wayne, que se hacía camisas a medida, Tyrone Power, María Félix y tenían la exclusiva de Christian Dior… Dieron trabajo a todos los españoles que llegaban de España.

Pioneros en estrategias comerciales como las entregas a domicilio o la primera tarjeta de crédito por aquellos tiempos… 

Así fue. Grandes comerciantes que establecieron también campañas publicitarias que ahora vemos habituales como «Ya es verano en El Encanto» o las Rebajas. ¡Seguro que os suenan estos eslóganes porque allí se formaron, y aprendieron todo lo necesario sobre crear un negocio,  Ramón Areces, fundador de El Corte inglés y Pepín Fernández, de Galerías Preciados! Desafortunadamente, con el triunfo de la revolución cubana con Fidel Castro, lo expropiaron todo. Mis padres tuvieron que salir de allí. En Madrid empezaron de cero. Mi abuelo decidió quedarse, no podía creer lo que estaba pasando. Permaneció hasta el año 1969 esperando a ver si le devolvían algo. Cuando le ocuparon su casa, la ganadería, tuvo claro que allí no podía seguir. Lo pasaron muy mal. A mi abuelo, finalmente, lo sacaron de allí unos familiares desde España, habría terminado mal tras perderlo todo, muy deprimido.

Afortunadamente, su familia ya en España se recompuso. Su madre, siempre tan positiva, le decía, cuando usted le preguntaba por todo lo que pasó, «¡allí no habrías podido ser actor!». Porque ya prometía de niño…

Sí, parece que tenía dotes para la comedia desde niño. Era un poco el payaso de la clase. Imitaba a los profesores, salía a la tarima sin saberme la lección… Eso sí, sentía ya que estaba como en un escenario. Pero un buen día le di la vuelta a todo. La primera vez que aprobé, y bastante holgadamente, fue en 4º de EGB con una obra de teatro. ¡Con sobresaliente! Como sería que hasta mi madre fue al colegio a hablar con el profesor extrañadísima, «¡esto cómo ha podido ser!» y el profesor explicándole que había escrito e interpretado extraordinariamente una obra de teatro: «¡Esto se le da muy bien, su futuro es el teatro!» Al año siguiente, aquellos alumnos que no querían que les bajara la media tenían que hacer la obra de teatro conmigo (risas).

O sea, que su trabajo puntuaba extraordinariamente

Sí, sí, si querían sacar sobresaliente a final de curso tenían que hacer la obra de teatro conmigo (risas)

Y mire que no es tan fácil esto de divertir y hacer reír a la gente…

No es fácil, no. Es que la comedia lleva implícito también el drama. A ver, esta situación de salir ante toda la clase y no saberme la lección, mientras mis compañeros me contemplaban carcajeándose, lo piensas y es un drama. Viene un poco del clown de toda la vida que hace reír a través del ridículo o del fracaso. El payaso que hace reír al no conseguir lo que quiere y en su fracaso está su éxito. Cualquier cosa dramática necesita una válvula de escape. Lo sabes al interpretar una obra de Tenesse Williams como El zoo de cristal o escuchando el tono agridulce de Maggie en La gata sobre el tejado de zinc. Y ves El apartamento, de Billy Wilder, ¿y qué sientes? porque yo veo a Jack Lemmon sufriendo. La gente la califica como comedia y yo veo un drama, detrás se escondía un Baxter en soledad, soportando el dolor por un amor no correspondido…

Ustedes son como una especie de terapeutas. No hay nada más maravilloso que hacer feliz a alguien, se lo habrán dicho ya

No sé si es para tanto, pero reconozco que algo de eso me dijo una vez una amiga mía. «Me gasto más en ir al psicólogo que en ir a verte a ti. Me lo paso bien durante dos horas, me río, muevo todos los músculos de la cara y me suben las endorfinas. ¡La entrada para ir a verte al teatro me parece mucho más barata!». Es importante esto, sin minusvalorar la labor del psicólogo, por supuesto. Mira, siempre me ha gustado pensar que somos una especie de «fabricantes de felicidad». Es reconfortante ver al público con ganas de pasarlo bien, de emocionarse, de reír.

Y usted con qué se ríe en la vida real

¡Encontrándole humor a más de un momento del día a día, para llevar mejor esta existencia! Me río de alguna torpeza de las mías. Sin ir más lejos, me he acostumbrado demasiado a perder cosas, soy una persona muy despistada y a estas alturas ya trato de no darle mucha importancia. Recuerdo situaciones personales ya con cariño, como ir a la estación a coger el tren con mi hija y decirme mi suegro, con aquel marcado acento catalán, «¡piérdelo todo, pero no pierdas a tu hija!». Y en el cine, por supuesto. Me río mucho con El Gordo y el Flaco. La mayoría de los gags de la comedia moderna están sacados de ahí.

Sus inicios tuvieron sus alegrías, pero también su zozobra. Decide marchar unos meses a Australia, a raíz de las críticas a Las bicicletas son para el verano, ¡y casi no vuelve!

Yo era muy jovencito, 19 años. Estaba algo perdido, no sabía qué hacer con mi vida tras ese arranque en el cine. Eso te lleva a pensar, «si lo hago tan mal, mejor me dedico a otra cosa». Yo no quería ocupar el sitio que podría ocupar un buen actor. Me gustaba viajar y uno de mis sueños era conocer Australia, pues qué mejor ocasión que aquella…

Y le acoge una persona fantástica que ayudó a mucha gente que llegaba allí y se dedicaba a vender la revista Mundo Obrero. Creo que no se aburría con él…

Una persona extraordinaria. Puede que, en el fondo, la vida siempre me ha llevado a situaciones y a personas tan genuinas que te descubren que la vida no es tan concreta como creemos, que hay seres que precisamente la convierten en inesperada. Aterricé en Australia sin saber dónde acudir y fui a una especie de club para españoles. Allí estaba este señor, Manuel Alonso, asturiano también, que me acogió en su casa al verme recién llegado y solo. Por aquella época no había caído el Muro de Berlín, recibía Mundo Obrero, Granma… y ayudaba a gente con problemas. Fue una persona maravillosa. Fíjate que años después aún recibía llamadas desde Australia y me dejaban mensajes, «¡te llamo sólo para decirte que en Australia hay gente que te quiere mucho!».

Es muy bonito esto

Sí. Lo que me gusta de esta vida es, de repente, esa sincronicidad. Las cosas que te suceden sin esperarlas y llenas de buenos sentimientos. Personas que te vas encontrando por el camino y que te llevan a otro sitio, decisiones que tomamos que modifican otras y te llevan a otra parte. Fue curioso, me voy a Australia a poner tierra por medio y allí decido volver para hacer otro casting que modificó toda  mi vida… Si me hubiera quedado estaría, quizá, trabajando de camarero y algún día dueño de un restaurante español en Australia…

Regresa a España para hacer las pruebas de El viaje a ninguna parte

Lo recuerdo con mucho cariño. Rodábamos montados en autobús interpretando a los míticos cómicos de la legua. Según Fernando Fernán Gómez mi personaje era el más inteligente porque, precisamente, no quería dedicarse al oficio de la interpretación, veía a los cómicos como unos idiotas… Pero me di cuenta en ese autobús, junto a Juan Diego, Nuria Gallardo, María Luisa Ponte o José Sacristán, que era la vida que yo quería llevar. Me fui a la escuela de Cristina Rota, mis compañeros me acogieron fenomenalmente ayudándome para que pudiera hacer bien la prueba, y me cogieron. Desde entonces, he podido seguir viviendo de esto. 

Fernando Fernán Gómez era el autor de la obra de teatro Las bicicletas son para el verano.

Sí. Interpretar al zangolotino significó la oportunidad de trabajar con Fernando Fernán Gómez. Fue una persona que me enseñó mucho. ¡Ahora, precisamente, se cumple el cuarenta aniversario de El viaje a ninguna parte! Siempre tengo presente a Fernando. Siento como si me protegiera, como si me fuera dando consejos. Pienso en él cuando tengo que tomar una decisión. Era una persona muy generosa. Muy amigo de sus amigos. Para mí es un ejemplo, ahora que vivimos una época que parece que estamos divididos siempre. Fernando se llevó bien con todo el mundo. Se dejaba llevar por el talento, nunca la ideología. Era una persona que sabía detectar muy bien la falsedad… Como decía mi amigo Pedro Beltrán, «¡parecemos una reunión de tribus moriscas mal avenidas!». Nos tendríamos que querer más.

Por qué será que nos queremos tan poco…

Mira, no sé la razón. No lo vamos a tener todo, somos número uno en tenis, en fútbol, en gastronomía, en medicina respecto a trasplantes de órganos… ¡será que en algo teníamos que fallar…! (risas)

¿Cómo era trabajar con Fernán Gómez?

Recuerdo que me decía, «tú lo que tienes que hacer es estar inexpresivo y con el labio colgando. Camina con los pies abiertos». Tenía que parecerme a un actor gallego muy conocido de los años 40 con un acento gallego muy marcado, Xan das Bolas. Fernando me gritaba cada vez que  tenía que rodar alguna escena, como aquella que debía decir, «abogado del Estado». Y venga repetirla una y otra vez, «¡¡No, di abogao del estao!! ¡¿No has visto cómo habla Felipe González?!». Era por mi bien, yo se lo agradecí siempre. Rodar cine es duro, tienes que ser muy preciso. Fernando lo explicaba muy bien, «tú vas a un entierro en el teatro, ves el ataúd, y lloras, pero en el cine te dicen «no, no, no va a estar el ataúd, aquí va a estar una x, y trata de girarte para que te dé la luz, y cuando se mueva la cámara suelta la frase…», así no hay quien llore… (risas)

Y llegan más títulos como Amanece que no es poco

¿Sabes esa frase que dicen los músicos «la gente que va a valorar tu disco no ha nacido todavía»?, pues algo así me pasa con esta película. Me llegan chavales de 20 años contándome que les ha gustado tanto… Luis García Berlanga llegó a decir que fue el mejor casting del cine español. Y Berlanga de castings y buenas historias sabía algo…

Gabino Diego haciendo de estudiante norteamericano en ‘Amanece que no es poco’, de José Luis Cuerda

Y siguió triunfando con El rey pasmado

Fue un regalo de Imanol Uribe interpretar a Felipe IV. Traté de interpretar lo mejor que pude el personaje de Torrente Ballester. Había que encontrar ese punto de inocencia de niño y creo que lo logré. Felipe IV me fascinaba, fue de los que apostó por el arte. Mal para el asunto guerrero mostrando desinterés, pero con él crecieron las artes, la pintura, las letras… Aumentó la colección de obras en España, ni más ni menos que Las meninas, de Velázquez, por ejemplo.

Lo que usted, verdaderamente, adora es interpretar, ser artista… 

El teatro, me decía Félix Rotaeta, es la madre que siempre te acoge. Mira, ahora que estamos viviendo esto de la IA me pregunto cuánto va a durar el cine. Ya he llegado a ver escenas de cine hechas con IA. Creo que lo único auténtico que va a quedar es el teatro. Será el lugar donde poder ver a personas de carne y hueso que te emocionen o te hagan reír y en tiempo real, algo único. Esa magia cuando se encienden las luces y aparece el encanto que envuelve el escenario y el patio de butacas es incomparable. 

Sin embargo, cuando la gente le ve por la calle le dicen que ya no hace cine, que cuándo va a volver 

¡Pero yo estoy feliz, soy feliz haciendo teatro! Recuerdo muchas veces a Manuel Alexandre, con el que interpreté mi segunda obra de teatro Catón, un republicano contra César, de Fernando Savater, por la calle gritándome, «¡que me han llamado para hacer teatro!». Era inmensamente feliz sobre el escenario. Da la impresión de que si haces teatro es porque no te llaman para hacer cine, y no es así. Soy muy afortunado de recibir el cariño del público y viajar por toda España.

Para colmo, la comedia siempre ha estado infravalorada

Si te fijas, a Chaplin le reconocieron sólo al final de su carrera con el Oscar honorífico. Siempre se ha visto la comedia como un género menor. Como te decía, un drama siempre necesita comedia para que se pueda sostener. Yo en concreto siempre procuro agarrarme al drama, a la dificultad que tiene el personaje para conseguir las cosas, esas trabas vitales. Me he dado cuenta de que en todas las películas que he hecho mi personaje sufría.  En ¡Ay, Carmela! gané el Goya con un personaje que tenía un gran problema emocional que le impedía hablar. Qué honor este gran personaje que crearon Rafael Azcona y Carlos Saura, Gustavete no aparecía en la obra original de Sanchís Sinisterra. Otro regalo inmenso de la vida.

Recuerdo que Pilar Miró dijo que «Mariano Ozores nunca recibirá subvenciones porque hace cine para fontaneros». Qué injusto tratar con desprecio a la comedia española y a aquellos profesionales…

Pues no me parece nada bien que dijera eso. Mariano gusta a fontaneros, a electricistas, a economistas… Su cine fue muy importante, como un perfecto cronista de una época, además de muy taquillero. Fue un director que sabía muy bien lo que tenía que hacer para hacer reír. Además de Mariano Ozores estaban Pedro Lazaga, Pedro Masó, José María Forqué, grandes que conocían muy bien el oficio. Mira cómo será esto de etiquetar y poner clichés que a Andrés Pajares hasta le hicieron dudar de su talento cuando le llamó Carlos Saura para ¡Ay, Carmela! Me comentaba después con alegría que Berlanga había hablado con él valorándole por las películas que había hecho anteriormente, «no te vayas a creer que lo que has hecho no vale nada», le decía. Y, efectivamente, qué gran éxito supuso para Pajares. Fue una apuesta importante de Andrés Vicente Gómez. Y demuestra que a un actor que ha hecho comedia, el drama le sale natural.

Algo parecido pasa hoy con el éxito de Torrente presidente. Hemos visto a los espectadores aplaudiendo en las salas y riendo a carcajadas, sin embargo muchos críticos se dedicaron a menospreciar el filme y a Santiago Segura

Traigo aquí otra vez a mi amigo Félix Rotaeta, «si a mí no me gusta todo lo que veo, ¿por qué voy a tener que gustar a los demás?» A Luis García Berlanga le gustó mucho en su día Torrente, y a José Luis Garci… Es una película de la que podemos estar muy contentos en el cine español. Y no sólo con Torrente, sino también con la saga Padre no hay más que uno llenando las salas con un fantástico cine familiar. Santiago Segura es un monstruo del cine. Domina muy bien el arte del entretenimiento. Y el valor de Santiago no es sólo haber creado el personaje de Torrente o el de Cuco… su éxito es también como director de casting. 

Menudos personajes ha creado durante estas cinco entregas…

Ha descubierto a mucha gente para la pantalla. Así como otro director no nos aguantaría y algún encargado de casting  le diría ¡cómo metes a este actor en la película, que no sabe ni decir una frase!, pues él consigue que diga la frase y, además, que el cine se caiga abajo con los espectadores riendo a carcajadas. Santiago Segura tiene mucha fe en los personajes que elige, los quiere, escribe el papel para ellos. El personaje de Cuco, por ejemplo, lo escribió para mí con mucho cariño, y yo le estoy muy agradecido. Santiago es como los buenos entrenadores, que le preguntan al jugador dónde quiere jugar. Quiere que el actor esté cómodo, que sepa que va a hacer bien lo que le ha propuesto. A Santiago Segura podrán decirle lo que quieran, pero talento tiene para aburrir. Garci dijo que Santiago Segura era una mezcla entre Mariano Ozores y Berlanga, y yo creo que bebe de más sitios: del cómic, del cine de El gordo y el Flaco…  Es una de las personas más cultas que he conocido.

Todo el arte es arte con mayúsculas, todo tiene que ver con expresar, un Fernando Fernán Gómez puede parecer un Miles Davis, dijo en una ocasión…

Cuando diriges una película tienes que dominar muchas disciplinas: la pintura, la música, el diseño, la fotografía…Orson Welles se rodeó de directores de fotografía que querían innovar y él se lo permitió. Como Felipe IV permitió a Velázquez que hiciera Las meninas. Miles Davis es un referente para los músicos de jazz de EE.UU. precisamente por eso, por ser innovador, en constante evolución hasta llegar al jazz eléctrico y al final de su vida tocar con Prince. Con esta comparación me refiero al respeto que se les debe. Para mí era un lujo escuchar a Fernán Gómez, José Sazatornil, a Rafael Azcona, y ahora los echo mucho de menos. Que no olvide nadie que la gente mayor es la que nos enseña. Y tenemos que escucharles más. Habría que estar todo el día grabando lo que nos dicen.

Por eso su amor por el arte no se ciñe sólo al teatro o al cine. La música es otro imprescindible en su vida

Desde pequeño, en la infancia está todo. Mi padre era muy melómano, escuchaba mucha música clásica. Mi tío cuando venía de EE.UU. llegaba con discos de Simon & Garfunkel, The Beatles… Y mi afición al jazz surgió como a los 12 años gracias a una profesora que me regaló un disco de Weather  Report.  Iba descubriendo cosas como una necesidad; es decir, yo quería saber qué era eso tan bello que salía por ese aparato. Tener curiosidad es muy importante. Otro momento clave fue cuando descubrí la película King Creole. Fíjate que yo era muy aficionado del Ath. de Bilbao y de Iribar y cuando veo King Creole, y descubro a Elvis Presley, el fútbol pasó a un segundo plano. La chulería que tenía, esos trajes de colores imposibles que sólo le quedaban bien a él, un baile que no era impostado. Cantaba con ese feeling que sólo tenían los negros, si ves el inicio de la película cantando Crawfish con Kitty White es brutal.

Y se va forjando como un gran coleccionista de discos…

Es que, para empezar, yo soy del 66. En esa época a los que nos gustaba la música teníamos que hacer un esfuerzo para conseguir el disco que queríamos. Montaba en el autobús y me iba a comprar discos a Toni Martin –ahora Y que viva Joplin!– y otras tiendas como Discoplay, Madrid Rock, que han ido desapareciendo. No solo comprabas un disco, hacías amistad con gente que tenía tus mismos gustos. Me acuerdo de mi madre, «¡todo te lo gastas en discos!», ¡como si fuera algo malo! (risas), yo disfrutaba poniendo en el tocadiscos la cara A, la cara B, leyendo quién lo había producido… Era feliz durante esa semana. Ahora veo a mi hija con un aparato que contiene 30.000 canciones y, mira, no es igual. Yo no me he acostumbrado a cambiar a esta velocidad.

Y el jazz le lleva a otros ritmos como  rhythm’ and blues,  rock and roll, la música brasileña…

Y la salsa, me gusta mucho. Creo que de lo que más tengo en mis colecciones es salsa, la salsa de Nueva York, cubana, música brasileña, Celia Cruz, Héctor Lavoe. Como muchos descubrí todo esto y también el rock de los Rolling, a Bob Dylan, Beatles, la guitarra de Pat Metheny y uno de mis discos favoritos Travels o a John Coltrane, cuando iba a casa de los amigos. Recuerdo las de algunos amigos llenas de hermanos con gustos y discos tan diferentes. Me pasaba horas allí. Y algo que aprendí de mi padre es a ser curioso, como te decía, eso es lo que deberían fomentar en las escuelas. Veo a algunos profesores también desencantados. Ser profesor de literatura, ante una juventud que lo quiere todo inmediatamente, es muy difícil. Si un joven está bien educado irá al cine, al teatro, sabrá expresarse y no pintará las calles, por ejemplo. Lo decía Antonio Escohotado, un país no es más rico por lo que tiene, sino por lo educada que está su población, lo educados que están sus ciudadanos.

Y posee una de las colecciones de fotografía más importantes de España

Me gusta la fotografía, sí. He hecho varias exposiciones. No sé si será de las más reconocidas, pero procuro rodearme de los mejores: desde Alberto García-Alix, Ramón Masats, Cristina García Rodero, Joan Fontcuberta, Francés Català-Roca, Leopoldo Pomés, Nicolás Muller,  Elliot Erwitt o Bruce Davidson. Es una colección hecha con mucho esfuerzo, pero es una pasión única. En ocasiones, no sabes exactamente la razón por la que te enamoró esa imagen, pero siempre es por algo que te lleva a tu interior.

Algo tuvo que ver Robert Freeman, el autor de las portadas de The Beatles, que vivió en su casa

Sí, fue una magnífica época aquella. Vivía en el centro de Madrid y mi casa era como un espacio de reuniones sobre todo aquello que nos interesaba en esos años. Subían amigos y hablábamos de todo: fotografía, música, cine… y Freeman se quedó un tiempo a vivir. Comencé a explorar sus catálogos, él me regaló algunas de sus imágenes, y comenzó ese amor por la fotografía, a enmarcarlas, a darle su importancia. Y de ahí  a comprar, empecé a sentirme un poco coleccionista. Fotos sobre la fragilidad, la condición humana, la inocencia de la infancia…

Y aún le queda tiempo para ser productor musical

Hice mis pinitos. Con mi compañía Producciones Sorondongo. Produje Polo, de Polo Ortí  al que conocí escuchando Reunion, un disco en el que aparecía el guitarrista Pat Metheny –otro de mis ídolos–, y me cautivó.  Años más tarde coincidí con él y le ofrecí la posibilidad de hacer un disco. El siguiente proyecto fue Atún y chocolate, con Nono García, uno de los primeros músicos que comenzó con esto de la fusión con el flamenco. Por eso te contaba la conexión del arte en todas sus disciplinas. Lo que me gusta es que no sólo vean en nuestros discos un producto más, sino algo bello donde nos implicamos dándole todo el sentido artístico.

Al atardecer de la vida nos examinarán del amor, decía San Juan de la Cruz. ¿Cree que hay algo más?

Me considero una persona espiritual. Cuando estoy en Nueva York me gusta ir a la iglesia de San Patricio y estar un ratito allí. Igual que cuando estuve en Japón me gustaba entrar a un templo budista. En Madrid suelo ir a la iglesia del padre Javier, San Nicolás. Y en Ávila, siempre que he podido me he acercado al monasterio de La Encarnación. Y no puedo olvidar un Camino de Santiago que hice, no sabría explicarte muy bien qué sentí porque no se puede explicar con palabras, pero algo ocurrió. Sí, creo que lo más importante, al final, es el amor, pasar por este mundo tratando de haberlo dejado un poquito mejor.

¿Tiene alguna respuesta a la pregunta en qué consiste esto de vivir?

¿Esto de la vida? Algo tan sencillo como poder decirle a tu hija un día: tu padre intentó ser una persona honrada y no hizo mal a la gente. Tratar de ir por la vida siendo mejores, que tampoco es fácil me diréis, ya lo sé, porque somos humanos. Aunque suene a tópico, yo me siento inmensamente feliz paseando con mi perro y recibiendo una llamada de mi hija. Hemos perdido el contacto con lo aparentemente insignificante, pero que es la base de la existencia. Es importante tratar de hacer en tu vida lo que siempre has deseado hacer y, sobre todo, irte con la conciencia tranquila de que has hecho todo lo que ha estado en tu mano para conducirte por la vida siendo una persona decente, siendo, en definitiva, buena persona. Y algo que no olvido jamás es agradecer. Nos hemos acostumbrado a abrir un grifo y que salga agua, darle al interruptor y que se encienda una luz, debemos concienciarnos de que somos afortunados. ¿No dicen que Dios está en las pequeñas cosas? ¡hasta en los pucheros, que decía Santa Teresa! (risas).

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