Nombre de referencia en la escena cultural española desde finales de los años 70 y de lo que le pidas: comisario cultural, director de cine, trabajó en Radio Nacional de Barcelona y en TV3 —en aquellos programas de Ángel Casas—, fue director de la Mostra de Cine de Valencia… Todo esto y mucho más es el valenciano Lluís Fernández, aunque él únicamente se define como escritor. Con una ausencia total de postureo, desprende un contagioso entusiasmo por la difusión de la buena literatura, música, cine, y no niega que ha vivido intensamente, al más puro estilo rock´n´roll. Autor de El anarquista desnudo (Anagrama), Desiderata (Laertes), Una prudente distancia (Espasa) y Los friquis. Elogio de la caspa (Friquibuc) así como el precioso documental El anuncio de la modernidad, sobre los míticos Estudios Moro, a Lluís Fernàndez no te lo acabarías nunca.
He leído que desde El anarquista desnudo le persigue la etiqueta de provocador.
Sí, es como una maldición. Fíjate hasta qué punto me persigue que cuando presentamos el libro en Madrid, en 1979, ya la llevaba pegada como una divisa. Fuimos a comer invitados a casa de Rosa María Pereda y Ricardo Barnatán, amigos de Jordi Herralde y Lali Gubern. La noche antes yo me había pasado por El Armadillo a ligar un poco de costo. Total, que estábamos en tan buena armonía que yo lie unos porritos. Había tan buen rollito que Rosa María llamó a Fernando Savater y le dijo: «Estamos aquí con Jordi y Lali y con Lluís Fernàndez» —Se hizo un silencio—. ¿El de La Bañera? «Sí —contestó Rosa María—, pero es un tipo estupendo. Vente, vamos». Al cabo de un rato apareció Fernando acompañado de Luis Antonio de Villena y Lourdes Ortíz. Fue todo supersimpático. Hablaron de La Bañera y de cómo cuando veían una bañera se fotografiaban dentro de ella, entre risas. Mientras tanto, yo no paraba de liar petas y todo era buen humor en comandita. Por la tarde era la presentación de El anarquista desnudo en la librería Antonio Machado. Me había llamado EFE y me había pedido que le hiciera la crónica de la presentación de mi libro. Así que, en la mesa estaba en el centro Francisco Umbral. A un lado Jordi Herralde y yo al otro, y en las esquinas dos travestis de Los Centauros que nadie sabía de dónde habían salido. Mientras yo tomaba notas, Umbral comenzó diciendo que este libro — El anarquista desnudo— no le gustaba nada y que se negaba a hablar de él. Que prefería hablar de Babel, de Patti Smith, que sí que era un libro fantástico. Yo me levanté de la mesa y me fui a hablar con los de EFE y les hice una crónica del acto que se resumía en que el libro era malísimo y poco más. Después de la presentación, se me acercaron Gonzalo Torrente Malvido, Javier Marías y Vicente Molina Foix y me dijeron, espantados, que cómo se me había ocurrido llamar al carcamal de Umbral para la presentación. Y yo les dije que era cosa de Jordi, que quería que citara la novela en su columna. Cosa que no hizo. Y esa fue mi incursión como provocador en Madrid.
Un espanto, ¿no?
Pues no, a mí me pareció que coincidía con la idea que yo tenía de mi novela, que asustaba al mismísimo Umbral. Todo un éxito. Figúrate que le hubiera gustado.
Echando la vista atrás, Valencia era una ciudad de primera línea, canalla, fresca, colorida, muy creativa en música, arte, moda…
En Valencia lo que ocurría es que contábamos con cierta información adelantada como en otras ciudades, Madrid, Barcelona, Cádiz y Zaragoza. Fíjate, por algo tan sencillo como que era donde estaban las bases americanas. A partir de ahí, tenías acceso a cosas de su economato como discos psicodélicos. En Valencia, sólo tenías que acercarte a la VI Flota y hacerte amigo de los soldados americanos. A esto súmale que por aquella época yo tenía dos bares en Valencia, Capsa 13 y Christopher Bar Lee, reconocidos como locales de referencia, así que allí recalaban los californianos que cogían el barco rumbo a Ibiza. Ese clima de efervescencia que existía en Valencia a finales de los 60 tardó más tiempo en llegar a otras ciudades. Por ejemplo, en Valencia surge Bruno Lomas, tras separarse Los Milos. En Cádiz, The Rocking Boys, en Barcelona, Los Sírex y Los Mustang. En Zaragoza, Rocky Kan. Pioneros del rock´n´roll. Valencia es juerguista. La gente es muy hedonista, le gusta pasarlo bien, comer bien, y a la vez hacer cosas. La generación de mi padre organizó durante las Fallas de comienzos de los años 60 unos Paradores en los que pudimos ver actuaciones de Johnny Hallyday y Vince Taylor; a Sylvie Vartan y Françoise Hardy y a Marlene Dietrich acompañada por la orquesta de Burt Bacharach, que era su arreglista y la acompañaba al piano. Años después, Montesinos montó su tienda de moda. El Equipo Crónica exponía sus cuadros pop y se montó uno de los primeros complejos culturales: «Studio». Una disco con decoración del Equipo Crónica. En 1969, yo inauguré Capsa 13 y unos años después Christopher Bar Lee, que convirtieron el Barrio del Carmen en el primer barrio con bares de copas y música en directo. En ciudades medianas como Valencia el control policial era menor y se hacía más la vista gorda.
La televisión valenciana fue otra bocanada de aire fresco ya que se anticipó a la de España con Parle vosté, calle vosté, Tómbola…
Pero fue en los años 90. La explosión del éxito fue cuando nombraron director de Canal 9 a Jesús Sánchez Carrascosa, que había dirigido alguna campaña electoral en la época de Zaplana. Fueron los años de la creación de Tómbola o Parle vosté, calle vosté. Las audiencias se disparaban batiendo récords. Yo no trabajé en Canal 9. Por entonces dirigía la Mostra del Cine del Mediterráneo. Yo vivía en Barcelona desde mediados de los años 70 y por entonces comencé a colaborar en la radio con Ángel Casas. Y de ahí pasé a la televisión cuando se inauguró TV3 y lo llamaron para hacer un programa de variedades en catalán. Algunos invitados venían del resto de España y, claro, no entendían el catalán así que tenían que hacerlo en español, cosa que no les hacía mucha gracia… hasta que impusieron la traducción simultánea, cosa que quedaba ridícula.
El eje Barcelona -Valencia fue fundamental porque reunió todo lo que había nacido en la Barcelona de fínales de los 70 e inicios de los 80 ¿Salvaría alguna época?
Era un eje que creó grandes profesionales, pero si querían triunfar tenían que irse a vivir a Madrid. Pablo Motos, por ejemplo, tenía su programa en Canal 9 y no triunfó. Fue dejar Valencia, marchar a Madrid y tuvo un gran éxito. La dispersión geográfica era muy buena para captar profesionales que funcionaban muy bien en sus regiones, pero para triunfar había que hacerlo en Madrid. Por eso yo salvaría todas las épocas, no podría destacar una sola. Todo ha merecido la pena. Si me tengo que quedar con una época, sería la de Barcelona underground, ahí arrancó la España en transformación acelerada. Por allí venía Almodóvar, nada moderado por entones. Mariscal era de Valencia; Ocaña, de Cantillana; Nazario, de Sevilla; Federico Jiménez Losantos de Teruel, Alberto Cardín, de Gijón; Miquel Barceló de Mallorca. La Barcelona friqui, la que Federico llama acertadamente «Barcelona, la ciudad que fue», se estrelló contra la dictadura nacionalista de Pujol. Y cada mochuelo volvió a su olivo.
Y publica su primer libro El anarquista desnudo, que fue tan rompedor
Para mí en aquella época casi todo era un juego. Si algo me caracteriza es que relativizo lo que ocurre a mi alrededor. Todo tiene la importancia que tiene, no más. El anarquista desnudo estaba entre lo políticamente incorrecto y una visión aperturista, pero no en el sentido de apertura no sólo porque había muerto Franco, sino radical. Formaba parte del underground. De género epistolar con connotaciones eróticas. Un día decidí presentarme al Premio Prudenci Bertrana sin ninguna pretensión de ganar y, unos meses después, de repente me llama Quim Monzó y me dice: «Oye, que has ganado el Prudenci Bertrana». Tuvo poca influencia entre el mundo gay, tal vez por ser tan explícito sexualmente y que en España eran cuatro gatos. No tuvo comentarios ni reseñas en páginas culturales, pero se vendió muy bien. El único que hizo un comentario algo lesivo fue Terenci Moix. Dijo: «Para leer atrocidades como L´anarquista nu prefiero leer a Shakespeare» y yo, rápidamente, lo puse en la faja del libro, pero escribiendo «sexpir». En cierta élite, parece que tuvo impacto, pero nunca me enteré. Supe, más tarde, que el cineasta Pere Portabella y el músico Carles Santos quisieron hacer un guión de cine, pero creo que fracasaron. Al escribir la novela siempre pensé que la literatura no se traduce bien en el cine. Lo mismo pasó en un programa de radio que nunca llegó a emitirse. Resultaba ridículo.

¿Cuándo se le ocurrió escribir la segunda parte?
Unos años después, hablando con Ute Körner me dijo: «¿Por qué no escribes El anarquista veinte años después?» Y me pareció muy buena idea. La titulé Una prudente distancia y en ella ajustaba cuentas con los socialistas, la izquierda, los progres, el colectivo gay y me tomaba a guasa el mundo gay, el militante y el otro. Recuerdo que Federico Jiménez Losantos, al inicio de una entrevista, me dijo «Lluís, tú crees que va a vender este libro?, porque esto no se puede vender». Se refería a que estaba en contra de la onda socialista dominante. Pues se vendió estupendamente. Por supuesto, tampoco recibí ningún comentario de críticos ni apareció en las páginas de los suplementos culturales. Esa corrección política es la nueva censura del pensamiento.
Otro libro que tuvo éxito fue Los Friquis. Elogio de la caspa. La palabra friqui ha perdido su valor original. ¿Quién es más friqui, Sarah Santaolalla o Irene Montero? ¿Óscar Puente o ZP?
Todos merecerían figurar en el santoral friqui porque los cuatro han triunfado por lo que no saben hacer. Su fama es impostada. Muchos creen que friqui es sinónimo de ZP, pero es algo más complejo. Por eso subtitulé el libro Elogio de la caspa, y como frase publicitaria «¡De Marcel Duchamp a Belén Esteban!». Un amplio recorrido por la caspa cultural del siglo XX. Por sus monstruosidades envueltas con el prestigio artístico de las vanguardias. Quienes vivimos el auge del jipismo teníamos como referente contracultural los friquis (Freaks), que personificaban el grupo radical de Frank Zappa y The Mothers of Invention. Ellos partían de la contracultura más extrema y sus referentes eran dos: la película Freaks (1931), que por entonces se había repuesto, y el movimiento de vanguardia más controvertido: el dadaísmo, capitaneado por Marcel Duchamp y su famoso urinario colocado en un pedestal como obra de arte. A partir de ahí fue sólo tirar del hilo.
¿Cómo definiría lo friqui?
Me gusta la definición que di en una entrevista que me hizo José María Marco para su blog. Lo friqui, como pesadilla que se muerde la cola, condensaría tanto su significación histórica como los fenómenos físicos y las monstruosidades genéticas. En el devenir histórico, los sucesivos desplazamientos que el significante va incorporando desde el filme Freaks. La fascinación de los fans por esta película de culto y su extensión al fenómeno fan dentro de la cultura popular. La aceptación por el ala más extremista de la contracultura de los años 60 de ser un freak, un «bicho raro», cuya característica es la aceptación de su monstruosidad psico-social y su temor a ser asimilados por el sistema. A partir de aquí, pueden incluirse las grotescas superstars de Andy Warhol y John Waters como basura cultural o trashvanguardia. Ahora integrada en el sistema cultural posmoderno. Parafraseando a Susan Sontag, podría decirse que el friquismo, como el Camp, es una moda de esteticismo. Una concepción del mundo desde categorías de estilo. Es el amor a lo exagerado. Giorgio Agamben lo llama perversión del buen gusto —iniciado con Duchamp y lo dadá—: «Su aparición en la conciencia parece coincidir con el inicio de un proceso de inversión de todos los valores y de todos los contenidos». El friquismo sería la inversión de esos valores y contenidos; aspecto que afecta a todos los órdenes de la vida y de la cultura contemporánea. Lo friqui es el triunfo del fracaso de la modernidad. Hoy somos todos friquis desde el momento que la posmodernidad acepta la tesis del arte contemporáneo —bandera del romanticismo y las vanguardias históricas— de que hay que abolir la separación entre arte y vida, núcleo central de la idea de la modernidad desde la Ilustración, pues todo se convierte en espectáculo. Una promiscuidad decisiva que hace del espectáculo el fundamento de la vida.
¿No cree que lo importante se ha frivolizado hoy en día, pero se ha perdido el tono frívolo, lo divertido de aquella época, aunque resulte paradójico?
Yo no utilizaría la palabra frivolidad. Es algo más vulgar. La sociedad ha perdido el rumbo. Cuando uno de los máximos exponentes de un país, el presidente y su recua de ministros, deben presentar un compromiso ético ante los ciudadanos y se dedican a engañar y alardean de la corrupción institucional es que son unos aprovechateguis. Están ahí por la pasta. Y por la importancia que se dan en los cargos públicos. La sociedad se ha desnortado. Éticamente está desquiciada. Frívolo es un adjetivo que se utilizaba para definir a una persona que alardeaba de falta de seriedad. Pero, en estos momentos, frívolo no significa nada. Ya hace años que la palabra frivolidad no se utiliza. Hoy sería más lo descerebrado. Una persona que es ministro, como Ábalos, que se dedicaba a contratar a prostitutas para una empresa pública, esto no se había visto nunca. Lo del Tito Berni sí, tan cutre como lo de Roldán, ambos las contrataban y las consumían, que es distinto. Eso no es frivolidad, eso es de personas que piensan que la institución pública es suya y pueden hacer lo que quieran. Llámalos descerebrados, gente que está fuera de la realidad y se creen impunes. Personas con poco cerebro y mucho poder. Por ejemplo, ¿tú ves a Torrente como un personaje frívolo? Es la parodia del político posmoderno: una mezcla del pícaro y un mono suelto con dos pistolas. Lo que da miedo es de qué manera los políticos se han asimilado a Torrente, hasta el punto de que Torrente es la parodia de una parodia.
Usted que ha visto de todo y no le asombraba ya nada, ¿cuándo dijo, «hasta aquí, mi capacidad de asombro ha llegado al límite»?
En la actualidad. Lo que estamos conociendo por los medios hoy ha superado las expectativas hasta cuando yo hablaba de friquis. Estos son una especie de cuatreros. Zapatero formaba parte del mundo del friquismo porque era de esos que «triunfan al fracasar». Triunfan por lo que no saben hacer. Y este siempre ha sido un inútil. Un inútil con pretensiones y poder lucrarse. Todo tenía un aire de farsa. Ahora ZP es una persona manchada de sangre. Recuerda que se hizo con las elecciones con cerca de 200 muertos aún calientes. Consiguió revertir aquello y se hizo con el poder. Con Sánchez la cosa ha ido a peor. Desde el principio comenzó a mentir y no ha parado. Así que esto de Sánchez es un escalón superior al friquismo político. Con Sánchez vamos directos al desastre. De todas maneras esto va con la tradición socialista, mira José Bono, otro adelantado a su tiempo en quedarse con el personal. Acuérdate cómo regalaba relojes de tercera a la gente, se los quitaba y decía «mira, para ti», y los iba regalando, como aquellos buhoneros que iban por los pueblos. Son personajes del sainete friqui. Sánchez, sin embargo, aunque también ha triunfado por lo que no sabe hacer, está más cercano a la tradición del esperpento de Tirano Banderas, pero envuelto en la desfachatez y altanería de los «gorilas» posmodernos como Chávez y Maduro. Nos falta un Valle-Inclán que nos cuente su caída, derrota, juicio sumario y encarcelamiento. A no ser que huya a República Dominicana en el Falcon.
Dado que estoy ante una persona que se adelantó a su tiempo, ¿qué supo usted siempre?
No sé si me adelanté a mi tiempo. Simplemente, los demás estaban rezagados, en un tiempo digamos retrasado culturalmente. Cuando vieron que había otra forma de expresión, se apuntaron. Pero yo ya me había ido antes. Tal vez había tenido una perspectiva más amplia porque había viajado, tenía más información. Por ejemplo, con 11 años mis padres me llevaron a Lourdes y luego a la Costa Azul. Un viaje de familia de clase media, con el cochecito y otros amigos de mis padres. Y yo ya me fijaba en lo que veía, los bikinis, carteles de películas que en España ni por asomo se veían. Yo me enamoré de Francia y cuando pude me fui a trabajar allí, quería ver el Louvre, comprar libros que ni se conocían aquí, ni por supuesto estaban disponibles, muchos discos y ver cine prohibido. Recuerdo que vi El Gatopardo, de Visconti, Y Dios creó a la mujer, con Brigitte Bardot. Siempre tuve curiosidad y nunca establecí diferencias entre la cultura popular y la culta. Me interesaba por igual Velázquez y Elvis Presley. Nunca pensé que fueran incompatibles. Hoy es normal, pero entonces resultaba extravagante y provocador decirlo.
Usted siempre ha defendido una sexualidad sin límites, ¿cuándo empezó a ver que aquello ya estaba cambiando y todo era castrante y letras de abecedario? (Y lo peor, que aún sigan victimizándose)
Enseguida. Yo estuve en el nacimiento del primer colectivo gay de Barcelona. Eran sus pocos miembros de movimientos comunistas. Nunca me han gustado los comunistas. Lo de victimizarse y exagerar ocurrió cuando empezaron a copiar las Gay Parades americanas. Yo estuve en la procesión gay de San Francisco, en la época del SIDA, y era muy discreta. Pero a partir de los 90, los días del Orgullo Gay se convirtieron en una pesadilla grotesca. Yo fui una vez a Madrid y no volví nunca más. Recuerdo a Pedro Zerolo decir que gracias a él los homosexuales se podían casar, ¡pero si los homosexuales no querían casarse! Los únicos que querían pasar por el registro eran los gays de la derecha norteamericana. Además, Zaplana tenía una ley para la legalización de los matrimonios, todo tipo de matrimonios, así que la queja sobraba. Lo de la izquierda era más parodiar el matrimonio religioso. Ahí empieza la política posmoderna, cuando los políticos ven que no tienen ya proletariado y lo único que tienen son colectivos gays, feministas, ecologistas, etc.
Precisamente, usted entró en política porque le indignaba la corrupción del PSOE.
Cuando yo entré en política no solo yo estaba indignado, estaba indignada toda España. Quizá no tanto como ahora, pero la corrupción del PSOE de Felipe González era descomunal. A la gente ya se le ha olvidado, pero fue tremendo el latrocinio. Me propusieron como director de la Mostra de Cine de Valencia. Un festival que tuvo problemas desde el principio, antes de llegar yo. Lo llevaba la parte comunista del PSOE de Valencia y también intelectuales de Barcelona, bajo la batuta de Ricardo Muñoz Suay. Escogieron el Mediterráneo como zona de exhibición cinematográfica porque por aquella época se oponían a la entrada de la OTAN. Yo comencé sin saber lo complicada y politizada que era la Mostra en 1991. Y no te imaginas las trabas que puso la izquierda, cómo boicoteó el Festival.

Durante el tiempo que usted dirigió la Mostra de Cine de Valencia se llegaron a superar los 50.000 espectadores los días de Festival, con más de 4.000 espectadores diarios.
La izquierda había perdido el poder. Entraron Rita Barberá y González Lizondo, de Unión Valenciana, que era el partido opuesto al nacionalismo catalanista. Fue muy desagradable, impidieron que el festival se hiciera de forma tranquila. Cuando el PSOE se empeña en hundir algo, tiene unos tentáculos muy grandes. Son especialistas en repetir una mentira hasta que la gente la cree como verdad. Entonces no se hablaba aún del «relato». Mientras lo llevaban ellos sus homenajes en el festival estaban orientados al partido comunista, todo muy endogámico con comunistas como Melina Mercouri y Jules Dassin e Yves Montand, por ejemplo, eran los contactos de Ricardo Muñoz Suay. En general, la imagen que quedaba del Festival es lo cutre que era. Para colmo, los socialistas eran un desastre gestionando, dejaron una deuda grandísima, porque ellos están para trabajar, pero en la mangancia. Era imposible levantar aquello, nadie quería trabajar allí, ninguna empresa quería que su nombre se asociara al Festival y no era atractivo para los ciudadanos, no acudían a ver las películas. Fue entrar yo y comenzaron a hacerme la vida imposible. Decían barbaridades como que Valencia estaba al borde de la Guerra Civil, que la gente luchaba en la calle para que sus homenajeados no vinieran a Valencia. Fue Marco Ferreri quien me lo dijo. Yo le propuse que viniera a su homenaje, programado por los socialistas, y viera si era verdad. Todos le hicieron el vacío. Las críticas contra mí eran tan peregrinas como que yo me había cargado el concurso del cine mediterráneo, cosa que no era cierta, y que traía estrellas del cine norteamericano. Efectivamente, traje a Lauren Bacall, Tippi Hedren, Joan Collins, Peter O´Toole, Catherine Deneuve, Richard Chamberlain, Jacqueline Bisset, Jeremy Irons, Christopher Lambert, Sophia Loren, Christopher Lee y Claudia Cardinale Me recriminaban que les pagaba, ¡hombre!, los actores también cobran, es un trabajo, pero fíjate, ni Lauren Bacall, ni María Félix, ni Tippi Hedren cobraron. Al cuarto año el Festival ya estaba más que consolidado y las cuentas pendientes de los socialistas pagadas. Deudas que ascendían en 1991 a más de un millón de pesetas en fiestas, bares y restaurantes.
¿Cómo era convivir con esas estrellas del siglo XX que ya se acababa? ¿Contamos anécdotas?
Yo es que he tenido un trato muy normal con las estrellas, no soy nada mitómano. Para mí era muy fácil porque no les hacía mucho caso. Además, esos días no das abasto porque tienes que estar pendiente también de las secciones del festival, de las películas de los ciclos, el subtitulado y los invitados. Con la que tuve más relación fue con María Félix, nos peleábamos –risas– continuamente. Te mandaba de acá para allá, te preguntaba, te comentaba, era única y un tanto pesadillesca. Con Lauren Bacall también tuve una relación muy graciosa. Era diva a ratos. Inolvidable aquella vez que quería comprar unos bolsos en Loewe. Yo me escurrí y desaparecí. Al poco me llamó y me amenazó con no acudir a la sesión de su homenaje. Yo volví y, resignado, veía cómo se probaba bolsos, cómo discutía para que le descontaran el IVA americano. Nada más llegar al hotel pidió almendras fritas, (le habían hablado de ellas). Y los del Mercado Central de Valencia me pidieron que, por favor, la llevara. Fue apoteósico. Se llevó cajas llenas de regalos que le ofrecían los tenderos. Para hacer una fiesta en su casa de Park Avenue con su amigos. Fantástica. Otras eran más estrictas, como Sophia Loren que preparaba su actuación, su entrada en el escenario etc, con mucha seriedad y ordenando a todos. Tippi Hedren su fue al fútbol con los políticos y se lo pasó en grande. Otro caso fue el director egipcio de cine Youssef Chahine. De repente me dicen: «Chahine se quiere volver a Egipto». «¿Pero por qué, si lleva aquí diez minutos? », «que quiere que estés con él, quiere ir a comer mariscos contigo», me decían. Luego la comida le daba igual, era solo una forma de llamar la atención y de que le hicieras caso. Con Pilar Bardem igual, «oye, el director del Festival dónde está, que yo soy muy importante», y allá tenía que ir, a rendir pleitesía.
Usted abrió camino e hizo política seria y, a la vez, aperturista, culta y divertida. ¿Cómo era hacer política para la derecha?
Es que yo no hacía política. Yo no era político. Yo era un profesional al que contrataron como «cargo de confianza», que es el nombre oficial del cargo de director. Lo peor, precisamente, fue el trato con los políticos. Insistían constantemente en figurar y traer estrellas de Hollywood se hacía muy goloso. Las relaciones con los políticos son muy complicadas. La cultura les trae al pairo. Hice conciertos de música de cine con los más prestigiosos músicos como Lalo Schifrin, Armando Trovaioli, Michel Legrand, Maurice Jarre, Francis Lai y Bill Conti y no les interesaba mucho. Pero lo más divertido y provocador fueron los ciclos dedicados al Terror Psicotrónico, Thriller Killer, Horror Camp, Fantasmas Chinos, Pulp Movies, Blaxploitation, Trashvanguardia y al cine de la productora Troma, que presentó Alaska. Debido al éxito entre la gente joven y los friquis los progres se subían por las paredes. ¡Eso no es del Mediterráneo! ¡Evidente!
¿Cómo considera que debe la derecha plantear la política cultural?
Lo primero que tiene que hacer la derecha a la hora de hacer política cultural es enfrentarse a la política de la izquierda, que es hegemónica. Debe encontrar su propio camino. Lo que hacen los políticos es política cultural, no hacen cultura. Desde la subvención no se hace cultura, se hacen mamarrachadas. La cultura la hace la gente normal y corriente. Deben enfrentar los mantras de la izquierda que dominan la cultura desde hace un siglo, como la ideología woke. Y, sobre todo, no contratarlos. El problema es que los de la cultura de derechas se quieren parecer mucho a los progres. No hay que buscar gente de derechas para la cultura, si eres un escritor o titiritero no confiesas que eres de derechas. Son los progres, de ambas ideologías, los que se reciclarán por pillar de nuevo las subvenciones. Lo que hay que hacer es machacar los mantras de la izquierda. ¿Cómo se hace? Para empezar, no dándoles dinero para ningún chiringuito. Quitarles el dinero a los sindicatos y demás. Que contraten a la gente que quiera trabajar para la política cultural, pero sin la mediación de dinero ni de nada. Mira lo que ha hecho Juan Roig con el Roig Arena, en un año ya ha pagado el 70% de lo que ha costado con la venta de entradas. Porque es un empresario y no un político descerebrado. Reitero, los políticos no hacen cultura, hacen política cultural, es decir, montan sus chiringuitos para que se beneficien personas que en otras condiciones no trabajarían.
¿Está preparando un próximo trabajo? ¿Qué tiene en cartera?
Tengo una novela que en su momento no quise publicar: La peregrinación del deseo. La escribí de un tirón al poco de dejar la Mostra de Cine. Quería fijar mi experiencia con los políticos y aunque pueda parecer un «roman à clef», cosa que me asustó entonces por si esos políticos eran reconocibles, ahora las cosas se han difuminado y pasaría por una novela sobre un personaje que cumple las funciones de político de asuntos internos del partido. Lo sabe todo y todo debe disimularlo, trabucarlo para aminorar sus consecuencias. Ahora resulta un libro de anticipación política en forma de novela crítica con la orgía corrupta de algunos políticos valencianos y españoles. Es un «monólogo exterior» ininterrumpido de 200 páginas, al modo de unas confesiones, en la que un yo cínico descubre de forma impúdica todo aquello que se sabe y se escucha a voz en grito cuando merodeas en la superficie de los partidos y que debe permanecer oculto. Ahora estoy acabando un ensayo sobre las letras de las canciones de amor pop de los años 50 y 60, que son las baladas más fascinantes y hoy desconocidas de la segunda mitad del siglo XX: La herida sentimental. Un análisis de la sentimentalidad desde Elvis Presley a la ruptura de los Beatles, que con la contracultura y la revolución sexual pusieron fin a las canciones de amor pop.