David Alandete: «El poder tiene que dar la cara y Trump, en ese apartado, cumple y se expone»

Conversación con el corresponsal sobre el trabajo periodístico en la Casa Blanca, la relación del presidente Trump con los medios y el papel de España en la nueva realidad internacional que se configura

David Alandete atesora una pericia y fino olfato periodístico que hacen de él uno de esos raros (por extraordinario) periodistas de raza. Cada día, en televisión o por escrito en ABC, envía magníficas piezas desde la Casa Blanca, ejemplos del buen hacer informativo. Le interesa la información, por supuesto, pero también la persona a la que deja que se exprese, que diga cuanto quiera. Hoy tan acostumbrados a medios rendidos a la propaganda o al adoctrinamiento y con la comunicación construida sobre la idea del engaño o la perversidad de las redes sociales, con David Alandete, al que acusaron de antipatriota por preguntar sobre España a Donald Trump, estamos ante un periodista de los de antes. Recuerden, preguntar es informar.

Cada una de sus crónicas conservará esa frescura del instante que trascenderá más allá de modas y épocas. Y entre ellas esta conversación con IDEAS a propósito de su libro Objetivo venganza (La Esfera de los Libros), una reconstrucción del periodo que abarca desde la derrota electoral  de Donald Trump, tras ganar Biden en 2020, hasta su victorioso retorno a la presidencia de Estados Unidos. 

Usted (y su fino olfato periodístico) eligió perseverar sobre la cuestión de Venezuela, cuando nadie sospechaba que Trump tenía un plan inmediato para hacer caer a Maduro. Percibió que ahí había algo más. ¿Ve, en esta ocasión, algo en el horizonte que indique soluciones respecto a crisis mundiales como lo de Irán, Ucrania, Venezuela, Cuba…?  
Venezuela no era una intuición aislada. Era una acumulación de señales. Cuando una Administración empieza a mover piezas diplomáticas, militares, judiciales, energéticas y de inteligencia al mismo tiempo, hay que mirar más allá del comunicado oficial. En Venezuela había demasiados indicios para pensar que todo seguía igual. Y no seguía igual.

Ahora veo algo parecido en otros frentes, pero no necesariamente con la misma solución. Irán, Ucrania, Cuba y Venezuela son crisis distintas, con historias distintas y costes muy distintos. Lo que sí tienen en común es que Estados Unidos ha entrado en una fase de política exterior mucho más directa, menos paciente con los equilibrios tradicionales y más dispuesta a usar presión económica, militar y diplomática a la vez.

En Ucrania, Trump quiere un acuerdo, pero no está claro que Putin quiera pagar el precio real de la paz. En Irán, la lógica ha sido más dura: impedir que el régimen sea una amenaza nuclear y militar, aunque eso abra preguntas enormes sobre el día después. En Cuba, se está endureciendo mucho el lenguaje y la presión, pero toda acción allí tendría un coste histórico y regional muy sensible. Y en Venezuela estamos viendo el inicio de una reconstrucción muy compleja, con vuelos reabiertos y relaciones económicas que empiezan a moverse tras años de ruptura. La reapertura de vuelos directos entre Estados Unidos y Venezuela, por primera vez desde 2019, es una señal concreta de ese cambio. 

La solución no será una foto ni una firma. En casi todos estos casos, el problema empieza después de la caída, del acuerdo o del alto el fuego. Lo difícil no es solo cambiar una situación; es construir algo que aguante.

Viendo sus crónicas, tiene que ser una «bendición» trabajar en la Casa Blanca. Corresponsales de diversos países del mundo, que se llevan bien y a los que Trump conoce y da turno de palabra. Luego miramos a España y la sala de prensa del Gobierno está medio vacía y con control de medios…

La Casa Blanca es un lugar durísimo y fascinante para trabajar. Hay presión, competencia, tensiones, egos, mucha velocidad y también mucha información. Pero hay algo fundamental: el presidente se expone, los periodistas preguntan y el poder tiene que convivir con la incomodidad de ser interrogado.

Eso no significa que sea un paraíso. Hay restricciones, hay decisiones discutibles, hay acceso desigual, hay momentos de tensión real entre la Administración y los medios. Las asociaciones de prensa han denunciado, por ejemplo, restricciones recientes en el Pentágono y otros cambios en el acceso de periodistas. Pero incluso con todo eso, la cultura política americana conserva una idea básica: el poder tiene que dar la cara. Y Trump en ese apartado cumple y se expone.

En España hemos normalizado demasiadas ruedas de prensa sin preguntas, comparecencias blindadas, medios afines colocados como escudo y salas de prensa domesticadas. Eso empobrece el oficio y degrada la democracia. No hay nada más sano que una pregunta sencilla hecha en el momento adecuado. Y no hay síntoma más preocupante que un poder que se enfada porque alguien pregunta lo obvio.

Es, probablemente, el presidente que más se somete al escrutinio directo de los periodistas

Sí, Trump se expone mucho, es transparente. Se le pueden criticar muchas cosas, y yo lo he hecho, pero no se puede negar que acepta un nivel de contacto directo con la prensa muy superior al habitual. Responde en el Despacho Oval, en los pasillos, antes de subir al helicóptero, en viajes, en actos bilaterales, en reuniones con otros líderes. Eso genera momentos caóticos, contradicciones y titulares explosivos, pero también permite ver al presidente sin el filtro completo de sus asesores.

La Casa Blanca, como institución, sigue siendo el centro informativo más exigente del mundo. La propia Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca recuerda que mil periodistas cubren allí a diario al presidente con la misión de exigir cuentas al poder. Con Trump, esa exposición es todavía más intensa. No siempre es ordenada, no siempre es cómoda, pero es real.

«Vivimos una edad de oro del periodismo internacional gracias a Trump», dice usted

Lo dije porque Trump ha devuelto la política internacional al centro de la noticia diaria. Todo se mueve a la vez: guerras, alianzas, sanciones, comercio, fronteras, energía, inteligencia, presión militar, diplomacia personal. Para un corresponsal, eso es una fuente constante de información y de tensión narrativa.

No lo digo como elogio político. Lo digo como descripción periodística. Hay presidentes que administran la realidad y presidentes que la alteran con sus acciones. Trump la altera cada día. Obliga a cubrir, verificar, contextualizar, separar amenaza de decisión, gesto de estrategia, exageración que es una señal. Eso exige más periodismo, no menos.

¿El síndrome TDS (Trump Derangement Syndrom) usted lo ve allí? ¿Es tan, como señalan delirantes, como una pandemia para investigarlo?

Creo que existe una incapacidad bastante extendida para analizar a Trump con normalidad. Hay gente que lo odia tanto que deja de entenderlo. Y cuando dejas de entender a un político con poder real, dejas de informar bien sobre él, haces una burda caricatura.

Trump provoca rechazo, a veces por razones comprensibles. Su lenguaje puede ser agresivo, su forma de gobernar puede ser abrupta, y muchas de sus decisiones merecen escrutinio duro. Pero una cosa es fiscalizar y otra convertir cada gesto en una patología. Hay periodistas, analistas y políticos que no informan sobre Trump: reaccionan contra Trump. Y eso no es periodismo, es reflejo condicionado.

El problema del llamado TDS no es que alguien critique a Trump. Criticarlo es necesario. El problema es que algunos ya no escuchan lo que dice, no miran lo que hace y no analizan lo que consigue o fracasa en conseguir. Solo califican. Y cuando el periodismo sustituye los hechos por adjetivos, pierde su función.

El presidente Trump, recientemente, atendiendo a la prensa en la Casa Blanca ante de subir al Marine One

¿Esa negatividad constante contra Trump en los medios a qué es debido?

Hay varias razones. Una es ideológica. Otra es cultural. Otra es profesional. Trump rompió el molde de lo que muchos medios esperaban de un presidente americano. No habla como ellos creen que debe hablar un presidente, no respeta muchos códigos de Washington y convierte la relación con la prensa en combate.

Pero también hay una razón más incómoda: Trump da audiencias, lectores, televidentes, oyentes. La indignación contra Trump ha sido un negocio enorme. Hay medios, comentaristas y plataformas enteras construidas sobre la reacción permanente a Trump. Eso genera incentivos perversos. Cuanto más escandaloso se presenta todo, más clics. Cuanto más apocalíptico el titular, más atención.

Eso no significa que Trump sea una víctima inocente. Él alimenta esa dinámica. Pero los medios también han vivido de ella. Y ahí es donde el periodismo debe parar y preguntarse: ¿estamos explicando el poder o estamos participando en una guerra tribal?

¿No hay poder más agresivo que el que teme una pregunta sencilla?

No hay poder más agresivo que el que teme una pregunta sencilla. Las preguntas sencillas son peligrosas porque no permiten esconderse detrás del tecnicismo. ¿Quién decidió esto? ¿Cuándo lo supo? ¿Por qué se ocultó? ¿Quién pagó? ¿A quién beneficia? ¿Qué cambia mañana?
El poder tolera mejor una gran teoría que una pregunta concreta. La teoría se puede esquivar. La pregunta concreta exige una respuesta. Por eso, cuando un político, un portavoz o un aparato mediático reaccionan con furia ante una pregunta simple, muchas veces es porque esa pregunta ha tocado el punto exacto.

¿Qué ocurre detrás de una rueda de prensa de Trump? Por cierto, Trump tiene una capacidad de trabajo que impresiona.

Lo que más sorprende es la velocidad. Todo puede cambiar en minutos. Entras pensando que el asunto del día es uno y sales con tres titulares internacionales. A veces una pregunta aparentemente secundaria abre una crisis diplomática. Otras veces Trump deja caer una frase que parece improvisada y días después se convierte en política oficial.

También sorprende su resistencia física. Trump puede estar en varios actos, recibir líderes extranjeros, responder a la prensa, viajar, llamar a otros mandatarios y volver a aparecer por la noche con la misma energía. No es una pose. Se le puede discutir el método, el fondo y el tono, pero no la intensidad de trabajo.

Lo más interesante es que muchas veces la rueda de prensa formal no es el lugar donde está la noticia. La noticia puede estar en una frase al salir, en una respuesta lateral, en un comentario a un periodista extranjero, en una pregunta que le incomoda o en una broma que revela una decisión más seria de lo que parece.

Usted ha visto tomar decisiones en cuestión de minutos. ¿Este ritmo de trabajo y de acciones mundiales cambiará con la cercanía de las Midterm y después de su celebración?

La cercanía de las elecciones parciales siempre cambia el cálculo político. Cualquier presidente empieza a mirar más al electorado, al Congreso, a la economía y al coste interno de sus decisiones. Trump no será una excepción. Pero su forma de gobernar no va a volverse pausada de repente.

Lo que sí puede cambiar es la selección de prioridades. Habrá más decisiones pensadas para mostrar fuerza, resultados y contraste con los demócratas. Más énfasis en seguridad, frontera, economía, guerra y orden. También más presión sobre aliados que, a ojos de Trump, no pagan suficiente o no acompañan lo bastante.

La política exterior no se detendrá por las midterm, pero se leerá cada vez más en clave interna. Y con Trump, la frontera entre campaña y gobierno siempre es muy fina.

Su título, Objetivo venganza. ¿El principal motivo de Trump es la venganza?

El título no significa que Trump se levante cada mañana pensando solo en vengarse. Significa que entendió políticamente una emoción muy poderosa en una parte de Estados Unidos: la sensación de agravio. Cuando dijo «yo soy vuestra venganza», no hablaba solo de sí mismo. Hablaba a millones de votantes que creen que las élites políticas, mediáticas, culturales y judiciales los han despreciado durante años.

Trump convierte ese dolor, ese malestar, en programa político. A veces lo hace con eficacia. A veces con excesos. Pero quien no entienda esa palabra, «venganza», no entiende su relación con su base. Para muchos de sus votantes, Trump no es solo un presidente; es el instrumento con el que responden a un sistema que consideran hostil.

La clave es distinguir entre venganza personal y venganza política. La primera puede ser peligrosa. La segunda explica buena parte del trumpismo: una coalición que no solo quiere gobernar, sino ajustar cuentas con un orden anterior.

Trump parece el caos. Deja caer comentarios, insinúa datos, y nadie le toma en serio. Y luego se cumplen. ¿Qué tiene que pasar para que el resto de los periodistas se tomen en serio justo eso, el periodismo, e informen, no califiquen o insulten, cuando hablan del gobierno de Trump?

Trump parece caos porque comunica como caos. Pero muchas veces hay una lógica detrás. Deja caer una idea, observa la reacción, mide resistencias, obliga a sus aliados a posicionarse, descoloca a sus adversarios y luego decide si avanza o se repliega.

El problema es que muchos periodistas siguen tratándolo como si todo fuera una ocurrencia. Y no todo lo es. Algunas frases que parecían exabruptos acabaron siendo doctrina. Algunas amenazas acabaron en negociación. Algunas insinuaciones acabaron en decisiones. Eso no significa que todo lo que diga vaya a ocurrir, pero sí que todo debe tomarse en serio hasta que se demuestre lo contrario.

El periodismo tiene que recuperar una regla básica: escuchar, verificar y explicar. No insultar. No diagnosticar. No competir a ver quién encuentra el adjetivo más brillante. Trump exige distancia crítica, pero también rigor. Y el rigor empieza por aceptar que el poder, incluso cuando se expresa de forma estridente, sigue siendo poder.

¿Qué estamos ganando con la presencia de Trump? ¿Qué nos estamos dejando por el camino?
Estamos ganando claridad. Trump ha obligado a muchos países, instituciones y aliados a decir la verdad sobre su dependencia de Estados Unidos. Europa habla mucho de autonomía estratégica, pero sigue dependiendo de Washington para su seguridad. Muchos gobiernos critican a Estados Unidos, pero esperan que Estados Unidos resuelva las crisis. Trump ha puesto esa contradicción sobre la mesa.

También estamos ganando velocidad. Las cosas se mueven. A veces demasiado rápido, pero se mueven. Hay decisiones, presión, negociación, resultados y consecuencias.

¿Qué nos estamos dejando por el camino? Parte de la previsibilidad del orden internacional. Parte del lenguaje diplomático clásico. Parte de la confianza entre aliados. Y quizá también una idea de liderazgo americano más estable, más institucional y menos personalista.
Trump fuerza soluciones, pero también fuerza tensiones. Puede desbloquear crisis que llevaban años congeladas, pero puede abrir otras nuevas. Esa es la paradoja: su energía política produce movimiento, pero no siempre produce estabilidad.

La administración estadounidense está reconfigurando el orden internacional y España no está tomando buena nota  del momento. Seguimos sin tener un plan por parte de nuestros gobernantes para entender este cambio de época. ¿Qué augura usted?

España no está leyendo bien el momento por la conveniencia de su gobierno. Seguimos actuando como si el mundo fuera el de hace veinte años: cómodo, regulado, previsible, con Estados Unidos garantizando la seguridad, Europa pagando tarde y mal, y España viviendo de declaraciones solemnes sin coste real.

Ese mundo se ha acabado. Estados Unidos está revisando alianzas, bases, gasto militar, comercio, energía, migración y compromisos exteriores. Y España debería tener una estrategia seria para ese nuevo escenario. No la tiene.

El problema no es solo este Gobierno, aunque sus líderes busquen el enfrentamiento con Washington porque les viene bien politizarlo. Es una cultura política que trata la política exterior como un decorado. España no puede permitirse improvisar con Estados Unidos, con la OTAN, con América Latina, con el Mediterráneo y con Marruecos. Necesita saber qué quiere, qué ofrece y qué está dispuesta a defender.

Si España sigue sin tomar nota, pagará un precio: menos influencia, menos acceso, menos capacidad de negociación y más dependencia de decisiones tomadas por otros. En este nuevo mundo, quien no tiene plan acaba siendo parte del plan de otro.

(Fotografía de David Alandete cortesía de La Esfera de los Libros)

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