Julio Martínez Mesanza: «Hay una cristofobia, de cuño no occidental, que directamente mata»

Conversación con el poeta, traductor y Premio Nacional de Poesía, autor del reconocido y ya de culto poemario «Europa»

Leemos a Julio Martínez Mesanza, «no debes escuchar a la tibieza, / ni a su amiga triunfante, la ironía. /  No vayas con quien nunca dice nada, / ni con quien vive siempre enmascarado», en la antología  Jinetes de luz en la hora oscura y que se lee como un generoso abrazo, sobre todo en estos tiempos. Martínez Mesanza, filólogo especialista en literatura italiana y fiel a nuestros clásicos –Góngora, Quevedo, Garcilaso…–, se alzó con el premio Nacional de Poesía en 2017 por el poemario Gloria,pleno de fe. Fue director académico del Instituto Cervantes y dirigió cinco de sus centros. Con Europa, su poemario mítico que mantiene la frescura y la tradición como el primer día tras 43 años, iniciamos esta conversación que navega sobre la sensatez  –«esa primera condición de la dicha», que proclama el coro de Antígona–  y las huellas de lo leído y lo vivido.

Por fin puedo llevarle la contraria a Golpes Bajos ya que parece que son un poquito menos malos los tiempos para la lírica. Su poemario Europa, cantado por Loquillo, se ha convertido en un superventas

La poesía tiene un público mucho más amplio de lo que se cree. Es un público que quizá no lea libros de poesía, pero que, diariamente, se emociona con ella, a veces sin saber que se trata de eso, de poesía. Por ejemplo, con las letras de las canciones. Igual que existe una música ligera (aunque ya no la llamen así), existe lo que podríamos definir como «poesía ligera», que, en muchas ocasiones, es buenísima. Si sólo nos referimos a la poesía culta, habría que decir que, entre todas las artes, es la que se ha contaminado menos de las formas fáciles y degradadas de la modernidad. Siempre ha habido buenos tiempos para la lírica.

Cuarenta y tres años ya de Europa, y que ha continuado ampliando. A toro pasado, ¿ha ido decayendo su idea inicial sobre Europa? ¿Cómo se asoma hoy al mundo?

Todo se ha acelerado. Yo sabía, como muchos otros, que las cosas no iban bien y que el futuro de Occidente se presentaba negro. Me imaginaba estas cosas que vivimos ahora, o parecidas, pero creía que iban a tardar mucho más en llegar. Todo ha ido muy rápido. Lo veíamos venir, pero no esperábamos que se presentara tan pronto, por más que tuviéramos claro que la velocidad es el signo de los tiempos. Ahora, res ad triarios venit, estamos desbordados y la esperanza escasea.

Decía que escribir Europa le había servido para entenderse a sí mismo, ¿lo ha logrado?

Más que Europa en concreto, creo que escribir poesía ayuda a preguntarse más sobre uno mismo. Entenderse es más difícil. El poema, por racional que sea, siempre excava zonas desconocidas; por muy planificado que esté, siempre trae a la superficie algo que el poeta no imaginaba y que forma parte de nuestra más profunda intimidad.

Recuerdo una entrevista a Álvaro Mutis en la que decía que el siglo XIX era un siglo idiota. Del siglo XX que era de una demencia aterradora, la conspiración más grave contra la presencia del hombre en la tierra. ¿Cómo está siendo, desde su punto de vista, el siglo XXI?

Es muy difícil que el siglo XXI supere en maldad al XX. Las dos grandes guerras, el Holocausto… Aunque los hombres de todos los siglos han dado muestras de maldad infinita, la industrialización de la muerte y del asesinato que tuvo lugar durante el siglo XX creo que no tiene parangón. El siglo XXI, hasta ahora, sólo le supera en una cosa, en la estupidez. A mi muy querido y recordado Álvaro Mutis seguro que este siglo XXI le habría parecido más idiota aún.

Usted que vive en un lugar tan maravilloso como es el lenguaje y las palabras, qué fascinante es, por ejemplo, cuando palabras bellas poseen connotaciones negativas a veces, como «estoy hecho un cuadro» ¿Cuándo se dio cuenta de que las palabras servían para nombrar el mundo y de miles de formas diferentes?

Una de las peores catástrofes del pensamiento (sobre todo, en el siglo XX) ha sido la de poner en duda la sencilla verdad que dicen las palabras, esa correspondencia entre objeto y sonido, que la gente entiende a la primera. Se ha puesto en duda que el lenguaje sea un instrumento, una herramienta fiable. Y ese ha sido el primer paso para pervertirlo. Si no existe la exactitud, o no importa, podemos, a partir de ahí, hacer lo que queramos, incluso darle otro sentido a las palabras, casi hasta el oxímoron, como ocurre en ciertas parcelas del wokismo. El lenguaje no era un activo fiable, parece ser, pero manipularlo sí da buenos dividendos. En cualquier caso, en mi adolescencia, creo que me dejé deslumbrar más por la música de las palabras que por su sentido. La música de las palabras, la música del verso, es la que nos hace amar la poesía. No se trata sólo del ritmo. Hay una melodía muy especial en las sintaxis de los buenos poemas. El sentido, indudablemente, siempre está ahí, y es muy necesario que esté, pero, sin esa música, no sería capaz de decirnos todo lo que nos dice.

A usted lo catalogan constantemente de poeta épico, cosa que a usted no le hace mucha gracia porque parece que le ciñen sólo a una definición y usted es mucho más en sus poemas. ¿Uno no elige su voz? ¿Cómo es su relación cotidiana con la poesía?

La verdad es que mi relación con la poesía, como autor, cada vez es más escasa; como lector, es otra cosa: leo poesía a diario aunque no me lo proponga (más las relecturas, que ésas sí me las propongo a menudo). Hubo un tiempo en que mi actitud ante ella era mucho más activa, pero es algo que, inevitablemente, va decayendo con el tiempo. Hay un entusiasmo al principio que resulta muy difícil mantener a lo largo del tiempo. Hay momentos de pleno retorno a ese entusiasmo; pero, en general, tiende siempre a decrecer. Y quizá es bueno que sea así, para no añadir cosas que pueden ser apreciables, pero que, sobre todo, resultan redundantes. La poesía es un don y con los dones hay que ser agradecido, porque, si no, terminan abandonándote, pero tampoco hay que decir por decir, porque la poesía merece un respeto.

«La relación con la poesía, como autor, cada vez es más escasa», dice. ¿Este mundo y esta sociedad no le inspiran motivos poéticos?

El mundo y la sociedad inspiran siempre. Si tuviese el ingenio de Juvenal, esta sociedad me ofrecería un auténtico tesoro para escribir sátiras. Mi relación con la poesía es más escasa debido a la edad. Unos escriben más que nunca y sin parar cuando llega la vejez y otros nos vamos retirando poco a poco, cuando ese entusiasmo de que hablaba va palideciendo.

Usted aboga por releer a los clásicos, sabiamente. «Sin los clásicos no hay nada que hacer», me decía en una ocasión el inolvidable José María Álvarez. ¿Pueden ser un antídoto contra la barbarie?

Pocos defenderán tanto la lectura de los clásicos como yo, pero, contra la barbarie, lo primero que hay que tener es una conciencia despierta y un hondo sentido moral. Las élites de ahora, en su gran mayoría, son analfabetas, pero las del siglo XX conocían muy bien a los clásicos, incluso los podían recitar de memoria en sus lenguas originales, y, sin embargo se entregaron a esa barbarie. La lectura de los clásicos ayuda a que el hombre honesto sea mejor, pero no hace bueno al malvado.

Cuando a la hora de escribir surge la poesía sencilla, con palabras cotidianas, nos sorprende el milagro de visitar a los grandes clásicos, y eso me pasa al leerle. Con Grecia y el latín aprendemos una actitud ante la vida, pero leyendo a Garcilaso, Fray Luis de León, Góngora, de ellos se aprende poesía… 

Nadie puede aspirar a escribir poesía culta medianamente decente en castellano sin haberse empapado de Fray Luis, Lope, Quevedo y compañía… Creo que, ahora, los más jóvenes leen demasiada poesía contemporánea extranjera traducida. De ahí, ese español correcto, pero muy desabrido, que podemos encontrar en bastantes poetas.

Español desabrido… Es verdad esa tendencia hacia la poesía extranjera

También leen a nuestros clásicos, pero, ahora, circula mucha más poesía traducida que antes y eso se acaba notando. Muchas veces, se trata, sin más, de prosa distribuida en líneas más cortas. Son poemas bien argumentados a veces, pero sin ninguna musicalidad.

Dicen que hay un retorno de la religiosidad, de la espiritualidad, de la mano de artistas que arrastran a miles de seguidores. Por otra parte, la pérdida del latín en misa, la liturgia clásica, puede que provocara desafección… Parece que el nuevo Papa está recuperando algunas tradiciones…

La verdad es que no tengo una opinión al respecto. Quizá habría que esperar un tiempo para ver si se trata de algo real y profundo o sólo de una moda pasajera. En cualquier caso, siempre será mejor eso que la insistencia en la burla y la blasfemia. Y a mi entender, esa pérdida, la de la liturgia en latín, influye, sobre todo, en la relación del creyente con lo sagrado, no tanto en la religiosidad. Por lo demás, todo lo que sea recuperar ciertas tradiciones, me parece muy positivo.

Las trincheras es el más cristiano de sus libros, «felices las ciudades que conservan indemnes sus iglesias, y felices las que, después del siglo, las consagran». La iglesia católica sufre una persecución evidente. ¿Qué opina de la actual cristofobia?

Hay una cristofobia, digamos clásica, que viene de la Ilustración, e incluso de más allá, y que se ha manifestado de mil maneras a lo largo de la historia, desde la burla y la polémica hasta la violencia, llegando incluso al asesinato masivo, como en la Vendée, que fue un Holocausto avant la lettre. Ahora, en ese sentido, en el criminal, la vemos más calmada, pero sería de ingenuos bajar la guardia. Y hay otra, de cuño no occidental, que no polemiza ni se burla, sino que, directamente, mata. Lo hace desde el siglo VII, con momentos de mayor o menor intensidad, llegando a menudo a la persecución, como ahora. Lo peor de todo esto es que la primera, la ilustrada, mantiene una connivencia asesina con la segunda, aunque sólo sea a través del silencio cómplice.

Trabajo, familia, sociedad, eutanasia, aborto, cultura woke, todo está en permanente conflicto. Inquieta también la indiferencia. Abundan los tibios, contra los que, con razón, arremetía San Pablo…

Un tibio es el contrincante peor que puedes tener enfrente. Alguien que, realmente, no cree en nada, es imbatible. Las palabras de san Pablo y las de ese canto tercero de la Comedia de Dante, en el que los ignavi, los pusilánimes y tibios, los que jamás tomaron partido, son aguijoneados por los tábanos, los ponen en su lugar. Lo que me resulta asombroso es el crédito que sigue teniendo la equidistancia. No se trata, ni mucho menos, del término medio aristotélico, sino de una forma de cobardía disfrazada de prudencia.

Decía San Juan de la Cruz: «Al atardecer de la vida nos examinaran del amor». ¿Tiene respuestas a la pregunta ‘en qué consiste esto de vivir’?  

Por suerte, el paso de los años, ayuda a desprendernos de muchos hábitos negativos; hay otros que, por desgracia, se van a quedar con nosotros para siempre. Releí hace dos o tres años el De senectute de Cicerón, y lo entendí mucho mejor que cuando lo leí por primera vez de joven; lo leí como si estuviera escrito para mí (¡y es que, en realidad, lo estaba!). Es la mejor edad, y uno debe estar agradecido cuando llega a conocerla, y más cuando tantos mejores que yo han quedado por el camino. La pregunta sería: «Señor, si me has traído hasta aquí, si me has preservado, será para algo, ¿no? » Lo que tenemos que encontrar dentro de nosotros es ese algo para el que hemos llegado hasta aquí.

(Fotografía de José del Río Mons)

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