(La primera parte del artículo puede leerse aquí)
Se ha hablado mucho y muy mal de los cuarenta años de la “universidad franquista” (1939-1982) y del “atroz desmoche” de la elite intelectual y científica patria. Una secuela no menor del mito del “páramo cultural”, consecuencia, a su vez, del “complejo de inferioridad del español”. No se insiste tanto, sin embargo, en el erial de su sucesora, la no menos atroz y empachada “universidad socialista” (1983-2026), hechura ya mediocentenaria de aquella infame Ley Maravall reclutadora de profesores ignaros y mozos del partido. Pues hubo unos años en los que el carné del PSOE, cual apostilla de La Haya, convalidaba toda insipiencia. Empobrecida su alma por los dispendios, fastos y disparates de ministros y rectores, sobrevive apalancada por una burocracia otomana, combinación letal de déficit crónico y “zarangollismo”, concepto inventado por cierto galeno con vista de entomólogo. Embocamos el final de la escapada y solo una refundación terca en los principios y económica en el presupuesto podrá salvar el organismo exánime de la universidad española.
Gatopardismo
La crítica literaria bienqueda ha utilizado el universo espinosiano de catedráticos y auxiliares para fustigar, muchas veces injustamente, a la institución universitaria bajo la dictadura, redimida presuntamente de sus peores faltas, la politización y el clasismo, en los años ochenta. Pero ni las diferencias son tantas ni, acaso, un juicio histórico ponderado ha de absolver a la universidad contrafranquista de esos mismos vicios, agravados por la traición a los maestros –a todos casi sin excepción–, por las jubilaciones forzosas o despidos políticos y por la infantilización del personal. Pues resulta que a los señores feudales han sucedido las guardesas de Kindergarten y el contador de premios Nobel de las universidades públicas españolas sigue a cero desde hace ciento veinte años.
Una novela como Olvidanza y atrevimiento, de Alfonso García Figueroa, deja en mantillas –en procaz salto de cama, más bien– el conato de sociología universitaria (sociología del conocimiento) de Miguel Espinosa en La fea burguesía y Escuela de mandarines. Lo del mirífico rector Hipocasto (Gregorio Peces Barba), icono de la Transición, Verfassungsvater, machina de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y señor de horca y universidad, constituye una españolada total, ontológica y antológica a la vez.
En su espirometría de las ruinas universitarias, el profesor García Figueroa hace comparecer, tácitamente, a la ANECA, animal parásito, coyunda de la libertad y cinturón de castidad impuesto a los jóvenes profesores. Fungen en ella prototipos espinosianos puros e infatuados con los que conviví unos meses, observando y apuntando su proceder ritualizado para mejor ocasión, camuflado entre ellos en restaurantes económicos y en la hilera de adquirentes de décimos de lotería, como personajes de la corte de los milagros. Uno de ellos, Julio Víctor González García, el inefable Niño de la Alcántara, administrativista acechado en la distancia, ponente o informante de una de esas comisiones cartaginesas de profesorado, firma con su zurda el célebre “Informe exculpatorio Begoña” y con su diestra informes a porrillo de no-idoneidad que se abatirán sobre los torturados aspirantes; después, tal vez, se insinuará “a qué” aspiran los aspirantes. En el currículo palabrero de este espinosiano personaje –él sí que es “Idóneo”–, reza que sus opiniones o dictámenes son citados por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, pero omite que sus fechos son referidos asimismo por las escuchas y dosieres de la UCO… otro quídam, pues, que “dobla la cerviz, obra como pillo y aplaude al prevaleciente” (fragmento 42 de “Clase gozante”, segunda parte de La fea burguesía).
Dalmacio Negro, que me seguía la corriente, entretenido, cuando le hablaba de estos jollines, me convenció hace unos años para escribir un articulillo contra ese flagelo, que él firmaría encantado y protector (vis tutelar), para exponer su nombre a los rigores y castigos y no el mío. Así que compuse “Delenda est ANECA”, cosechando en sus 3000 palabras todos los nombres y antífrasis de ese Sanedrín de la tontuciería, en sentido homenaje a Miguel Espinosa: Adoquinato, Botellica de zotal, Cátedra de comineros, Claque de tartufos y tartufas, Falluta excelencia, Nido de caparras, Metástasis de la universidad, Vana tribulación, Variopintos tontos, Reunión de tordanchas cagastiles, Tontos vanagloriosos, Tribunal de acémilas… hasta los quinientos apelativos. Proyectado sobre este abigarrado decorado, en el que todo ha cambiado para que todo siga igual y, en consecuencia, mucho peor, se entiende todavía mejor al escritor murciano, cuyo ojo parece el del Espíritu Objetivo y aun el logos “que se cierne sobre la superficie de las aguas” (Gén 1,2).
“Demasiado ingenioso y ciertamente rebelde”
En la universidad de la época, en la de Murcia, en la Sorbona o en la San Carlos de Guatemala, había dos clases sustantivas de sujetos, acaso también hoy, debajo del interclasismo favorecido por la era inflacionaria (Jacques Rueff) y el triunfo de la forma-capital (Alain de Benoist): según Espinosa, la clase de los linajes locales y la de los que solo tienen nombre. El de Caravaca solo es un “Miguel” carente de atributos. Lo comercial, lo obrero o lo campesino no son linajes, como sí lo son lo notarial, lo registral o lo boticario, sino razas y –sub specie sociológica– una triste condición social.
Miguel tiene vocación intelectual, más filosófica política que jurídica; por eso, cuando vuelve al alma mater para concluir, como sea, la licenciatura, se incorpora al Seminario de Derecho Político que anima cierto auxiliar, eterno aspirante a cátedras y modelo de profesor obsecuente, con los unos primero y después con los otros. De él contaba Capmany un rumor extraordinario y que yo tengo por certísimo: después de arengar a sus compañeros divisionarios en la estación ferroviaria del Carmen, los jóvenes del primer contingente murciano de la División Azul (primeros días de julio de 1941), este hombre, telonero de Santiago Montero Díaz, se apea discretamente del convoy de la gloria en la cercana estación de Alcantarilla y regresa al hogar, con papá y mamá. Ultraberlanguiano. No escaseaba entonces la materia literaria en mi campus mercedario.

Espinosa desea hacer carrera y escribir una tesis doctoral sobre el poder, pero, ay, sin citas, según se le reprocha. Causa formal invalidante. Escribe, en acto reflejo, los parágrafos y fragmentos de un libro que lleva ya muy pensado en el magín: De la tiranía y del que va redactando algunos capítulos como este: “De los grupos de dominio, castas, partidos políticos y clases”. Veinte páginas inéditas sobre la ley de hierro de las oligarquías, presumo, y que me gustaría poder leer. Se ve como ayudante de Mariano Hurtado, futuro catedrático de Filosofía del Derecho. Recomendado por Manuel Fraga pide incluso una beca o premio de la Fundación Juan March. Contra toda esperanza, mantiene la fe. Mas su cratología, materia ciertamente exotérica y sin arcano para un tribunal de banqueros, no solo pierde el deseado estipendio, sino que, además, el joven impremiado ha de verse humillado por el lacónico veto del rector Bulgario (el civilista Manuel Batlle, rector eternizado por sucesivos Ministerios de Educación). Así le cuenta su fracaso a Mercedes: “Mariano Hurtado me propuso, por fin, a Batlle como posible Profesor Adjunto de Filosofía del Derecho, y este Batlle me vetó por resultar, a su juicio, «demasiado ingenioso y ciertamente rebelde»” (31 de octubre de 1960).
Los años 60 debieron ser, pues, también intelectualmente, muy amargos para él. Mas no se rinde y afila su pluma. Equis, como pondría Andrés Trapiello en sus diarios, le parece un “fascista manso”, una “sustancia vacía”, “un satanás tonto” o bien “la vulgaridad de la ausencia de talento”. Doble uve y Zeta, en cambio, resultan “nefríticos, carantoñeros, babancas, cobistas y anormales”. De este modo, los personajes de La fea burguesía se van construyendo solos, con fragmentos y estampas de la vida murciana de aquellos años, pero sin teoría sociológica, porque la suya no es una novelística de costumbres.
El catedrático Cipriano Castillejo, de “Castillejo y Cecilia” (fragmento 1 de “Clase media”, primera parte de La fea burguesía), constituye el paradigma del humor terrible del escritor y su escritura, más que de sus humildes modelos, examinados por Espinosa como naturalezas muertas. El mozo Castillejo, fingido estudiante provincial, se adhiere en Madrid, según nos cuenta la novela, “a la facción de cierto ilustre catedrático, llamado F. J. Conde”. El mismo Castillejo, poco después, funcionario y biencasado, ha de llevar en su viaje de novios “«El concepto de imperio en el Derecho Internacional», de un tal Carl Schmitt” y diversas “obras del propio F. J. Conde, su autor predilecto”, entre otras, Representación política y régimen español y “El Estado totalitario como forma de organización de las grandes potencias”.
Recuerdo mi solaz leyendo y releyendo ese capítulo, falsario y mistificador como “cuya de Damiana”, y el de “Krensler y Cayetana”, en la biblioteca complutense del Noviciado. Carl Schmitt, de quien ya tenía noticia, y Ernesto Giménez Caballero, a quien obstinadamente deseaba yo imitar para escribir mis propias Notas marruecas (no) de un soldado –porque el cine español de los ochenta asesinó mi vocación–, convivían allí en perfecta armonía con personajes que yo presumía fictos: los citados Conde y Castillejo.
En otro lugar he contado de qué modo “mi estudiante persa” –como en el precioso pasaje que describe Joseph Ratzinger en su Introducción al cristianismo– me descubrió todo un continente escamoteado, el de los juristas de Estado de la gobernación del general Franco. Supe, así, que “F. J. Conde” era el catedrático de Derecho Político Francisco Javier Conde García, de la FUE y falangista de FE y las JONS, franquista o no-franquista –quién pudiera asegurarlo: ¿acaso uno de esos estúpidos doctorandos satirizados por Carl Schmitt delante de Fulco Lanchester?–, pero, sobre todo, un escritor político genial.
Conde me deslumbra e inspira… gracias a su debelador literario, Miguel Espinosa ¿Cómo, por qué y por quiénes se opera la ocultación de la obra de este pensador político español de primer nivel? Independientemente de las respuestas –obvias por otro lado–, constituye un hecho que lo accidental y fortuito (la aclaración dalmaciana a un agrazón de quinto de carrera) se torna necesario para comprender el interés creciente de algunos jóvenes investigadores sin capar, con criterio y sentido del deber, mindangos y lengüilargos, por los “juristas del 27”. Miguel Espinosa, sin pretenderlo, ha operado como custodio paradojal de las fuentes y registro de un mundo recomido por la amnesia voluntaria y el autoodio.
Con el tiempo, sin embargo, llegó a molestarme la mala intención con que Espinosa, con sus medias verdades y su frialdad de médico forense, retrata a Cipriano Castillejo. Pues los dos profesores que lo inspiran le habían dado siempre trato de igual en ideas y opiniones. Rodrigo Fernández-Carvajal, Castillejo joven, había estampado en El lugar de la ciencia política esta dedicatoria: “Para Miguel Espinosa, amigo ya de muchos años” (junio de 1981). Mariano Hurtado, Castillejo maduro, “entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años de edad”, que en una ocasión festiva –el L aniversario de la visita de Carl Schmitt a la Minerva del Segura– se mostraba compungido por el “caso Espinosa”, me revela: “No sabíamos de su drama”. Como no supiera o no pudiera promocionarle, se le ocurre un día que podría establecerse para él “una cátedra personal, como francotirador de la cultura”… Una ingeniosidad tan mal fundada administrativamente le supo a ultraje a su amigo: “Mercedes, M. H., [que] me valoraba por vendedor de baratijas […], está poseído”… Es entonces, acaso sin mucha justificación, cuando empiezo a ver alejarse mi locus amoenus: “je vois s’éloigner mon pays adoré” (Cool Frénesie”, Les Rita Mitsouko). Enfría también mi entusiasmo la contemplación de los chupatintas de la guardia de corps del escritor, jesuitas celosos. Hasta no hace mucho. Pues motivado por el centenario y por un amigo, involuntario alcahuete, me he vuelto de nuevo a sus libros y adquirido incluso las primeras ediciones, solo por ver si en ellas me decía otra cosa su verbo, profundo como el toreo a la verónica de Rafael de Paula.
No cría ya la universidad esos profesores ejemplares, ni en el vicio ni, a fortiori, en la virtud, solo escribidores de papers. Entre la facultad habitada por “un cierto Burillo” o por un joven docente español que ya no es doctor sino Ph. D. y entusiasta de la transversalidad de los ODS y la Agenda Nazi-Treinta, no hay proporción, sino que resultan especies institucionales distintas y enemigas a muerte. “El tal Burillo” de Cartas a Mercedes, discípulo fiel de Álvaro d’Ors, forma parte, como tantos otros, de una universidad desrealizada en cuerpo astral. Puedo decir que le traté asiduamente unos años, ya jubilado, y que ese aragonés de Muel era un rebelde de la misma pasta que Cebrino, Lanosa o Martino. Pero a veces disparata o se duerme el bueno de Espinosa y le falla el taxón. O eso o que columbra lo que otros no alcanzamos a ver, que también puede ser.
Hablando a gritos y haciendo visajes, despreciando su sordera de tapia, me interpela un día en el campus de La Merced, como solía, barojianamente: “La universidad española es una mierda, ¿estamos? Entonces, ¿tú para qué quieres ser catedrático de una mierda?”. Exhalaba Burillo, entre dientes, aquel “amor amargo” de los hombres de su generación, vocados para elevar el tono de la ciencia y la juventud españolas en las aulas universitarias de provincias y que contemplan, de viejos, en qué han parado todos sus afanes juveniles. En un “no es esto, no es esto”. “Amo la universidad porque no me gusta”, venía a decirme, en fórmula histórica y plena de sentido. “¿Y tú, qué?”. Atacado seguramente por un pudor insuperable ante el severo catedrático de Derecho Romano, no le hablé de mi subsidiaria vocación intelectual y oculté mi sentir. No quería yo tener ocho hijos, aspiración de un famoso opositor a cátedras, y salí del paso como pude, respondiendo en espinosés. “Querría fungir de cátedro, don Jesús, consumir la paga de diez o más jornaleros y veranear en la antigua Sophia Antipolis, guipando cada noche frente al mar, como cuenta Ernst Jünger, «las luces de Cannes y Niza como un tenue ribete de carbones ardiendo que enciende la costa»”. Respuesta frívola y contranatural en cepa campesina.
Espinosa y los “Juristas del 27”
Rafael García Serrano ha contado en La gran esperanza cómo fue su único y disuasorio encuentro con Ortega y Gasset en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. “Un día de la primavera de 1934 salía yo de clase y marchaba hacia el cocido con buen apetito. Me puse a silbar porque reventaba de gozo. De pronto sentí caer una mano sobre mi hombro: «Joven, en la universidad no se silba». Me tragué el silbido. «¿No lo has conocido?», me preguntó muy divertido mi amigo Eduardo. «Es don José Ortega y Gasset». Me quedé cortado. Jamás me volví a encontrar con él”. Nunca aportó por sus clases. Perdió la universidad, quién sabe, un mal profesor de Metafísica, pero ganó nuestra lengua un grandísimo escritor. El decano Mariano y el rector Bulgario acaso malograron un agregado de Filosofía del Derecho corriente, pero le dieron también al español un óptimo autor.
Sin embargo, creo que en Espinosa encontramos, al lado del literato, a un pensador político desconocido. Él mismo dice aspirar a “desliteraturizar” todo pensamiento y saber, es decir, a desmitificarlo. También el saber político. Hasta ahora, tal vez por la perplejidad que causan sus textos filosóficos publicados, el pensamiento político de Miguel Espinosa se ha enmarcado en el vago contexto, como de película neorrealista, del pintoresquismo académico e intelectual de la España de los años 60 y 70. Es verdad que no fragua en él una obra política sistemática, pero de esa vocación suya por la polis hay conatos en todo su repertorio, particularmente en las tres versiones de Escuela de mandarines y en La fea burguesía, por no mencionar con más detalle sus escritos publicados en el Boletín Informativo del Seminario de Derecho Político, en los Cuadernos Hispanoamericanos, hasta en tres ocasiones, y en la Revista de Estudios Políticos. Revistas de marca mayor a las que no era fácil tener acceso. A medio camino ha publicado también, nada menos que en la Editorial de la Revista de Occidente, su tocquevilleano ensayo sobre Las grandes etapas de la historia americana, un texto sin aparato crítico pero que rezuma lecturas, entre otras, por cierto, la de Oswald Spengler, cuya Decadencia de Occidente “llenó”, ha confesado, “momentos de mi juventud”. Muy distinto habría sido Reflexiones sobre Norteamérica –título original desechado por el editor– sin la sugestión de la morfología de las culturas y la doctrina de los ciclos históricos spenglerianos.
Puede extrañar que en 1957, un joven provincial, desconocido en los ambientes académicos cuando todo pasa por el jacobinismo universitario de Madrid, se plante en la imprenta de los Ortega y Gasset con un libro prologado por Enrique Tierno Galván y que parece escrito por un viejo maestro. Bien mirado, Espinosa ha tenido trato, en los últimos años cincuenta, con Carlos Ollero –Ollero u Ollezo en Escuela de mandarines–, Luis Díez del Corral, Pedro Laín Entralgo, Manuel Fraga y Raúl Morodo. Pertenece a una generación clave que ha recibido muchos nombres, ninguno neutral: la del 48 o la de los westfalianos –palabra de Arbor o del CSIC (Rafael Calvo Serer)–, la del 56 –palabra del “falangismo liberal” (Juan Velarde Fuertes)– o la de los hermanos menores de los alféreces provisionales, caídos para descubrir el “secreto del Doncel” –palabra del “falangismo falangismo” (García Serrano)–.
Espinosa no es un accidente provincial. No ha aparecido por generación espontánea, sino que es consecuencia del nuevo clima intelectual que propician los “Juristas del 27”, el grupo intelectual más compacto y original que ha dado España desde la Escuela de Salamanca y el Siglo de Oro. ¿Cómo no iba a ser la lectura de La fea burguesía mi subida al monte Tabor?
Estos hombres, jóvenes disciplinados y patriotas que se han formado mayormente en Alemania, convocados por Ortega y Gasset con los auxilios económicos de la Junta para la Ampliación de Estudios, son la “generación competente” que vaticina en los años veinte Luis Olariaga (un hombre de la generación del 14) y que ha de meter en cintura a España. Y así lo harán, entre 1935 y 1969, de Francisco Javier Conde a su discípulo Rodrigo Fernández-Carvajal, junto a los economistas políticos. Si los juristas de Estado han recibido la impronta alemana de Carl Schmitt y Hermann Heller, sus camaradas economistas la reciben de los liberales del grupo Ordo (ordoliberales como Wilhelm Röpke o Walter Eucken) y Heinrich Freiherr von Stackelberg, punto y aparte en casi todo, según me ha explicado Thomas Baumert. No se entiende sin ellos el milagro político-administrativo y económico de la dictadura. Mucho menos la renovación de la inteligencia española, proceso del que el “caso Espinosa” es síntoma generalizable y no excepción.
Miguel Espinosa no ha salido nunca de España. Dice su hijo que carecía de “conciencia nacional”, pero, lector obsesivo de sus Heterodoxos, se sentía par de Marcelino Menéndez Pelayo. Qué importa entonces, digo yo, la inconciencia nacional de un partidario de Isabel de Castilla y Felipe II. Las lecturas que forman su entendimiento son las que prescriben los maestros de sus maestros y de las cuales nos llegaba aún el runruneo en las clases de Dalmacio Negro: Johan Huizinga, Werner Jaeger, Alfred N. Whitehead, Ernst Cassirer, Hans Freyer… O Xavier Zubiri, pues Asklepios parece la prueba del nueve de su hermoso ensayo “El acontecer humano: Grecia y la pervivencia del pasado filosófico”. Escribe Zubiri: “No es que los griegos sean nuestros clásicos: es que, en cierto modo, los griegos somos nosotros”. Nuestro Miguel es el griego. Nadie ha tenido que decirlo por él. ¿Cómo no se ha visto antes? Estudio aparte merecería la irradiación de la filosofía de la historia de Espinosa por las nociones zubirianas de realidad, actualidad, suceso o acontecimiento.

Y de nuevo Carl Schmitt. Ninguno de aquellos universitarios falta a su cita con el Viejo del Sauerland. Tampoco Espinosa. No puedo asegurar que Espinosa escuchara su lección sobre “La unidad del mundo” en su jornada murciana de 1951, pero que lo leyó como un cuco o le hicieron entender es seguro. “La política es el arte de elegir a los enemigos”. Ese pensamiento, que podría salir del Discurso político al rey Felipe III de Baltasar Álamos de Barrientos o de Der Begriff des Politischen de Carl Schmitt, reza en Historia del Eremita, de Miguel Espinosa. En otros escritos espinosianos encuentra uno fórmulas o apólogos que parecen de Saavedra Fajardo (“La sustancia política es hipócrita”) o de Maquiavelo (“Las cosas y razones de los hombres vuelven a los hombres en ciclos sin fin, pues de todos los principios presentes y futuros solo tres permanecen y se hacen eternos: el tiempo, el corazón humano y la corrupción”).
La regla del juego
El 7 de julio de 1939 estrena Jean Renoir La Règle du Jeu, una película que Miguel d’Ors juzga “sobrevalorada” y que a mí me gusta, aunque no tanto como Toni. En los créditos del filme se lee: “Este divertimento, cuya acción se sitúa en víspera de la guerra de 1939, no tiene la pretensión de un estudio de costumbres”. Preguntado durante el rodaje por esa regla del juego, contesta (marzo de 1939): “Se trata de una descripción exacta de los burgueses de nuestra época. Quiero mostrar que en todo juego hay una regla. Quien se aparta de ella cuando se juega pierde la partida”. Como se sabe, redescubierta en la posguerra, reconstituida en 1958 y presentada al fin como obra maestra en el Festival de Venecia de 1959, el Patrón expresa su sorpresa por el destino reservado a esa película sin pretensiones: “Una película de guerra sin una sola mención de la guerra que, en realidad, so pretexto de inocencia, ataca enérgicamente la estructura de nuestra sociedad”. De ahí deduce el propio Renoir su metasociología, patente en todas sus películas: “El mundo se compone de clanes que se combaten y se abren camino a codazos para alcanzar el éxito; a los miembros de esos clanes les interesa estar unidos por sólidos vínculos. Simplemente hay que saber guardar las apariencias y observar la regla del juego”.
Miguel Espinosa, contemplador del poder, ha descubierto también la sustancia de lo político y, más decisiva aún, la sustancia de lo social, la regla del juego por la que todos han de estar y pasar. La regla del juego es lo prepolítico; no se trata, por tanto, de un problema de sus coterráneos murcianos, ni siquiera de sus coetáneos. Mucho menos de franquismo sí o franquismo no.
“La regla del juego”, como la existencia de una clase política o dirigencia (Gaetano Mosca) y la circulación de las élites (Vilfredo Pareto), constituye para Espinosa una regularidad metasociológica que él ha identificado perfectamente, inequívocamente. “Sé que así ha ocurrido y ocurre en todos los lugares”. Rige una “tendencia universal” que divide el mundo en dos grandes clases de seres: los que habitan la actualidad y los que está fuera de ella. Los Integrados y los soslayados. Los gozantes y los sufrientes. Los gobernantes y los obedientes. Los criados y los amos. Los que proclaman “no me gusta” y los que susurran “no puedo”. Los que poseen el reino y los que son poseídos por la verdad. Gentes con porvenir o de destino. Estas clases, especies ontológicamente distintas, ni mejores ni peores, dígase lo que se quiera, coexisten en “máxima separación”. No son desiguales, sino “desemejantes”. He ahí la trama del mundo. De modo que toda la obra de Espinosa, que siempre ha escrito el mismo libro, constituye el “evangelio de la mundanidad”.
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“Al contemplar el pasado desde el presente”, advierte Espinosa, “las cuestiones humanas parecen problemas de hormiguero”. También su propia biografía de exiliado en el tiempo: “El presente verano está pasando y cayendo, como tantos otros desde que la Tierra gira sin hombres y con hombres. El trigo fue segado. A muchos insectos, nacidos en la estación, llegó el límite de la vida; otros ya murieron y quedaron con el cuerpo reseco y las patas hacia arriba; sus huevos yacen sobre la tierra; un día surgirán las larvas alegres y dispuestas”.
Espinosa-Asklepios es un pagano de Murcia que, por otro lado, “nada tiene que oponer a dos acontecimientos ultramundanos y fundamentales: la justicia final y una vida eterna”. ¿Después de la muerte? Los que se quedan y nos suceden prolongando la vigencia de “la regla del juego”. Sin embargo, lector del cuarto Evangelio y devoto del logos joánico, Espinosa le escribe un poema a la resurrección de Cristo. Una “regla” tan atroz no puede prevalecer contra Él. Eso al menos esperamos “cuando todo esto pase” (Jaime García Máiquez). Alguna certeza debía albergar al respecto Miguel Espinosa, pues deja escrito que quiere ser enterrado por el rito católico.