En los idus de octubre (idubus Octobris) de 1926 nació una de las más grandes cabezas de la cultura española, Agustín García Calvo, un caso que sería de teratología intelectual en esta frustrante España de masivo analfabetismo infecto, de la Corona a Rufián. Tuve la suerte de ser su amigo y discípulo; él dirigió hace más de treinta años mi tesis doctoral, Estudio de los principios democráticos en relación con el régimen de Pericles, la cual se puede leer aún en la web de la Editorial Lucina, la editorial del propio Agustín. Es de esperar que nuestra universidad, sobre todo la Complutense, en la que enseñó Agustín —y antes en la Universidad de Sevilla, de donde salió sacudiendo el polvo de su calzado, como santa Teresa—, celebre el primer centenario como lo merece el pensador y polímata zamorano. Aunque, dada la cutrez de la ignorancia ayusista que sufren las universidades públicas de Ursaria, su centenario puede pasar desapercibido, en el supuesto de que se celebre. Fue un primer espada en todos los ámbitos de la cultura en los que se involucró: filología clásica, gramática común y gramática prehistórica, poesía, teatro, narración, teología, traducciones del latín, griego, francés e inglés, filosofía, métrica y prosodia y, finalmente, genial columnista en El País y La Razón, principalmente. Sus estudios de gramática prehistórica y prosodia han sido citados por los filólogos más importantes de Europa y los EE. UU., como es el caso de Chomsky. Y sus traducciones de Heráclito, Homero, Lucrecio, Sade y Shakespeare son cumbres ya del primoroso arte de la traducción.
Su compromiso vitalicio con la libertad chocó en los años sesenta con el franquismo, que le quitó su cátedra de Latín de la Complutense y le desterró de España junto a los profesores José Luis López Aranguren y Tierno Galván, teniendo que marchar a la Universidad de Lille para ganar el panem nostrum cotidianum. Me decía que su vinculación con la política no derivaba de un determinado credo político, sino sencillamente de la necesidad que tiene todo miembro de la colmena humana: «De político no tengo más que el vivir en sociedad, como las abejas; y esto no es mucho». Desde el principio de la Transición, y ya antes, repudió a todo partido político como fragmento bandoleril de lo que había sido el Movimiento, y al omnipresente PCE lo llamaba «la otra iglesia», con sus promesas del cielo y sus castigos del infierno. Por eso la izquierda lo despreciaba y la derecha burguesa sabía que no era de los suyos. El Estado de los partidos lo castigó duramente a través de Hacienda, tratando con linchadora propaganda de desprestigiar su nombre. Fue el alumno más querido de Antonio Tovar, falangista de la primera hornada, el gran traductor de la Periégesis de Pausanias, el mejor comentador de los estásimos de Sófocles, autor de la espléndida biografía de Sócrates y el discreto intérprete en Hendaya entre Hitler y Franco —se fue a la tumba sin decir ni pío de aquella conversación, como buen caballero—. A su lado, siendo Agustín un jovencísimo dandi con chaleco rojo, presentó su tesis sobre la doble naturaleza del acento latino (intensiva y melódica), que sigue siendo citada por todos los grandes prosodistas. García Calvo fue genial en todo lo que escribió, con independencia del género, algo que no se perdona en nuestra mediocridad rampante nacional, con cataratas de baba de envidia y de impotencia.
Fue íntimo amigo de otro genio que, como Agustín, floreció a finales de los años cincuenta: Rafael Sánchez Ferlosio, cuya integridad y coherencia personal también le impidieron ser lacayo del poder, de cualquier poder. Rafael quería mucho a Agustín, pero recelaba de muchos de los que siguieron al genio zamorano en algunas época. «Agustín y su cohorte de monstruos», solía decir el hijo de Rafael Sánchez Mazas, cuya herencia se la gastó invitando a beber y a comer durante varios meses a los jóvenes amigos suyos y de Agustín.
García Calvo pensaba que cualquier actividad que consista en llevarle la contraria a la sociedad es revolucionaria, y no tiene por qué ser sangrienta: practicar la satyagraha de Gandhi o negarse al reclutamiento para la guerra no son hechos sangrientos. Cuando en política uno no sabía muy bien dónde estaba la razón, me aconsejaba —diríamos que cristianamente— utilizar la gloriosa regla de la razón del más débil: «Cuando la gracia de Dios no te ilumine, Martín, y no descubras por un razonamiento evidente dónde está la razón, no andes dudando más: la razón está de parte del más débil». Buen conocedor de la democracia clásica, llamaba a la vigente «memocracia».
Su muy voluminoso Tratado de rítmica y prosodia y de métrica y versificación debería ser una obra insoslayable para todo estudioso y traductor de poesía, y para los propios creadores de poesía, aunque no garantiza a estos composiciones perfectas ya que, como diría Platón partiendo del orfismo y las teletaí o ritos místicos, el poeta necesita de la manía (locura) de las Musas para concebir un poema perfecto. La verdadera poesía no puede darse sin una posesión divina. Ya Demócrito afirmaba que no puede haber un buen poeta sin un enardecimiento de su espíritu y sin un cierto soplo, como de locura («sine inflammatione animorum et sine quodam adflatu quasi furoris»): «Lo que escribe el poeta por inspiración divina y por un aliento sacro (met’enthousiasmoû kaì hieroû pneúmatos) es sin duda hermoso». Igual que las bacantes sacan de los ríos leche y miel cuando están poseídas, pero cuando están lúcidas no, así también trabaja el alma de los poetas.
Tres grandes obras de Gramática común de Agustín García Calvo deberían haber creado una escuela de gramática española mucho más importante y significativa que la transformacional del amigo de Epstein. Me refiero a las obras Del lenguaje (1974), De la construcción (Del lenguaje II) (1983) y Hablando de lo que habla. Estudios de lenguaje (1989). Todas ellas están publicadas en la Editorial Lucina, que creó el propio Agustín, y se trata de un largo esfuerzo titánico y exitoso por unificar todas las partes de la gramática (morfología, sintaxis, etc.) partiendo de los índices prosódicos. Conocí a algunos jóvenes alumnos de Agustín que impartieron hace años conferencias en relación con las teorías gramaticales del maestro, pero, dado el cariño de albéitar con el que se financia hoy la Universidad Complutense, me temo lo peor. Una pena que su contribución a la filología no constituya aún una gloria nacional de nuestra cultura. Todavía García Calvo publicó en 2003, con una ayuda del Ministerio de Ciencia y Tecnología —una limosna útil frente a la millonaria subvención del departamento gubernamental de Agitación y Propaganda a nuestro infumable cine—, -ES- Estudio de gramática prehistórica, una obra fundamental en los estudios del indoeuropeo e incluso del nostrático. No existe en todo el siglo XX español un lingüista de la envergadura del genio zamorano.
Su obra Contra el tiempo (1993), un asombroso libro de lógica matemática y pensamiento, representa todo un centón de lo que la doble idea de tiempo, corte (tem-) y eternidad (aiwe-), ha significado desde los griegos, con la «convicción escéptica» de no tomar en serio ni la numerabilidad ni la continuidad.
Las Cartas de negocios de José Requejo (1981) son una verdadera fábula menipea, cartas de desterrado desde París en las que la lírica prosa se mezcla con el hexámetro, en las que la vida se salva, pero no el que la vive, y donde la lucha contra la mujer es la misma que la lucha contra el amor: «Sacia tu hambre de siglos, el hambre de los míseros forajidos de los márgenes del mundo, con la presa que te ofrecen campos y ciudades». Los hexámetros van destinados a un bonito burro que tenía Agustín en Las Navas del Marqués, y con ello parece seguir la tradición de Luciano de Samósata, Apuleyo, J. R. Jiménez y Dürrenmatt. Aquel burrito murió atropellado por un vehículo, cosa que sumió al maestro durante unos días en una profunda tristeza.
La extensión de un artículo no nos permite comentar más obras, pero al menos nombraré aquellas que aún resuenan en mi cabeza y en mi corazón, como Actualidades (1980), La venta del alma (1980), El amor y los dos sexos. Del tiempo de amor y olvido (1984), Relato de amor (1980), Tres farsas trágicas y una danza titánica (1980), Ismena (1980), Bebela (1987), Del tren (1981), Libro de conjuros (1981), Lecturas presocráticas (1981), Poesía antigua (1987), ¿Qué coños? 5 cuentos y una charla, Canciones y soliloquios (1988), Análisis de la Sociedad del Bienestar (1993), Diálogos de gente (2004), Valorio 42 veces (1986), Noticias de abajo (1991) o, finalmente, De Dios (1996). Cada una de estas obras es un tesoro de inteligencia y sensibilidad.
Utinam magister carissimus nobis omnibus in his libris intellectus et acerrimi sensus plenis semper permaneat et gaudia artesque inspiret!