Ed West y la eterna Inglaterra

Entrevista con una de las voces más incisivas del periodismo británico

Hay poca gente en el mundo que tenga una idea tan clara y al tiempo constructiva sobre los problemas actuales del Reino Unido y su contexto histórico como Ed West, periodista e historiador. Y no me resulta agradable reportar que incluso a West le cuesta expresar optimismo sobre el futuro de un país que a veces parece un concentrado de todos los problemas y traumas europeos acumulados durante generaciones.

Hace unos años, West se especializó en escribir interesantes libros de divulgación histórica sobre diferentes temas que, siendo populares, resultan aún poco conocidos entre el público anglosajón (y otros) incluyendo la invasión normanda de Inglaterra, la Guerra de los Cien Años y la Magna Carta, el proyecto constitucional más antiguo de Europa… en uno de los pocos países de Europa que jamás ha tenido constitución escrita.

En tiempos más cercanos, West ha utilizado su erudición para examinar desde un ángulo histórico la serie de desastres en apariencia interminables que componen la política británica desde antes del voto en favor del Brexit en 2016.  En un artículo reciente, por ejemplo, West se fija en la relación entre Francia y el Reino Unido y la mitología en el mundo anglosajón de que Francia no hace más que perder guerras o salir corriendo de ellas.

Lejos de unirse al coro de bromas, West en su artículo hace hincapié en que realmente es Francia, y no EEUU, el país que ha sido el aliado más fiable del Reino Unido durante los dos últimos. Ello incluye conflictos que van desde la Guerra de Independencia de Grecia (1821) hasta la lucha contra Boko Haram en Nigeria este siglo, pasando por conflictos como Suez, el de los Boxers en China y la guerra civil uruguaya de 1839-1851.

Este tipo de apreciación separa a West de gran parte de la élite intelectual británica, aún enamorada de la idea imposible de que entre los EEUU imperiales de Joe Biden y Donald Trump y la monarquía apesebrada con sede en Londres existe algún tipo de “relación especial”, una frase que durante mucho tiempo fue popular pero cada vez se pronuncia y escribe de forma más irónica.

Otro de los conceptos claves donde West se distancia de muchos otros es en su percepción sobre el ascenso de la derecha patriótica, la AfD en Alemania, Vox en España, Los Hermanos de Italia y el movimiento de Marine Le Pen en Francia. La nostalgia por los antiguos lazos con Bruselas (la mayor parte de la élite británica estaba radical y violentamente en contra de Brexit) ha impuesto en el Reino Unido una barrera de particular altura entre “Reform,” el creciente movimiento anti-inmigración liderado por el héroe del Brexit, Nigel Farage, y los medios de comunicación, la gran empresa e incluso el funcionariado británico.

A pesar de los aspavientos de muchos en el Partido Popular, uno puede imaginar un gobierno español del que Vox sea parte sin que ello genere una insurrección interna en el funcionariado, y lo mismo ocurre con los partidos de la derecha patriótica en el resto de Europa. En el caso del Reino Unido, West no lo ve tan claro; ya durante el ascenso de los conservadores de David Cameron que llevó al referéndum sobre el Brexit – que Cameron también rechazaba personalmente y que llevó a su división – fue evidente que el estado británico se ha fortificado con particular hostilidad hacia todo lo que no sea liberalismo pro-inmigración.

“Esto lo vimos en 2010, cuando Cameron asumió el cargo de primer ministro. Entonces, la administración pública se mostraba bastante hostil, y colaboró lo mínimo posible en su proyecto. Pero eso no es nada comparable a lo que ocurre ahora,” explica West. “La administración pública considera que su labor es gestionar el país independientemente de quien lo gobierne. Podrían obstaculizar seriamente cualquier intento por parte de Reform de llevar a cabo un cambio de rumbo en la política”.

Como España, Francia afronta elecciones generales el año que viene, mientras que Alemania y el Reino Unido en teoría deberían esperar hasta 2029. Sin embargo, los gobiernos de estos dos países afrontan una similar situación de paralización legislativa e impopularidad acelerada: el centro derecho alemán no hace más que perder elecciones en los Lander y el centro izquierda en el gobierno británico se ve incapaz de frenar a Farage en las encuestas, hasta el punto de que, en una reciente elección local, el bloque de izquierda se organizó en torno a un candidato de broma, el “Conde Carapapelera”, que apenas logró un 26% del voto.

El sistema político británico, a diferencia de otros, podría favorecer una victoria de Farage, quien podría llegar a gobernar en solitario con superar el 30% de los votos a nivel nacional; para ello, como explica West, primero Farage tendría que asegurarse de terminar de desahuciar al Partido Conservador, que ha sobrevivido una sucesión de debacles de todo tipo y tiene muy poca intención de poner a Farage en la oficina del primer ministro en el número 10 de Downing Street.

Por otro lado, Farage tampoco ha demostrado ser la personalidad política ideal para gobernar sin un mandato apabullante, dada la hostilidad del funcionariado y la élite británica. La versión estadounidense de Farage, Donald Trump, ha demostrado la importancia de esas habilidades: su primer mandato colapsó ante la incapacidad de encontrar ayudantes que no trataran de apuñalarle por la espalda, y en el segundo está dependiendo demasiado de parientes y amigos que a veces no tienen el perfil ideal para las misiones delicadas que les encomienda. 

“Farage tiene el problema de que no es muy bueno liderando equipos, porque eso conlleva un gran desgaste personal y ése no es punto fuerte,” indica West. “Su punto fuerte es que posee un carisma inusual: es odiado por la mitad pero también adorado por la otra mitad”.

Con todo, tampoco son todo malas noticias desde el Reino Unido. Como destaca West, muchos de los problemas que el país ha afrontado con una inmigración descontrolada durante décadas se están afrontando ahora, aunque sea en una escala insuficiente; y el sistema político británico, ya independiente de los dictados globalistas de Bruselas, tiene todo el potencial para recuperar el control de las fronteras.

Como quien esto escribe, West ve en el sistema de convenciones internacionales uno de los últimos instrumentos globalistas de sujeción. En años reciente, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se ha convertido en un freno continuado a los intentos de sucesivos gobiernos para controlar la inmigración.

El Reino Unido, al igual que España, debe aceptar las sentencias de ese tribunal debido a su pertenencia al Convenio Europeo de Derechos Humanos (CEDH), firmado en 1950 por los entonces 12 Estados miembros del Consejo de Europa. Pero West piensa que esa situación probablemente no dure mucho más.

“Creo que, en algún momento, Gran Bretaña abandonará el sistema y la Convención sobre los Refugiados. La situación actual es insostenible”, explica West.

Madrid, 1973. Tras una corta y penosa carrera como surfista en Australia, acabó como empleado del Partido Comunista Chino en Pekín, antes de convertirse en corresponsal en Asia-Pacífico y en Europa del Wall Street Journal y Bloomberg News. Ha publicado cuatro libros en inglés y español, incluyendo 'Podemos en Venezuela', sobre los orígenes del partido morado en el chavismo bolivariano. En la actualidad reside en Washington, DC.

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