Elvira Roca Barea: : «Los bárbaros están a las puertas y no vienen de fuera»

Entrevista con la escritora con motivo de la publicación de «Ingrata Patria», su última novela

Elvira Roca Barea dedica su nuevo trabajo a Cornelia Africana, mujer que ha permanecido olvidada, en la sombra, cuando fue la más importante de la República romana y la primera a la que se le erigió en vida una estatua en el Foro. Sin embargo, ¿alguien se acuerda de ella? Y, ¿por qué este olvido?, cuando fue la admiración de todos los que la conocieron, no sólo por sus virtudes y su serenidad, sino por sus conocimientos y cultura. Cornelia, hija de Escipión el Africano, gobernó su casa desde muy joven, sin que varón alguno viniera a disponer ni de bienes ni de la educación de sus hijos –Tiberio y Cayo Graco–. Y, en la política (ay, la política) de su tiempo influyó más que muchos senadores que cargaban con la toga con más que frivolidad… Supo siempre ver más allá de lo evidente. Este olvido tiene explicaciones muy profundas.

Elvira Roca Barea no sólo es una importante ensayista que iluminó con su rigor y lucidez desde Imperiofobia y leyenda negra (Siruela) y Fracasología. España y sus elites: de los afrancesados a nuestros días, sino una extraordinaria novelista como nos vuelve a mostrar, tras Las brujas y el inquisidor, en Ingrata Patria (Espasa).

Qué gozo leer su nuevo trabajo y dedicado a una mujer tan especial y entregada a sus ideales y a su patria. Y situado en Roma, lugar al que siempre dirigimos nuestra mirada, ahora que vivimos como asomados al abismo, como si los bárbaros ya estuvieran a las puertas de Roma (España)…

Los bárbaros están a las puertas no sólo de España sino del mundo occidental y no vienen de fuera. Los hemos engendrado nosotros mismos a fuerza de cultivar la ignorancia, confundir educación y trasmisión de conocimiento con entretener adolescentes y negar el esfuerzo que es imprescindible en todo aprendizaje. Hemos barbarizado nuestra civilización y ahora lo estamos pagando y más que lo vamos a pagar.

Cornelia es un personaje que cautiva. Un modelo de feminidad de Roma que ya le atrajo en sus años de universidad estudiando Filología. ¿Qué tenía esta mujer que llamó tanto su atención y que, años después, ha merecido este libro?

En un primer momento me llamó la atención que la primera mujer a la que se le levantó una estatua en el Foro de Roma, un hecho sin precedentes, fuese tan desconocida. Al principio pensé que era un lapsus, uno de esos olvidos que a veces tiene la Historia que resultan incomprensibles, pero que no son raros. Cuando profundicé más en la historia de Cornelia y sus hijos y el momento histórico que les tocó vivir, el de la gran crisis de la República romana, me di cuenta de que este olvido tenía explicaciones más profundas. Cornelia es una mujer que afrontó situaciones muy difíciles, tragedias insoportables para cualquiera pero que nunca se dejó vencer. Roma entera la admiraba y no sólo Roma. Su fama atravesó las fronteras del mundo romano y hasta un faraón de Egipto mandó embajadores para pedir su mano cuando se quedó viuda.

La corrupción es tan antigua como la propia humanidad. ¿Cuál fue el detonante para que explotara todo en la Roma de Cornelia? ¿Y qué fue lo que reveló a Cornelia que Roma se estaba desmembrando?

El problema concreto es la acumulación de problemas a los que las instituciones creadas para tal fin no dan solución. La República romana había sido un régimen político muy exitoso. Había convertido una pequeña ciudad del Lacio en un poder hegemónico en el Mediterráneo. Para ello había tenido que superar grandes enfrentamientos sociales y crear un régimen de equilibrios que permitiera a todos, patricios y plebeyos, convivir y colaborar sin aplastarse mutuamente. Pero este equilibrio se rompió cuando Roma creció y la base social de sus legiones, un campesinado con pequeñas y medianas explotaciones agrícolas, se fue arruinando hasta generar una masa de campesinos empobrecidos que era una bomba de relojería y esa bomba explotó. Eso es lo que Cornelia y sus hijos, Tiberio y Cayo Graco, quisieron evitar con la reforma agraria pero no solo no lo lograron sino que les costó la ruina y la vida. 

El relato del pasado es metáfora del presente. Cayeron en una decadencia feroz y el dinero estaba por encima de todo anulando cualquier atisbo de razón, de criterio… Salvando el contexto histórico, nos suena todo esto. Y lo peor, la ética y la moral parecen perdidas también… 

Es posible que todas las grandes crisis sociales tengan una fisonomía similar o respondan a un patrón común. El síntoma primero quizás sea el de las instituciones que dejan de cumplir las funciones para las que fueron creadas por una comunidad dada. Los equilibrios sociales se quiebran y se impone una suerte de «sálvese quien pueda» en el que ya no tienen ningún valor ni los principios de orden y respeto a la ley o cualquier consideración de honestidad. El dinero es la única vara de medir. Si eres pobre, es porque eres tonto, pues no se considera que la honradez pueda ser un motivo digno de ser tenido en cuenta e incluso loable. Las personas honradas procuran disimularlo porque no es esta una característica que se considere digna de admiración sino más bien una forma de estupidez.

¿Cree que alguna vez tendremos políticos de la talla de Julio César, por ejemplo? Cornelia afronta sus obligaciones y sus retos de una forma muy actual. No encontramos hoy a nadie parecido, sin caer en anacronismos…

Julio César es el político que le da la puntilla a una República que ya no tenía salvación. No la mata él. Ya estaba muerta. Había por lo tanto un vacío que era necesario llenar, porque siempre manda alguien y lo peor es, como decía Ortega, que esté oscuro el asunto del mandar, es decir, que no se sepa quién manda. La crisis de las democracias occidentales que ahora vivimos no tiene una solución en el caudillismo pero vamos por ese camino. Que los dioses nos protejan.

Se lo decía también al recordar a la exministra Carmen Calvo ofendida al escuchar «Carmen Calvo, dixit» en el Congreso. Toda una doctora en Derecho Constitucional no tenía ni idea de latín (se fue por los cerros ¡no de Úbeda, sino de Pixie y Dixie!).

Sí, es un síntoma muy alarmante pero en modo alguno único de hasta qué punto tener una buena formación se ha convertido en algo inane o carente de valor. La gran educación occidental ha sido demolida a conciencia en las últimas décadas. Ha triunfado la pedagogía del entretenimiento y producimos analfabetos funcionales a paletadas. Recuerdo a otro catedrático que me acusaba en las páginas del periódico oficial de emplear el argumento, como hacen los políticos con la corrupción, del «y tú más» y empleaba la expresión latina «tu quoque», pero «tu quoque» no significa «y tú más» sino «tú también». Es lo que Julio César le dijo a su hijo Bruto cuando lo vio, puñal en mano, entre sus asesinos. Ya sabe: «Bruto, tú también, hijo mío». Esto venía a propósito de las barbaridades hechas por España a lo largo de la historia que supuestamente yo pretendía excusar diciendo que los otros habían hecho también sus maldades. Catedrático de toda la vida.

Conmueven los pasajes referidos a la infancia de Cornelia. Su inocencia: «No entiendo, madre, ¿por qué alguien iba a querer inventar algo así?» La madre insta a Antígona que le explique, para empezar, qué era eso de la envidia…

Cornelia tuvo una infancia difícil. Fue la hija pequeña de un hombre ya con bastantes años. Escipión el Africano había rebasado los cuarenta generosamente cuando ella nació. No le tocó vivir la época de gloria de su padre, cuando era el salvador de Roma, el vencedor de Aníbal, sino aquel tiempo en que fue acusado y perseguido de una manera insidiosa y miserable por sus enemigos, que estuvieron esperando la ocasión propicia. Y estuvo a punto de ir a prisión. Fue entonces cuando abandonó Roma y escribió para su propia tumba ese amargo epitafio: «Ingrata patria, no te entregaré mis huesos». La envidia fue como una mala yerba que rodeó a varias generaciones de Escipiones: Escipión el Africano, su hija Cornelia y sus nietos, Tiberio y Cayo. He intentado contar eso. Cuán envidiosos de la honestidad son los que carecen de ella.

No hemos sabido de Cornelia hasta ahora porque ella y sus hijos fueron derrotados. Aún en la derrota viven rasgos que otorgan mucha dignidad…

Efectivamente, fueron absolutamente derrotados. Los hijos de Cornelia, Tiberio y Cayo, fueron asesinados de una manera espantosa y luego la historia la escribieron los vencedores, fundamentalmente Polibio, que estaba al servicio de Emiliano, yerno de Cornelia y enemigo mortal de sus hijos. Porque esta es también una historia terrible de intrigas familiares.

Las mujeres de Roma eran de armas tomar. Sin embargo, recuerdo estupefacta cuando Mary Beard, al recoger el premio Princesa de Asturias, dijo que ninguna mujer hoy se cambiaría por ninguna mujer de la Roma clásica. Qué desencaminada Beard…

Bueno, esto de proyectar las ideas que hoy tenemos de bienestar o felicidad sobre el pasado es lo común. Es un rasgo de infantilismo adolescente. Solo mi mundo vale algo y todo lo que no se parece a mi mundo, mi estilo de vida o mis ideas de bueno o malo debe ser rechazado. Es posible que muchas mujeres de Roma o de otro tiempo, con otras ideas y otros principios, tampoco cambiaran su vida por la que llevamos las mujeres de hoy. Es difícil saberlo pero merece una reflexión.

Recupera, acertadamente, el género epistolar con las cartas romanas. Al correo nos llegaba lo más emocionante, lo sorprendente, cartas divertidas, otras tiernas… Y ahora sólo recibimos facturas y estamos entregados al WhatsApp y el e-mail.

El género epistolar fue muy rico en el mundo clásico. Hay cartas familiares, filosóficas y de muchas clases. La gente antes escribía muchas y largas cartas. Me apetecía usar un género muy clásico pero poco empleado en la actualidad. Y la presencia de las cartas en nuestras vida ha durado hasta hace poco. La inmediatez del WhatsApp y el correo electrónico ha diluido o directamente destruido el esfuerzo de concentración y buena sintaxis a que obligaba una carta. La mano humana ha desaparecido, la letra inconfundible de tu padre, tu novio, tu amiga… Y la comunicación lejos de hacerse más profunda se ha hecho más banal y menos cercana. Es curioso, ¿no?

San Agustín decía: «Todo lo que inventamos no es necesariamente mentira; siempre que aporte algún significado no debe considerarse mentira, sino una cierta expresión de verdad». ¿Qué aportaciones narrativas querría que llegaran al lector cuando lean Ingrata Patria?

Líbreme Dios de decirle a nadie cómo tiene que leer un libro, ni siquiera mío. No. Cada uno leerá un libro diferente. Si he logrado un poquito de eso que Horacio decía que era el principio básico a que todo texto debía aspirar, «prodesse et delectare», es decir, aprovechar y deleitar, pues ya me doy por satisfecha.

La historia de Roma, el latín, la cultura, la civilización… es lo que a usted le ha llenado siempre. ¿Disfruta más investigando y gestando sus libros que cuando ya tiene el resultado, como buena filóloga?

Lo que importa es el camino. El viaje a Ítaca. No leo o muy raramente y sólo porque algo me obliga a hacerlo lo que ya he publicado. Entre otras cosas, porque soy neuróticamente perfeccionista e inmediatamente me pongo a corregir. No sirve de nada y sólo me atormento pensando «esta frase hubiera quedado mejor de esta otra forma». Disfruto estudiando, aprendiendo. La curiosidad me puede.

No puedo dejar de lado el destierro que sufren las Humanidades en España. Un país se puede destruir sin humanidades y sin la educación. Recuerdo unas jornadas del ministerio de Cultura sobre lectura fácil en los museos donde se instó a terminar con los números romanos porque no los comprendía todo el mundo…

No es un problema de España. Hay que salir de la autarquía típicamente española. Es común a todo el Occidente. Hay países donde avanza más lentamente como Alemania o Italia y otros en que va a uña de caballo como España o Inglaterra. He enseñado latín vulgar a alumnos de doctorado de una de las universidades más prestigiosas del mundo que no tenían ni idea de latín. ¿Entonces, cómo se les iba a enseñar latín vulgar? Un absoluto despropósito.

Qué tristeza comprobar que esta época ha hecho de la ignorancia un ideal ¿Puede ser escribir, para usted, una válvula para salir de esta mediocridad? Como ese propio huerto en el que refugiarnos en unas virtudes y una vida interior que consuelen ante la barbarie…  

Procuro no engañarme a mí misma o lo mínimo posible. Sé que pertenezco a un mundo que está desapareciendo. Lo que hay a mi alrededor no me gusta. Lo que se ve en las pantallas es horroroso, ese chillerío, esa mala educación, cuánto más grosero y más vulgar, mejor. Esa parece la norma. No puedo soportarlo, así que sí, me aíslo con mis libros y mis amigos. 

¿Nos iría mejor imitando personalidades como la de Cornelia, al menos teniéndola en cuenta como ejemplo?

Cornelia es un tipo de ser humano que no puede existir en el mundo actual. Se habría abierto las venas antes de hacer exhibición de sus heridas u ostentación de victimismo. Los valores que hicieron fuerte su carácter no tienen cabida en la actualidad. Podemos admirarla pero nadie ya resistiría el esfuerzo de ser Cornelia Africana.

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