Lenguaje y revolución

La nuestra es una época inequívocamente revolucionaria

Resulta sencillo deducir cuándo una sociedad se halla inmersa en una atmósfera revolucionaria si se atiende al uso que en el ámbito público se hace de las palabras. En un tiempo de convulsiones, el lenguaje fabrica una realidad nueva. Su función se cifra en subvertir los significados originarios de las palabras y sustituirlos por otros que sirvan a los intereses del Poder que se halla en trance de constituirse.

Nada de esto sucede de manera espontánea. La operación es obra de unos pocos individuos que, en el curso de un proceso minuciosamente pautado, imponen a la colectividad un modelo lingüístico susceptible de extender sobre las conciencias un pesado manto de uniformidad. Tal modelo, descrito por Víctor Klemperer (en la fotografía) en La lengua del Tercer Reich, “se centra por completo en despojar al individuo de su esencia individual, en narcotizar su personalidad, en convertirlo en pieza sin ideas ni voluntad de una manada dirigida y azuzada en una dirección determinada, en mero átomo de un bloque de piedra en movimiento”.

Toda vez que una revolución se antoja inconcebible sin la previa designación de un oponente, este modo de colectivización mental se desarrolla en paralelo al uso de la palabra como herramienta para la identificación del enemigo. Los vocablos se lanzan al aire, flotan en el ambiente al modo de partículas que los individuos acaban aspirando con incauta naturalidad, y ya sólo queda dejar que actúen. Entonces, escribe Klemperer, “uno las traga sin darse cuenta, no parecen surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico”.

A partir de ese instante, el sujeto revolucionario ya sólo piensa a través de expresiones prefabricadas. Aunque para ser exactos, no es él quien piensa, sino que son las palabras, cristalizaciones de un universo simbólico plano, las que piensan por él. En adelante, su modo de interpretar el mundo se rige por códigos estrictamente binarios. La realidad experimenta un paulatino encogimiento producto de la incapacidad del sujeto para identificar matices y establecer gradaciones. En la escala de sus juicios, no existe la ponderación. Los hechos basculan entre lo blanco y lo negro, sin que la paleta de las interpretaciones admita cromatismos menos concluyentes.

Llegamos por este camino a un extremo de degradación próximo a la barbarie. Estamos ante un individuo a propósito del cual aventurarse a sostener que su existencia se desenvuelve dentro de un marco conceptual ornado de cierta complejidad equivaldría a atribuirle un nivel de sofisticación intelectual que, para ser francos, no le corresponde. Pero precisamente por eso, porque su interioridad ha sido comprimida y laminada hasta hacerla incapaz de albergar nada que no sea una visión raquíticamente sectaria del mundo, es por lo que resulta el sujeto idóneo para la movilización total a la que el espíritu de nuestro tiempo nos convoca.

Ante todo, es necesario dar con una noción que actúe como elemento desencadenante del proceso: el fulminante que prenda la llama. En el caso de la modernidad política, ese elemento fue la propiedad. Al comienzo de la segunda parte de su célebre Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, Jean-Jacques Rousseau escribe: “El primer hombre a quien, cercando un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!»”.

A través de una retórica tan brillante como capciosa, la propiedad (su misma existencia, repárese en ello, no su injusta distribución) queda señalada en tanto fundamento de los males que afligen a la especie. A la vertiginosa expansión de la creencia en este dogma incendiario le seguirá un cataclismo histórico. Se hará de la llamada a la abolición de la propiedad el factor que galvanice a las masas de desheredados que, incapaces de resistirse al hechizo de las nuevas corrientes utópicas, se apresurarán a nutrir las filas de un movimiento surgido al calor de una ambición de fraternidad y justicia universales.

Sin embargo, la revolución posee una faz oculta que pronto dejará sentir su impronta. En el curso de un proceso que subvierte todos los valores, el lenguaje será el instrumento empleado para desestabilizar las conductas. Será el lenguaje, convenientemente pervertido en aras de un fin ideológico, el medio que, en un lapso brevísimo, consiga que la multitud se desembarace de todas las ataduras morales que reprimían sus instintos y se deje arrastrar por sus tendencias primarias.

De este modo, hasta los comportamientos más viles quedan legitimados en nombre del Ideal: robos, violaciones, torturas, persecuciones, asesinatos en masa… Se desata una tormenta destructiva en la que, una vez alcanzado su vórtice, nadie se encuentra a salvo, ni siquiera sus instigadores. En La sociología de las revoluciones, Pitirim Sorokin describe las consecuencias de este vuelco catastrófico al inicio de una revolución, la Rusa, que conoció de primera mano: “La línea divisoria entre lo mío y lo tuyo se borró. Primero se arrebató la propiedad a los ricos: los obreros se la quitaron a los capitalistas, los campesinos a los terratenientes, los porteros de los edificios a los inquilinos ricos, los soldados a los oficiales, los comunistas y marineros a todo el mundo. Cuando se trocearon y repartieron todas las riquezas, comenzaron las confiscaciones: a los campesinos les quitaron el maíz, el ganado, la matequilla, la leche y la ropa. Una vez perdidas las restricciones sobre los reflejos de propiedad, los hombres (principalmente comunistas y marineros) confiscaron todo lo que pudieron: alimentos, joyas, cuadros, libros, alojamientos…, todo. Se llevaron hasta la última camisa o la última cuchara de plata. En resumen: la gran mayoría ha perdido todos los reflejos restrictivos. Otros, los ricos, habían perdido los reflejos de preservación de la propiedad y mostraron una debilidad lamentable. Permitieron que les arrebataran casi todo sin oponer resistencia”.

Si nos dejamos guiar por el testimonio de Sorokin, la revolución no sólo inflama las bajas pasiones de la multitud sediciosa, sino que hace que las víctimas del saqueo se plieguen a su suerte imbuidas de una especie de paralizante mansedumbre, de un quietismo tan atónito como descorazonador. Se produce, acto seguido, una inversión de los roles. El delincuente adquiere una dimensión épica, a la vez que el sujeto expoliado renuncia a defender lo que es suyo. Este desbarajuste moral, urdido a través del “efecto tóxico” de las palabras descrito por Kemplerer, se demuestra característico de toda situación revolucionaria.        

¿También de la nuestra?

Porque ahí reside la cuestión esencial. ¿Podemos, pese a la engañosa apacibilidad de nuestro entorno, afirmar que vivimos tiempos revolucionarios? La inexistencia de tribunales sumarios y del resto de la tramoya represora que trae consigo la revolución es un hecho que debemos consignar en el haber de las cosas gratas. Y, no obstante, el lenguaje sigue actuando de un modo insidioso. Su veneno se filtra por cada uno de los poros del cuerpo social. Llegando hasta el fondo de las conciencias, las solivianta. Pero ahora, en manos de los poderes que monopolizan su uso, su objetivo ya no es subvertir las estructuras vigentes, sino garantizar su perpetuación.

Si la revolución consiste en el borrado de todo vínculo que una al hombre de nuestra época con el mundo de la tradición, y si su lógica obedece a la necesidad de promover la agitación como el primero y más potente de los vectores políticos, entonces la nuestra es una época inequívocamente revolucionaria. Escarmentadas por la historia, nuestras élites demuestran haber aprendido la lección. La revolución es un vendaval que arrasa con todo, pero quienes se hacen con el dominio de sus resortes y se instruyen en los misterios de su retórica pueden —al menos durante un tiempo— disfrutar de esa placidez amniótica que depara a la casta de los elegidos la completa salvaguardia de sus privilegios.

Todo debe hacerse, sin embargo, desde el fingimiento de una postura insurgente. Se multiplica la perorata igualitaria mientras, en la práctica, se agranda la brecha social. Se exaltan las virtudes democráticas a la vez que al pueblo se le priva de una representación comprometida con la defensa de sus intereses. Se sacraliza verbalmente lo público al mismo tiempo que se perpetra el expolio de los recursos comunes. Se prodigan loas a la libertad y se trabaja sin descanso en la consolidación de una tecnocracia totalitaria.  

Y, entretanto, al sujeto revolucionario se le ceba a base de causas que imprimen a la historia una falsa impresión de movilidad. Pero el tiempo, en realidad, permanece congelado. No hay más proyecto que el de facilitar a las masas de descontentos vías de desahogo por donde puedan fluir el malestar y el rencor que no cesan de acumularse. Desde sus apéndices mediáticos, y a través de sus supuestas figuras de prestigio (opinadores orgánicos, actores, cantantes y demás agentes de un star system creado y sostenido por los artífices del sistema), el Poder se afana en fraguar relatos, cada vez más disparatados, más obscenamente inverosímiles. No importa. Ya nadie cree en nada y, a la vez, todo es susceptible de ser engullido hasta las heces. Al cabo de este simulacro de revolución, no queda más que una pálida congregación de almas rotas: espíritus catatónicos que, desposeídos de su ser más íntimo, incapaces de pensar según las categorías que requiere una realidad poliédrica, pero engordados a base de los derechos que el Estado derrama como migajas dejadas caer desde la mesa donde acontece el auténtico festín, ya son aptos para ser despojados de todo.

(Cieza, 1969). Es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos (Fragmentos y Contramundo), un volumen de relatos (El equilibrio de las cosas) y una recopilación de artículos (Una escala humana). Su último libro es Arraigo, un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

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