El 22 de octubre se cumplieron cien años de la publicación de Fiesta. Ya en 1926, tanto los Sanfermines como el toreo eran fiestas conocidas internacionalmente, pero la novela de Hemingway los encumbró en el mundo literario, situando a España y a sus fiestas como lugar y acontecimiento para un peregrinaje mediante el que hallar una nobleza que se había perdido en un mundo americano y europeo hundido en una devastadora bancarrota moral tras el horror de la Primera Guerra Mundial. Atrevámonos a homenajear y a reinterpretar esta gran novela.
Permítanme una pregunta: ¿Han leído ustedes a Holly Martins? Bueno, sé que no; pues no existe salvo en la ficción, ya que se trata de ese escritor de novelas facilonas que aparece en la película El tercer hombre (1949). Muchos de ustedes recordarán esa escena en la que la Sociedad Literaria invita a Martins a impartir una conferencia sobre la literatura contemporánea. «¿Qué opinión le merece el existencialismo en la literatura?» «¿Y qué opina de Joyce?» le preguntan al pobre norteamericano, que nada sabe de tales asuntos. Cuando yo leía a Hemingway (sentado y con bigote en la fotografía, tomada en Pamplona en 1926) siendo estudiante de Filosofía, lo hacía para descansar de las sesudas lecturas a las que me sometía, creyendo encontrar en Hemingway una especie de Holly Martins que me entretuviera como podría hacerlo un western o un partido de fútbol. Pero ese Hemingway, tal como lo concebí y tal como sigue siendo entendido por buena parte de sus lectores, es tan irreal como el escritor de El tercer hombre. Con la lectura reciente de Fiesta, he descubierto a un autor completamente diferente. Para empezar, Hemingway —contrariamente a Martins— sí admiró y trató amistosamente a Joyce, y hasta me permitiré afirmar que eso otro de lo que nada sabía su ficticio colega —el existencialismo en la literatura— queda anticipado en la novela que hoy nos ocupa. Muchos creyeron, y aún siguen creyendo, que Ernest Hemingway era un escritor superficial al que le gustaba más hablar de boxeo, tenis, vino o mujeres que de literatura. Virginia Woolf, Faulkner o Nabokov, entre otros, fueron implacables críticos de la obra de Hemingway.
Pero para llegar a “la gran fiesta” que —adelanto—, no son los Sanfermines, sino el toreo, habrán de permitirme una indagación más profunda de esta novela, porque para celebrar y festejar la fiesta, hemos de acercarnos antes al fondo vital del que nace toda fiesta, un fondo vital que no es otro que la situación de peligro y desamparo en la que vive el ser humano. Es más, la fiesta del toreo festeja también ese mismo peligro del que se viene y en el que se está. Este es el sentido de festejar: una experiencia de la afirmación de la vida, incluso en sus dimensiones trágicas. Y afirmaré algo tan cierto como osado: cualquiera que sepa lo que es la misa católica entenderá el sentido profundo de lo festivo. Y el católico Hemingway lo sabía. Aunque su conversión no tuvo lugar hasta un año después de la publicación de Fiesta, su catolicismo de corazón comenzó en 1918, cuando fue herido en la Primera Guerra Mundial. Por eso, ofrecer una lectura de Fiesta en clave religiosa se me antoja fundamental para percibir cómo a unos personajes hundidos en el vacío existencial de un París de posguerra se les ofrecerá —en la segunda parte de la novela— una redención de su vacío a través del rito de lo festivo en una fiesta muy distinta a las juergas parisinas. Solo Jake Barnes, el personaje principal, entenderá esto.
Fiesta trata de intelectuales y escritores que jamás hablan del contenido de sus libros, sino tan solo de whisky, de mujeres y, sobre todo, de nada —recalco: de nada—. Los detractores del escritor no vieron la fuerza y la sutileza —incluso mística— de ese vacío existencial, que convierte a Fiesta en una obra crucial del siglo XX. Y es que el mismo Hemingway sostenía que un escritor podía omitir de forma deliberada asuntos fundamentales, manifestados tan solo en la superficie, que remitían a un fondo en el que cada lector queda emplazado. Es su famosa “teoría del iceberg”.
Y en buena parte, el toreo, la fiesta culmen de esta novela, completará de una forma mágica ese fondo del iceberg. Vamos a hacer un poco de buceo en torno a ese fondo.
“Llora el niño, algo le duele al niño, el niño tiene algo”, decían unos versos de Pedro Salinas que inmortalizó aún más Francisco Umbral en un emocionado comentario. Y Jake Barnes, protagonista de la novela, llora sin derramar lágrimas; algo le duele, algo tiene Jake. Jake no es un niño, pero su herida lo deja como tal, indefenso e impotente. Jake tiene una gran herida. Ha sido mutilado en la Primera Guerra Mundial en sus órganos sexuales. Jake Barnes, un joven periodista, no puede colmar el amor en un mundo al que, para olvidar el horror de la guerra, solo le queda la juerga y el amor libre. Su herida se ha agigantado porque en el mismo hospital de campaña se enamora de la enfermera que le atiende, la protagonista femenina de Fiesta, Brett Ashley. Ambos se aman intensamente, siendo este amor que no se colma carnalmente el único verdadero amor de toda la novela.
Como el místico que sufre por no ver colmado su amor y clama: mira que el amor, que no se cura sino con la presencia y la figura… así Jake y Brett mantienen una relación sacramental, escondida en lo profundo. Hemingway cincela de forma magistral el dolor de su protagonista, callándolo, encubriéndolo, pero también el dolor de la promiscua Brett, una especie de Magdalena irredenta. Hay un momento en Fiesta que nos hiela: Jake se mira al espejo con su cuerpo atlético, su rostro joven y hermoso, y… sus genitales mutilados: Apagué la luz de gas del comedor, me senté al borde de la cama, me quité las zapatillas…y me sentí destrozado (página 60, editorial Debolsillo, 2026). Es esta la única vez en toda la novela en que Hemingway nos asoma al dolor de Jake, quien, como un santo, asume su mutilación.
Estamos ante un amor paradójico, profundamente simbólico y que se asemeja al amor eucarístico, donde el Amado está y no está. Está, pero escondido, velado; sin poderse ver cara a cara, sin poder del todo colmar el amor. He aquí ya un sueño de España, el sueño de lo católico, porque, no lo olvidemos, ante un mundo ateo y sin sentido trascendente, Jake Barnes se confiesa católico (página 115) y al llegar a Pamplona entra en la catedral y reza. Ese momento del rezo es un quiebre en la novela, un choque. Nadie lo espera. Barnes, trasunto del propio Hemingway, habla del silencio y de la agradable penumbra al entrar en el templo: «Me arrodillé y comencé a rezar por todos, por Brett, por Cohn, Mike, Bill… y por los toreros… y por mí mismo, y entonces comencé a tener una agradable sensación de somnolencia» (página 124). No se dice más; así de aséptico y pudoroso es Hemingway. No podemos entender Fiesta sin la confesión de Barnes de que su único deseo era ser un buen católico y de que se sentía avergonzado de no serlo… de al menos —dice—, no haberlo intentado.
Ese algo que le duele al niño que somos todos es nuestra incapacidad de amar. Fiesta, en su primera parte parisina, nos muestra infidelidad, divorcios constantes, juerga, brandy, whisky, champagne. Ludopatía, vicio e inconsciencia como cauterización fallida de las heridas. Se deja a una mujer por otra, a un hombre por otro, a veces por el mero hecho de recibir el estímulo para escribir una novela, como el personaje de Robert Cohn.
Sí, por eso las conversaciones son cortas en la novela; por eso no se concluye un solo pensamiento; por eso yo pensaba hace veinte años lo mismo que Virginia Woolf sobre Hemingway. Decía Michel Foucault, siguiendo a Nietzsche, que la profundidad está en la superficie, pero bien pudiera ser que la superficie nos indique que existe una profundidad donde reside la verdad, abismo callado, escondido como el fondo del iceberg o como el sacramento de los sacramentos. Hay algo en Fiesta que nos deja desolados: nadie escucha a nadie; por eso las conversaciones son cortas, por eso se interrumpen con otra copa, por eso todo se desliza y se abandona: por el miedo a escuchar y a no ser escuchado. Solo Jake, el impotente, el católico, el que conoce su herida, escucha. Escucha y mira. Él está preparado para la fiesta como sacramento. Y por eso, Jake Barnes va a ser el hombre capaz de dominar sus emociones y respetar las reglas de conducta. Jake se está preparando, como el lector de la novela, para entrar en un código distinto al de todos los demás. La fiesta que le subyugará alma y cuerpo le hará ver el sentido de la vida. San Fermín es la fiesta nietzscheana, la experiencia dionisíaca de fundición en un todo por medio de la embriaguez y la danza. El toreo es la fiesta sacramental, más apolínea, reglada, que asume las dimensiones dolorosas y arriesgadas del vivir, sin renunciar a la embriaguez…de la belleza.
Como dirán José Bergamín —pero también Ortega y Gasset—, hay en el toreo un juego de inteligencia, cálculo, sensibilidad, atención y riesgo. Por eso, conforme el grupo abandona París y avanza en coche hacia Pamplona, se van abriendo los sentidos y la percepción, y las descripciones de la naturaleza sorprenden por lo minuciosas. El alma vacía se llena de naturaleza viva y Jake se torna más atento, sensible y perceptivo. Se hace incluso la concesión de mencionar una obra literaria “Memorias de un cazador” de Turgeniev (bien vio Ortega —viene al caso— la relación entre la caza y los toros).
Jake es el único del grupo que va diariamente a misa, se confiesa y resalta las iglesias llenas de vida en esos días, sobre todo en el día de San Fermín, que era día de precepto en aquellos tiempos (dejó de serlo en 1971). Solo el que es capaz de tener un mínimo de trascendencia en el grupo, el que se sabe herido, puede afirmar: El torero mantiene la pureza de la línea, exponiendo al máximo, dominando absolutamente al toro para hacerle creer que el torero es inalcanzable, y poco a poco irle preparando para el momento final de la muerte (página 200). Todo el capítulo 18 de la segunda parte de la novela hará las delicias del aficionado y anticipa ese gran Tratado del toreo que escribió Hemingway en 1932: Muerte en la tarde. Hemingway conoció a todos los grandes toreros de la época. En la novela, Pedro Romero —otro amante de Brett— es el nombre ficticio bajo el cual se esconde el mítico Cayetano Ordóñez, que lidia junto a otro mito, Juan Belmonte.

Los Sanfermines terminan y, con el estilo encubierto de Hemingway, tras la fiesta, todo volverá al vacío. El capítulo 19 y último de la novela es tedioso en apariencia. En él vemos a Jake flotando en la superficie —recuérdese lo dicho más arriba acerca de la superficie— de la playa de La Concha de San Sebastián, y que acabará en Madrid, acudiendo a la llamada desesperada de Brett, que ha terminado su relación con Romero. Y la novela concluye prácticamente con estas palabras literales de Brett: «ser una zorra es algo con lo que quisiéramos sustituir a Dios». Estas palabras de la protagonista son aplicables al resto de personajes, Mike, Bill… a todos menos a Jake y quizás a Romero, el torero que deseaba casarse con Brett. Nadie vive realmente su vida excepto los toreros, afirma Jake al comienzo de la novela (página 34). Recordemos —emulando la intencionalidad de nuestro escritor— que Brett Ashley fue inmortalizada en el cine por Ava Gardner (Fiesta, 1957), quien leyó varias veces la novela de su amigo Hemingway, y que tuvo también romances con dos toreros, Mario Cabré y Luis Miguel Domínguez.
Pero no quisiera terminar estas líneas conmemorativas de Fiesta sin señalar que, tanto en el vacío de la primera parte en París como en la mezcla de vacío y sentido en España, sobresale por encima de todo una invitación sutil a la percepción, a mirar las cosas pequeñas, por muy insignificantes que sean. Por eso no he tenido ninguna duda en presentar Fiesta en clave religiosa. Muchos maestros espirituales —pienso en san Ignacio de Loyola— piden comenzar la vida espiritual con un paseo por la naturaleza, percibir pequeños detalles, olores, sonidos, luces, sombras… El que percibe está preparado para la escucha. Jake lo está. Y la magia de esta novela es que Hemingway anticipa en Fiesta de otro drama: el suyo propio. La fiesta como rito da sentido, pero no lo da en plenitud si no somos capaces de apartarnos de las cadenas que nos atan. Hemingway, siendo muy joven al escribir Fiesta, anticipa su desesperación, la del católico que quería perseverar en su fe y no lo hizo. La novela no cuenta cómo acaban Bill, Brett, Mike o Cohn, pero el lector espera que Hemingway nos prepare el suicidio de alguno de ellos, porque sabemos que se están aniquilando a sí mismos, como acabó aniquilándose el propio Ernest Hemingway al pegarse un tiro en 1961. Fiesta vino a ser un anticipo de que el vitalismo, falto de festividad verdadera, de amistad, de escucha y de amor, cae en un existencialismo depresivo y desesperanzado que es la ruina moral del ser humano. Y muchos seguirán creyendo que esta novela, ya centenaria, es superficial.