Desde la convocatoria de elecciones de Sánchez, el PP ha cambiado su estilo de comunicación. Las formas Sémper han perdido protagonismo en favor de una actitud mucho más agresiva que entusiasma a partidarios y provoca asombro incluso en muchos críticos. Es parte del cambio el candidato Feijóo, que ha perdido el pudor a tocar temas como el negocio de proxenetismo con que se ha ganado la vida la familia política de Sánchez y hasta asume cierta cercanía a Vox sin necesidad de justificarla en que peores son los de Bildu.
La revolución más tangible se da, sin embargo, en las principales cuentas que el partido maneja en X. La del PP nacional, la del PP de la Comunidad de Madrid y especialmente la de Nuevas Generaciones. Sacuden al PSOE y a su cada vez más amplia colección de delincuentes condenados con una contundencia inusitada y empleando todo el abanico disponible de recursos: memes, IA y hasta viejos vídeos poco favorecedores que no se grabaron para hacerse públicos como el que le han sacado a Santaolalla.
El ímpetu renovado de las cuentas centrales del partido ha espoleado además a las regionales y las locales. Tras años de mesura y autolimitaciones, todos quieren sumarse a la fiesta y hay una carrera por ver quién le pega más duro al maltratador socialista ahora acorralado.
Como ya sabían en la arena política Vox y fuera de ella muchos otros a los que también desde el PP se tachaba por hacer lo mismo que ahora tanto disfrutan en Génova de primitivos y ultras, no es posible ganar si no se adoptan en la batalla ciertas reglas del enemigo.
El desmelenamiento del PP es en este sentido una buena noticia, pero tiene un peligro.
Hay mucha gente en España que, por inercia o por miedo a asumir plenamente el estigma de asociarse abiertamente a la extrema derecha, se aferra al PP pese a su largo historial de cambios de discurso y compromisos incumplidos, e impide de esta forma que se rompa el ciclo perverso de nuestra política: un turnismo en el que la izquierda modela España y la derecha le arregla las cuentas para que no se acabe el dinero y la gente no noten mucho el shock.
La transformación del PP en esta campaña en un partido más audaz, estimulante y valiente será abrazada con entusiasmo por este tipo de votante permanentemente decepcionado y a la vez siempre leal a la formación de Génova, que es muy posible que se diga para sí liberado de un peso: ¡Por fin puedo votar una opción política a la altura de las circunstancias dramáticas del país sin haber de juntarme con los forajidos de Vox!
Pero todos conocemos al PP, y no es la primera vez que se viene arriba cuando el viento parece soplar hacia la derecha para después enfriarse, renegar del mismo Vox con quien tiene pactos y volver a arrugarse ante el PSOE.
Lo hizo con especial teatralidad Pablo Casado, que entró como enfant terrible de la derecha más ideológicay acabó sacrificándose entre aplausos de EL MUNDO, EL PAÍS y La Sexta en el altar de la superioridad moral socialista en aquella tarde aciaga de calumnias a Abascal.
Antes se lo había hecho el propio Casado a Cayetana cuando la apartó de la portavocía después de apostar por ella y haber presumido en EsRadio de ello. Lo ha hecho Ayuso al mirar para otro lado mientras profanaban un monumento inconveniente para su partido como el Valle de los Caídos y Almeida manteniendo Madrid Central.Y lo hizo Aznar entregando la cabeza de Vidal-Quadras a Pujol.
Feijóo ahora va a los toros con Ayuso, pero permítanme sospechar que sólo porque huele que España se está haciendo de derecha. Dos encuestas torcidas y lo vemos inaugurando una mezquita con Bonilla o volviendo a su nacionalismo periférico original de Galicia. Una queja lastimosa de un socialista con más prestigio y perfil de víctima que Puente o Sánchez, o una advertencia de sus jefes y aliados del socialismo en Bruselas, y es muy probable que le entre el pánico y les quite la contraseña a los nuevos gestores de las cuentas del partido en las redes.
Feijóo y el PP estrenan vestido estos días, pero detrás de las variaciones en la apariencia todo apunta a que no han cambiado su esencia.
¿Qué garantías ofrece para el combate quién se presenta con un portavoz como Borja Sémper, orgullosamente instalado en un canon estético de la izquierda que sin duda impulsará si le dan Cultura y alguien que aspira a actuar como si hubiera paz antes de haber ganado la guerra? ¿Por qué habríamos de pensar que el PP se toma en serio la labor de desmontaje que habrá de acometer un hipotético nuevo Gobierno cuando no alza la voz ante la complicidad de Von der Leyen con Marruecos y Sánchez y mantiene a costa de una alianza posible con Vox el pacto con los socialistas en Ceuta.
El éxito de la derecha pos-29-N si logra a formar Gobierno dependerá en gran medida en su capacidad para dejar de hacer propios los términos del debate que marca el PSOE.
El PP volvió a fallarnos ahí, esta vez por medio del alcalde Almeida, tratando a la ya famosa Maricarmen, que en paz descanse, como una víctima de una injusticia excepcional que requería la intervención de las instituciones en vez de como el instrumento entusiasta de la nueva campaña de indignación artificial y agitación izquierdista en que acabó convertida esta mujer en sus últimos días.
Vienen muchas más campañas de éstas, y mucho más difíciles de gestionar y de tratar como lo que son sin ceder a un chantaje que siempre empieza en el sentimentalismo y acaba en la violencia.
¿Cómo podemos fiarnos de que el partido que se tragó que el caso Maricarmen tenía algo de urgencia humanitaria responderá a las algaradas que ya empiezan en las calles considerándolas el intento de coacción por la fuerza que son y no, como han hecho siempre hasta ahora los Gobiernos del PP, reconociéndoles legitimidad como expresiones a veces descarriada pero legítimas de la libertad de expresión y el derecho a la manifestación? ¿Qué certeza podemos tener de que intentarán, siquiera, tomar las medidas necesarias, no siempre populares y a menudo traumáticas, para revertir el proceso de sustitución demográfica o agilizar y liberar el Estado de su captura a manos del zapatero-sanchismo quienes siguen negociando con los promotores de huelgas políticas y no se han atrevido a adoptar decisiones que serían apoyados por todo su electorado como la retirada de subvenciones a sindicatos?
La respuesta a estas preguntas es clara: hay que votar al único partido que no es vulnerable a la intimidación y a la extorsión emotivista del socialismo, al único partido que ante todos los retos fundamentales que se le presentan a España ha propuesto las soluciones obvias en todo momento, no sólo ahora que llega el cuchillo al hueso y empiezan a ser populares.
Hay que votar a Vox porque en el discurso y la actitud de Abascal en las teles, Carlos Quero y Pepa Millán en el Congreso o Isabel Pérez Moñino rompiendo filas para no estar en un minuto de silencio que dice ser por Maricarmen pero es un acto de sumisión a la mentira que busca imponer el PSOE están sin adornos o condicionantes las verdades prepolíticas imprescindibles para que vuelva a haber luz y posibilidad de que se materialicen cosas buenas en España.
Vox no tiene opciones, a priori, de liderar el próximo Gobierno, pero necesitamos gente que sepa hacia dónde quiere ir y que en esa dirección abra camino, no a quien se limita a transitarlo autosatisfecho una vez abierto. Cuanto más poder tengan los primeros más rápido nos curaremos.
Feijóo ha vuelto a demostrar este viernes que quiere que le despejen otros el camino al delegar en la UE medidas para proteger la soberanía española sobre Ceuta que no deberían depender de la buena voluntad de Bruselas ni de ninguna otra capital europea.
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Es verdad que la etiqueta ‘ultra’ ha perdido poder como argumento ético, que ya asustan más los trenes y las vías mal soldadas de Óscar Puente que la extrema derecha y que la terapia más urgente ahora para los ultras es la que nos enseñe a no alterarnos viendo a nuestros antiguos acusadores hacer suyas las verdades por las que un día nos denunciaron. Pero no quiero dejar pasar la oportunidad de ponerles un par de ejemplos de cómo reaccionar al insulto y a la ansiedad impostada que con que aún se nos intenta poner contra las cuerdas en política y en muchas situaciones sociales.
El primero es de una encuesta israelí reciente en la que se preguntaba a los entrevistados cómo se definían políticamente a ellos mismos. Los héroes de la encuesta son sin duda el 14 % de israelíes adultos que se declararon a ellos mismos de “extrema derecha”.
El significado efectivo de las palabras varía según el uso que se hace de ellas. Igual que el de las señales de tráfico. Si en una intersección hay un STOP que nadie respeta la gente dejará de tomar la señal como un STOP y el que entre al cruce por otra vía la tratará como si fuera una invitación a no parar para el que le llega por la derecha. Ningún no comunista con dos dedos de frente irá a la acampada de Sol solo a debatir con los acampados por mucho que les llamen antifascistas.
Cuenta Miguel Bosé en un documental sobre su vida que ahora puede verse en Prime Video que una vez se dijo a sí mismo: si ser un macho es comportarse con la familia y las mujeres como lo hace mi padre yo me declaro orgullosamente maricón. Si hacemos nosotros lo mismo con la etiqueta extrema derecha neutralizaremos por completo cualquier efecto en nuestro ánimo de la calumnia.
El otro ejemplo son estos dos vídeos que han aparecido en Brasil (aquí y aquí) ridiculizando la campaña del miedo a un triunfo de la derecha que siempre que puede perder pone en marcha la izquierda. No necesitan glosa. Disfrútenlos.