Desde que Pedro Sánchez accedió a la presidencia en junio de 2018, el sanchismo ya ha superado en duración a la Segunda República española y la Guerra Civil. En este periodo interminable, la economía española se ha mantenido entre las más débiles de la Unión Europea, el bloque económico del planeta con peor crecimiento de la última década.
Es cierto que nos hemos alejado de escenarios de colapso económico al estilo de Venezuela, pero los indicadores estadísticos no dejan lugar a dudas: tuvimos un crecimiento moderado previo a la Covid‑19, una caída histórica durante la pandemia y una recuperación que se sitúa ligeramente por encima de la media comunitaria. Aun así, la renta per cápita española se mantiene por debajo de la media UE‑27 y la brecha no se ha cerrado, sino que se ha ampliado respecto a 2018.
Entre 2018 y 2024 (datos definitivos Eurostat), la renta per cápita ajustada a precios aumentó un 5,1% en España, frente al 6,7% de media en la Unión Europea. En paridad de poder adquisitivo (PPA), España alcanzó el 91% de la media comunitaria en 2025 (previsión 2026: 91,3 %). Se recuperó desde el mínimo del 83 % de 2020, pero sigue muy lejos del 105 % que registró en 2006.
En materia de desempleo, España continúa figurando a la cabeza de la UE‑27. La tasa de paro en 2025 cerró en el 10,4 %, mientras la media europea se sitúa en el 6,0%; economías como Alemania registran tasas cercanas al 3,0%. Aunque el mercado laboral ha creado empleo, en su gran mayor para inmigrantes, la calidad y la remuneración siguen siendo puntos débiles estructurales. Y luego está lo que es más importante: los trabajadores asalariados españoles tienen menor poder adquisitivo en 2025‑2026 que en 2019.
Los datos del INE, junto con múltiples análisis del sector privado, confirman que los salarios no han seguido el ritmo de la inflación, generando una pérdida acumulada de capacidad de compra. El poder adquisitivo es la cantidad de bienes y servicios que puede adquirir una persona con sus ingresos: si los sueldos no crecen al mismo ritmo que los precios, se empobrece, aunque la cifra bruta del salario sea más alta.
Entre finales de 2019 y finales de 2025, la inflación acumulada en España supera el 23,4 %, impulsada primero por la recuperación post‑Covid y después por la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania. Frente a esta subida de precios:
-El salario medio bruto anual en 2024 (último dato INE definitivo) fue de 29.178 euros, lo que supone un incremento acumulado del 18,1 % desde 2019, insuficiente para compensar la inflación acumulada.
-El salario mediano, indicador más representativo de la mayoría de trabajadores al no distorsionarse por sueldos muy altos, llegó a 24.126 euros brutos anuales en 2024, un aumento acumulado del 17,3% respecto a 2019, también por debajo de la subida de precios.
-El salario modal (el sueldo más frecuente en el mercado laboral) se queda aún más por debajo: su incremento acumulado desde 2019 ronda el 10‑11 %.
No es extraño que se queje más la gente de clase media: es la que más ha sufrido las consecuencias del sanchismo, los pagafantas del socialismo de paguitas para pobres y desgravaciones fiscales para ricos. Las estimaciones consensuadas de consultoras de recursos humanos para 2025 sitúan la pérdida neta de poder adquisitivo de los trabajadores entre el 1,2% y 1,8% respecto al nivel de 2019. Es decir, en términos reales, los asalariados son hoy más pobres que antes de la pandemia. Y ya entonces España desde luego que no era una fiesta.
A esta circunstancia se suma un fenómeno sin precedentes en la historia reciente de España: una proporción cada vez mayor de trabajadores percibe sueldo muy próximo al Salario Mínimo Interprofesional (SMI).
Entre 2018 y 2025 el SMI creció un 31 % en términos reales. Mientras tanto, el salario modal ha seguido una tendencia a la baja en términos reales. La brecha histórica entre el sueldo más frecuente y el SMI, que rondaba el 40 % en 2018, se ha reducido hasta apenas el 4% en 2025. La diferencia que antes era de casi 8.000 euros anuales se sitúa ya por debajo de 900 euros. No solamente nos hemos precarizado y nos hemos empobrecido: somos cada vez más una masa indiferenciada de asalariados sin un duro.
Las conclusiones de todos los estudios serios al respecto son contundentes: las subidas muy pronunciadas del SMI han comprimido la estructura salarial, frenado la movilidad salarial ascendente y generado efectos negativos sobre el empleo, especialmente en provincias con menor renta y en pequeñas y medianas empresas.
Esto ayuda a explicar problemas muy visibles del mercado laboral, como la escasez de personal en sectores como hostelería. Los salarios reales del sector de camareros han acumulado una caída cercana al 11% desde 2008. Para cubrir estos puestos de baja remuneración, España depende de una entrada continua de inmigración laboral: entre 2022 y 2025, cerca del 72% de los nuevos contratos registrados corresponden a personas de origen extranjero.
Gran parte del empleo que se crea es precario y de muy baja remuneración, no porque no haya otro remedio, sino porque ése es el diseño de la economía de Pedro Sánchez. Eso es, para el PSOE, que España vaya “como un tiro”.
Los informes del Fondo Monetario Internacional publicados en 2025 y las previsiones para 2026 señalan riesgos estructurales de empobrecimiento relativo para la economía española. El acceso a la vivienda sigue siendo uno de los mayores cuellos de botella: los precios de compra han vuelto a crecer de forma notable desde 2024 y el mercado de alquiler sigue con una oferta muy ajustada.
La normativa de alquiler aprobada en la legislatura pasada ha generado incentivos negativos para muchos propietarios de viviendas secundarias, que retiran sus inmuebles del mercado de alquiler, reduciendo aún más la oferta y empujando a más jóvenes y hogares a compartir piso. Y, desde luego, en ese campo no vamos a mejor.
Esta presión sobre los hogares se traslada al consumo de bienes básicos. Los datos del panel de consumo del INE muestran que entre 2019 y 2025 se ha producido una reducción del consumo per cápita de carne de vacuno (-12 %), pescado fresco (-9 %) y aceite de oliva (-14 %), reflejo de la presión presupuestaria sobre muchas familias españolas. Ésta es la España actual: una España que no puede ni comer.