Sánchez ha anunciado que convoca elecciones
Unas elecciones que se basan en una premisa: o estás conmigo o estás contra mí.
Y si estás contra mí, eres fascista.
Unas elecciones que se basan en el uso de la simplificación y la infantilización como arma electoral.
Desde la psicología social, una democracia madura exige tolerar una idea psicológicamente incómoda: la realidad social suele ser multicausal, ambigua y contradictoria.
Pero la propaganda necesita exactamente lo contrario. Necesita víctimas puras, verdugos puros y causas únicas.
Por eso la estrategia «divide y vencerás» funciona tan bien. Porque funciona mediante la ultrasimplificación.
Antes de dividir políticamente a una sociedad hay que dividir cognitivamente el mundo: nosotros/ellos, buenos/malos, víctimas/verdugos, fascistas/progresistas. Una vez construidas esas categorías, cada hecho nuevo puede introducirse dentro del mismo molde.
La consecuencia final es quizá la más preocupante: cuando una sociedad pierde la capacidad de decir «esto es más complicado», también pierde parte de su capacidad de negociar. Porque negociar implica reconocer legitimidad parcial al otro. Negociar implica admitir incertidumbre. Negociar implica aceptar que nuestro propio grupo puede equivocarse.
Y esas tres premisas son incompatibles con una narración política construida como un cuento de buenos y malos.
Esa estrategia de «divide y vencerás» se conoce como inducción a la polarización.
La bola negra, la película de moda
En psicología social y sociología existe también un fenómeno que se conoce como el efecto bandwagon o efecto arrastre. Un efecto que está estrechamente ligado al concepto psicológico de FOMO, el temor a quedarse fuera. A un nivel más técnico, dentro de la psicología social, este comportamiento responde a varios procesos de influencia social. A la presión de conformidad, o al deseo de encajar en un grupo social, sobre todo. El mismo que lleva a tantos a no atreverse a alzar la voz cuando el grupo les impone un relato.
Por lo tanto, casi me vi compelida a ir a ver La bola negra para tener algo de qué hablar en las reuniones sociales.
Pero cuando iba a escribir sobre La bola negra me di cuenta de que escribir sobre la película desde el punto de vista de la crítica cinematográfica no sería más que decir lo que todo el mundo ha dicho: que tiene una factura excepcionalmente profesional, que la música está muy bien, que los actores lo bordan, pero que en algunos momentos parece un anuncio de colonia, se pasa un poco de ñoña y le sobra media hora.
Así que ¿para qué voy a escribir sobre La bola negra desde un punto de vista fílmico si no haría más que repetir lo ya dicho?
Más allá de la película: el discurso de Los Javis
Pero, en las circunstancias en las que estamos, esta película nos viene muy bien para hablar de la inminencia de una nueva guerra civil y de cómo se cambian los relatos.
De la extrema polarización que presumiblemente vamos a vivir en la que será la campaña electoral más sucia y complicada de nuestra historia democrática.
Y de la tergiversación del relato para servir de coartada a una posición ideológica.
Javier Calvo dijo que quería hacer La bola negra porque a él, en su juventud y adolescencia, nadie le dijo que Lorca era homosexual. Lo dijo Javier Calvo, que tiene 35 años. Dijo textualmente: «Me robaron un referente cuando yo era pequeño».
Esto es dificilísimo de creer. Es imposible, pero imposible, que en su adolescencia y juventud Javier Calvo no supiera que Federico García Lorca era homosexual, si yo tengo 60 años y lo he sabido toda mi vida. Vale, toda mi vida no, pero al menos desde los 16 años, cuando iba al colegio Montserrat y me enseñaba Literatura un profesor que creo recordar que se llamaba Pedro.
En 1986, el diario ABC publicó los Sonetos del amor oscuro. Por supuesto que se habían publicado antes en ediciones clandestinas iberoamericanas que no habían tenido mucha repercusión. Pero 1986 marca un hito. Uno de los diarios más leídos del país regala un cuadernillo con los sonetos. Desde 1986, hace ya cuarenta años, no había ninguna duda de que Lorca fuera homosexual. Y Javier Calvo nació en 1991.
Dato frente al relato:
Nadie le robó ningún referente.
Otra cosa es que no se hablara mucho de ello, pero esto no fue culpa de la sociedad, sino de la propia familia de Lorca.
Lo que me contó Pepín Bello
Y aquí es donde entra una historia personal. En un mundo dominado por las inteligencias artificiales, cada vez es más importante que los escritores contemos historias reales que las inteligencias artificiales no se pueden inventar, así que… ahí va.
No recuerdo el año, porque, si lo recordara, sería que no había vivido esa época. (Bebía y salía yo demasiado como para recordar los acontecimientos marcándolos en una fecha exacta). En aquella época, cada tarde pasaba una cosa, y yo salía de fiesta cada tarde y cada noche, así que calculo que debía tener unos veintitantos años. Y acudí a una fiesta en la Residencia de Estudiantes con mi amigo Miguel, homosexual floripondioso y descarado, que no ocultaba en absoluto su amor por otros hombres ni lo pretendía.
Hablamos de que debía de ser alrededor de 1986. En la fiesta estaba Pepín Bello, que, por si acaso mis lectores no lo saben, había sido amigo íntimo de Lorca y compañero de habitación en la misma Residencia de Estudiantes. Amigo íntimo de Lorca, digo, pero no tan íntimo como para que la intimidad fuera carnal. Cuando me presentaron a Pepín Bello, un hombre de amplia sonrisa y papada de felicidad, daba la impresión de que me estaban introduciendo a alguien de la realeza, tal era el respeto con el que lo presentaron y tan devotos los susurros con los que me decían: «Este es un señor muy importante».

Pepín Bello nos pidió que nos sentáramos a su lado. Todo el mundo se quedó sorprendido, las bocas unánimemente abiertas en una O imposible, y yo no entendí a qué venía tamaño asombro. Luego supe que Pepín Bello era algo así como una institución en la Residencia, y que el hecho de que nos hubiera elegido a dos desconocidos para sentarnos a su lado había causado profunda impresión. He de decir, sin ninguna modestia, que nosotros dos éramos probablemente las dos personas más guapas de la fiesta, entre otras cosas porque éramos los más jóvenes. Miguel, en particular, era un chico espectacularmente atractivo. Lorca lo hubiera llamado un moreno de verde luna.
En cualquier caso, Pepín me habló de García Lorca y me dijo que tenía guardadas muchas cartas de Federico, pero que no se atrevía a sacarlas por si acaso la familia las destruía.
Me explicó que la familia era extremadamente conservadora y que no quería que se hablase nunca de la homosexualidad de Lorca. Que él sabía de buena tinta que la propia familia había destruido cartas y que, como la familia era la albacea de los derechos literarios, era la familia y solo la familia la que estaba autorizada para decidir si, por ejemplo, se podía hacer una obra de teatro o no con una compañía determinada, o si se podía reeditar un poemario o una obra en una editorial determinada. Por esa razón, todo el mundo literario le rendía a esa familia una pleitesía inusitada. Una obediencia que, siempre según Pepín, la familia no merecía.
De forma que, si Javier Calvo cree que alguien escondió la homosexualidad de Lorca, debería hablar con la familia Lorca, que controló los derechos patrimoniales de explotación de su obra hasta el 31 de diciembre de 2016. Desde el 1 de enero de 2017, la obra de Lorca pasó en España a dominio público, de modo que ya no era necesario contar con el permiso de sus herederos para editar sus textos, representarlos o reproducirlos. Pero, hasta entonces, bastaba con ser demasiado claro con respecto a la vida personal de Lorca para que la familia te negara la autorización.
Esa es la razón por la que quizá Javier Calvo no vio una obra de teatro o no leyó un prólogo en el que se le dijera claramente que Lorca era homosexual, o al menos no hasta 2016. Pero, si hubiera leído los Sonetos del amor oscuro, lo habría sabido. Y, si hubiera ido a un instituto público (según tengo entendido, acudió a uno privado, aunque me puedo equivocar), también lo habría sabido. Repito que yo fui a un instituto concertado (al Montserrat) y me hablaron de la homosexualidad de Lorca sin mayor problema. Javier Ambrossi acudió a un colegio religioso únicamente para chicos, y entiendo que allí no le mencionarían el tema ni de refilón; pero eso no quiere decir que nadie se lo hubiera ocultado. Repito que la homosexualidad de Lorca era de dominio público para el público español en general desde 1986. Y para otros, como yo, desde mucho antes.
«A Lorca lo mataron por rojo y m******»
En el Festival de Cannes, Javier Ambrossi dijo en voz alta (está grabado), frente a una inmensa audiencia de espectadores que habían acudido a ver su película: «Hace noventa años Federico García Lorca fue asesinado por el fascismo y porque era gay».
Olvida Javier Ambrossi que el fascismo estaba vigente entonces en Italia, no en España. Pero es muy posible que, como tantos hombres de su edad, no sepa la diferencia entre fascismo y franquismo.
Más allá de esa cuestión ontológica, diversos historiadores señalan que esa afirmación, tópica a base de haberse repetido tantas veces, no es sino una ultrasimplificación. De hecho, personas vinculadas a la Falange, como los hermanos Rosales, intercedieron en favor de García Lorca sin ningún éxito.
Las tensiones que llevaron a la ejecución del poeta estuvieron fuertemente influenciadas por conflictos familiares y locales, acentuados tras la publicación de La casa de Bernarda Alba. Entre quienes participaron en su detención se encontraba precisamente un familiar del propio poeta asesinado: Antonio Benavides, miembro de una rama familiar rival vinculada a disputas de tierras con el padre de Federico.
El trasfondo socioeconómico de la zona explica parte de estas tensiones. Lorca pertenecía a una familia muy próspera de terratenientes en la Vega de Granada, beneficiada por la explotación de la remolacha azucarera. Esta realidad se refleja en obras como Bodas de sangre, donde se muestran los matrimonios concertados para la unión de propiedades, y que viene a hablar del matrimonio de los propios padres de Lorca.
Federico García Lorca nació en el municipio de Fuente Vaqueros, en la provincia de Granada. Y pasaba muchos veranos en casa de su tía Matilde García Rodríguez, en la vecina localidad de Asquerosa. El nombre del pueblo se cambió más tarde a Valderrubio. Entiendo que lo cambiaron no solo porque el nombre era bastante feo de por sí, sino porque asociar un nombre así a un pueblo conocido por la ejecución de un poeta iba a ser una marca indeleble para la localidad.
El patio de esta casa colindaba directamente con el de la familia de Francisca («Frasquita») Alba Sierra, emparentada con la de Federico por esas extrañas redes de matrimonios endogámicos que servían para ir extendiendo la propiedad de las tierras.
Ambas viviendas estaban separadas por un muro medianero, pero compartían un mismo pozo de agua que atravesaba la pared divisoria: la mitad del brocal daba al patio de la tía de Lorca y la otra mitad, al patio de las hijas de Frasquita Alba.
El pozo funcionaba como una caja de resonancia perfecta. Cuando las hijas de Frasquita Alba bajaban al patio a lavar o a tomar la fresca, sus voces resonaban a través del hueco del agua.
Federico, cotilla de vocación, como lo somos todos los escritores, se sentaba, armado de paciencia y curiosidad, junto al brocal, en el lado de su tía, para escuchar a hurtadillas las conversaciones de la familia Alba.
Lorca inmortalizó el pozo como el gatillo de su inspiración en el acto primero de La casa de Bernarda Alba, cuando la Poncia describe el pueblo diciendo: «Pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el temor de que esté envenenada».
La similitud entre la historia real de la familia Alba de Asquerosa y la familia Alba de la obra de teatro que escribió Lorca fue tal que, en 1985, Consuelo Benavides, nieta de Francisca (Frasquita) Alba, presentó una reclamación judicial contra los herederos de García Lorca.
La demanda acusaba al poeta de haber cometido una distorsión de los hechos familiares. Consuelo Benavides alegaba que la obra presentaba de forma falsa y exageradamente autoritaria a su abuela (su abuela Francisca, apodada Frasquita, no se me pierdan ustedes).
El motivo principal de la reclamación radicaba en que el texto utilizaba los nombres reales de la familia para escenificar un drama de ficción. Pero un drama de ficción que estaba basado en una historia que realmente ocurrió. Y por eso Consuelo Benavides consideraba que la obra suponía una vulneración del derecho al honor y a la intimidad de sus antepasados.
Aunque existen diferencias dramáticas entre la realidad y la ficción, el caso es que la matriarca real de los Alba, Frasquita Alba, era conocida por ser una mujer de armas tomar, con carácter de generala y arrestos de alabardero.
Asimismo, el personaje de Pepe el Romano existió en la vida real bajo el nombre de Pepe Benavides Peña, apodado «el Romano» porque venía del pueblo de La Romilla. Tanto en la obra de ficción como en la vida real, Pepe el Romano era un hombre espectacularmente guapo, algo que se puede comprobar porque circula por ahí una fotografía suya, en la que se ve a un joven con la postura de atleta y el atusado bigote cerdoso de señorito fino.
En la obra, Pepe está prometido a la hermana mayor, Angustias, con la que no tiene sexo, y es el amante de la pequeña, Adela.
En la vida real, José Benavides Peña (el verdadero Pepe el Romano) se casó primero con Amelia Rodríguez Alba y, tras enviudar de ella, contrajo matrimonio en 1928 con su hermana menor, Consuelo Rodríguez Alba.
Ambas eran hijas de Francisca Alba Sierra (sí, esa, la generala, la que tenía muy mala leche, no se me hagan un lío ustedes). Aunque en la obra literaria los nombres de las hijas se cambiaron por Angustias y Adela.
Curiosamente, el nombre de «Amelia» sí aparece en la obra teatral, pero Lorca se lo asignó a un personaje diferente y no a la esposa original. En cualquier caso, era un guiño clarísimo que no pasó desapercibido a los que conocían a la familia Alba.
Es decir, que a Lorca no se le ejecutó por rojo, o no solo por eso, sino porque Antonio Benavides (familiar de Pepe Benavides) se la tenía jurada a Lorca. Y se la tenía jurada porque había ridiculizado a su familia en una obra. Tampoco le ejecutaron porque fuera maricón. O no solo por eso.
Además, Lorca era homosexual, sí, pero no era exactamente rojo, como explicaré más tarde.

La homofobia no era exclusiva de un bando ni de otro.
El contexto político general de la época en Europa reflejaba una homofobia virulenta. En todos los bandos. En la Unión Soviética, la legislación de la época penalizaba las relaciones consensuadas entre adultos con penas de hasta cinco años de privación de libertad. Y no cinco años en una prisión cualquiera, no. A los homosexuales se les enviaba en muchas ocasiones a campos de trabajos forzados del sistema Gulag.
No se trataba de que los fascistas persiguieran a los homosexuales y los rojos no lo hicieran. Los rojos, como vemos, lo hacían incluso con más fervor. Como dato curioso, diremos que las relaciones entre lesbianas no estaban perseguidas.
La prensa de distintas facciones políticas en España, tanto rojos como no rojos, también era profundamente homófoba, en consonancia con las ideas normativas de la época.
Durante la Segunda República, Lorca sufrió ataques homófobos en la prensa, especialmente desde publicaciones conservadoras y antirrepublicanas como Gracia y Justicia y El Duende. Pero la izquierda republicana tampoco era queer friendly, precisamente.
La Voz, diario madrileño de orientación republicana, publicó un artículo que aludía al séquito de jóvenes que rodeaba al poeta, dentro de un contexto en el que se cuestionaban su masculinidad, sus gestos y su entorno. Es decir, la homosexualidad aparecía insinuada, o claramente señalada, según se mire, como elemento de descrédito.
Hay además otro periódico claramente prorrepublicano, el Heraldo de Madrid, que el 18 de julio de 1936 publicó una caricatura de Lorca, de Manuel del Arco, en la que aparecía feminizado, con un lazo y caracterizado como un «niño de mamá». Homofobia rampante, como era lo común, digo, en cualquier estrato de la época, rojo o franquista.
Fallecido Lorca, Hora de España, revista republicana, censuró los versos de Cernuda que aludían abiertamente a los amores del poeta. Sabía que a sus lectores no les haría ninguna gracia que ensalzaran a un homosexual.
En realidad, nunca existieron dos bandos
Hablar de «bando republicano» y «bando franquista» sirve para explicar quién combatía militarmente contra quién entre 1936 y 1939, pero resulta muy pobre para describir la diversidad política de cada zona. Puesto que ninguno de los dos bloques era ideológicamente homogéneo.
En el llamado bando republicano convivían proyectos políticos que, en algunos aspectos, eran directamente incompatibles.
Estaban los republicanos liberales y democráticos, como Izquierda Republicana, de Manuel Azaña, o Unión Republicana, de Martínez Barrio, partidarios de una república parlamentaria.
Estaba el PSOE, que además contenía corrientes muy diferentes, desde el sector relativamente moderado de Indalecio Prieto hasta el mucho más revolucionario de Largo Caballero.
Estaba el Partido Comunista de España, proxy de la Internacional Comunista y la URSS.
Estaba el POUM, marxista pero ferozmente enfrentado al estalinismo.
Y estaban los anarquistas de CNT y FAI, que en principio rechazaban tanto el Estado como la democracia parlamentaria y aspiraban a una revolución social.
Y, para espesar todavía más el cacao, habría que añadir a los nacionalismos periféricos. Esquerra Republicana de Catalunya estaba claramente en el campo republicano.
Pero resulta especialmente ilustrativo el caso del PNV: era un partido nacionalista vasco, católico y socialmente mucho más conservador que buena parte de la izquierda republicana. Y, sin embargo, combatió junto a la República, fundamentalmente porque esta había reconocido la autonomía vasca y porque los sublevados amenazaban esa autonomía.
En el llamado bando franquista la diversidad también era vasta. Al comienzo de la guerra ni siquiera puede hablarse propiamente de «franquismo» como una ideología perfectamente definida. Eso llegaría mucho más tarde. Por entonces se hablaba de los sublevados.
La sublevación reunió a militares conservadores y autoritarios, monárquicos alfonsinos, carlistas, falangistas, católicos tradicionalistas, antiguos simpatizantes de la CEDA, sectores de las élites económicas y personas cuyo principal denominador común era su oposición al Frente Popular o a la revolución. Entre ellos, algunos querían una democracia parlamentaria liderada por Alfonso y, más tarde, por su hijo Juan.
La guerra civil no puede entenderse como izquierda contra derecha
El PNV constituye una magnífica demostración de que la Guerra Civil no puede entenderse simplemente como «izquierda contra derecha».
Incluso existían católicos republicanos y demócratas cristianos que permanecieron leales a la República. El caso de Manuel de Irujo, dirigente del PNV, ministro republicano y católico convencido, es uno de los ejemplos más citados.
Es decir, dentro del mismo bando que luchaba contra Franco coexistían una revolución anarquista, diferentes versiones del marxismo, el comunismo estalinista y una democracia republicana liberal. No era un bando en el que todos avanzaran en unión y compañía, como prueba el secuestro y asesinato de Andreu Nin por parte de los que presuntamente estaban en su bando.
La Falange, por su parte, representaba un proyecto distinto: fascista, nacionalsindicalista, revolucionario en su retórica y contrario tanto al liberalismo como al viejo conservadurismo monárquico.
José Antonio Primo de Rivera había mostrado incluso un considerable desprecio hacia ciertos sectores de la derecha tradicional.
Es interesante decir aquí que el programa original de la Falange y el programa político de Podemos para las elecciones europeas de 2014 se parecían muchísimo, hasta el punto de que algunos párrafos parecían directamente calcados. Sí, repito, había párrafos del programa de Podemos para las elecciones de 2014 que parecían directamente inspirados por Falange. Si con esto no les convenzo a ustedes de que lo de establecer una línea divisoria clara entre derecha e izquierda es misión imposible, no sé yo cómo les voy a convencer.
También estaba la jerarquía de la Iglesia católica, que acabó identificando mayoritariamente la guerra con una «Cruzada». Pero, pero, pero… ¡No todos los católicos españoles apoyaron la rebelión! Como demuestra precisamente el caso vasco.
El franquismo se inicia después de la guerra civil y no en la guerra civil
Lo que hizo Franco fue ir eliminando esa pluralidad política. No fue una fusión espontánea y feliz: hubo resistencia, especialmente entre falangistas y carlistas. Franco convirtió progresivamente una coalición heterogénea en una dictadura personal, y persiguió políticamente a muchos de los que le habían apoyado hasta el punto de que alguno tuvo que huir a Portugal en plena noche. Me refiero a Pedro Sainz Rodríguez, quien fue el primer ministro de Educación Nacional en el primer gobierno de Francisco Franco, en 1938, y que abogaba por una democracia constitucional monárquica.

Por eso hay dos niveles diferentes que conviene no confundir.
Militarmente sí hubo dos grandes campos enfrentados. Pero políticamente hubo muchas más de dos Españas.
Y esa diversidad es fundamental porque explica algo que de otro modo resulta incomprensible: la Guerra Civil fue al mismo tiempo una guerra entre dos ejércitos y varias luchas políticas superpuestas: revolución contra contrarrevolución, democracia contra autoritarismo, centralismo contra autonomismo, fascismo contra comunismo, conflictos religiosos, lucha de clases y disputas internas acerca de qué tipo de Estado debía existir después de la guerra.
Reducir todo eso a «republicanos contra franquistas» puede servir como primera explicación escolar para un niño de doce años. Pero, como descripción histórica completa, se queda muy corta.
Desgraciadamente, hemos convertido la política en una sucesión de mentiras o de ultrasimplificaciones dirigidas a niños de doce años.
Simplificación. Categorización. Reducción de la complejidad. No pienses, que nosotros pensamos por ti
Desde la psicología social, la ultrasimplificación política es peligrosa no solo porque empobrece la explicación de los hechos, sino porque cambia la forma en que percibimos a los demás. Convierte acontecimientos complejos, en los que suelen intervenir intereses personales, luchas de poder, circunstancias históricas, resentimientos, ideología, azar y relaciones familiares, en relatos morales muy sencillos: «los buenos hicieron esto y los malos hicieron aquello».
Y ese paso aparentemente inocente es el caldo de cultivo de la polarización y el conflicto.
Porque el primer mecanismo para crear la polarización y el guerracivilismo es la categorización social.
Tajfel y la teoría de la identidad social mostraron que tendemos a organizar el mundo mediante categorías: nosotros y ellos. Esto es inevitable y, en sí mismo, no tiene nada de patológico.
El problema empieza cuando una explicación histórica se reduce a dos bloques homogéneos. En ese momento dejamos de pensar en individuos concretos y empezamos a pensar en «los rojos», «los fascistas», «los progresistas», «los reaccionarios».
Y en el manido y falso discurso de «los fascistas contra los progresistas». Ni el sector Sánchez tiene el monopolio del progreso ni los que nos oponemos a él somos fascistas.
La investigación sobre identidad social muestra que, una vez activada con fuerza esa pertenencia grupal, aparecen, por una parte, favoritismo hacia el propio grupo y, por otra, una percepción mucho más negativa y uniforme del grupo contrario.
A eso se añade el llamado sesgo de homogeneidad del exogrupo: «nosotros somos distintos entre nosotros; ellos son todos iguales».
Por eso las narraciones políticas simplificadas funcionan tan bien. No hace falta explicar quién hizo qué, por qué, en qué contexto y con qué intereses. Basta con establecer una categoría moral: «asesinaron a Federico porque eran fascistas», «no aprobaron el decreto Mari Carmen porque somos fascistas». El individuo desaparece detrás de la etiqueta. El hecho particular se oculta tras una generalización.
El segundo mecanismo es el razonamiento motivado. Cuando una historia encaja con nuestra identidad política tendemos a aceptarla con menos escrutinio, recordarla mejor y buscar argumentos que la confirmen; cuando la misma información perjudica a nuestro grupo, elevamos enormemente el nivel de exigencia. Hay bastante evidencia de este favoritismo partidista en el juicio político.
Aquí aparece algo fundamental: la simplificación no tiene como objetivo principal explicar. Tiene como ventaja psicológica reducir incertidumbre.
Una historia compleja es cognitivamente incómoda. «El asesinato de García Lorca sobrevino a consecuencia de una combinación de rivalidad familiar, intereses económicos, resentimiento personal, contexto político y prejuicios sociales» exige esfuerzo. En cambio:
«Lo mataron porque era rojo y m******» es una narración cerrada. Tiene víctima, verdugo, causa y moraleja. Cognitivamente es muchísimo más barata: más fácil de entender para los que la reciben, más fácil de tragar sin digerir. Y más fácil de explotar para los que la difunden. Mucho más fácil de utilizar en su propio beneficio.
Infantilización. No pienses, que nosotros te damos el discurso mascado
Y ahí aparece la infantilización del discurso y la infantilización de la política. Es una buena manera coloquial de describirlo, aunque en psicología hablaríamos más bien de reducción de la complejidad cognitiva.
En el contexto de estas elecciones y desde la estrategia de Pedro Sánchez, la política deja de entenderse como conflicto entre intereses, instituciones, personalidades, incentivos y circunstancias para convertirse en una especie de cuento moral: héroe, villano, víctima, traidor. Un cuento moral que Pedro Sánchez está explotando hasta la saciedad.
Además, hay un tercer fenómeno muy importante: la esencialización. Ya no se piensa que «determinadas personas realizaron una acción determinada», sino que se atribuye la acción a la naturaleza misma del grupo: «A García Lorca lo asesinaron los fascistas porque los fascistas son así». «A Mari Carmen la desahuciaron los fascistas porque los fascistas son así».
Pero ni el asesinato de García Lorca se explica desde el fascismo (entre otras cosas, ya he dicho que el fascismo es un movimiento italiano, que proviene de los Fasci italiani di combattimento, fundados por Mussolini en 1919) ni, desde luego, el desahucio de Mari Carmen se puede explicar así.
Cuando el adversario deja de ser una persona humana, cuando se le deshumaniza, se le etiqueta y pasa a ser esencialmente malo, entonces desaparece una condición psicológica básica de la democracia: reconocer que una persona moralmente decente puede llegar a una conclusión política distinta de la nuestra.
Es en ese momento cuando empiezan las dictaduras.
Después aparece la polarización afectiva. Es un paso distinto de la discrepancia ideológica. Dos personas pueden defender políticas económicas radicalmente diferentes sin odiarse. Pero eso no concuerda con el discurso de Pedro Sánchez ni tampoco con el de Los Javis.
La polarización afectiva empieza cuando la identidad política se convierte en una identidad social y el adversario produce desprecio, miedo o asco.
La psicología social muestra precisamente que las pertenencias grupales pueden adquirir motivaciones que van mucho más allá del interés material. Y cómo pueden llegar a desempeñar un papel importante en el conflicto.
Reeditando la guerra civil
En los discursos simplificados e infantiles es donde nace el verdadero guerracivilismo. Ese que se dedica a interpretar permanentemente la política presente mediante las categorías morales de una guerra pasada: vencedores y vencidos, verdugos y víctimas, traidores y héroes.
Cada discusión actual pasa a ser otro episodio de aquel conflicto. Y cuando interpretamos la historia desde esa misma óptica, entonces el hecho de que un artista nos esté lanzando una arenga política para vendernos su obra empieza a ser tremendamente preocupante.
La película de los Javis es, cinematográficamente hablando, una película digna. Una película merecedora de ser vista. Una buena película.
Pero una cosa es la película y otra el discurso que los creadores sueltan en la promoción de la película. Un discurso sesgado, esencialista, simplificado, peligroso. Y creo que lo estoy argumentando con bastante calma.
De hecho, no me importaría nada debatirlo cara a cara con ellos. Porque yo no veo a la persona que piensa diferente como un adversario a destruir, sino como alguien con quien debatir. Yo, al contrario que los franquistas o los estalinistas, no quiero vencer, sino convencer, como diría Unamuno.
Lo que encuentro aterrador es que el simple hecho de que yo disienta del discurso de los Javis, el discurso normativo y tolerado dentro del panorama cultural español, me convierta en fascista a los ojos de muchos.
Para el que tenga la tentación de llamarme fascista o franquista, le recordaré que mi padre luchó contra el franquismo desde Izquierda Democrática en la clandestinidad, y los padres de Javier Calvo y Javier Ambrossi no lo hicieron.

Los Javis no saben lo que significa de verdad el fascismo porque ni ellos lo han vivido ni su familia ha tenido que sufrir su represión en carne propia. Creo que aquí radica una diferencia importante.
Además, cuanto más fuerte se vuelve la identidad política, más difícil resulta aceptar información que complique la narración. Un dato que matiza el relato ya no se vive simplemente como un dato histórico: se percibe como un ataque al propio grupo. Por eso las discusiones sobre episodios históricos pueden adquirir una intensidad emocional desproporcionada.
Porque lo que está en juego psicológicamente no es solo «qué ocurrió», sino «quiénes somos nosotros».
Hacernos las víctimas. Gana el que más sufre o más finja sufrir
Existe todavía otro mecanismo: la competencia por la victimización. Los grupos construyen una memoria colectiva y utilizan acontecimientos traumáticos para definir su identidad. El sufrimiento del propio grupo se recuerda con enorme precisión mientras se minimiza el del contrario.
Y por eso Javier Ambrossi y Javier Calvo nos dicen que los homosexuales sufrieron represión durante el franquismo, lo cual es verdad, pero no nos dicen que Stalin los mandaba a un gulag en el que la mayoría morirían de frío o de inanición, lo cual también es verdad.
Entonces aparece una especie de contabilidad moral: «nosotros sufrimos más», «ellos empezaron», «lo nuestro fue reacción».
En ese contexto, la memoria histórica deja de servir para comprender el pasado y empieza a funcionar como munición política.
Y eso es lo que les echo en cara a los Javis. No su película, que es una película muy interesante y muy digna, sino que nos están vendiendo una historia que no es real. Una historia simplificada.
Y la simplificación tiene una enorme ventaja comunicativa. Una explicación compleja necesita diez minutos; una acusación necesita diez segundos.
Decir simplemente «a Lorca lo mataron por rojo y homosexual» es una reducción muy fuerte de un episodio históricamente complejo. Lorca ni siquiera fue un militante convencional de un partido político. Expresó simpatías públicas hacia causas republicanas y de izquierdas, pero también era hijo de terrateniente y heredero potencial de una enorme fortuna, y por eso en algunos diarios republicanos le insultaban y le caricaturizaban.
Federico García Lorca fue asesinado por un pelotón de milicianos del bando franquista. Esto es un hecho. Existen investigaciones que han dado mucha importancia a las rivalidades familiares granadinas, enemistades personales y conflictos económicos, pero la historiografía no ha sustituido por ello la dimensión política de su asesinato. Las fuentes académicas consideran las circunstancias exactas y las motivaciones una cuestión mucho más compleja que una sola causa.
Y precisamente eso refuerza mi argumento: el error metodológico sería sustituir una simplificación por otra. No pasar de «lo mataron exclusivamente por ser rojo y homosexual» a «la política y la homosexualidad no tuvieron nada que ver; fue exclusivamente una venganza familiar».
La explicación intelectualmente adulta es aceptar la multicausalidad: la confluencia de contexto represivo, enemistades locales, denuncias, rivalidades personales y familiares, posición pública de Lorca y prejuicios contra su homosexualidad. Tanto en un bando como en el otro.
Eso es justamente lo contrario de la propaganda. Pensar como un adulto. Tener en cuenta todos los factores.
Propaganda es lo que hacen los Javis. No en su película, sino en sus declaraciones públicas. Propaganda es lo que hace Pedro Sánchez cuando simplifica las historias hasta la exageración o cuando simplemente miente, como en el caso de Mari Carmen.
A Mari Carmen no la desahució un fondo buitre. A Mari Carmen no le pidieron que pagara cuatrocientos euros: estaba pagando ciento setenta y dos euros de renta. Mari Carmen no cobraba mil cuatrocientos euros de pensión, sino mil ochocientos en catorce pagas, o sea, dos mil euros al mes. Mari Carmen no era una pobre víctima, sino que se había comprado un chalet en una de las zonas más caras de Madrid.
Pero tanto en el caso de Lorca como en el de Mari Carmen se simplifica hasta la exageración para lograr un relato. Y, ya puestos a simplificar, se miente: Mari Carmen no es una pobre viejecita desahuciada por un fondo buitre, ni a Lorca lo mataron por rojo y homosexual. Hay mucho más.
Esta simplificación genera una dinámica de escalada.
Una dinámica de escalada del conflicto: de la simplificación a la categorización; de la categorización a la identidad de grupo; de la identidad de grupo al sesgo a favor de los nuestros; del sesgo a favor de los nuestros a la demonización del contrario; de la deshumanización del contrario a la polarización afectiva; de la polarización afectiva a la justificación de medidas excepcionales contra «ellos»…
Y del Estado de derecho, del Estado del bienestar, a la dictadura chavista, que es, en el fondo (no nos engañemos), lo que nos quiere imponer Sánchez.
Y, si alguien no se cree que nos quiere imponer una dictadura, lo voy a decir muy claro: intentar imponer un decreto ley que ha sido rechazado por el Parlamento, que está expresando una voluntad popular, es un fraude constitucional y es una decisión dictatorial.
Sí, tenemos claro que no queremos una dictadura franquista. Tampoco queremos una dictadura chavista. Y ya sé que es mucho más complicado situarse en el punto racional y argumentativo, pero también es mucho más valiente.
Ser el primero en atreverse a disentir del discurso dominante requiere mucho valor. Hacerse preguntas en lugar de aceptar como buenas las respuestas mascadas que te ponen en el plato requiere mucho valor.
Leerse un artículo larguísimo en el que se reflexiona, en el que no se impone una idea, sino que se argumenta, también requiere mucho valor.
Esa es la valentía que les pido a ustedes, si han conseguido llegar hasta el final de este largo, muy largo, larguísimo artículo.