Muamar el Gadafi no tuvo tiempo de escribir sus memorias ni de dar conferencias a cien dólares el segundo, como hacen tantos de quienes fueron sus visitantes. Conquistó el poder por la fuerza y lo defendió con violencia durante casi 42 años. Cuando el teléfono y la encuesta son las armas de tantos políticos, Gadafi usó la pistola y la arenga. Una chusma lo asesinó hace ahora quince años. Y merecía la ejecución, pero los linchamientos siempre son repugnantes. Su caída y su muerte son una advertencia a los poderosos del mundo: toda gloria humana es efímera.
Entre febrero y octubre de 2011, Libia, país inmenso (1,7 millones de km²) y despoblado (seis millones de personas), pasó de ser la finca del déspota y su familia, aunque una finca con orden y seguridad, a un territorio repartido entre señores de la guerra.
Las Primaveras Árabes comenzaron en diciembre de 2010, con revueltas en la vecina Túnez. Zine Ben Alí, jefe de Estado desde 1987, huyó a Arabia Saudí en enero siguiente. Ese mismo mes, estallaron protestas contra el egipcio Hosni Mubarak, que gobernaba desde 1981. Acorralado por ellas y abandonado por sus aliados internos y extranjeros, renunció a su cargo a mediados de febrero.
Y el 15 de febrero, empezaron los motines en el este de Libia, en Bengasi, capital de la Cirenaica y la segunda ciudad más poblada (650.000 habitantes). Antes de que concluyese el año, el régimen había sido derrocado y el mismo Gadafi había muerto, el 20 de octubre.
UN BEDUINO ELEVADO AL PODER
La de Gadafi era una de las dictaduras personales más longevas del mundo. Él y otros jóvenes oficiales con un ideario panarabista, animados por el ejemplo del egipcio Gamal Abdel Nasser, dieron un golpe de estado en 1969 y derrocaron al rey Idriss I, colocado por los británicos. A los 27 años de edad y siendo sólo teniente, se había convertido en jefe de estado, porque pertenecía a un clan pequeño, Al-Qahous; es decir, no daba miedo. Sin embargo, el joven Gadafi supo convertirse en un dictador omnipotente, cuyo poder aumentó después del shock petrolífero de 1973, gracias a un crudo abundante y de calidad.
La muerte de Nasser, en septiembre de 1970, le abatió. Se había ascendido a coronel para imitar a su ídolo, que dio su golpe de estado cuando tenía ese rango. En el funeral en El Cairo, se desmayó, o lo fingió. Cuando Anwar Sadat, sucesor de Nasser, firmó la paz con Israel en 1978, Gadafi proclamó que Libia asumía “el deber histórico de alzarse como la vanguardia libre e inexpugnable del arabismo”.
Instauró un régimen socialista y asambleario en el que se pretendía que la soberanía estaba en poder de la Yamahiriya (Estado de las masas). A Gadafi le correspondía el papel de Hermano Líder. Su ideario lo expuso en el Libro Verde, que alucinó a la izquierda española.
El diplomático Javier Villacieros (Tres destinos), que fue embajador del Reino de España ante la Yamahriya de 1978 a 1981, lo calificó así:
“Era sólo un beduino con fina intuición para la preservación de su poder político. De aquí que no aceptase en su entorno más que subordinados principalmente militares, sin más conocimientos que los de una escuela rudimentaria y de una academia militar sin tradición alguna.”
Villacieros marchó con la misión de conseguir que Libia no apoyase en la OUA la autodeterminación de Canarias y averiguar si entrenaba a ETA. Sobre Canarias, dice que los libios “llegaron a adoptar una actitud correcta”; y sobre ETA afirma que en su período no descubrió ninguna prueba de su presencia en Libia. Donde los etarras encontraron protección y entrenamiento fue en la izquierdista Argelia, tan respetable (y generosa) que el gobierno del socialista González pactó con esa dictadura de partido único el suministro de gas natural.
España, añade Villacieros, “tenía un capital de simpatía general en el mundo árabe que no le faltaba tampoco en aquella Yamahiriya adusta y difícil”.

Como las monarquías del Golfo Pérsico, la Yamahiriya fundó un sistema clientelar y fomentó la vagancia: no se producía nada; los médicos eran húngaros; los maestros, egipcios y palestinos; los oficios más bajos los desempeñaban sudaneses y filipinos… Para tratarse de enfermedades oculares, los jerarcas libios iban a la clínica Barraquer de Barcelona. Había empresas españolas como Ferrovial, Repsol, Abengoa y Sintel.
DE ENEMIGO A ALIADO DE OCCIDENTE
Gadafi practicó un activismo desaforado en política exterior que un país tan pequeño sólo podía permitirse por su petróleo y el respaldo de la URSS: uniones con países árabes, desde Siria y Sudán a Marruecos; entrenamiento de grupos terroristas (el IRA, la OLP y el Frente Moro filipino); apoyo a golpes de Estado; financiación a políticos europeos (Enrique Tierno Galván y Nicolás Sarkozy); participación en atentados terroristas; compras de armamento que no podía usar (en un desfile Villacieros vio pasar más de mil tanques soviéticos)…
La única aventura militar convencional en que participó Gadafi fue la guerra civil del Chad entre 1986 y 1987, conocida como la Guerra de los Toyota. Sufrió una derrota abrumadora; murieron unos 7.500 libios.
Por su apoyo al terrorismo y sus programas de armas de destrucción masiva, el Consejo de Seguridad de la ONU impuso en 1992 sanciones a Libia. A partir de la guerra internacional contra Irak y Al Qaeda en 2003, Gadafi se civilizó tanto que, en septiembre de 2003, se levantaron los embargos. Así se inició una carrera de gobernantes occidentales para obtener contratos para las grandes empresas de sus países y hacerse con los petrodólares libios.
¿Aceptó Gadafi dejar de financiar a terroristas y desmantelar sus programas de armas nucleares y químicas para no correr el destino de Sadam Hussein, o poder dejar su reino a sus hijos o no ser derrocado por los islamistas? Fuesen las razones que fuesen, Gadafi pasó a ser un colaborador de Washington.
Como le definió Ben Rhodes, uno de los asesores del presidente Obama (El mundo tal y como es), “se había convertido en otro de los dictadores, viejos y volubles, con hijos millonarios que se divertían pasando el rato en Londres y con unos servicios de inteligencia que se dedicaban a combatir a Al-Qaeda”.
EL MUNDO SE VENGA
En los años de Villacieros como embajador, a Gadafi “no se le regateaba la virtud de su sobriedad y a veces de su generosidad”, pero posteriormente cayó en la megalomanía, mientras su familia y sus adictos se corrompieron de una manera atroz. El ejemplo de otros alzamientos árabes y el hartazgo con un régimen delirante (muerte a tiros de los camellos porque eran impropios de un país avanzado, la formación de una guardia-harén de mujeres, prohibición del comercio privado por ser capitalista) provocaron que miles de personas, la mayoría sin identidad islamista, se echaran a la calle.
Pero sin blindados ni helicópteros, ni entrenamiento, los rebeldes, limitados a la región de la Cirenaica, no habrían derrotado a Gadafi.
El punto de inflexión ocurrió el 19 de marzo de 2011, cuando Nicolás Sarkozy, presidente de Francia, ordenó los primeros ataques aéreos contra las fuerzas de Gadafi, a los que siguieron los de las aviaciones del Reino Unido, Estados Unidos y otros países europeos y árabes, hasta España, gobernada entonces por el socialista Rodríguez Zapatero, entre cuyo ideario estaba “un ansia infinita de paz”, y con Carmen Chacón al mando de las Fuerzas Armadas.
El periodista Jon Lee Anderson, que cubrió la guerra civil libia, cuenta (Crónicas de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi, al colapso) que, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la zona de exclusión aérea y los ataques, en Bengasi el pesimismo y derrotismo de la población se transformaron en alegría.
El mayor demandante de la intervención de la OTAN fue el filósofo Bernard Henri-Levy, quien justificó así a Anderson sus gritos de guerra:
“Por supuesto eran los derechos humanos, una masacre que debía ser evitada, bla, bla, bla. Pero también quería que vieran que un judío defendía a los libertadores contra una dictadura, mostrarles fraternidad. Quería que los musulmanes vieran que un francés —un occidental y un judío— podía estar a su lado.”
La excusa humanitaria justificó la decisión de Obama de intervenir. Rhodes cuenta que los amigos periodistas del círculo de Obama llamaban a la Casa Blanca entusiasmados por asistir al triunfo de la democracia y reclamando una intervención militar que impidiese a los soldados de Gadafi matar a los “luchadores por la libertad”. Por el contrario, los viejos políticos, como los Bush, los Clinton y el vicepresidente Joe Biden, pedían prudencia.
El periodista Anderson recogió los rumores de la presencia de agentes de la CIA, del SAS británico y de “tropas militares de élite de Catar que estaban en Bengasi para instruir a los libios en el uso de armas” que se enviaban desde el extranjero. También asegura que vio en Trípoli cartas cruzadas entre los jefes servicios de espionaje libios y varios directivos de la CIA y el MI6.
LA RISA DE HILLARY CLINTON
Cuando Gadafi, de 69 años, fue capturado por una columna de perseguidores, gracias al bombardeo de unos cazas de la OTAN, Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado de Obama, celebró con risas su asesinato y pronunció la frase: “We came, we saw, he died”.
Años después de conquistar su libertad, ¿cómo viven los libios? A Anderson, un amigo de una abogada democrática asesinada en junio de 2014 en su casa en Bengasi le dijo: “A veces creo que la cagamos al derrocar a Gadafi: que preferiría vivir bajo el yugo de un dictador y no tener que preocuparme por la seguridad de mi familia”.

En un primer momento, el Estado dictatorial y centralizado fue sustituido por una serie de ciudades-Estado en guerra, entre las que se coló el ISIS. Y el Washington de Obama empeoró las cosas con sus directrices políticas, en las que consideraba a la Hermandad Musulmana “como una fuerza moderada”.
La guerra civil terminó oficialmente en octubre de 2020 con la firma de un alto el fuego impulsado por la ONU. El país está dividido entre el Gobierno de Unidad Nacional con sede en Trípoli, reconocido internacionalmente, y otroen Bengasi respaldado por el Ejército Nacional del general Jalifa Haftar. En el sur hay enfrentamientos por motivos étnicos, una vez desvanecido el poder de Gadafi. Y entre todos estos grupos, reptan milicias y bandas de ladrones.
Aunque estamos ante un conflicto congelado, la producción de petróleo casi ha alcanzado la cantidad previa a la guerra, con picos de 1,5 millones de barriles diarios. A fin de cuentas, a todos los bandos les interesa, ya que es la única fuente de dinero, junto con el tráfico de personas.
Con Gadafi murió el último representante del panarabismo. Quince años después de su asesinato, la llamada nación árabe se encuentra más escindida que nunca desde la Segunda Guerra Mundial, cuando Londres controlaba monarquías títere en Egipto, Irak y Libia y París consideraba a Argelia una prolongación de Francia.
Olvidados otros objetivos, las guerras y los enfrentamientos actuales entre los regímenes tienen como finalidad el mantenimiento en el poder de sus líderes. Israel, el enemigo unificador y la disculpa de incompetencia y abusos, ha sido reconocido por varios gobiernos. Preside Siria un antiguo miembro del ISIS, por cuya captura la Administración de Obama ofreció diez millones de dólares y al que Trump recibió en la Casa Blanca. Sólo un país propone la unidad sobre las bases de la religión musulmana y la destrucción de Israel, pero es la república islámica iraní, que no es árabe y donde el islam vigente es la versión chiíta.
Libia era un aliado de Occidente hace quince años. “Un socio fiable”, como repite Pedro Sánchez de Marruecos. Ahora Libia es un foco de inestabilidad para África y Europa. En el trueque, muchos han perdido y sólo algunos han ganado.