There was a crooked man

El hombre retorcido, anómico y amoral cuyo único móvil es el poder

Nunca ha sido fácil la coexistencia entre Europa y sus valores tradicionales y el excepcionalismo norteamericano. analizado, entre otros, por Alexis de Tocqueville, Werner Sombart o Seymour Martin Lipset. No pocos genios no sólo se sintieron alienados del pragmatismo, utilitarismo y el mercantilismo característico del imaginario norteamericano, como Edgard Allan Poe o Irving Babbit, que fueron excluido del canon literario dominante en su país, sino que poetas de la talla de T.S. Eliot o Ezra Pound huyeron hacia Europa en búsqueda de una vida más espiritual y en la esperanza de una restauración en los valores clásicos. Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, es otro ejemplo a tener en cuenta. La huida de Estados Unidos de otro español, como Jorge Santayana, de formación anglosajona y profesor en Harvard, fue igualmente significativa. Nunca renunció a la nacionalidad española y murió en Roma.  No en vano, el filósofo Richard Rorty erigió a John Dewey y Walt Withman como los arquetipos de la identidad nacional norteamericana. Un pragmatista y un bardo cantor de la libertad sin límites. Fundamentalistas democráticos ambos. La absorción por parte de las naciones europeas de los valores norteamericanos, inevitable tras el resultado de la Segunda Guerra Mundial, sigue siendo problemática; quizás imposible. Son planteamientos, en gran medida, inconmensurables. A ese respecto, nada más fácil que la ridiculización de figuras de la política norteamericana como Donald Trump. Sin duda, el personaje resulta deliberadamente atrabiliario, grosero y vulgar. Sin embargo, al menos en mi opinión, no puede negársele genio político. De lo contrario, no hubiera llegado a ejercer la iniciativa en la vida política norteamericana, e incluso en la mundial. Un filósofo de izquierda radical como Slavoj Zizek interpreta al presidente norteamericano como un gramsciano de derecha, cuya gran virtud es el abandono de toda veleidad centrista. Otros autores, como Lorenzo Castellani, señalan que Trump ha sido capaz de articular una gran alianza entre el establishment tecnológico y la clase baja conservadora.

  En ese sentido, siempre me ha llamado la atención algunas de las escenas de la película El tercer hombre, basada en la novela del británico Grahan Greene, donde aparece ese desdén aristocrático hacia la cultura norteamericana. Holly Martin, interpretado por el siempre eficaz Joseph Cotten, es un escritor de novelas del Oeste, que viaja a la Viena ocupada tras la Segunda Guerra Mundial, para visitar a su tortuoso amigo Harry Lane, interpretado por Orson Welles,  para encontrar trabajo. En el transcurso de su visita, comete el error de aceptar la invitación de Cribbs, representante cultural de Gran Bretaña, para dar una conferencia sobre la novela. En su comparecencia, Martin se enfrenta a un público extremadamente culto, que le pregunta sobre el concepto de consciente, el élan vital bergsoniano y la obra de James Joyce. Temas que el norteamericano desconocía por completo. Para colmo, al ser interrogado por su autor preferido Martin contesta inocentemente que Zane Grey. Cribbs no duda en reírse: “Es broma. Todo el mundo sabe que Zane Grey es un autor de novelas de vaqueros del Oeste”. Martin es humillado sin piedad. Elitismo frente a populismo. Sin embargo, ningún género literario ha ejercido mayor influencia en el cine y, por tanto, en las masas, que el western. No sólo en Europa, sino en el mundo. Salvo Zane Grey o Karl May –que tanto gustaba a Hitler-, pocos representantes del género western son reconocidos en las sociedades europeas. En España, José Mallorquí creó su antítesis, El Coyote, representante de lo hispánico frente a los yankees. Por su parte, Marcial Lafuente Estefanía popularizó el género, con más de dos mil novelas de pequeño formato, inspiradas en el teatro del Siglo de Oro y en Shakespeare. Vendió seis millones de ejemplares.

  Y es que el western posee, en sí mismo, una clara virtualidad histórica e ideológica. Según no pocos hermeneutas, el western refleja la dialéctica entre Jean Jacques Rousseau y Thomas Hobbes, entre una pretendida libertad natural propia del ser humano y el brutal y despiadado “estado de naturaleza”, donde “la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales”, según expresa el filósofo inglés en su célebre obra Leviatán. Como puede verse, por ejemplo, en El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford, asistimos a la lucha entre la anarquía y la paulatina instauración del orden concreto como garantía de la estabilidad social y el desarrollo económico. De nuevo, Hobbes: “Auctoritas, non veritas, facit legem”.

  A ese respecto, existe un western que refleja no sólo la instauración del orden concreto, en definitiva, del Estado, sino de sus dificultades y antinomias, al tiempo que las características mentales y antropológicas del hombre del Oeste. Se trata de There was a crooked man. Impropiamente traducida al español como El día de los tramposos. Con mayor precisión en Argentina se tradujo como El final de un canalla. Quizás la mejor traducción o la más precisa hubiera sido Era un hombre corrupto. O deshonesto o sucio o torcido.  El mensaje de la banda sonora del film resulta muy significativo:

 Había un hombre torcido

Y caminó una milla

torcida

Sobre un escalón torcido

Compró un gato torcido

que atrapó un ratón torcido

Y todos vivieron juntos

en una casa torcida

 Sin embargo, en este film singular no solo entra el libertarismo rousseauniano y el pesimismo hobbesiano; entra la astucia y el cinismo de Maquiavelo. El león y la zorra unidos en la trama narrativa. Paris Pitman Jr., interpretado por Kirk Douglas, es el “crooked man”, un bandido amoral, que no duda en traicionar e incluso asesinar por la espalda a sus compañeros de crimen y presidio, para apropiarse de un sustancioso botín de medio millón de dólares. Tras asesinar a sus compañeros, esconde el dinero en un pozo plagado de serpientes. Sin embargo, es reconocido por una de sus víctimas en un prostíbulo, detenido, juzgado, condenado a diez años y encarcelado en una dura prisión enclavada en el desierto de Arizona. Su obsesión es fugarse y hacerse con el dinero robado. Para ello, logra manipular al conjunto de sus compañeros de celda: un delincuente habitual, Floyd Moon; Ah Ping, un chino gigantesco y silencioso; un veterano ladrón de bancos, El Niño de Missouri; dos homosexuales patéticos, Dudley y Cyrus; y un joven inexperto, Coy. Pitman Jr. Choca con el corrupto alcaide de la prisión, que intenta presionarle para que le revele el lugar donde escondió el sustancioso botín. No lo logra, porque Pitman provoca un motín; y el alcaide es asesinado por el hercúleo Ah Ping. Pitman se convierte en el líder de los convictos. Frente a él, aparece la figura de un idealista comisario, devenido en nuevo alcaide, Lopeman, interpretado por Henry Fonda, un hombre que cree, en principio, en la rehabilitación de los presos. No obstante, con su habitual astucia y cinismo, Pitman intenta manipular a Lopeman. Y lo consigue. El nuevo alcaide percibe su influencia en el conjunto de la población reclusa, y le pide colaboración. En un principio, acepta colaborar en su proyecto de rehabilitación, pero sólo para planificar mejor su traición y su huida. Tras un período de armoniosa colaboración, Pitman aprovecha la celebración de una fiesta para organizar una auténtica insurrección con los reclusos, que asesinan a no pocos guardianes, e incluso ponen peligro la vida de Lopeman, que es atacado por Ah Ping, que muere durante la insurrección, El canalla sin escrúpulos asesina y traiciona a sus compañeros. Sólo se salvan la pareja de homosexuales. Pitman logra huir, tras la matanza. Lopeman lo persigue. Tras seducir a una bella ranchera, el bandido se hace con el botín, pero fallece tras la  mortal mordedura de una serpiente. El alcaide se hace con el cadáver y el botin. Lo coloca en un borrico y lo envía a la cárcel, pero apropiándose del dinero robado. Y huye a caballo hasta Méjico, donde, según parece, vivió rico y feliz, libre de su anterior idealismo moral.

El pedrosanchesco Paris Pitman Jr. (Kirk Douglas)

  El film fue estrenado en España en 1970; tenía yo once años. La primera vez que lo vi interpreté su contenido como una especie de tragicomedia ambientada en el Oeste americano. Con el tiempo, he tenido oportunidad de volverla a ver varias veces. Y mi interpretación es muy otra.   Y es que Pedro Sánchez Pérez Castejón me parece un remedo de Paris Pitman Jr. El actual presidente del gobierno es un auténtico crooked man, el hombre retorcido, sinuoso, amoral, anómico, cuyo único móvil es el poder. Su botín no es tanto el dinero, aunque se encuentre rodeado de indeseables corruptos, sino el poder puro y simple, Su insistencia, por ejemplo, en la “justicia social” es tan sólo, como hubiera dicho Vilfredo Pareto, una “derivación” de ese “residuo” dominante en su mente y en su afán.  Sánchez pertenece a esa clase de camaleones políticos que están en situación de cambiar el color según las necesidades y el capricho y que hacen el más abundante uso de esa capacidad. No sólo, como Pitman, miente porque lo necesita, sino también por placer, por diversión, por la mentira en sí, que, por decirlo de algún modo, constituye para él un elemento vital. Su rostro pétreo no presenta un solo rasgo bondadoso. Está caracterizado por el cinismo. Como Pitman es hombre de prostíbulo. Y tan falso como las lentes del bandido, que carecían de cristales. Sánchez ha convertido el régimen político actual en un erial. El campo político español va transformándose en una especie de “estado de naturaleza”, basado en la lucha de todos contra todos.  En alguna medida, la situación se perfila como una grave ausencia de ley y orden. Hobbes en estado puro: mi voluntad es la ley. Eso dice y hace Sánchez Todo parece posible. Sánchez ha hozado en todos los ámbitos de la política, de la sociedad y las instituciones del Estado. Hemos asistido a una auténtica subversión de los valores, de las leyes, sobre todo con la amnistía a los golpistas catalanes. Como hubiera dicho Carl Schmitt, una auténtica “revolución legal”. Conde Pumpido ha ejercido la función de juez de la horca. Como en el caso de Pitman, no ha escatimado medios. Incluso, como parece en el caso de la jueza Beatriz Biedma, ha recurrido a los bajos fondos, al lumpen. Ha recurrido a alianzas hasta ahora inverosímiles, con los separatistas catalanes y vascos, e incluso con los herederos de ETA, asesinos de sus propios camaradas. Ha manipulado a su propia militancia, a su propio partido. Sus enemigos más críticos no se encuentran en la derecha, sino en la izquierda intelectual, como puede verse en los casos de Antonio Elorza, Rosa Díez, Félix de Azúa, Juan Francisco Martín Seco, Fernando Savater etc., etc. En algunos casos, ha adquirido niveles entre patéticos y esperpénticos, como el intento de pucherazo interno en las primarias del partido. Ha logrado defenestrar a la vieja guardia socialista; lo tenía fácil con la patética Susana Díaz. Ha engañado igualmente al conjunto de la izquierda radical, integrándola en su gobierno para controlarla y hegemonizarla. Pablo Iglesias y sus acólitos se creían poco menos que émulos de Lenin, pero resultaron ser tan torpes como los desdichados acólitos de Paris Pitman Jr. La cohorte que acompaña a Sánchez guarda no pocas analogías con las figuras patéticas de los presidiarios que acompañaban al canalla. Koldo guarda una cierta analogía con Ah Ping. El último aizcolari, según Pedro Sánchez, se ha mostrado como un hombre torpe, elemental y primitivo. Un vulgar forzudo de feria. El aparentemente lúcido Niño de Missouri podría ser Ábalos o Santos Cerdán, teóricamente de vuelta de todo, pero que han acabado en la cárcel mientras Sánchez continua en el poder. Sarasas más o menos lúcidos, como Dudley, o rematadamente tontos, como Cyrus, los hay a miles en el PSOE y en otros partidos. Y lo mismo ocurre con jóvenes inexpertos, como Coy, utilizados en las redes sociales y en los mass media como carne de cañón por parte de Sánchez. El papel de Floyd Moo es paralelo al de Leyre Díez, líder de las cloacas socialistas y de los bajos fondos políticos. A José Luis Rodríguez Zapatero se la ha caído, por fin, la careta de benefactor universal; y su imagen es ya la de un vulgar “crooked man”, aunque con perfiles menos salvajes que los de Sánchez. Más complicada parece la identificación de Lopeman, finalmente corrompido por el afán de lucro. ¿Feijóo? Lo dudo mucho. Es una criatura del sistema. No hará nada, ni bueno ni malo. La honestidad y ansia de regeneración brillan por su ausencia en el bipartidismo actual. Ya veremos el perfil y la praxis de otras fuerzas políticas alternativas. El nuestro es un Estado botín, en trance de convertirse en una Estado fallido.

Pumpido, Marlaska y Sánchez, personajes a la altura de cualquier western

  No obstante, lo más inquietante resulta la posibilidad de que el 29 de noviembre se convierta en un auténtico Día de los Tramposos. Como París Pitman Jr, Sánchez es un hombre tenaz e implacable a la hora de llevar a cabo sus planes. ¿Tendrá algún plan para desbaratar el desarrollo  el resultado de los comicios? No lo sabemos; pero tenemos derecho a sospecharlo.  ¿Quién acabará políticamente con Sánchez? Hoy por hoy, sólo la voluntad de la mayoría puede hacerlo. Sin embargo, podría ocurrir que, por una de esas paradojas que ocurren de vez en cuando en la historia, que Pedro Sánchez/Paris Pitman Jr. fuese la serpiente cuyo veneno acabara con el actual PSOE.

  Que así sea.

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