Todos creemos que el progreso tecnológico implica el progreso económico y con él una mejora en el bienestar social; sin embargo, es frecuente que nos encontremos con la queja general de que «cada día trabajo más, produzco más y vivo peor«. ¿Cómo es posible? ¿Es eso cierto, realmente es algo que nos ocurre a prácticamente todos y, de ser así, hay alguna forma de medirlo, de explicarlo y, sobre todo, hay solución? Bien, explorémoslo.
La Ciencia Económica tiene un corpus teórico sólido, muy cuidado, con conclusiones robustas y útiles (siempre que se respeten los supuestos), que es capaz de responder precisamente a esas preguntas; es, por así decirlo, la niña bonita de la Economía, hablo de la Economía del Bienestar. Dicho corpus es, utilizando un término muy querido por García Trevijano, una «teoría pura» en el sentido de estar libre de ideología y fue muy útil en, por ejemplo, el diseño de la política agraria común de la CEE, hasta que la posterior UE se tornó «woke», «verdimorada» y ya va camino de cargarse los sectores agrícola, automotriz, energético, etc. De dicho corpus teórico nos centraremos en temas de «eficiencia y bienestar» y, hecha su introducción, veamos los datos.
Producción y distribución.
La forma más sencilla de ver si producimos más es el cálculo de Producto Interior Bruto por persona en términos reales (descontado el efecto inflacionario), que pueden ver en la línea roja de la siguiente gráfica; si luego quieren afinar más, lo vemos por persona «ocupada» (línea verde), que son las que tienen capacidad de trabajar y lo están haciendo (no están en paro) Como pueden ver, desde 1984 el PIB real per cápita se ha más que duplicado, con lo que sí producimos más; sin embargo, por ocupado no pasa lo mismo y, de hecho, desde 2018, Covid aparte, ha empeorado, incluso está peor que en 2015 (64.191 vs. 63.926).¿Once años perdidos? ¿Qué ha ocurrido desde 2018, mala gestión empresarial, más burocracia no productiva, peor educación, una inundación permanente de nuevos trabajadores peor cualificados, regulaciones restrictivas y/o disfuncionales, más corrupción, mangoneo estadístico, etc.? Pues, como todos Ustedes saben perfectamente, un poco de todo, ¿o pensaban que la juerga-batalla ideológica «para pillar» saldría gratis? En todo caso es inaceptable. El suspenso general es evidente.

Otro aspecto de interés es cómo se remunera a los factores que generan ese PIB (distribución del PIB), remuneraciones que luego redistribuye un sistema político-burocrático corrupto hasta la médula. Pensemos que las personas tienen necesidades (de alimentación, «techo», sanidad, religiosas, educación, sexuales, fisiológicas, ocio, cultura, etc.) y, algunas de las cuales, según su cultura, las van a satisfacer a cualquier precio, con lo que no podemos decir que lo que le ocurre a nuestro vecino (sea español de origen o no) no es nuestro problema. La respuesta a este dilema moral te descubre de inmediato si debates con un salvaje o una persona civilizada.
Lo que se observa en los últimos 31 años es que la participación de los salarios brutos (sin descontar IRPF) se mantiene en torno al 37,5% del total, que los subsidios a la producción han bajado del 2,2% al 1,5%, los impuestos a la producción del 10,2% al 11,5%, las cotizaciones sociales del 10,1% al 11% y el excedente de explotación bruto o «renta empresarial» del 48,7% al 44,2%. Resumiendo: cae la participación de los beneficios empresariales y suben los impuestos.

El Excedente de Explotación merece un comentario aparte por su caída desde 2018, cuando el nuevo Gobierno vino con un plan y empezó a tomar una serie de medidas que iban claramente en contra de las pymes y microempresas, como fueron nuevas regulaciones y prohibiciones ambientales, o las fuertes y repentinas subidas del salario mínimo, que no afectan a grandes empresas, y que reducen las oportunidades laborales de empleados y empleadores y a todo el ecosistema que las rodea. Pensemos que este rubro incluye desde pequeños productores agrícolas, quiénes, además del drama regulatorio (un caso palmario), padecen importaciones forzadas (p.e. de Marruecos), hasta las grandes corporaciones, públicas o privadas, cotizadas o no, nacionales o extrajeras, donde lo destacable son los oligopolios.
Mercados imperfectos.
Los monopolios y oligopolios, que a veces son inevitables, son claves en el padecimiento de un menor bienestar por su capacidad de explotar al consumidor (trasladando impuestos, precios abusivos, imponiendo autoproducción, etc.), a sus trabajadores (horarios, traslado de cargas sociales vía menor salario, etc.), proveedores, Administraciones Públicas, mal uso del Excedente de Explotación en inversiones ruinosas, etc. Veamos algunos casos reales:
El primero: una exitosa cadena de supermercados, que ahora tiene más mano de obra disponible por el cierre de comercios (pymes), y que pasó, en número redondos, de tener unos beneficios de 700 millones de euros en 2020 a 1.700 millones (mil millones extra cada año) en 2025 gracias a lo anterior, a la inflación en alimentos y al aumento brutal de la población y todo sin haber hecho nada relevante adicional. Otro, unos grandes almacenes ruinosos, que ahora, por las razones anteriores, ya gana dinero y cree que su mal modelo de negocio funciona. Finalmente, el oligopolio bancario post saqueo político de las cajas, también con hiperbeneficios, que obliga a sus clientes, abrasados a comisiones y etecés, a hacer el trabajo (a la intemperie y con riesgo delincuencial) de sus empleados supervivientes, a los que lleva con un estrés criminal amenazados de despido general.
Tres casos de muchos (energía, comunicaciones, vivienda, combustibles, etc.), muy documentados. Súmenle que padecemos una oligarquía de partidos estatales que discrimina a los nacionales, demoniza al pequeño empresario y gobierna para los grandes oligopolios y la caída de bienestar es ley sistémica. Salvo una cadena nórdica, que si tiene algo de responsabilidad social corporativa, el resto incuba un drama social y desprestigio corporativo que tendrá consecuencias, no lo duden.
Drama salarial y productividad.
Uno podría esperar que, aunque la parte salarial del PIB se mantiene estable, cosa normal pues es algo muy estructural, al crecer el PIB real (descontada la inflación) debería crecer el salario medio real. ¿Ha ocurrido eso? Pues no, está prácticamente estancado, ya que el salario medio real anual (masa salarial anual entre asalariados) entre 1995 y 2026 ha crecido solo 1.055 euros (reales, de 2001) o un 5,5% (línea negra, siguiente gráfica) Pregúntenle si no a uno de la Generación X (nacidos entre 1962 y 1983), la primera generación perdida (la segunda son los Millennial), cómo les han esquilmado la vida y si realmente viven ahora mejor que en 1995, drama sanitario, educativo y de seguridad aparte.

El fracaso económico es indudable, la ganancia económica anual en términos reales pasados 30 años (perdidos) ha sido del 5,5%; o sea, para que lo entienda Yolanda Díaz, futura gerifalte de la globalista Organización Internacional de Trabajo, si en 1995 el trabajador medio ganaba 100€ brutos al año, treinta años después gana 105,5. Y ojo, que hablamos de salario bruto medio anual, con lo que a eso hay que descontarle los impuestos cuya carga media ha subido casi 10 puntos porcentuales desde entonces.
Impuestos y productividad.
Suele medirse la presión fiscal dividiendo los ingresos fiscales entre el PIB (línea morada siguiente gráfica), pero yo prefiero usar el gasto público (en vez de los ingresos) sobre el PIB, ya que esos gastos, como la deuda pública, hay que pagarlos con impuestos y tasas varias, con lo que nos dicen cómo será la presión fiscal futura y ya anuncia más subidas a salarios estancados.

Lo que se observa es que los españoles pasamos de pagar en impuestos el 38,95% del PIB en 2018, al previsible 43,23% en 2026, de forma que el Estado de partidos ha aumentado un 9,9% (4,28 p.p.) su apropiación de recursos para profundizar la destrucción de la demografía española originaria, algo que le parece muy bien al jefe de la patronal, el boomer Antonio Garamendi, oriundo de una región líder en semejante desastre histórico, quien. lógicamente, es incapaz de dar explicaciones a unos Millenials patriotas por semejante cataclismo; de hecho, a corto plazo, piensan meternos cinco millones de inmigrantes más, aunque los españoles originarios revienten.
Con semejante modelo productivo, en el que ya se ha manoseado tanto el mercado de trabajo, que incluso ni siquiera calculamos la Función de Empleo, dada la disfuncionalidad general (caso apagones, industriales o generales, p.e.), es absurdo pensar que la IA (pérdida de oficios de cuello blanco aparte) va a resolver nuestra insuficiencia fiscal, o mejorar el bienestar, visto el fracaso en temas de productividad de las últimas tres décadas (siguiente gráfica).

Hablamos de un proceso extremadamente complejo de cristalizar, producto de un orden y una cultura, no apto para amateurs y, aparte de la extremada volatilidad del último lustro, por mucho que se azote al factor trabajo, con un 0,5% de crecimiento anual medio de la productividad laboral, nunca va a satisfacer la voracidad (la fiscalidad de la vivienda es genocida), degeneración y fantasías de un Establishment que no es consciente del problema existencial que padecemos y que ha demostrado sobradamente que está destruyendo la demografía de España.
¿Hay solución?
Sin duda. Lo que vivimos es la típica degeneración de un orden que nos lleva a una crisis terminal y, si la resolvemos bien, el despegue puede ser espectacular. Ejemplos de eso hay muchos, como el caso de Polonia, que este año nos supera en renta per cápita medida por su poder de compra (siguiente gráfica) y quien, desde el fondo de la crisis de orden, la multiplicó por cuatro tras abandonar un orden ruinoso; es la típica fase de despegue del nuevo ciclo generacional.

Nuestra crisis de ciclo generacional la vimos y cómo Estados Unidos enfrenta la suya también, de modo que soluciones hay, lo que no hay es voluntad política y patriotismo para hacerlo. Y en cuanto a las tres preguntas del principio las respuestas son que sí, que trabajamos más, producimos más pero vivimos peor, mucho peor, un proceso de degradación que seguirá hasta que se cambie el orden; hasta entonces, viviremos cada vez peor, algo que ya debería ser evidente para todos.