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Roberto Villa: «En 1923 ya sabían que es imposible encauzar el nacionalismo por medio de concesiones autonómicas»

El historiador presenta 1923. El golpe de Estado que cambió la Historia de España (editorial Espasa)

En un país como España en el que su propia historia es, simultáneamente, tan ignorada, perseguida, reescrita y también reivindicada por muchos con apasionamiento, Roberto Villa García, profesor titular de Historia Política en la Universidad Rey Juan Carlos, ha mostrado de forma reiterada su arrojo a la hora de investigar en profundidad episodios de nuestro recorrido nacional tan controvertidos como los recogidos en libros superventas como 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular y en 1917. El Estado catalán y el Soviet español. Su última obra, también titulada con un año, alude precisamente a aquel del que se cumple un centenario: 1923. El golpe de Estado que cambió la Historia de España (editorial Espasa). Un momento convulso con el que no es difícil encontrar paralelismos con lo que vemos suceder en nuestros días.  

Siempre habíamos oído hablar del caciquismo y los pucherazos electorales como elementos característicos de la Restauración, pero usted cuestiona esa idea.

En realidad, lo que mis estudios demuestran es que la Monarquía liberal de la Restauración es el periodo en el que, de manera progresiva, las elecciones se fueron limpiando de sus máculas hasta que llegó un momento, ya durante el reinado de Alfonso XIII, en el que el fraude o la corrupción apenas explicaban los resultados electorales generales. Pero lo más sorprendente es que, estando esas impurezas muy presentes en etapas anteriores a la Restauración y habiendo llegado incluso, por su volumen, a un punto culminante durante el Sexenio Revolucionario, hoy se sigan asociando casi exclusivamente con el régimen constitucional más duradero de nuestra Historia. 

Damos por supuesto que siempre es la economía, las condiciones materiales, las que provocan grandes cambios políticos. Por lo visto ese no era el caso de España en los años 20, según nos dice.

El determinismo económico es un derivado del viejo materialismo histórico, que tuvo hace tiempo mucha influencia en la historiografía. En realidad, una cosa es la insatisfacción material y otra muy distinta es la desafección política, y para que la primera pueda alimentar la segunda se necesitan movimientos antisistema organizados y capaces de capitalizar el descontento. 

En España, entre 1917 y 1919, hubo movimientos como el anarcosindicalismo o el socialismo que lo intentaron. No obstante, la crisis de 1923 tuvo ya poco que ver con una insatisfacción material. Sobre todo, porque España superó lo peor de la crisis económica de la Gran Guerra en 1919, e inauguró una senda de fuerte crecimiento que se mantuvo durante casi toda la década de los veinte. En este sentido, la situación económica y financiera de España era incomparablemente mejor a la de la mayoría de los países europeos, en especial porque sus Gobiernos habían sabido mantener la política de neutralidad en la Primera Guerra Mundial. 

Podríamos resumir, a partir del análisis que realiza en su libro, que hubo tres problemas fundamentales que abocaron a Primo de Rivera al golpe de 1923: el terrorismo de la CNT, el separatismo catalán y la intervención militar en Marruecos. ¿Es correcto? De ser así, ¿en qué orden de importancia habría que situarlos?

Es correcto. De los tres factores, quizás el terrorismo de la CNT fue, en 1923, el menos relevante. Es verdad que los anarcosindicalistas intentaron, con el terrorismo, recuperar el dominio perdido sobre las «masas obreras», en especial las de Barcelona, destruyendo a sus rivales del Sindicato Libre y al mismo tiempo trataron de desestabilizar al último Gobierno de la Concentración Liberal y provocar un golpe militar que condujera después a la revolución proletaria. De hecho, estuvieron a punto de lograr esto último entre mayo y junio de 1923, cuando la CNT desencadenó una huelga revolucionaria en Barcelona. No obstante, el Gobierno cambió a tiempo su política antiterrorista y, con la colaboración decisiva del entonces capitán general de Barcelona, Miguel Primo de Rivera, logró derrotar a la CNT, que quedó desde entonces muy debilitada. 

La guerra de Marruecos fue un factor decisivo, pero no tanto por el conflicto en sí mismo o por el desastre de Annual de 1921, como se dice, sino por la política de la guerra del último Gobierno de la Concentración Liberal. Ésta se había sustentado en el llamado «Protectorado Civil» que, a grandes rasgos, consistía en subarrendar el Marruecos administrado por España a dos caudillos autóctonos: al-Raisuni y Abd-el-Krim. Como el segundo interpretó la insistencia del ministro de Estado, Santiago Alba, en abrir negociaciones como una muestra de debilidad que iba a permitirle expulsar a los españoles del norte de África, aprovechó las órdenes dadas al Ejército español de mantenerse a la defensiva para atacar una y otra vez sus puestos y hacerles muchas bajas. Puede decirse que, en septiembre de 1923, casi todos los militares pensaban que la política de Alba iba a llevar al Ejército español a una derrota en Marruecos y eso explica que Primo de Rivera pudiera cohesionar en torno suyo a las Fuerzas Armadas para derribar al Gobierno. 

En cuanto al nacionalismo, fue el verdadero precipitante del golpe y el factor que explica por qué éste se inició en Barcelona. Para entenderlo, conviene retener que casi todos los generales, jefes y oficiales de aquella Capitanía habían participado en las guerras de Cuba y Filipinas un cuarto de siglo antes, y que veían en la Barcelona de 1923 aquellos factores que habían llevado al «grito de Baire» en 1895. La expansión del sentimiento separatista que fomentaba la Mancomunidad gobernada por la Lliga, el avance electoral de Acción Catalana (un partido secesionista de carácter republicano) y la eclosión de un movimiento potencialmente violento como Estat Catalá, que tanteaba la vía irlandesa, confluyeron en los disturbios de la Diada, que sirvieron para anticipar además la asonada de Primo de Rivera. 

Respecto a la cuestión marroquí, ¿tenía sentido para los intereses de España aquella intervención militar o fue un desacierto desde el comienzo?

Tenía sentido. En realidad, la intervención en Marruecos no fue una iniciativa de España, sino una decisión forzada por la desintegración del Sultanato durante una de sus enconadas guerras de sucesión dinástica, que agravó los problemas de seguridad que arrastraban de antiguo las ciudades de Ceuta y Melilla, y también por la intervención colonialista de Francia. En esta situación, a España no le quedó otra opción que asegurar la neutralización del Estrecho de Gibraltar y alejar el peligro de ser envuelta por una gran potencia decidiéndose por la ocupación de la zona de influencia que previamente le habían reservado los tratados.

 ¿Podría ser etiquetada como colonialismo?

La etiqueta es aceptable si con ella se describe el intento de España, a partir de 1919, de controlar directamente aquella parte del territorio marroquí que debía administrar en régimen de protectorado. Ahora bien, si con ella se pretende calificar una pretensión «imperialista», esto es, una empresa de expansión o anexión territorial, eso es un profundo error. De hecho, España era en 1923 de los países con menos apetencias «colonialistas» de Europa.

Es llamativo ver que el PSOE era un partido marginal a comienzos de los años 20, aunque pocos años después jugara un papel tan decisivo en la II República ¿Fue culpable de alguna manera Primo de Rivera de su auge?

Si por culpable te refieres a que Primo de Rivera ayudó a su crecimiento, eso es indudable. La colaboración con la Dictadura facilitó que el PSOE y la UGT ocuparan una parte sustanciosa de los puestos en la nueva estructura sindical del Estado y también en la administración provincial y local. Eso explica que un partido que creció muy lentamente durante los cuarenta años de la Monarquía liberal, y cuyo mejor resultado fueron los 7 diputados de un total de 409 que obtuvo en las elecciones de 1923, pasara a convertirse en sólo ocho años, ya en 1931, en la formación política más importante de la conjunción republicana, esa coalición de partidos que propiciaría el cambio de régimen. 

En contraste, por ejemplo, con el intento de golpe de 1981, el de 1923 gozó de una gran aclamación popular ¿Cómo es posible que el sistema democrático no lograse encauzar ese anhelo colectivo y tuviera que venir por vía militar?

La Monarquía liberal estaba desde 1917 sumida en una grave crisis de eficacia, pues las convenciones constitucionales con las que había funcionado hasta entonces fueron destruidas por una revolución que también fracasó a la hora de construir algo nuevo. Entre 1917 y 1923, sin mayorías parlamentarias y con un sistema de partidos cada vez más fragmentado, la Corona asumió la responsabilidad de asegurar la gobernabilidad recurriendo a ejecutivos de concentración que, mal que bien, lograron mantener la estructura constitucional durante unos años muy difíciles, no sólo en España sino en todo el continente europeo. 

Sin embargo, con el último Gobierno de la Concentración Liberal esa crisis de eficacia se agravó extraordinariamente. Había sido un Gobierno bien recibido, del que se esperaba incluso una importante reforma del sistema político en sentido democratizador. No obstante, en poco tiempo, la coalición se mostró poco cohesiva y nada operativa, y sus dirigentes fueron totalmente incapaces de diagnosticar correctamente y, por tanto, de solucionar los problemas básicos. A cambio crearon otros nuevos, especialmente en materia antiterrorista, en la conducción de la guerra de Marruecos o en la liquidación de las responsabilidades políticas, y desde luego se mostraron incluso incapaces de asegurar algo tan básico como la preservación del imperio de la ley. En estas circunstancias, el hartazgo con la Concentración Liberal explica la actitud de la opinión pública que, o recibió bien el golpe de Primo de Rivera (muy bien preparado además por sus caudillos como un genuino «arrastre de opinión»), o se inhibió y no defendió al Gobierno. 

Tras 1923 el rey se convierte poco menos que en una figura decorativa y eso precisamente termina haciéndole caer. ¿Debe Felipe VI tomar nota?

La Historia siempre nos ofrece lecciones valiosas y, en este sentido, siempre es una consejera impagable para todos los hombres públicos. En el caso concreto de Felipe VI, ha sido un monarca constitucional que hasta ahora ha sabido ejercer sus facultades, y no sólo en situaciones de normalidad sino también en otras tan críticas como las de octubre de 2017. Probablemente eso explique el prestigio de la Corona en un momento en que se devalúan otras instituciones del Estado por su instrumentalización partidista.  

Siguiendo con los símiles con nuestros días —que uno leyendo su obra descubre que son numerosos—, no me resisto a citar esta intervención que usted recoge del último presidente de Gobierno, García Prieto, antes del golpe: «mi ideal sería que en España hablara todo el mundo en español (…) a ello se debe tender (…) pues es compatible con el respeto de los diversos idiomas que en España se hablan, y cuyo cultivo, además, no se opone a la difusión del español. Y por ello, en mi deseo de contestar claramente a su señoría, digo que el idioma oficial para mí tiene que ser el español en todos los ámbitos de la tierra española, sin perjuicio de que se hablen otros idiomas (…) y por supuesto (…) en toda la enseñanza oficial del Estado no habrá otro idioma que el español». Asombra que un siglo después sigamos discutiendo exactamente lo mismo…»

Creo que ahora estamos, respecto del problema nacionalista, mucho peor. Esa cita se inserta en un debate parlamentario en el que Manuel García Prieto demostró, como casi todos los políticos liberales y conservadores de entonces, conocer ese problema muy bien. Desde luego, en 1923 ya sabían claramente algo que nosotros estamos redescubriendo ahora: que es imposible encauzar el nacionalismo por medio de concesiones autonómicas, porque por definición este movimiento no interpreta esas concesiones como una transacción sino como un medio para ir construyendo su futuro Estado independiente. Por eso, los políticos de la Concentración Liberal se negaban a transigir en 1923 con las autonomías políticas e incluso se plantearon suspender la autonomía administrativa de la Mancomunidad de Cataluña, que la Lliga instrumentalizaba para difundir su mensaje nacionalista y que había potenciado, en una década, el sentimiento secesionista. En última instancia, eso explica que, cerrada la puerta a obtener toda concesión por parte de la Monarquía liberal, los políticos de la Lliga apoyaran el golpe de Primo de Rivera.

Primo de Rivera era un decidido detractor del separatismo, pero curiosamente según cuenta tenía muy buena relación personal con algunos dirigentes del nacionalismo catalán y parecía sensible a sus demandas. ¿Hubo ahí alguna contradicción o evolución en su pensamiento?

Primo de Rivera admiraba a Cambó, pero más por sus dotes de liderazgo y gestión que por su condición de político catalanista. En realidad, si bien como capitán general de Barcelona procuró mantener buenas relaciones con los políticos de la Lliga, estaba preocupado por el auge del separatismo. Aunque en 1923 parecía dispuesto a una reforma administrativa en sentido descentralizador, Primo de Rivera pensaba combinarlo con la potenciación de los símbolos nacionales y con una activa persecución de la propaganda nacionalista. Lo que no es cierto es que, como argumentaría después el presidente de la Mancomunidad Josep Puig i Cadafalch para justificar su adhesión al golpe, Primo de Rivera les prometiera una amplia autonomía a cambio de su apoyo. En realidad, el golpe se dio sin recabar la ayuda de la Mancomunidad, que se adhirió cuando ya había triunfado.  

¿Es históricamente cierto señalar que fue él quien introdujo el sufragio femenino en España y no la II República?

Es verdad que el Estatuto Municipal preveía el voto de las mujeres y que éstas participaron en un plebiscito con firmas a favor de Primo de Rivera. Pero elecciones, como tales, no hubo durante la Dictadura. Lo correcto, por tanto, es decir que fue la Constitución de 1931 la que consagró el voto femenino, sin perjuicio de aclarar que el Gobierno de Azaña lo mantuviera en suspenso casi año y medio porque así le convino para ganar en 1932 algunas elecciones locales parciales y, sobre todo, las primeras elecciones regionales en Cataluña. 

 ¿Hasta qué punto hay una continuidad ideológica con su hijo? ¿Llegaremos a comprender a este último alguna vez más allá del mito y la controversia que aún despierta?

Hay, en efecto, cierta continuidad y, de hecho, José Antonio Primo de Rivera siempre sostuvo que su implicación en política, por la que no sentía una vocación muy marcada, era en defensa de la persona y de la obra de su padre. Aparte, quizás la influencia del general Primo de Rivera en su hijo explica las peculiaridades de Falange Española dentro de los movimientos afines al fascismo. Falange se asimiló no poco de las ideas de la Unión Patriótica (el partido fundado por Miguel Primo de Rivera) y eso explica su componente ideológico menos doctrinario y más ecléctico, así como su relativo confesionalismo, al menos en comparación con las JONS. José Antonio Primo de Rivera es una figura, más allá del mito, muy estudiada y de hecho es más conocido que su padre, que fue históricamente más relevante. De todas formas, con los centenarios, auguro que pronto conoceremos mejor la figura de Miguel Primo de Rivera.

Nacido en Baracaldo como buen bilbaíno, estudió en San Sebastián y encontró su sitio en internet y en Madrid. Ha trabajado en varias agencias de comunicación y escribió en Jot Down durante una década, donde adquirió el vicio de divagar sobre cultura/historia/política. Se ve que lo suyo ya no tiene arreglo.

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