Los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Maurice Allais denunciaron muy pronto el irrealismo de la UE y el defecto congénito del euro. No eran los únicos, pero desde entonces el número de economistas prestigiosos que se han sumado a sus críticas no ha dejado de aumentar. Entre ellos, uno de los más eminentes y combativos es, sin duda, el francés Jacques Sapir.
Nacido en 1954 en Puteaux (París), Jacques Sapir fue profesor de Economía en la Universidad de París Nanterre y luego director de estudios en la EHESS (Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales). También ha impartido clases en la ENSAE (Escuela Nacional de Estadística y Administración Económica), en la ENS-Cachan (Escuela Normal Superior de París-Saclay), así como en Estados Unidos y Rusia, donde fue elegido miembro (en calidad de extranjero) de la Academia de Ciencias en 2016. Asimismo, ha sido consultor del Ministerio de Defensa Nacional francés.
Jacques Sapir es autor de una treintena de obras importantes, entre las que cabe destacar: Les Économistes contre la démocratie : Pouvoir, mondialisation et démocratie (2002), La Fin de l’eurolibéralisme (2006), Le Nouveau XXIe siècle : Du siècle « américain » au retour des nations (2008), La Démondialisation (2011, reedición 2021), Faut-il sortir de l’euro ? (2012), Souveraineté, démocratie, laïcité (2016), L’Euro contre la France, l’euro contre l’Europe (2016), Le Protectionnisme (2022), Le Grand Retour de la Planification?(2022) y La Fin de l’Ordre Occidental? (2024)[1].
Militante de extrema izquierda en la década de 1970, defendió la candidatura del socialista patriota Jean Pierre-Chevènement en las elecciones presidenciales francesas de 2002. En 2008, apoyó al Frente de Izquierda, coalición que agrupa al PCF y a diversos partidos de izquierda. Posteriormente, se afirmó como una de las figuras más representativas de la corriente soberanista de izquierda favorable a un acercamiento al populismo nacional de derecha.
Arnaud Imatz: La retórica a favor de la UE podría resumirse en estas pocas palabras: «Europa es paz, prosperidad y desarrollo; la nación es guerra, adversidad y declive». De hecho, las élites euroatlánticas nunca han dejado de denunciar y condenar el proteccionismo como política intervencionista del Estado para proteger el mercado nacional. Según ellas, solo el libre mercado y la libre circulación de bienes, servicios y personas pueden favorecer el crecimiento y la innovación tecnológica. A la luz de la experiencia reciente de los países europeos [desde los tratados de Lisboa (2007), Maastricht (1993) y Schengen (1985)], ¿qué opina al respecto?
Jacques Sapir: Esta fascinación por el libre comercio es, evidentemente, un absurdo. Cada vez tiene menos sentido, ya que vemos cómo aumentan las prácticas proteccionistas, a veces de forma totalmente justificada y otras menos.
Históricamente, las fases de proteccionismo (1870-1913 y 1935-1970) han sido fases de mayor crecimiento que las fases marcadas por el libre comercio. La primera es interesante, ya que corresponde a la primera ola de países emergentes, es decir, de países que se industrializaron después del trío Gran Bretaña-Francia-Bélgica, a saber, Estados Unidos, Alemania, Japón y Rusia.
Cuadro 1
Importe de los derechos de aduana
| Importe de los derechos de aduana sobre los productos manufacturados | Idem, conjunto de productos | ||
| 1875 | 1913 | 1913 | |
| Imperio austrohúngaro | 17% | 19% | 18-23% |
| Bélgica | 9% | 9% | 6-14% |
| Dinamarca | 17% | 14% | 9% |
| Francia | 13% | 20% | 18-24% |
| Alemania | 5% | 13% | 12-17% |
| Italia | 9% | 19% | 17-25% |
| Rusia | 17% | 84% | 73% |
| España | 17% | 37% | 37% |
| Suecia | 4% | 22% | 16-28% |
| Confederación Helvética | 5% | 9% | 7-11% |
| Países-Bajos | 4% | 4% | 3% |
| Reino Unido | 0% | 0% | 0% |
| Estados Unidos | 45% | 44% | 33% |
Fuente: Bairoch P., «European trade policy, 1815-1914», in P. Mathias et S. Pollard (eds), The Cambridge Economic History of Europe, Vol. VIII, 1989, p. 1-160 y Idem, Economics and World History: Myths and Paradoxes, Londres, Harvester, 1993.
A partir de principios de la década de 1890, el proteccionismo se convirtió en una tendencia mucho más pronunciada y, en 1913, todos los grandes países, excepto Gran Bretaña, habían adoptado una postura proteccionista. Economías europeas como la sueca dieron un paso decisivo en esta dirección. Del mismo modo, Japón aplicó una protección arancelaria a sus industrias incipientes. Así, en 1913, la política comercial en el mundo desarrollado se describe, en el mejor de los casos, como islotes de liberalismo rodeados por un mar de proteccionismo. Por el contrario, los países colonizados podrían caracterizarse como un océano de liberalismo con islotes de proteccionismo. Sin embargo, la apertura al comercio era el resultado directo de la dominación colonial, donde el principio general consistía en el libre acceso a todos los productos de la colonización. Esto invierte la causalidad entre el libre comercio y la coacción. El libre comercio no elimina la coacción, sino que, por el contrario, se impone por la fuerza. El proteccionismo, por su parte, corresponde mucho más a la expresión de la libertad y la soberanía.
Cuadro 2
Tasa de crecimiento medio anual por período de 1875 a 1910
| 1875-79 a 1880-84 | 1880-84 a 1885-90 | 1890-94 a 1895-99 | 1900-04 a 1905-09 | Media 1875-1889 | Media 1890-1909 | |
| Australia | 0,90 | 1,00 | -2,30 | 2,80 | 0,95 | 0,25 |
| Canadá | 3,70 | 0,90 | 1,10 | 3,20 | 2,30 | 2,15 |
| Dinamarca | 1,20 | 1,10 | 2,00 | 1,90 | 1,15 | 1,95 |
| Francia | 1,40 | 0,30 | 1,70 | 1,30 | 0,85 | 1,50 |
| Alemania | 0,10 | 1,90 | 2,30 | 1,60 | 1,00 | 1,95 |
| Italia | 0,50 | 1,00 | 0,20 | 3,40 | 0,75 | 1,80 |
| Noruega | 0,00 | 0,80 | 0,90 | 1,30 | 0,40 | 1,10 |
| Suecia | 0,70 | 0,60 | 2,40 | 1,70 | 0,65 | 2,05 |
| Reino Unido | 1,00 | 0,90 | 1,90 | 0,40 | 0,95 | 1,15 |
| Estados Unidos | 4,20 | 0,30 | 1,60 | 2,10 | 2,25 | 1,85 |
Fuente : O’Rourke K.H., « Tariffs and Growth in late XIXth Century » in The Economic Journal, Vol. 110, n°4, 2000, pp., 456-483
La situación actual recuerda a la de la primera ola de países emergentes.
Hay que recordar que la ola de libre comercio que vivimos entre los años 1990 y 2010 también vino acompañada de una caída histórica de las tasas de crecimiento, especialmente en Europa, donde el libre comercio se convirtió en un auténtico dogma, mientras que los “nuevos países emergentes” (China, Brasil, India, Malasia e Indonesia) siguieron aplicando políticas proteccionistas. De hecho, se produce un choque entre una ideología neomercantilista (el comercio genera desarrollo), ideología dominante en la Unión Europea, y una política realista que entiende que el desarrollo interno es la verdadera fuente del comercio futuro.
Desde la crisis financiera de 2008-2010, pero sobre todo desde la crisis de la COVID-19, esta ideología neomercantilista se ha puesto en tela de juicio en algunos países. Se puede fechar a partir de ahí un punto de ruptura en los diversos datos estadísticos. Esto no significa que antes no existieran tendencias proteccionistas. Sin embargo, ha sido necesaria esta crisis financiera mundial, que ha sido una crisis de la globalización tanto en sus causas como en su desarrollo, para que estas tendencias se manifiesten abiertamente. Así, se observa una estabilización y luego una disminución de la cuota del comercio medida en porcentaje del PIB mundial. El mito de un crecimiento impulsado por la expansión cada vez mayor del comercio internacional se ha desvanecido. Lo interesante aquí es la disminución del porcentaje de estas exportaciones mundiales en relación con el producto interior bruto mundial. Así, se pasó del 18,9 % a más del 25 % entre 2002 y 2008. En 2017 se volvió a caer hasta alrededor del 22 % y en 2019 hasta el 21,4 %. La crisis de la COVID-19 habrá dado el golpe de gracia a esta ideología neomercantilista, pero sin duda no habrá sido el origen del movimiento.
Por el contrario, se observan ideas cada vez más extendidas sobre el soberanismo económico y la prioridad de la industria nacional. En cierto modo, estamos viviendo el triunfo póstumo de F. List y T. Carey.
AI: Después de la Segunda Guerra Mundial, el «aglutinador» de Europa fue claramente extraeuropeo (Estados Unidos). Este fenómeno explica en gran medida la deriva autoritaria y antidemocrática de la UE. ¿Es posible y realista hoy en día creer en otro aglutinante simbólico de naturaleza intraeuropea?
JS: Las relaciones entre Estados Unidos y los países europeos son complejas. Es evidente que Estados Unidos está en el origen de la construcción de lo que a finales de los años cincuenta se denominó la CEE (Comunidad Económica Europea) en el contexto de la Guerra Fría. Pero, en aquella época, se trataba para ellos de garantizar un rápido desarrollo de los países de Europa occidental para que tuvieran la base industrial necesaria para hacer frente militarmente a la Unión Soviética. No olvidemos que Estados Unidos subvencionó el desarrollo de la industria aeronáutica en Francia e Italia entre 1950 y 1960. Pero casi inmediatamente entraron en conflicto comercial con la CEE y, entre 1960 y 1990, no cesaron en su empeño de desmantelar el arancel exterior común. La conversión de los dirigentes de los países europeos, y luego de los países de la UE, al neomercantilismo les ayudará enormemente. Hoy en día, la situación se ha invertido casi por completo. Estados Unidos quiere la completa “avasallización” de la UE. En la mente de D. Trump, la UE es un simple comprador de armas y materias primas estadounidenses. Dentro de la UE, por el contrario, existe un importante debate entre quienes están dispuestos a aceptarlo y quienes se rebelan, quienes defienden las tesis de la “soberanía europea”. Pero, como estos últimos no han renunciado a la ideología neomercantilista y se ven a sí mismos, en un marco en gran medida fantasioso, en total oposición a Rusia, son incapaces de articular de manera coherente su oposición a Estados Unidos.
De esta incapacidad surge una crisis, a la vez política, económica (agravada por el aumento del precio de la energía) y moral. Dado que los llamamientos al “federalismo europeo” no encuentran eco entre los pueblos europeos, la Unión Europea se convierte cada vez más en un marco autoritario y antidemocrático. Esta evolución también está relacionada con el euro, la moneda única. Dado que los federalistas europeos la consideran el instrumento principal de su proyecto, cualquier cuestionamiento se vuelve insoportable. De hecho, el giro autoritario y antidemocrático comenzó con la subyugación de Grecia en 2015. Desde entonces se ha amplificado considerablemente. Esta evolución es denunciada por los Estados Unidos, no por amor a la democracia, sino por interés político en poner aún más en dificultades a los partidarios de esa difusa “soberanía europea”.
Solo el abandono de la ideología neomercantilista y el reconocimiento de los intereses económicos de los países europeos permitirían recuperar el espíritu inicial, el del Tratado de Roma de 1957. Pero eso implicaría desmantelar ciertas instituciones, como la zona euro, y adoptar una política realista con Rusia. Hay que recordar que, en el marco del Tratado de Roma, se adoptó un arancel protector del 20 %, que funcionó bien. Sin embargo, cabe dudar de que se pueda volver a esa situación sin crisis importantes, aunque solo sea por la multiplicación de los Estados miembros de la UE, con intereses nacionales a veces muy divergentes.
En el fondo, la deriva autoritaria y antidemocrática de la UE es una dinámica interna y no algo impuesto desde el exterior.
AI: La promesa de una Europa que aportaría más independencia a los europeos parece haber quedado en agua de borrajas. La Europa poderosa —y no sometida— no es más que una fantasía. “Siempre se es más poderoso juntos que solos”, se decía ayer, fingiendo ignorar que las voluntades contradictorias y el compromiso en torno al mínimo común denominador no permitirían llevar a cabo una verdadera política interior y exterior libre, soberana e independiente. En este momento, está claro que, para los estadounidenses, la UE nunca ha sido más que un medio para integrar económicamente una zona en la que la OTAN les permitía ejercer su dominio. ¿Cómo se ha convertido la UE, junto con la OTAN, en el instrumento de una nueva y peligrosa guerra fría?
JS: Los países europeos, entonces miembros de la CEE, tuvieron la oportunidad de constituirse como potencia independiente. Fue en 1962, con el “Tratado del Elíseo” entre De Gaulle y Adenauer. El Parlamento alemán, el Bundestag, lo torpedeó al poner explícitamente la política de Alemania bajo el control de la OTAN. Treinta años más tarde, en 1992, con el colapso de la URSS, se presentó una segunda oportunidad. En aquel momento se podría haber disuelto la OTAN, cuyas tres funciones eran, como se recuerda: “Mantener a raya a los soviéticos, impedir el retorno de Alemania y garantizar la presencia estadounidense en Europa” (keep Soviets out, keep Germany down, keep US in). Por último, una tercera oportunidad se presentó cuando el presidente George W. Bush decidió invadir Irak y se constituyó una especie de alianza entre París, Berlín y Moscú para intentar impedirlo.
Pero es falso afirmar que la CEE y la UE no fueron más que medios para integrar a Europa en la OTAN. Los conflictos comerciales entre la CEE y los Estados Unidos lo demuestran. Por otra parte, dado que los dirigentes europeos capitularon ante la voluntad estadounidense de instrumentalizar la OTAN fuera de su zona de competencia (con la sustitución de Chirac por Sarkozy y de Schröder por Merkel), es cierto que la OTAN se ha utilizado cada vez más como instrumento de control estadounidense sobre la UE.
Sin embargo, en el giro violentamente antirruso que comienza en 2013-2014 y que se manifiesta hoy en día en una política descabellada de la UE (como el “corte” de la UE con la energía barata suministrada por Rusia), las dimensiones internas son, de hecho, más importantes que las externas. La ideología que afirma que la UE es una organización “sui generis” y que representa el “bien” se ha desarrollado desde los años 2012-2013.
Al afirmar de manera perentoria que la UE es un proyecto “sui generis”[2], los dirigentes europeos se han eximido progresivamente de todo control democrático. Quieren, como he mostrado en mi libro Souveraineté, Démocratie, Laïcité, publicado en 1996, suprimir la posibilidad de impugnar su legitimidad y, de este modo, enterrar el principio de soberanía nacional, pero sin sustituirlo por otro principio. Es el hecho del Príncipe en toda su desnudez, ciertamente oculto en una fórmula que Jean de La Fontaine[3] apreciaría como homenaje (involuntario) a su fábula de El murciélago y las dos comadrejas: «Soy pájaro: mirad mis alas; ¡Viva la gente que surca los aires!… Soy ratón: ¡vivan las ratas! Que Júpiter confunda a los gatos».
Esta feroz voluntad de hacer desaparecer del ámbito político el principio de soberanía solo puede justificarse por la voluntad de hacer desaparecer también el principio de democracia. Aquí encontramos lo que decía en mi respuesta a la pregunta anterior. Pero hay que entender que esta voluntad de convertir a Rusia en enemigo, en detrimento incluso de los intereses más evidentes de la UE, proviene de una estructura ideológica en la que los propios dirigentes de la UE se han encerrado. Hoy en día se ven claramente las tensiones que existen entre Estados Unidos y la Unión Europea sobre la cuestión de la guerra en Ucrania. En su reciente discurso durante la 80.ª sesión de las Naciones Unidas en Nueva York, el discurso de Donald Trump se puede resumir así: “si queréis enfrentaros a Rusia, hacedlo, pero sin nosotros…”. Por supuesto, Estados Unidos venderá armas (aunque se reservará la mayor parte de ellas, ya que necesita urgentemente reponer sus existencias y modernizar su material), pero se está desvinculando de Europa. El anuncio de la retirada progresiva de los programas de formación en los países bálticos es una de las manifestaciones de ello. Sin embargo, sin Estados Unidos, la OTAN es una cáscara casi vacía. La negativa absoluta de Polonia, pero también de Italia y España, a enviar tropas a Ucrania, incluso después de un posible alto el fuego, lo demuestra claramente. De hecho, la voluntad de volver a la guerra fría solo proviene de Gran Bretaña, Francia y Alemania, además de los tres microestados bálticos…
Por lo tanto, hay que moderar considerablemente la visión que atribuye todos los errores de la posición de la UE a factores externos y aceptar considerar los factores internos.
AI: En el origen del euro estaba la afirmación de que se creaba una moneda europea, pero al mismo tiempo se privaba a los pueblos de su soberanía monetaria. ¿Puede explicarnos por qué el euro no ha reducido las desigualdades entre los países miembros como creían y vaticinaban sus defensores? ¿Cómo ha proporcionado el euro a Alemania los medios monetarios para dominar el continente?
JS: De hecho, el euro presenta dos debilidades insalvables.
La primera, en un análisis estático, es que es una cotización mal calculada: permite a Alemania devaluar el marco alemán y, por lo tanto, favorecer las exportaciones alemanas, mientras que, por el contrario, conduce a una sobrevaloración para Francia, España, Italia, Portugal y Grecia.
En un análisis dinámico, al impedir los ajustes monetarios entre los países de la zona del euro, condena a algunos países a repercutir esos ajustes en las condiciones de vida de la población (Grecia, pero también España y Portugal) o a intentar compensar los efectos del euro con un gasto público cada vez mayor (Francia).
Las publicaciones del FMI “External Sector Report” en los años 2010-2019 muestran claramente este efecto dinámico y el mantenimiento de la desigualdad estática. El tipo de cambio efectivo real (REER, por sus siglas en inglés) de Alemania está infravalorado entre un 10 % y un 15 % con respecto a su valor de equilibrio, mientras que el de Francia está sobrevalorado entre un 12 % y un 15 %. Por lo tanto, la diferencia es, en promedio, de al menos un 25 % en detrimento de Francia. Cabe señalar que Francia no es el único país en esta situación. España, Italia y Bélgica se encuentran en situaciones similares.
Cuadro 3
Amplitud de las apreciaciones/depreciaciones de los tipos de cambio efectivos reales debido al euro
| Situación media | Situación máxima | Diferencia con Alemania (Normal-Máxima) | |
| Francia | +11,0% | +16,0% | 26-43% |
| Italia | + 9,0% | +20,0% | 24-47% |
| España | +7,5% | +15,0% | 22,5-42% |
| Bélgica | + 7,5% | +15,0% | 22,5-42% |
| Países-Bajos | – 9,0% | – 21,0% | 6-6% |
| Alemania | -15,0% | -27,0% | – |
Fuente: diferencia entre los tipos de cambio reales en el Informe sobre el sector exterior 2017 del FMI y consultas a expertos en cuestiones cambiarias realizadas a principios de agosto de 2017.
Esta diferencia, naturalmente, beneficia enormemente a Alemania. De hecho, un estudio alemán publicado en febrero de 2019 por el muy eurófilo “Centro para la Política Europea de Friburgo” (CEP) calculaba las ganancias para los ganadores del euro, pero también las pérdidas para los perdedores. Según los cálculos realizados en este estudio, llevado a cabo por Alessandro Gasparotti y Matthias Kullas, cada francés habría perdido 3110 euros al año, más de dos meses de salario mínimo interprofesional, de media entre 1999 y 2017.
Por lo tanto, no es de extrañar que, en esta situación, Alemania se haya convertido en la potencia dominante, con un superávit comercial cercano al 8 % de su PIB.
AI: ¿Cómo y por qué se destruyeron los dos pilares de la CEE primitiva: el arancel exterior común y la preferencia comunitaria?
JS: El arancel exterior común (AEC), que se había establecido entre los primeros miembros de la Comunidad Económica Europea, a saber, Italia, Francia, Alemania y los países del Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), y que entró en vigor el 1 de julio de 1968, era relativamente proteccionista. Impugnado por los Estados Unidos y el Reino Unido, que consideraban que infringía las normas del GATT (Ronda Kennedy), este arancel exterior común fue sin embargo declarado conforme.
El GATT dio la razón a los miembros de la CEE, explicando que los países de la CEE podían aplicar el TEC, pero debían reducirlo. Sin embargo, este arancel era inferior a los aranceles de los Estados miembros (excepto en el caso de Alemania). Este arancel aduanero común se estableció tomando como referencia la media de los derechos de aduana vigentes en los países miembros a 1 de enero de 1957. Se calculó a partir de cuatro aranceles aduaneros, ya que Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos ya constituían una unión aduanera.
Cuadro 4
Aranceles aduaneros antes y después del Tratado de Roma
| Aranceles aduaneros a 1 de enero de 1957 | Arancel exterior común a 1 de julio de 1968 | ||||
| Productos | RFA | BENELUX | FRANCIA | ITALIA | CEE |
| Automóviles | 17,0% | 24,0% | 30,0% | 40,0% | 17,6% |
| Tejidos de lana | 13,0% | 18,0% | 15,0% | 18,0% | 13,0% |
| Televisores y aparatos de radio | 15,0% | 20,0% | 24,0% | 25,0% | 18,0% |
| Refrigeradores | 15,0% | 12,0% | 15,0% | 20,0% | 18,0% |
Fuente: Comisión de Bruselas
Estados Unidos no se rindió. En los años setenta y ochenta, a través de una serie de negociaciones, impuso el desmantelamiento del Arancel Exterior Común y de la “preferencia comunitaria”. En ello contaron con la ayuda decisiva del giro ideológico neomercantilista de los grandes países de la UE, en particular Francia y Alemania. Los dirigentes franceses, por ideología, y los alemanes, por interés, fueron los principales defensores dentro de la CEE del desmantelamiento de lo que constituía su especificidad.
AI: ¿Por qué el euro se ha convertido en una verdadera camisa de fuerza ideológica? ¿Puede sobrevivir a medio y largo plazo?
JS: No se puede entender la transformación del discurso sobre el euro, que aparentemente se basaba en la “razón” económica (la teoría de las zonas monetarias óptimas), en un discurso puramente ideológico si no se comprende el papel central del euro en el proyecto “federalista” europeo.
Se ha extendido mucho la ilusión de que una zona monetaria caracterizada por una moneda única, como el euro, daría lugar a un fuerte aumento de los flujos comerciales entre los países de esa zona monetaria. Esto se debía a trabajos tanto teóricos como empíricos, en particular los de Andrew K. Rose[4]. Estos trabajos, que dieron lugar a lo que se denominó “el efecto Rose” y a una literatura extremadamente favorable a las uniones monetarias, describían las monedas nacionales como “obstáculos” al comercio internacional[5]. La integración monetaria se adornaba con todas las virtudes. En cierto sentido, la unión monetaria iba a crear las condiciones para el éxito de la “zona monetaria óptima”[6]. De ahí las declaraciones de varios políticos, hoy famosas, que afirmaban que el euro, por su mera existencia, conduciría a un fuerte crecimiento de los países miembros. Jacques Delors y Romano Prodi afirmaron así que el euro favorecería el crecimiento europeo entre un 1 % y un 1,5 %[7].
Sin embargo, estos trabajos fueron muy criticados por el método econométrico utilizado[8]. Por otra parte, y esta es una crítica más fundamental, estos modelos no parecen tener en cuenta la persistencia del comercio internacional[9], que se explica por diferentes fenómenos, entre ellos las asimetrías de información. Aprovechando casi veinte años de investigación sobre el comercio internacional, Harry Kelejian, junto con G. Tavlas y P. Petroulas, retomaron las diversas estimaciones de los efectos de una unión monetaria sobre el comercio internacional de los países miembros[10]. Los resultados son devastadores.
El impacto de la Unión Económica y Monetaria en el comercio de los países miembros se estima en un crecimiento del 4,7 % al 6,3 %, muy lejos de las estimaciones más pesimistas de trabajos anteriores, que situaban estos efectos en un mínimo del 20 %, sin mencionar siquiera los trabajos iniciales de Rose, que los situaban entre el 200 % y el 300 %. En realidad, el crecimiento de la zona del euro fue inferior al de sus socios desde la introducción de la moneda única.
Cuadro 5
Crecimiento medio por período del PIB en los primeros diez años del euro
| Media 2001-2011 | Media 2001-2007 | Media 2007-2011 | |
| Australia | 3,1% | 3,4% | 3,1% |
| Canadá | 2,1% | 2,6% | 1,4% |
| Noruega | 1,8% | 2,3% | 1,2% |
| Suecia | 1,8% | 3,0% | 0,5% |
| Confederación helvética | 1,7% | 2,0% | 1,6% |
| Reino Unido | 1,6% | 2,6% | 0,4% |
| Estados Unidos de América | 1,9% | 2,4% | 1,3% |
| Zona euro | 1,1% | 1,9% | 0,4% |
| OCDE, total | 1,8% | 2,4% | 1,1% |
| Desviación de la media de la OCDE | -0,7% | -0,5 | -0,7 |
Fuentes: Base de datos de la OCDE. Para 2011, estimaciones. Para 2010, cifras provisionales.
Fuentes y métodos, (http://www.oecd.org/eco/sources-and-methods ).
Es evidente que la ideología ha prevalecido sobre la realidad.
AI: El comisario europeo Jean-Claude Juncker dijo en 2015: “No puede haber una elección democrática contra los tratados europeos”. Entonces, ¿cómo podemos salir del estancamiento económico y la crisis democrática actuales? ¿Es posible “reorientar” la UE y “reformar” el euro, como repiten los euroatlantistas o federalistas europeos, que no ven otra solución al problema que reclamar cada vez más UE? ¿Es aún posible salir de la trampa de la UE y del euro?
JS: Una “reforma” del euro es, en realidad, tan imposible como una reforma de la UE. En cuanto a la declaración de Jean-Claude Juncker, es la expresión más clara de la negación de la soberanía de los Estados miembros de la UE. Ahora bien, hay que recordar que la legalidad se deriva de la legitimidad. La legalidad no puede generarse a sí misma.
En estas condiciones, es evidente que la única solución a los problemas económicos que afectan a algunos países es la salida del euro y de la UE. Pero el problema no es solo económico. Hoy en día, debido a su deriva autoritaria y antidemocrática, son los propios elementos de la democracia los que solo podrán salvarse con la salida de la UE.
[1] En español; Los economistas contra la democracia: Poder, globalización y democracia (2002), El fin del euroliberalismo (2006), El nuevo siglo XXI: Del siglo «americano» al retorno de las naciones (2008), La desglobalización (2011, reedición 2021), ¿Hay que salir del euro? (2012), Soberanía, democracia, laicidad (2016), El euro contra Francia, el euro contra Europa (2016), El proteccionismo (2022), ¿El gran retorno de la planificación? (2022) y ¿El fin del orden occidental ? (2024).
[2] Como Manuel Barroso, Barroso J-M., Discurso del presidente Barroso: «Global Europe, from the Atlantic to the Pacific», Discurso 14/352, pronunciado en la Universidad de Stanford, 1 de mayo de 2014.
[3] Y antes que él, Esopo, pero eso es otra historia…
[4] Rose, A.K. (2000), «One money, one market: the effect of common currencies on trade», Economic Policy Vol. 30, pp.7-45 y Rose, Andrew K., (2001), «Currency unions and trade: the effect is large», Economic Policy Vol. 33, 449-461.
[5] Rose, A.K., Wincoop, E. van (2001), «National money as a barrier to international trade: the real case for currency union», American Economic Review, vol. 91, n.º 2/2001, pp. 386-390.
[6] Véase al respecto la tesis de máster escrita por uno de mis alumnos, Laurentjoye T., La théorie des zones monétaires optimales à l’épreuve de la crise de la zone euro, Formación « Economía de las Instituciones », EHESS, París, septiembre de 2013.
[7] Sapir J. (2012), Faut-il sortir de l’Euro ? Le Seuil, París.
[8] Persson T. (2001), « Currency Unions and Trade : How Large is the Treatment Effect ? » en Economic Policy, n.º 33, pp. 435-448; Nitsch V. (2002), « Honey I Shrunk the Currency Union Effect on Trade », World Economy, vol. 25, n.º 4, pp. 457-474.
[9] Greenaway, D., Kneller, R. (2007), «Firm heterogeneity, exporting and foreign direct investment», Economic Journal, 117, pp. 134-161.
[10] Kelejian, H. et al. (2011), «In the neighbourhood: the trade effects of the euro in a spatial framework», Bank of Greece Working Papers, 136.