En su última obra, El franquismo ayer y hoy. Las dos Españas y las crisis europeas (La Esfera de los Libros, 2026), Pío Moa dice:
Ortega había huido del Frente Popular maldiciendo la república, como tantos otros intelectuales. Vuelto a España mientras se recrudecían las amenazas exteriores, el 4 de mayo de 1946 presidió la reapertura del histórico Ateneo de Madrid disertando sobre «Idea del teatro» (en la fotografía, Ortega el día de la conferencia). Los oyentes llenaban la sala y hasta las aceras próximas, con presencia de Azorín, Pemán, Marañón, D´Ors, Serrano Suñer, Sánchez Mazas, y otros intelectuales.
La conferencia madrileña, de la que cuenta la leyenda que Ortega apartó el retrato de Franco y que fue retransmitida por Radio Nacional, vino prácticamente a reproducir la dada por el filósofo el 13 de abril de ese mismo año en Lisboa, en la sede del periódico O Século, alineado con la ideología del Estado Novo de António de Oliveira Salazar.
Meses después de aquellas intervenciones, en noviembre, la Revista Nacional de Educación, dirigida por el presidente del Ateneo, Pedro Rocamora, publicó la plática de Ortega. Doce años después, en 1958, –seguimos a Luis Miguel Pino Campos (Revista de filología, 24; abril 2006, pp. 203-214)– la editorial Revista de Occidente publicó la conferencia, con algunos cambios, en formato libro. El responsable de los mismos fue Paulino Garagorri. Apenas un año más tarde, el 20 de octubre de 1959, Garagorri estuvo presente en la cena en homenaje al poeta francés Pierre Emmanuel, que ya trabajaba –véase Nuestro hombre en la CIA (Ed. Encuentro, Madrid 2020)– para configurar el Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura. Don Paulino compartió los manteles del restaurante madrileño Zarauz con, entre otros, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Pedro Laín Entralgo, Julián Marías, José Luis López Aranguren, Gonzalo Torrente Ballester, Dionisio Ridruejo, Fernando Baeza, Luis Rosales, Leopoldo Panero, José Ortega Spottorno, Luis Felipe Vivanco, José Antonio Maravall, Luis Díez del Corral, Ignacio Aldecoa, Jaime Ferrán, profesor ayudante de Eugenio d´Ors, y Antonio Buero Vallejo. Desde entonces, Garagorri se mantuvo en esos círculos auspiciados por la Central de Inteligencia, marcados por una profunda impronta orteguiana.
La conferencia de Ortega –nos ceñimos a la publicada en 1946– impregnada de grandes dosis de paternalismo, se inscribe en el tiempo abierto por los pactos sellados en 1953 entre España y los Estados Unidos. Ello explica estas palabras pronunciadas aquella tarde en el Reñidero, que hemos de conectar con la política de bloques: «España encuentra hoy ante sí el horizonte despejado. Ese horizonte es el horizonte histórico, que hoy, más que nunca, es un horizonte universal, y ese horizonte universal es hoy superlativamente problemático». Manifestaciones estas, que fueron interpretadas por algunos como un guiño al franquismo. Guiño que Ortega se encargó, a su estilo, de desmentir.
En cuanto al asunto en sí, al título de la charla, las mayores aproximaciones que Ortega hizo a una definición de la idea de teatro, son estas aseveraciones: «El teatro es un edificio que tiene una forma orgánica, compuesto de dos órganos —sala y escena—, destinados y preparados para que en ella se ejerzan dos funciones opuestas y conexas: el ver y el hacerse ver», «es el teatro un género visionario o espectacular», «Teatro es, por esencia, presencia y potencia, espectáculo, visión». Al final de su conferencia, el filósofo sumergió la especie en el género: «El teatro es la gran creación de irrealidades, la gran producción de fantasmagorías».
La conferencia, que Ortega dejó abierta con un «de lo que se trataba era de continuar, continuar», tuyo otros testigos que no aparecen en la enumeración de Moa: los jóvenes Gonzalo Fernández de la Mora y Gustavo Bueno Martínez, compañeros de milicias universitarias. Este último fue autor, en 1954, de un artículo titulado «La esencia del teatro», que vio la luz en la Revista de Ideas Estéticas (nº 46, abril-junio 1954, págs. 111-135). Cabe, por lo tanto, establecer una conexión entre el texto de Bueno, que cita a Ortega dos veces, y su presencia en la reaparición ateneística de Ortega.
Emparentados de este modo, los artículos, sin embargo, son muy diferentes. Si en el de Ortega se despliega la retórica que encandiló a varias generaciones de españoles adscritos a prácticamente todo el espectro anticomunista, el de Bueno ofrece potentes trazas sistemáticas. Frente a la disolución en el magma de la farsa, de la fantasmagoría, practicada por Ortega en su Idea del teatro, el riojano señala la esencia de este arte. En el cierre de su artículo, Bueno, que traza una teoría formal del teatro, precisa:
1. Necesidad de Espectador y Actor, pero subordinación de aquél a éste en cuanto a la contemplación teatral, el «protagonista» del Teatro es el Actor. Esto no es incompatible con que sea el público quien, aplaudiendo o silbando, «lleve la mano» al Autor que lo retrata.
2. Necesidad de Actores y Escenografía, pero subordinación de ésta a aquéllos. El escenario no es un lugar adonde van a actuar los personajes: sino unos personajes que se sirven del escenario para encarnar sus papeles. Esto no excluye que sean necesarios, según tiempos y lugares, técnicas de escenografía.
3. El Autor queda subordinado a los Actores. Hasta el punto que puede afirmarse que el porvenir del Teatro depende más bien de los Actores que del Autor.
El teatro, en esencia, es verdad.
Ocho décadas después de que Ortega dictara aquella conferencia, el teatro goza de buena salud. Sin embargo, su hegemonía como espectáculo masivo se vio comprometida por la aparición de otras tecnologías. Apenas cuatro años después de que el ensayo de Bueno se publicara, en 1958, Santa Clara de Asís fue proclamada «Patrona Celestial de la Televisión». La despectivamente llamada caja tonta permitió ver a través de las paredes, acceder a realidades que trascienden a la opacidad de los cuerpos. A través de las telepantallas, los españoles no sólo pudieron ver las andanzas de Amstrong. También asistieron a los golpes de Estado de Tejero y de Puigdemont, dados en un contexto político, el del actual periodo constitucional configurado, en gran medida, por ideólogos de fuerte impronta orteguiana.
(Fotografía: Martín Santos Yubero / Archivo Regional de la Comunidad de Madrid)