Hace dos años me bañaba en una pileta tan caliente como turbia en la zona balinesa de Uluwatu, cerca de la playa de Padang Padang, no sólo por el extremo calor sino porque una eslovena de pechos firmes se había metido en el agua con, imagino, las mismas intenciones: refrescarse; aunque allí dentro, se lo aseguro, y ya despojada de la parte superior del bikini, la temperatura del agua –apenas inferior a la corporal– era lo de menos.
La conversación comenzó poniendo el listón bien alto con la filosofía, no cayendo el que escribe en que el nacionalismo atrapa hasta a los progres: creía que como Slavoj Zizek era su compatriota ella había entendido algo de lo que, muy probablemente, no habría leído ni en vertical, cuando el citado pensador también ha acabado disuelto en la boina continua de la Agenda 2030.
Pero la causa del cese de mis primigenias intenciones decayó cuando entramos en el borrascoso mundo de la política. Porque ella, sin mediar pregunta por mi parte, me comentó lo siguiente: “Eres español, como tu presidente, que además de sus maravillosas políticas sociales con los inmigrantes es alto y guapísimo”. En el fondo, me dejó por Pedro Sánchez. Pero esa afrenta a la inteligencia más básica me hizo salir de la piscina y continuar con mi vida asumiendo que poco importa lo que yo diga si a un tío lo ensalzan por su belleza, haga lo que haga. Algo así como pensaba yo en mi adolescencia de la mamachicho Patrizia Cavaliere, que aunque hubiera sido sicaria, yo la habría amado siempre.
Luis Ansorena, uno de mis asesores de mesita de noche, me lo confirmó días más tarde: “España, al menos en Europa, es conocido como un país precursor de políticas sociales, donde la economía va bien, y sí: con un presidente alto y guapo; con personalidad”. Y por sus días de sol: unos trescientos al año, añadí.
Dependiendo de la talla del apéndice, y dado el pasado de su familia política, no tendría que haber descartado al meterme en xvideos, buscando porno en español, que un tipo que nadie pensó que iba a llegar a presidente del gobierno –siquiera a directivo del Club Deportivo Artístico Navalcarnero–, hubiera estado repartiendo estopa, incluso a señoras inmigrantes –el mundo hispano es muy amplio–, en esos videos que facilitan el onanismo además de la complejidad de aceptar, en la mayoría de ocasiones, cómo es el sexo real en comparación con la industria del cine porno, tan proclive a la exageración.
A la vez que Sánchez era jaleado a finales de 2023 en una piscina cualquiera de la isla de Bali, Trump nos enfadaba no porque fuera presidente electo o candidato derrotado, sino esencialmente por ser empresario y millonario, cualidades que en España detesta hasta parte de la derecha. Pero que a Zapatero, molde de Sánchez salvo en la belleza, le hayan pillado joyas por valor de casi 1.400.000 euros en la caja fuerte de su despacho, origina una duda plausible: cuánto no tendrá en el joyero de su inmenso hogar, o hasta enterrado en los maceteros de alguno de sus patios temáticos, donde las sillas, dadas las tallas de sus niñas, deben ser sofás de seis plazas.
Sin haberlos olisqueado, todos hemos pensado que Trump, a través de Melania –por cierto, también eslovena; ¿acaso también se conocerían en una piscina hablando de filosofía?–, debía tener millones, no en tasaciones de la joyería Ansorena, sino en número de collares de oro macizo, tiaras reales, pulseras, perlas y anillos de diamantes. Porque en España somos así. Por eso nos ha sorprendido que un tipo que era amigo íntimo del presidente de un narcoestado guardara joyas en su oficina, comenzando a asumir el que escribe que no sería de extrañar que en algunos petroleros zarpados desde Maracaibo y Amuay, alguien que atiende al acrónimo de ZP, se haya podido llevar comisiones jugosísimas, tampoco declaradas a la Hacienda patria que desconocemos cómo pasa por alto estas acciones cuando he visto inspecciones mucho más profundas a autónomos cuarentones que siguen viviendo en casa de sus padres por demasiados tickets de taxi. Porque el que escribe no se cree que cuando la ley y el orden encuentran a un delincuente lo hagan solamente por una de sus fechorías. O dicho de otro modo: es harto complejo que un delantero centro en su momento álgido sólo meta un par de goles por temporada. Y ZP, mal que le pese a la izquierda, se encontraba, hasta que fue imputado hace unos días, en el mejor momento de su carrera productiva.
Se nos ha caído el castillo de naipes: ni ZP era tan social ni sus joyas eran bisutería. Como tampoco sus hijas son trigo limpio. Algo así como la señora de Sánchez, además del hermano, cuando aún esperamos sentados a que Melania obstruya a la justicia de su país; y añado que tanto republicano obstinado con el fraude de la monarquía –¿por qué heredarán los suyos?, llevan repitiendo sin cesar– no hace más que borbonizarse metiendo en sus beneficios constantes tanto a sus hijas como a sus señoras y hermanos. ¿O acaso creen que si Sánchez o Zapatero fueran monarcas iban a abdicar para ceder sus tronos a alguien elegido democráticamente por el pueblo? Y a los hechos me remito. Porque a mí, por ejemplo, me habría interesado –y mucho– tanto el cargo del hermano de Sánchez como los contratos de la empresa de las hijas de ZP. Que mientras estos mangaban o realizaban algo muy parecido, Trump firmaba acuerdos de paz en guerras que apestaban a mundiales, cuando en España, no pocos, creían que ZP iba a ser el próximo Nobel de la Paz por culpa de aquella inmensa frase, la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento, que en el fondo, demuestra el carisma inmobiliario de toda la casta política que cuando sale de la misma lo hace con una inmensa desproporción entre bienes inmuebles conseguidos y salarios obtenidos, cuando ninguna de esas propiedades están a nombre de la tramontana o del huracán Mitch.
Y un sueño: que cuando Feijóo llegue a Moncloa con los votos de VOX pase por alto toda esta ilógica de lo social para no calentar el ambiente. Porque aquí somos así.