Santayana y aquellos que olvidan la historia

El autor de la famosa frase sobre «olvidar el pasado» era español

George Santayana (nacido Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana en Madrid, 1863) ocupa un lugar singular en la historia del pensamiento occidental. Español de nacimiento, criado entre Ávila y Boston, educado (y educante) en Harvard y exiliado voluntario en Europa durante la segunda mitad de su vida, Santayana encarna con perfecta ironía la condición del extranjero perpetuo: ni del todo español (aunque conservó toda su vida con orgullo la nacionalidad española), ni del todo americano, ni del todo europeo (aunque moriría en Roma, en 1952, tras un cuarto de siglo viviendo allí).

Eso no ha impedido que los conservadores angloamericanos le reivindiquen como uno de los suyos, tanto que Russell Kirk lo consagró incluyéndolo en el subtítulo de su obra capital, The Conservative Mind: From Burke to Santayana (1953).

En cualquier caso, el particular conservadurismo de Santayana no es, conviene tenerlo claro, un programa político: no leeremos en su obra la defensa de ningún partido, nación o confesión religiosa, sino de algo más huidizo: de una actitud filosófica ante la existencia, anclada en el naturalismo materialista de Lucrecio y Spinoza, y en el escepticismo clásico; pero no el nihilista, que niega toda posibilidad de conocimiento, sino uno metodológico y vital, deudor de Sexto Empírico, que propone suspender el juicio ante las grandes verdades metafísicas para poder vivir con serenidad.

Para Santayana, las grandes patologías de la modernidad política —el mesianismo revolucionario, el utopismo liberal, el totalitarismo ideológico— no son en primer lugar errores morales sino errores epistemológicos: consecuencias de creer que la mente humana puede capturar la totalidad de la realidad y, a partir de esa captura, rediseñarla a voluntad.

De hecho, si hay un hilo conductor en toda la filosofía política de Santayana, es la crítica al idealismo —entendido en su sentido filosófico preciso: la doctrina según la cual la realidad es un producto de la mente, y por tanto puede ser modificada mediante la acción mental o política—. Para Santayana, el idealismo es la madre de todos los errores políticos modernos. Así, acusó a los idealistas filosóficos de construir «elaborados castillos intelectuales en el aire» y a los idealistas políticos de pretender edificar «relucientes Torres de Babel sobre la tierra».

Santayana también rechazó de plano la concepción pragmatista de la verdad según la cual una idea es verdadera sólo en la medida en que creamos que es verdadera, o en que resulte ‘útil’. Su propia definición alternativa, «una opinión es verdadera si aquello de lo que habla está constituido tal como la opinión afirma que está constituido» —objetiva, independiente de las modas y los deseos— es la base de toda su filosofía conservadora.

La frase de marras

Suya es aquella frase que reza «Aquellos que no pueden recordar la historia están condenados a repetirla», pero pocos han podido recordar la historia de la propia frase, que salió del puño y letra de nuestro autor, perteneciendo al primer volumen de su obra La vida de la razón o fases del progreso humano (1905-1906).

La frase de marras no deja de ser citada hasta la náusea en museos, discursos y tertulias… frecuentemente sacada de contexto o simplificada hasta la banalidad, y casi siempre con ínfulas legitimadoras: quien la invoca reclama para sí la virtud de haber aprendido de la historia y para su adversario el vicio de ignorarla.

Irónicamente, eso está lejos de lo que estaba pensando Santayana al escribirla: el contexto que la rodea la dota de un significado mucho más exigente. El libro en cuestión es, fundamentalmente, una filosofía del progreso humano entendido como el proceso por el cual la experiencia acumulada se convierte en guía racional de la acción.

El progreso, en esta visión, no es simplemente ‘cambio’. De hecho, el cambio puro —la novedad por la novedad— no es, para Santayana, más que una forma de barbarie. El párrafo completo establece tres estadios del desarrollo mental:

El progreso, lejos de consistir en el cambio, depende de la retentiva. Cuando el cambio es absoluto no queda ser alguno que mejorar ni se fija dirección posible para la mejora: y cuando la experiencia no se retiene, como ocurre entre los salvajes, la infancia es perpetua. Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.

En el primer estadio de la vida la mente es frívola y se distrae con facilidad; pierde el progreso por falta de consecutividad y perseverancia. Esta es la condición de los niños y los bárbaros, en quienes el instinto no ha aprendido nada de la experiencia.

En un segundo estadio los hombres son dóciles ante los acontecimientos, plásticos ante los nuevos hábitos y sugerencias, pero capaces de injertarlos sobre los instintos originales, llevándolos así a una satisfacción más plena. Este es el plano de la madurez y del verdadero progreso.

Por último llega un estadio en que la retentiva se agota y todo cuanto acontece queda olvidado al instante; una repetición vana —por impráctica— del pasado ocupa el lugar de la plasticidad y de la fértil readaptación.

Nótese que Santayana no habla de “quien ignora el pasado”. No está haciendo una exhortación escolar o una defensa de la erudición académica: el sujeto de su condena no es aquel que elige no estudiar historia, sino quien carece de la propia capacidad de reflexionar sobre su pasado e integrarlo en su experiencia presente.

El concepto clave aquí es el de retentiva, sin la cual permanecemos (individual y colectivamente) en eso que Santayana llama la «infancia perpetua de los salvajes», incapaces de aspirar a nada que trascienda el impulso inmediato. Para él, en ‘progreso real’ era una construcción vertical en la que cada nivel contiene al anterior. Si se rompe el eslabón de la memoria —si la experiencia no es retenida y organizada—, el edificio entero colapsa y la existencia regresa a su estado primitivo.

Un ser que no puede retener su experiencia pasada no tiene, en sentido pleno, un yo: es un suceso natural, una cadena de reacciones sin sujeto que las integre. Del mismo modo, una sociedad que no puede retener su experiencia colectiva no tiene, en sentido pleno, una civilización: es un agregado de presentes sucesivos sin hilo conductor que les dé sentido y dirección.

En realidad, Santayana era profundamente pesimista sobre la capacidad de las sociedades modernas para aprender de la experiencia. Veía en el progresismo de su época —y muy especialmente en el estadounidense— una fe ingenua en la novedad y el cambio, en el revolucionario ‘borrón y cuenta nueva’ que no era, paradójicamente, más que una forma de amnesia institucionalizada.

Para Santayana, el progresismo moderno cometía exactamente el error que su frase describe: al rechazar sistemáticamente el pasado como algo que hay que superar, se condenaba a ignorar las lecciones que ese pasado contenía.

La modernidad, a sus ojos, estaba estructuralmente incapacitada para recordar, lo que destruía la única base desde la que el progreso real es posible. Y es que, cuanto mayor es el ritmo del cambio, menor es nuestra capacidad para integrar la experiencia pasada. Sumemos a eso que, cuando se cambia todo, desaparece el punto de referencia desde el cual juzgar si se está mejorando o empeorando: el cambio absoluto no es liberación sino desorientación.

La ‘memoria histórica’ como infancia perpetua

El clima ‘intelectual’ y político de las últimas décadas nos ha forzado a experimentar una paradoja que Santayana no tuvo ocasión de conocer, pero sobre la que su pensamiento, igualmente, ayuda a iluminarnos: nunca antes en la historia de Occidente se había hablado tanto de recordar la historia y, al mismo tiempo, se había practicado tan abiertamente el borrado sistemático de figuras, monumentos, nombres y legados del pasado.

Ambas tendencias —la ‘memoria histórica’ y la cultura de la cancelación— se presentan hoy como dos caras de un mismo compromiso moral con la verdad histórica. Desde la perspectiva del pensamiento de Santayana, sin embargo, revelan ser expresiones simétricas de un mismo y profundo problema: la incapacidad de recordar en el único sentido que él consideraba filosóficamente relevante.

Es, más bien, un acto de proyección: el presente proyecta sobre el pasado sus propias categorías morales, sus propias sensibilidades, sus propios conflictos, y llama a esa proyección «recuperar la memoria». Lo que se obtiene no es el pasado tal como fue —con toda su densidad, su lógica interna, sus limitaciones propias— sino el pasado reconfigurado como espejo del presente, útil sólo para legitimar posiciones actuales.

Pero, para Santayana, recordar genuinamente implica enfrentarse a la alteridad radical del pasado. Esto es, a su capacidad de desconcertarnos, de no encajar en nuestros esquemas, de revelarnos que la realidad humana es más compleja y más oscura de lo que nuestras categorías pueden contener.

Recordemos que para Santayana la retentiva pasa por la integración de la experiencia en el carácter, pero ésta requiere de algo que las políticas de memoria raramente pueden proporcionar: la disposición a comprender el pasado en sus propios términos, antes de juzgarlo en los nuestros. Sin esa comprensión previa, el juicio moral no se aplica sobre el pasado real sino sobre una caricatura de él, y la «lección» extraída es igualmente ficticia.

El fenómeno de la cancelación se presenta habitualmente como lo opuesto del olvido. Se trata, dicen sus defensores, de no seguir celebrando a quienes merecen reproche moral; de hacer visible lo que el relato dominante ocultaba; de dar al espacio público un contenido que refleje los valores actuales de la comunidad en lugar de los de épocas más oscuras.

Pero cuando alguien derriba una estatua de algún personaje histórico polémico, lo que ocurre no es que la sociedad haya ‘recordado mejor’ su figura —integrando su significado histórico con mayor profundidad y matiz—. Lo que ocurre, con frecuencia, es exactamente lo contrario: la figura es simplificada hasta reducirse a su aspecto más condenable, ese aspecto condenable se convierte en la totalidad de su identidad histórica, y la estatua desaparece llevándose con ella la complejidad que representaba.

La cancelación, en este sentido, no es un acto de memoria sino de higiene: limpia el espacio público de las incomodidades —reales o presuntas— del pasado para que el presente pueda instalarse en él con mayor comodidad moral. Pero una sociedad que borra las huellas de su pasado no se libera de ellas, sólo las desplaza fuera de la conciencia colectiva, las hace inaccesibles como objeto de reflexión, y en consecuencia queda más expuesta a repetir los patrones que las generaron.

El juicio moral retrospectivo es, en sí mismo, perfectamente legítimo e incluso necesario. Pero cuando el juicio moral clausura la indagación —cuando basta con determinar que alguien fue «del lado equivocado de la historia» para dejar de pensar en él— la memoria se detiene exactamente en el punto en que empezaría a ser instructiva.

Santayana hablaba, en el párrafo que contiene su célebre frase, de la «infancia perpetua» como el estado de quienes no retienen la experiencia. Vale la pena detenerse en esta imagen, porque describe con exactitud algo que puede observarse en ciertos aspectos de la cultura contemporánea.

La infancia no es ignorancia pura: el niño tiene experiencias, las vive con intensidad, puede incluso narrarlas. Lo que no puede hacer, antes de cierto grado de maduración, es aprender de ellas de un modo que modifique su conducta futura de manera estable. Así, el problema de una sociedad como la nuestra no es que carezca de información histórica, sino que carece de la distancia respecto al presente que permitiría usar esa información como verdadera guía.

Frente a eso, Santayana exige la comprensión como acto moral y esto es mucho más difícil que un cómodo juicio moral inmediato. Por eso los movimientos que más enfáticamente invocan la memoria —los que hacen de ella su bandera y su legitimación— son con frecuencia los que practican de forma más sistemática la simplificación del pasado. Recuerdan mucho, pero recuerdan mal: con la nitidez de los mitos (en el sentido menos edificante del término, el que se superpone con el bulo) y la comodidad de los relatos que no obligan a revisar las propias certezas.

Marcos Merino ha sido periodista tecnológico durante doce años (2014- 2026), escribiendo en medios como Xataka y los desaparecidos Genbeta y TICbeat

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