Autor de obras como Prohibido repetir (Rosamerón) y La escuela no es un parque de atracciones (Ariel), entre otros, Gregorio Luri vive estos días entregado a La dignidad del mediocre. Pequeña filosofía de lo inacabado (Ediciones Encuentro). Asegura que los humanos somos seres mediocres y deberíamos estar contentos por ello. Basculamos entre el orgullo y la decepción, la admiración y el desprecio, el deseo de mejorar y el empeño en envilecernos. Literalmente, mediocre significa en medio de una ascensión a una montaña, así que el estar en medio es lo que permitirá dirigirnos a una dirección u otra. En definitiva, lo que te permite ser libre. No entiendan el término ‘mediocre’ de forma despectiva, sino descriptiva: seres a medio hacer, frágiles, que tropiezan, dudan y se equivocan. La duda la proclamó Descartes en el siglo XVII como principio del método para el saber. Por lo tanto, dudar está muy bien, pero como vía para intentar salir, apoyarnos en algo firme y verdadero. En esta época en que las cotas de vulgaridad y frivolidad se han disparado a la vez que los espacios para la reflexión y la crítica se van reduciendo, Luri nos recuerda que nada grande se conquista sin esfuerzo.
Etimológicamente, ‘mediocre’ deriva del latín mediocris (–medius (medio) y ocris –montaña escarpada: en mitad de la montaña escarpada). Somos los de «en medio», pero también los del miedo, los que no arriesgan… Estamos «a medio hacer», ¿cómo nos ve: «al dente», en su punto, rematadamente disparatados…?
Somos, efectivamente, tan disparatados que no hay otro ser que sea capaz de degradarse voluntariamente a sí mismo. Pero también de mejorarse. No hay libertad si no se dan estas dos posibilidades: la de estirar de nosotros mismos hacia arriba o la de dejarnos llevar hacia abajo, por la inercia. Ser hombre, dice fray Juan de Dueñas (Espejo del pecador, 1553), es ser «tornadizo y mudable». Sí, estamos a medio hacer, y nunca estamos hechos ya del todo. Por eso vivimos en la tensión de lo real y lo posible. El navarro Malón de Chaide se imagina a Dios dirigiéndose a Adán con estas palabras (La conversión de la Magdalena): «Todas las demás criaturas tienen limitadas leyes y naturalezas: a ti ninguna te estrecha. […] Ni te hicimos celestial ni eterno; ni mortal, ni inmortal; tú has de ser como árbitro y nuevo entallador de ti mismo. Podrás degenerar en las cosas inferiores, que son los brutos, y podrás transformarte en las superiores y divinas, según te pareciere». Por eso no hay en la Creación ser más excelso que el hombre que se dirige esforzadamente hacia arriba. No está, pues, nada mal, ser un mediocre.
Sabemos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. ¿Cómo se come lo de ser mediocres? ¿Qué somos realmente?
En su Comentario del Génesis san Agustín observa que cuando Dios crea a los animales, se comporta como un dios aristotélico. Los crea, es decir, los define, «secundum genus» (por su género y especie). Al hombre, sin embargo, lo crea «ad imaginem et similitudinem nostram». ¿Qué quiere decir esto? A mi modo de ver, que no hay vida humana que quepa en una definición. Estamos hechos a imagen y semejanza de un ser inefable y, por lo tanto, en vez de una definición cerrada llevamos con nosotros la posibilidad siempre abierta de una biografía.
Una mediocridad que pareciera desalentadora, tediosa. Esa aceptación, ese conformismo es agotador, como un hámster en la rueda… ¿como una pieza más del motor?
Ser humano no es fácil. Pero nada grande se conquista sin esfuerzo. Y nosotros tenemos el reto de hacer efectiva nuestra propia humanidad. Somos seres mediocres pero que poseen, como dice Pessoa, la semilla de sí mismos. Y quizás no poseamos nada de más valor. Somos seres mediocres porque todo cuanto amamos ha sido tocado por la muerte y por eso mismo nos hiere tanto la fugacidad de la belleza. Somos seres mediocres y por eso podemos cuidar (curar) de nuestra alma proporcionándole experiencias de belleza, de orden, de bondad, de justicia… de fidelidad, de perdón… Ser cabalmente mediocre cansa, porque se vive siempre en una bifurcación de caminos y estamos obligados a decidir (a curar de nosotros mismos). Por eso nos tienta frecuentemente la imaginación de la utopía (la sinecura). Pero cuando hemos pretendido realizar la utopía para liberar al hombre de su condición de mediocre, hemos acabado animalizándonos. Ahí está Barbielandia, ese mundo rosa sin celulitis ni arrugas, sin el tedio de lo mucho ni la preocupación por lo escaso, sin posibilidad de cuidar de nosotros mismos porque ya estamos satisfechos con lo que somos y se nos ha extirpado el deseo de lo posible. Cuando todo lo posible es lo real, lo real es la peor de las condenas.
Leo que hay que valorar y aceptar nuestra imperfección para crecer. Entramos en esa fina línea entre aceptación y resignación. Cuentan que mejor que resignarnos (que implica tirar la toalla, pensar que ya no hay solución), el camino es la aceptación…
Puesto que nos encontramos siempre en un cruce de caminos, estamos abiertos a lo mejor y a lo peor de lo que podemos ser. Y hay que reconocer que no hay posibilidad que no haya sido elegida por algún humano. No hay dos seres humanos con la misma trayectoria. Obviamente hay quien tira la toalla y decide hacer mutis por el foro y quien renuncia a auto-construirse para dejar la responsabilidad de lo que puede ser en manos ajenas. En esto consiste el esclavismo voluntario.
¿Uno nace mediocre o con el transcurrir de la vida se va haciendo?
Llevamos la mediocridad en nuestra esencia, porque es la condición de posibilidad de nuestra libertad, de nuestra singularidad (la haecceitas de los escolásticos, que nombra la singularidad irreductible de cada mediocre). Por eso poseemos una dignidad ontológica. Pero como vivir humanamente es decidir, trazamos trayectorias en el tiempo que son las que hacen posible la dignidad moral (la diferencia entre dignidad ontológica y dignidad moral es de Leopoldo Eulogio Palacios). Sólo las estatuas están acabadas.
Por otra parte, parece horrible tener que adaptarte a una sociedad que no te gusta –que exige tanto y ofrece tan poco– porque la mayoría acepta y consiente todo. Los que vivimos «en medio», ¿cómo afrontamos ese aislamiento que supone estar en minoría?
Nacemos con la posibilidad tanto de ser originales como de contentarnos con ser copias. Lo primero es más difícil (es el camino del ascenso hacia la cumbre del mediocre); lo segundo más cómodo (el descenso). Todos hemos sentido alguna vez el placer de ser uno más (de ser miembros del rebaño, de formar parte de los nuestros). Y es bueno dejarnos llevar de vez en cuando porque somos con los otros, somos en copertenencia y es difícil amarse a sí mismo si se detesta a los otros. Hay una cierta salud en disfrutar del hecho de ser uno más. Pero hay una salud mayor en el reconocimiento de que la salud de la copertenencia y del cuidado de sí mismo no siempre coincide. Este es otro de los cruces de caminos a los que se ve abocado el mediocre. Y no el menor. No hay manera de decidir cómo cuidar de uno mismo sin decidir cómo cuidar de nuestro ámbito de copertenencia.
Inquieta también la indiferencia. Abundan los tibios, contra los que, con razón, arremetía San Pablo. La apatía y la inacción domina cada vez más, ¿Qué está pasando con la conciencia de esta sociedad?
Obviamente, la cobardía y el mimetismo conformista son dos posibilidades del mediocre. Lo preocupante no es transitar ocasionalmente por ellas, sino instalarse en ellas. Una cosa es darse un descanso y otra, quedarse a vivir en el descansillo. El filósofo y jurista británico Stephen Fitzjames escribió en su Liberty, Equality, Fraternity: «Nos encontramos en un paso de montaña en medio de remolinos de nieve y una niebla espesa, a través de la cual vislumbramos de vez en cuando senderos que pueden ser engañosos. Si nos quedamos quietos, moriremos congelados. Si tomamos el camino equivocado, caeremos por un precipicio y acabaremos hechos pedazos. No sabemos con certeza si existe un camino correcto. ¿Qué debemos hacer? ‘Sé fuerte y valiente’. Actúa buscando lo mejor, aspira a lo mejor y acepta lo que venga. Sobre todo, no caigamos en sueños quiméricos y no digamos mentiras. Debemos seguir nuestro camino, adonde sea que nos lleve, con los ojos abiertos y la cabeza erguida. Si la muerte acaba con todo, no podemos encararla mejor. Si no es así, hagamos lo que haya que hacer con honestidad, sin amaneramientos en nuestras palabras ni máscaras en el rostro».
Andrea Camilleri decía: «El mundo se ha convertido en un lugar horrible; ya no pienso…» ¿No cree que una de las cosas más peligrosas que suceden es que hemos dejado de pensar? Comprobamos a diario que no se estimulan ni la crítica ni la reflexión…
En las cosas humanas, mejor no ponerse estupendo, entre otras cosas porque nadie está completamente seguro de lo que hará el día de mañana. Aquí, en la mitad de la ascensión, todos añoramos, más tarde o más temprano, la comodidad de la llanura. No creo que ahora pensemos menos que en épocas anteriores. Ni recuerdo que antes hubiera mucha gente leyendo la Fenomenología del Espíritu de Hegel en los transportes públicos. Lo que ocurre es que ahora nos hemos empeñado en pensar sintiendo, olvidando el sabio consejo de Bécquer –precisamente Bécquer–: «Cuando siento no escribo». El mundo tiene cosas horribles. Pero si nuestra imagen del mundo sólo tiene en cuenta esas cosas, entonces tenemos muy poco mundo. Para ver bien el mundo hay algo imprescindible: amarlo. Respecto a lo de pensar bien, ¿alguien duda de que un buen pensador es tan raro como un buen artista? La mayoría nos conformamos con verdades de segunda mano. Y no está mal, si nos ayudan a movernos con sentido. Los pensadores genuinos suelen encontrar perlas intelectuales en nuestros materiales de desecho, que de esta manera, como dice Emerson, estos desechos «vuelven a nosotros con una cierta alienada majestad».
Qué importante el lenguaje y la palabra. Decía San Agustín, «soy de los que escriben porque han hecho algún progreso, y de los que progresan escribiendo». Cómo nos expresamos dice todo de uno, determina una forma de ser. ¿Escribiendo es cuando uno va descubriendo la complejidad de nuestras ideas…?
Una de las misiones más nobles del mediocre es la de proseguir la obra de Adán y continuar empalabrando el mundo, para hacerlo intelectualmente asequible. Una de las formas de cumplir con esta misión es la de empalabrarse uno mismo por medio del vehículo más eficaz que tenemos: la escritura. Escribir no es sólo un medio de transmitir ideas, es, sobre todo, un medio de tenerlas y, posiblemente, no haya sustituto para este tipo de auto-conocimiento. Cuando decimos que sabemos lo que queremos decir pero que no sabemos escribirlo, es que nuestras ideas no son ni claras ni distintas. Con frecuencia descubrimos al ponernos a escribir que aquello en lo que creemos no es exactamente aquello en lo que creíamos creer. Si lo que Luis Vives llamaba el «ars nesciendi» (el arte de no saber) tiene una escuela, es la de la escritura. Mientras estamos desarrollando una idea, algo de nosotros hace, en el silencio, de vigía crítico de nosotros mismos.
Por no hablar de la educación. Escuchas en clase, «¿para qué esforzarme si se me va a compensar igual que al alumno que no trabaja nada? », en alusión a no repetir curso con varios suspensos, por ejemplo. ¿No es una sociedad mediocre la que vamos a formar así? Alrededor del 30% de los alumnos no alcanza un nivel de comprensión lectora… Me quedo con aquella anécdota en un colegio de Colombia. Le decían: «Respete a nuestros alumnos; no se lo ponga muy fácil…»
«¿Para qué sirve esto? » preguntan con frecuencia los malos alumnos, que son aquellos para los cuales el saber tiene un valor meramente instrumental. Bajo su punto de vista, el saber más valioso sería el mejor cotizado en el mercado. No negaré su valor. Pero por encima de él está el valor del conocimiento libre del hombre libre: el saber que satisface a sí mismo, cuya finalidad es el saber por el saber. Añadamos que el saber valioso hay que conquistarlo, no se nos ofrece nunca sin esfuerzo, pero es el esfuerzo el que nos hace esforzados. A finales de la década de 1980, el proyecto Biosfera 2 encerró a un equipo de científicos en un mundo en miniatura autosuficiente. Su objetivo era comprobar si un sistema cerrado podía sustentar la vida humana, sirviendo como posible modelo para la supervivencia en Marte. Surgió un fenómeno sorprendente: una vez que los árboles dentro de la cúpula alcanzaban cierta altura, simplemente se caían. Los científicos descubrieron que los árboles carecían de «madera resistente al estrés», una característica crucial que se desarrolla únicamente cuando un árbol está expuesto a la resistencia del viento. Este mismo principio se aplica a la educación y, más en concreto, a nuestra relación con el saber.
Tampoco se estimula memorizar ni retener datos («está en internet», les dicen). Eso sí, fomentan las «matemáticas de sentimientos», por ejemplo. Quieren ciudadanos empáticos, ecologistas… Y el tema es que la vida va de otra cosa. O eres fuerte para afrontar conflictos o acabas frustrado…
Conviene reconocerlo para calibrar bien nuestras esperanzas: Hay mucha ignorancia en el mundo de la pedagogía. Y es la peor de las ignorancias, porque no tiene ninguna conciencia de sí misma. En el campo en el que más claramente se pone esto de manifiesto es en el de la memoria, que no tiene nada que ver con archivo polvoriento de datos inconexos. La memoria es dinámica, activa, creadora. Cada vez que recordamos modificamos un recuerdo. Es imprescindible para el desarrollo de cualquier operación intelectual. Tiene razón Shakespeare cuando escribe que: «La memoria es el centinela de la inteligencia». En resumen: no hay aprendizaje sin una modificación de la memoria porque la memoria no es otra cosa que el residuo que deja la experiencia al pasar. ¿Y qué es saber sino recordar a tiempo?
Antonio Banderas, que está creando muchos puestos de trabajo con su Teatro del Soho en Málaga, decía: «Se hace país con la gente que se la juega». Y ahí entramos en los pecados capitales. No hay que ir muy lejos para toparnos con los que vuelcan su cólera hacia los que destacan. Es decir, mediocridad + envidia ya es la ruina total… Sobre los envidiosos, los egoístas… ¿qué hacemos?
La envidia es propia de quien ha renunciado a la subida y se ha dejado llevar por la inercia hasta el valle, donde hay un hotelito con tumbonas y cerveza helada y desde allí intenta ridiculizar a los que continúan ascendiendo, porque no encuentra sentido a su esfuerzo. Pero no estoy seguro de que la envidia sea peor que la ignorancia voluntaria de aquel que pasa al lado de la grandeza y no se entera. El buen salvaje es el mediocre que ante una magnificente puesta de sol, ante Las meninas de Velázquez, ante un hermoso rostro humano, ante un cuarteto de cuerda de Beethoven o ante un vestido elegante sólo sabe decir una cosa: «¡Qué bonito! » Admitamos una verdad un poco deprimente: para ascender hay que esforzarse.
Y para rematar, la política. Políticos que no presentan leyes que mejoren la vida del ciudadano, pero aparecen rodeados de ruindad e inmoralidad, a tenor de lo que leemos en prensa con algunos de ellos ya en prisión. ¿Dónde quedaron los valores? ¿Cómo no va a ser mediocre la sociedad con esta atmósfera de tanta bajeza? Gómez Dávila creía que no podía existir una política alta sin fines espirituales…
La primera vez que visité Bogotá, nada más bajar del avión corrí hasta la casa donde vivió Gómez de Ávila, don Colacho. He pasado magníficos ratos con él (es decir, con sus Escolios a un texto implícito). Ha sido uno de los que me han enseñado que las emociones no pueden organizarse y jerarquizarse a sí mismas. Necesitan un principio moral que las oriente, que solo puede ser el tipo de persona al que deseamos parecernos. Por eso en diferentes culturas se valoran de manera diferente las mismas emociones. Me pregunto si no debiéramos recuperar nosotros el modelo del hijodalgo. Sin valores no hay educación emocional. Sin un modelo de persona que ejemplifique el deber, la empatía es moralmente ambigua. ¡Dios nos libre de un maquiavélico con empatía!
Y me refiero también a uno de sus escolios, «el número de votos que elige a un gobernante no mide su legitimidad, sino su mediocridad». Por cierto, ¿podemos estar esperanzados?
Insisto en que la mediocridad, entendida etimológicamente, no tiene un componente negativo, sino de posibilidad. En este sentido los votos que recibe un gobernante son algo a gestionar, no a ahorrar. La esperanza es la virtud del que mira hacia arriba, es más un optimismo espontáneo que una deducción lógica. Dado que, como reconocía fray Luis de León (De legibus), nunca dispondremos de gobernantes omnipotentes y omniscientes, debemos confiar, para vivir en común, en el derecho y la prudencia. No hay lección más urgente que aprender en estos días.
(Fotografía de Pilar Liberal)