Paul Gottfried: «Creo que existe un plan para sustituir a la población occidental. Hay que estar ciego para no verlo»

Entrevista con el historiador y filósofo político conservador, gran conocedor de la derecha en EE. UU,

En After Liberalism sostiene que la democracia liberal ha evolucionado hasta convertirse en un Estado gerencial. ¿Cree que el Estado gerencial es hoy más poderoso que la democracia electoral, o que ambos están vinculados?

A veces utilizo la expresión «democracia liberal» de forma sarcástica, porque no creo que tenga demasiado que ver ni con el liberalismo ni con la democracia. Es la forma en que una determinada élite política, cultural y social decide describirse a sí misma y presentar lo que hace como liberal y democrático.

En un país como Alemania ni siquiera se finge que la democracia guarde realmente relación con la voluntad popular. Lo que existe es una ideología antifascista impuesta a la población por la clase dirigente. Esta se mantiene en el poder porque puede manipular las elecciones para ganarlas y porque se organiza conjuntamente contra un único partido, Alternativa para Alemania, que no es en absoluto un partido fascista. Se parece más al Partido Republicano de Estados Unidos. Sin embargo, la clase dirigente consigue convertirlo en chivo expiatorio, de manera parecida a lo que hace con Vox en España, y presenta la situación como si todos tuvieran que mantenerse unidos para combatir el fascismo. Se trata de un fascismo completamente ficticio.

Mediante esa manipulación electoral suelen conseguir mayorías. Después, cualquier cosa que la élite quiera hacer en materia de ingeniería social resulta permisible: se convence a la población de que se enfrenta a un peligro fascista y de que, por ello, sus libertades democráticas o constitucionales deben limitarse o manipularse. A todo eso se lo denomina «democracia liberal», aunque ni protege adecuadamente los derechos constitucionales ni es verdaderamente una democracia.

La única democracia que reconocería como tal es una democracia nacional: una nación o una comunidad que se gobierna a sí misma. No existen democracias globales. Las burocracias no crean democracia; por su propia naturaleza son antidemocráticas. Hay un conflicto o una contradicción inevitable entre la democracia y el gobierno tecnocrático de expertos autoproclamados que pretenden decidir por nosotros en qué consiste nuestra democracia.

Por tanto, las definiciones actuales de democracia no tienen nada que ver con un autogobierno popular real y serio. Cuando se elimina la identidad nacional y la comunidad, que son precisamente los ámbitos en los que la democracia puede prosperar, el resultado es una forma de autogobierno completamente artificial.

¿Cuál es la principal diferencia entre el liberalismo antiguo o clásico y el liberalismo contemporáneo? ¿Qué ha cambiado?

El liberalismo contemporáneo no tiene nada que ver con el liberalismo. Como sostengo en After Liberalism, desde hace aproximadamente un siglo se llama liberalismo a cualquier cosa que el Estado gerencial decida hacer. También se la llama democracia, según el término que prefieran utilizar.

Supongo que el liberalismo todavía conserva alguna relación vaga con la libertad, pero en la práctica no es así. Los llamados liberales modernos, que no son liberales en absoluto, suelen restringir o destruir libertades constitucionales o libertades que la población había conquistado en épocas anteriores. La inmigración, en particular la procedente del tercer mundo, destruye lo que queda de identidad o unidad nacional, que constituye el terreno imprescindible para la democracia. Sin identidad nacional no hay democracia.

¿Está vinculado el multiculturalismo con el proyecto de unas élites que quieren destruir nuestra civilización?

Sí, es absolutamente cierto. No estoy completamente seguro de con qué pretenden sustituirla, pero sí quieren destruir nuestra civilización. Esa es la razón por la que nos están desbordando con poblaciones musulmanas procedentes del tercer mundo: el resultado será que dejará de existir una sociedad occidental, blanca y cristiana. Si estas personas tienen éxito, se producirá lo que los franceses denominan le grand remplacement, el gran reemplazo.

Esa sería la condición previa no solo para que continúe su dominio, sino para que sea perfecto. Quienes impulsan este proceso creen que seguirán al mando y que no habrá oposición, como si los musulmanes que llegan no fueran a oponerse a ellos cuando tuvieran la oportunidad. Creo que el resultado buscado es la destrucción de todo aquello que permitía reconocer lo que eran anteriormente las sociedades occidentales.

¿Considera que se trata de algo deliberado o de una consecuencia negativa no buscada? Es decir, ¿estas élites acogen a inmigrantes del tercer mundo porque creen que actúan moralmente bien, aunque ello termine destruyendo las normas y valores que hacen posible una civilización?

Existe una interpretación benévola de lo que está ocurriendo que yo no acepto en absoluto: la idea de que estas personas desean sinceramente lo mejor para nosotros, pero producen consecuencias negativas, o de que están movidas por sentimientos bondadosos. Se presenta, por ejemplo, al papa acogiendo con flores a poblaciones musulmanas del tercer mundo como si estuviera siguiendo el ejemplo de Jesucristo. No lo creo.

Creo que existe un plan para sustituir a la población occidental. El autor francés que escribió sobre esta cuestión tiene razón. Eso es exactamente lo que está sucediendo; hay que estar ciego para no verlo. Quieren sustituir a una población que no les gusta y a la que, al mismo tiempo, animan a no tener hijos. No quieren que haya más miembros de esa población y desean traer otra para reemplazarla.

Puede haber varias razones. Una de ellas es sencillamente el odio. Estoy completamente convencido de que estas personas odian de verdad a los cristianos blancos occidentales. Los consideran estúpidos y fanáticos. En cambio, creen que los musulmanes que están introduciendo serán personas agradables porque las élites podrán reeducarlos, algo que evidentemente nunca ocurrirá. Al final, esas élites serán desbordadas y recibirán lo que merecen, aunque desgraciadamente todos los demás también serán destruidos.

No creo que este proceso esté motivado en modo alguno por la bondad. La motivación es el odio hacia la sociedad occidental, blanca y cristiana, o el deseo de ejercer un poder total sobre una población que creen que podrán controlar.

¿Quiénes son responsables? La llamada derecha moderada -que en realidad quizá no sea derecha-, el neoconservadurismo y los partidos democristianos europeos también han permitido la entrada de inmigración procedente del tercer mundo. ¿Qué responsabilidad tienen?

Son falsas derechas. No son la derecha. Su función consiste simplemente en mantener una apariencia de equilibrio dentro del espectro político para poder afirmar que existe una democracia en la que todos están representados salvo los fascistas.

En Estados Unidos tenemos a los neoconservadores, que en realidad no son la derecha, aunque disponen de suficiente dinero y respaldo del capitalismo corporativo como para presentarse como tal. Son equivalentes a los democristianos europeos. Su aspiración es encontrar una oposición de izquierda moderada con la que puedan hacer política.

Mientras tanto, trabajan para marginar y excluir todo lo que se encuentre a su derecha, porque se presentan como los auténticos conservadores moderados. Sin embargo, no hacen más que ceder terreno ante la izquierda. Cooperan con la burocracia multinacional y globalista. Son completamente inútiles; peor aún, porque crean la apariencia de una oposición cuando en realidad no lo son.

¿Qué papel desempeñan instituciones como la Iglesia o, en el caso de España, la monarquía constitucional? La monarquía actual parece haber dejado de ser una verdadera monarquía y comparte planteamientos semejantes a los del Partido Socialista

El caso español me parece fascinante. Se bromeaba con que, en España, una restauración borbónica era un acto progresista. Si pensamos en Europa, los Borbones fueron tradicionalmente una de las dinastías más conservadoras, pero en España han cumplido exactamente la función contraria.

Durante mucho tiempo sentí una gran simpatía por las monarquías, pero debo reconocer que, en esencia, terminan siendo utilizadas por la izquierda. Incluso pueden resultar peores, porque proporcionan una fachada detrás de la cual la izquierda puede actuar. Se presenta el régimen como conservador porque es una monarquía, aunque en realidad no lo sea.

Siempre recuerdo que, al final de la Segunda Guerra Mundial, muchos comunistas rumanos querían una monarquía comunista. Supongo que los soviéticos descartaron la idea, pero probablemente habría funcionado. La monarquía ofrece una apariencia de continuidad: se remonta a la Edad Media, está vinculada a la nación y a su historia. Pero ¿qué ocurre si el monarca, como sucede en Inglaterra, España o los países escandinavos, se presta a transformaciones radicales y no hace nada para oponerse a ellas? Si se opusiera, sencillamente sería apartado. Lo que contemplamos no es un gobierno monárquico, sino un gobierno gerencial de izquierdas que permite sobrevivir a la monarquía porque puede utilizarla para proyectar una imagen de continuidad y conservadurismo.

Pero esa imagen de continuidad también parece haberse vaciado, por ejemplo, en el Reino Unido, a medida que han cambiado las leyes y el funcionamiento parlamentario. ¿No es así?

No tengo nada contra la monarquía en sí. No existe razón alguna por la que un monarca no pueda ejercer el poder ejecutivo en lugar de un presidente. Es coherente con la historia de muchos países y puede formar parte de un equilibrio institucional: existe un Parlamento y existe un rey; el rey podría ejercer el poder ejecutivo dentro de ese sistema. El problema es que actualmente se trata de monarquías de escaparate. Se afirma que los monarcas «reinan, pero no gobiernan», aunque la situación es incluso peor: son utilizados para fines que no controlan en absoluto.

¿Por qué la izquierda posmarxista consiguió tanta eficacia al capturar las instituciones, incluso después de que las tesis económicas del marxismo perdieran credibilidad?

Si ha leído mi obra, habrá visto que no considero marxistas a estos llamados socialistas democráticos. No son marxistas auténticos; son una izquierda woke. Promueven la agenda LGBT, sienten hostilidad hacia la raza blanca, defienden las fronteras abiertas, quieren sustituir a la población y sostienen toda clase de programas económicos disparatados. Pero no creo que eso constituya socialismo.

No reclaman la nacionalización de los medios de producción. Los socialistas, en general, no han defendido las fronteras abiertas, y los marxistas ciertamente tampoco, porque comprendían que la inmigración perjudicaba a su propia clase trabajadora. Los marxistas que han gobernado han sido muy conservadores en numerosas cuestiones sociales. Por tanto, estas personas no me parecen marxistas.

A menudo me acusan de ser un «marxista de derechas» porque defiendo a los marxistas frente a la izquierda woke. Lo hago porque considero que la izquierda woke es mucho más peligrosa. No creo que sea marxista: representa un veneno completamente distinto y, en el caso de los países occidentales, un veneno mortal, porque estos ni siquiera lo combaten eficazmente.

Además, calificar de marxista a toda la oposición es simplemente un reflejo de la Guerra Fría. Los republicanos estadounidenses pasaron sesenta años combatiendo el comunismo y, por ello, a los conservadores de cierta generación -incluido el presidente Trump- les resulta fácil imaginar que siguen luchando contra él. Piensan que Mamdani en Nueva York es una especie de nuevo Stalin o Castro. No lo es; es algo completamente diferente. No entienden esa diferencia y no se puede combatir al enemigo hasta reconocer lo que realmente es. Estas personas no son comunistas. Cuanto más insistimos en llamarlas comunistas, más ridículos resultamos.

Algunas personas califican a Mamdani de islamista. Sin embargo, resulta extraño ver a un islamista participando en actos del orgullo gay y apoyando ese tipo de causas. ¿Qué representa realmente una figura como Mamdani?

No sé exactamente qué es Mamdani. Sí creo que muchos musulmanes se han aliado actualmente con la izquierda woke. Lo vemos con Sadiq Khan en Londres o con Ilhan Omar en Minneapolis. Han comprendido que, si quieren alcanzar el poder, deben aliarse con occidentales moralmente decadentes: activistas homosexuales y transgénero, feministas radicales y otros sectores semejantes.

Se alían con ellos porque constituyen el vehículo mediante el cual pueden llegar al poder. Mantienen esa alianza hasta que los musulmanes estén en condiciones de mostrar lo que realmente son. Entonces podría aparecer algo parecido al régimen iraní o a otros gobiernos musulmanes desagradables. Pero, mientras no tengan fuerza suficiente, intentan ascender apoyándose en esos occidentales woke, muchos de los cuales son muy jóvenes, impresionables y aceptan este discurso sin cuestionarlo.

También utilizan la palabra «socialista» porque prometen redistribuir dinero entre su propio electorado. Eso es todo. Es lo que suele hacer la izquierda: asegurarse de que quienes la votan reciban bienes y ventajas. Los demócratas han hecho algo semejante en Estados Unidos con los inmigrantes irregulares, a quienes, según mi interpretación, han introducido como futuros votantes demócratas y proporcionado vivienda y otras prestaciones porque necesitan ampliar su poder.

Esa es la alianza que muchos musulmanes han establecido. No creo que actuaran del mismo modo si pudieran ejercer el poder total. Sospecho que harían cosas más parecidas a las que se observan en los países musulmanes.

¿Por qué la izquierda ha conseguido apoderarse de prácticamente todas las instituciones?

Existe un término alemán, Gleichschaltung, que significa coordinar o uniformar todas las instituciones. Fue algo a lo que aspiraron tanto Hitler como Stalin: conseguir que cada institución vital de la sociedad sirviera al mismo propósito. La izquierda woke contemporánea ha logrado algo semejante en todos los países occidentales.

Ha tomado la educación, la cultura y el capitalismo corporativo. Este último se ha convertido básicamente en una criatura de la clase gerencial woke. Aunque Trump diga que no puede haber programas de diversidad, equidad e inclusión, determinadas políticas de género o ciertas agendas feministas, las grandes empresas pueden desafiar al presidente porque no lo reconocen como propio y esperan que un futuro gobierno de izquierdas vuelva a respaldarlas. Las corporaciones impulsan por sí mismas esa agenda; forman parte del mismo sistema.

La izquierda se ha apoderado de determinadas instituciones poderosas en todos los países occidentales. La burocracia estatal está ocupada casi por completo por ella. Controla los medios de comunicación de masas, la industria del entretenimiento y lo que los alemanes llaman la industria cultural. Cuando enciendo la televisión, todo es izquierda woke. En muchos anuncios se elimina o reduce la presencia de personas blancas y se da prioridad a homosexuales, negros y otros grupos. La industria del entretenimiento y el cine están alineados con la agenda izquierdista. Si viajara a Inglaterra, Alemania o Francia, vería lo mismo.

Parece una conquista casi total, salvo por la derecha populista. En España quizá represente aproximadamente a un tercio de la población; en Francia y Alemania, tal vez una proporción semejante. En Estados Unidos se acerca a la mitad, por lo que creo que aquí existe una posibilidad mayor de resistencia. Esas son las personas que todavía se oponen.

¿La mejor forma de combatir esa hegemonía consiste en recuperar también el control de las instituciones? ¿Apoya una estrategia gramsciana de derechas?

Sí. Soy un gramsciano de derechas y estoy escribiendo un libro sobre ello. Admiro mucho a Gramsci. Eso es exactamente lo que hay que hacer, aunque creo que existen métodos más rápidos para obtener resultados sin tener que conquistar de una sola vez todas las instituciones culturales.

Por ejemplo, prescindir de funcionarios públicos puede ser eficaz, porque cabe suponer que muchos de ellos pertenecen a la izquierda y promueven sus agendas. También habría que acabar con determinadas organizaciones no gubernamentales. Esos son requisitos mínimos.

Hay muchas cosas de Donald Trump que no me gustan, especialmente algunos de sus discursos, que me parecen horribles. Sin embargo, valoro que esté reduciendo el número de ONG y de burócratas y que trate de limitar el dinero destinado a ciertas especialidades académicas y universidades. Son medidas inmediatas necesarias para afrontar el problema. A largo plazo, no obstante, también habrá que recuperar la cultura.

Trump tampoco cuenta con el apoyo de Hollywood ni de la mayoría de las instituciones culturales

Exactamente. En la década de 1950, gran parte de Hollywood era muy conservadora. Escribí un artículo editorial sobre ello. Antes, durante la guerra, algunas personas de la industria habían trabajado para el Partido Comunista, pero la situación cambió en los años cincuenta. Hollywood se alineó entonces con la lucha contra el comunismo y era muy patriótico.

Posteriormente, la izquierda se apoderó de la industria por completo, aunque no fue necesariamente la izquierda procomunista, sino más bien la izquierda woke que vemos ahora. Puede que Hollywood esté ya irremediablemente perdido; ni siquiera sé por dónde se podría empezar a sanearlo.

Una de las alternativas que se han intentado es producir películas cristianas, pero suelen ser películas muy malas que se limitan a transmitir una determinada posición moral. Respeto a quienes las hacen y creo que son buenas personas, pero normalmente no producen buen cine.

Por supuesto, la izquierda también hace películas pésimas, aunque controla la industria cultural. Sus películas son como malas producciones propagandísticas nazis o comunistas: cada escena está políticamente condicionada. En una película como One Battle After Another, por ejemplo, todas las personas blancas aparecen como malas y fanáticas, mientras que poblaciones del tercer mundo, incluidos inmigrantes irregulares, llegan para liberarnos. Ese es el tipo de películas que ahora obtiene premios de la Academia. Recuperar Hollywood será muy difícil.

Muchas películas infantiles contienen actualmente una gran carga ideológica woke y una agenda anticristiana. A menudo se introduce de manera disimulada. ¿Deberían preocuparse los padres?

Sí. Lo hacen en las películas infantiles y también introducen libros woke y contenidos transgénero en las bibliotecas de los colegios públicos de todo Estados Unidos. Vivo en un pequeño municipio de la Pensilvania rural. La mayoría de sus habitantes desciende de pietistas alemanes que llegaron a comienzos del siglo XVIII. Sin embargo, aproximadamente la mitad del sistema escolar es woke y los sindicatos de profesores también lo son. Cerca de mi localidad hay una pequeña universidad que en su origen fue una institución pietista alemana y que ahora se ha convertido sencillamente en una universidad woke.

En mi zona, muchas de las personas vinculadas a esas instituciones votan a candidatas feministas de extrema izquierda. Durante las campañas presidenciales, los únicos carteles que veo colocarse son los de los candidatos de izquierdas. Son muy eficaces movilizándose en todas partes.

Uno de sus recursos más importantes son las mujeres de mediana edad con formación universitaria, que se encuentran entre los sectores más radicales del país. Lo observo incluso en mi propia familia. Les atraen el feminismo, los derechos de los homosexuales y ese tipo de causas, y se movilizan por ellas.

No se trata únicamente de mujeres solteras, de las llamadas «mujeres de los gatos» de las que se burló J. D. Vance. También ocurre entre mujeres casadas. Sus maridos suelen estar muy reprimidos o ser poco asertivos, y las mujeres terminan dirigiéndolo todo. Eso me lleva a preguntarme si fue una buena idea conceder el voto a las mujeres. Evidentemente, ya no puede revertirse, pero, a la vista de lo que observo, probablemente no fue una buena idea.

En relación con la inmigración, se producen situaciones en las que determinados comportamientos muy graves reciben un trato diferente según quién los cometa. Recuerdo un vídeo grabado en algún país europeo -quizá Italia o Francia- en el que un hombre negro se masturbaba en un espacio público. Varias personas intentaron agredirlo y una mujer intervino para impedirlo

Sí. Cuanto más escandalosa es la conducta, mejor parece funcionar esa reacción, siempre que no la lleve a cabo una persona blanca. Si una persona negra insulta a una mujer o dice cosas horribles, y además pertenece al Partido Demócrata o a los Socialistas Democráticos, parece que puede hacer lo que quiera.

Existen dobles y triples raseros, y una parte de la población los acepta de buen grado. La explicación habitual es que esa persona desciende de esclavos o ha tenido una vida difícil porque vive en una sociedad blanca, masculina y prejuiciosa. En consecuencia, cualquier cosa que haga se considera justificable.

Quisiera hablar de los libertarios. Como ha señalado, muchas grandes empresas respaldan la agenda woke e incluso se enfrentan al Gobierno cuando se aprueba alguna medida contraria a las políticas transgénero. Si desapareciera el Estado, como desean algunos libertarios, ¿cree que las corporaciones se volverían conservadoras?

No lo sé. Mi principal problema con los modelos libertarios es que no guardan relación con el mundo real. Los libertarios son muy buenos criticando cosas que merecen ser criticadas. He releído, por ejemplo, el libro de Murray Rothbard sobre la Gran Depresión: es una obra brillante y puede que tenga toda la razón, pero hoy resulta irrelevante; ya no determina nada.

Hay que aceptar el modelo de capitalismo que realmente existe, y lo que observo es un capitalismo corporativo woke. Existen excepciones que deberían recibir apoyo. Pienso, por ejemplo, en Hobby Lobby, dirigida por cristianos evangélicos: parecen personas decentes y practican la libre empresa. Hay empresas de ese tipo.

Sin embargo, si miramos a las grandes corporaciones, comprobamos que las empresas woke no quiebran; les va muy bien. Imponen esa agenda incluso cuando el Gobierno no la respalda, probablemente porque calculan que el siguiente Gobierno volverá a apoyarla. Practican un capitalismo clientelar, viven de contratos públicos y desean favores gubernamentales. También les gustan los programas de discriminación positiva para minorías, porque muchas empresas pequeñas carecen de recursos para crear y administrar esos programas. Eso proporciona a las grandes corporaciones una ventaja competitiva.

No debe subestimarse hasta qué punto muchas de estas personas son corruptas y despreciables. No basta con decir que simplemente siguen un modelo gubernamental equivocado o que pueden ser persuadidas para cambiar. El Gobierno y el sistema no permitirán que eso ocurra. El Estado, la economía y la cultura funcionan conjuntamente y se encuentran coordinados. No creo que esa realidad vaya a cambiar por sí sola. Ese es el modelo real al que nos enfrentamos. Puedo escuchar alternativas libertarias, pero quizá ya no sean pertinentes.

Otra crítica que hago a los libertarios es que no son realistas políticos ni actores políticos efectivos. Se quejan de que los populistas no creen en la libre empresa, y probablemente sea cierto, pero los populistas son la única oposición real que veo en este momento.

Tal vez en el futuro pueda reintroducirse un capitalismo más puro, pero actualmente el libertarismo no ofrece soluciones viables para los problemas reales. La inmensa mayoría de la población no acepta sus propuestas. La izquierda, desde luego, no las acepta, y la oposición existente se inclina en gran medida por una economía intervencionista.

Algunos libertarios sí han respaldado en determinados momentos estrategias acertadas. Rothbard formó parte del movimiento paleoconservador y Hans-Hermann Hoppe, por ejemplo, ha mantenido una posición firme contra la inmigración procedente del tercer mundo

Estoy de acuerdo con Hoppe en materia de inmigración y comparto muchos de sus valores. Mi duda se refiere a las soluciones libertarias: no creo que vayan a funcionar. Además, filosóficamente no soy libertario; más bien sostengo la posición contraria. Creo que las personas están necesariamente arraigadas en comunidades y que solo dentro de ellas pueden desarrollarse plenamente.

El Estado gerencial woke se opone a las comunidades y a las relaciones humanas orgánicas, salvo cuando se trata de las comunidades musulmanas que está introduciendo para sustituir a la población anterior. No creo que los individuos se determinen a sí mismos mediante un simple acto de voluntad. Esa idea me recuerda a cierta filosofía alemana de comienzos del siglo XIX, y no precisamente a su mejor versión.

Por tanto, no comparto la filosofía libertaria. Sí coincido, sin embargo, con parte de su análisis del Estado gerencial. Estoy de acuerdo con Robert Higgs y con otros autores libertarios cuando explican cómo surgió ese Estado, cómo destruyó estructuras gubernamentales anteriores y cómo absorbió el capitalismo tradicional. La cuestión es qué podemos hacer a partir de ahora. No creo que sea posible restaurar sin más aquellos modelos de libre mercado.

Hace solo unos treinta años se formaron el movimiento paleoconservador y la coalición paleo, de la que usted formó parte. ¿Cómo surgió ese espacio político?

Intento distinguir entre las formas anteriores del conservadurismo estadounidense y los paleoconservadores. El director de National Review, que nos detesta, señala que nosotros no somos los conservadores tradicionales que existían en la década de 1950, sino algo diferente. Nunca lo he negado; es completamente cierto.

El paleoconservadurismo apareció o se convirtió en una fuerza política en oposición a los neoconservadores. Al mismo tiempo, absorbió movimientos conservadores anteriores, que pasaron a formar parte de nuestra visión del mundo y de aquello por lo que luchábamos. Por eso mantenemos una relación mucho más estrecha con la vieja derecha -en realidad, con varias viejas derechas- que los neoconservadores, quienes se apoderaron del movimiento conservador y nos marginaron por completo.

En general, nos oponemos al intervencionismo militar y rechazamos totalmente la idea de que Estados Unidos exista para difundir la democracia o los derechos humanos por todo el mundo, o cualquier otra consigna que las élites gerenciales estén impulsando en un momento determinado. También creemos en un Gobierno descentralizado. En ese sentido nos parecemos a los carlistas españoles, que querían recuperar los fueros y las antiguas potestades locales.

Esas son algunas posiciones paleoconservadoras, aunque no necesariamente bastan para afrontar la situación actual. Existe otra corriente del paleoconservadurismo que quizá yo represente, y de la que también forman parte Pat Buchanan y Sam Francis: la defensa de una revuelta populista contra la izquierda, semejante a la que se observa actualmente en Europa.

No sé si Trump es la respuesta. No creo que tenga el carácter o la personalidad necesarios. Tampoco me convence ese triunfalismo estadounidense que se limita a proclamar constantemente la grandeza del país. Estados Unidos afronta problemas muy graves. La idea de que nunca hemos estado mejor que ahora es equivocada. El país atraviesa una profunda crisis moral, cultural y social.

Apoyo un populismo que reaccione contra la izquierda, no uno que se obsesione con cuestiones triviales, como una salsa de ensalada o un partido de fútbol y que trate de traidor a quien anima a otro equipo. Escucho ese tipo de cosas en Fox News y me parecen ridículas. Hay problemas serios que deben abordarse, especialmente los avances logrados por una izquierda desequilibrada durante los últimos sesenta o setenta años. Eso es mucho más importante que quién gana un partido de fútbol o si los alemanes comen una determinada salsa estadounidense.

Los paleoconservadores somos conscientes de que hay mucho que corregir en Estados Unidos. Sin embargo, existe cierta división entre quienes creen que se puede regresar a pequeñas comunidades locales -algo que me gustaría que fuera posible a largo plazo- y quienes defendemos un gran movimiento nacional de masas.

En ocasiones será necesario pasar por encima de los derechos de los estados para conseguirlo. ¿De qué otro modo podría actuarse frente a estados como Minnesota o California? Si el Gobierno federal envía agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas y se produce resistencia violenta, tendrá que afrontar esa violencia y continuar aplicando la ley. Por eso, en la situación actual, la descentralización por sí sola no funciona. El poder de la izquierda se extiende por todas partes y es necesario oponerle también el respaldo del Gobierno central.

En Europa, gran parte de la derecha considera que el principal peligro es la inmigración masiva. Existen también problemas económicos y morales, pero en España, por ejemplo, se afirma que alrededor del 20 % de la población está formada por inmigrantes procedentes del tercer mundo, y en países como el Reino Unido o Francia la situación sería aún más acusada. ¿Está de acuerdo en que este es el problema principal?

Sí, estoy completamente de acuerdo. Existen otros problemas morales y culturales que también deben abordarse, pero lo primero es hacer frente a la gran entrada de musulmanes en Europa. No basta con detenerla; debe encontrarse alguna forma de revertirla. En Alemania, algunas personas sostienen que devolver a parte de esos inmigrantes a sus países sería fascismo. Esa es, sin embargo, mi solución: devolver a tantos como sea posible, porque de lo contrario se producirá un cambio irreversible.

Europa se ha convertido en el enfermo del mundo. Lo que debe hacerse es curar al enfermo, no someterlo a presiones adicionales ni agravar su situación. Es necesario modificar el desequilibrio demográfico. Además, las poblaciones musulmanas son las que están teniendo hijos, mientras que las poblaciones autóctonas tienen cada vez menos. También hay que cambiar esa tendencia y garantizar que exista una población indígena suficiente para sostener estas sociedades. Las poblaciones que llegan de África no van a hacerlo en su lugar. Puede que al papa le agraden, pero al final destruirán también su religión si se les da la oportunidad.

En España también hay muchos inmigrantes procedentes del tercer mundo que no son musulmanes. Algunos generan problemas, forman comunidades cerradas y se apoyan entre sí. En buena medida proceden de Latinoamérica y hablan el mismo idioma, pero no sienten que formen parte de nuestra civilización, y una parte creciente de los españoles tampoco los percibe así. ¿Es también un problema importante?

Sí. Solo deberían admitirse personas compatibles con la población que ya vive en el país o que puedan ser asimiladas. Uno de los problemas es que no se puede asimilar a otros grupos dentro de una sociedad europea cuyas élites odian su propia cultura, su religión y su historia. Las élites están destruyendo deliberadamente la cultura de esos países. Por eso introducen esas poblaciones: no para asimilarlas, sino para destruir la cultura que existía anteriormente.

Hay un político alemán que me interesa, Björn Höcke, de Turingia. Sostiene que Europa se ha convertido en una «cultura líquida» y que, por ello, ya no puede asimilar a nadie, porque no queda nada concreto a lo que asimilarlo

Es correcto. No existe nada a lo que se pueda asimilar a esas personas, salvo una sociedad formada por individuos que se odian a sí mismos, odian a su propio país y odian su historia. No sé a qué podrían asimilar los alemanes a los recién llegados mientras Alemania dedique tanto esfuerzo a odiarse a sí misma como nación.

Para terminar, ¿qué mensaje dirigiría a España y a la derecha española?

Deben perseverar y adoptar una posición firme sobre la inmigración. Muchos de esos españoles son católicos muy conservadores, pero el problema es que el papado no está de su lado. Como saben, se encuentra en la posición contraria. Por tanto, quizá tengan que tomar una decisión: seguir asistiendo a misa y manteniendo su fe, pero no aceptar la posición papal sobre inmigración ni la apertura hacia la homosexualidad que también se observa en Alemania entre parte del clero católico y protestante.

Eso probablemente exigirá una cierta oposición interna. En cualquier caso, estoy de acuerdo en que resolver el problema migratorio debe ser ahora la prioridad. Sin una población relativamente homogénea, unida por una misma historia y unas tradiciones comunes, no será posible arreglar el desorden existente en el país. Permitir una inmigración musulmana masiva significa también dejar entrar a personas que, en algunos casos, quieren sustituir cultural y religiosamente a la población existente. Dados todos los demás problemas que ya afrontan los países europeos, lo mejor es no añadir también ese conflicto.

Economista y politólogo, ha escrito también artículos en Chronicles y Mises Institute

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