Félix de Azúa regresa a las librerías con Un fraude monumental. Mil años góticos (Debate), un ensayo tan breve como afilado. El filósofo, ensayista, catedrático de Teoría del Arte, miembro de la Real Academia Española y una de las mentes más lúcidas de la cultura contemporánea, utiliza este viaje por el arte gótico para retratar la profunda degradación que vivimos. Y lo hace mirando al corazón de Europa: las catedrales góticas, despojadas de su misterio, han quedado hoy reducidas a espectáculo de parque temático.. Con una ironía tan elegante como demoledora, De Azúa confirma sus peores vaticinios a la vez que nos regala un diagnóstico incisivo y escéptico sobre este gran teatro del siglo XXI en que se ha convertido el mundo moderno.
Un fraude monumental. No ha podido elegir mejor título, considerando la cargada atmósfera que nos rodea con el estado de nuestras instituciones, la política, la cultura. ¿Hemos sustituido la búsqueda de la verdad y la belleza por la apariencia y el marketing?
Hace ya muchos años, sesenta nada menos, que uno de los más lúcidos pensadores franceses, Guy Debord, definió nuestra actual vida en común como «la sociedad del espectáculo». Era una intuición genial de lo que se nos venía encima. En la actualidad ya no hay sociedad, sólo espectáculo. Y es muy difícil escapar a él. El fondo oscuro de esta situación es que las cosas y las personas han sido sustituidas por sus imágenes, como en los retratos de Warhol.
Se lo decía también por uno de sus recientes artículos en el que comentaba que hoy el arte sólo busca distraer y divertir. Y señalaba, precisamente, la sonrisa sanchista, que tiene una equivalencia con ese absurdo disfrutar, «hoy la gente no va a ver un partido de fútbol o a nadar a la playa, no, va a disfrutar un partido de fútbol o una playa». ¿Cómo estamos llegando a tanta absurdez?
Es muy difícil repartir las culpas por haber alcanzado el momento supremo de la estupidez social, pero en buena medida se debe a la cada vez mayor potencia de las máquinas invasoras, las que nos convierten en sus apéndices, el teléfono, la televisión, los ordenadores, todos esos aparatos que nos someten, aunque creemos ser sus dueños. Hace ya mucho que algunos comienzan a percatarse de que no dominamos a la técnica, sino que ella nos domina a nosotros, es decir, que nos están sustituyendo y cada vez pensamos menos. La prohibición de decir la verdad viene de ellas porque «la verdad» es suya. Y no sabemos cómo luchar contra ellas, de modo que vamos sucumbiendo.
Es importante saber cómo nos han convertido en siervos las grandes empresas técnicas. Recomiendo el libro de Javier Echeverría ¡No hay derecho! (Asimétricas) para entender el asunto.
Dice que Europa se ha convertido en un gran parque temático donde el arte y las catedrales góticas existen como meras atracciones estilo Disneyland. Entonces, ¿dónde se refugia hoy la experiencia estética?
No hay salida, ni un rincón de salvamento. Todo está ya dominado por las imágenes y los espectáculos. Si alguien quiere encontrar algo de sentido en las artes no tiene más remedio que arrancarse a la vida cotidiana, a las actualidades, ponerse a estudiar y construir su propio mundo absolutamente individual. Es muy arduo y sólo se puede conseguir con buenas lecturas, mucha convicción y una poderosa dirección.
Afirma que la cultura actual se ha vuelto puramente sentimental y moralista, y añado yo, donde los discursos políticos son altamente cursis. ¿Ha perdido el arte también su capacidad de ser subversivo?
Por supuesto. Hace años que vengo escribiendo que el arte murió en 1977 y el arte que murió ya era, entonces, pura filosofía del arte, no Arte. Naturalmente las máquinas de producción de espectáculos, como la política, se han convertido en verdaderas óperas bufas. Habrá usted observado que sólo se dedica a la política el que no sirve para nada más. Suele añadirse: «con honrosas excepciones». Y es verdad, conozco a un par de personas capaces e inteligentes que, sin embargo, son políticos profesionales.
Si el gótico fue la primera gran tecnología de poder, ¿cuál sería el lenguaje o la tecnología de poder equivalente que utilizan nuestros representantes políticos para mantener alienados a los ciudadanos? Recuerdo sus palabras sobre Europa, «un cementerio de burócratas y políticos fracasados con sueldos fabulosos».
Usted, como periodista, lo conoce muy bien. Las tertulias, los programas subvencionados, los artículos informativos encargados y toda esa suerte de pequeñas y siempre pagadas artimañas de la información les bastan a los políticos mediocres, que son la inmensa mayoría. A los más ambiciosos les son necesarios los establos de ayudantes. Ya sabe que Sánchez, un hombre con una mente nula, tiene más de mil empleados para surtirle de engaños y trampas cada día. Y no le sirven para nada… Algún día sabremos sus nombres y lo que les estamos pagando.
De todas formas, ¿considera que es inevitable traer el pasado para que tenga sentido el presente?
El pasado, o bien forma parte del presente, o no existe. Llamamos «pasado» a nuestra manera de imaginar cómo hemos llegado a la vida de entre los muertos. Pero el pasado se transforma cada día y a mayor velocidad que el futuro. Observe el trabajo y el dineral que ha invertido Sánchez en modificar el pasado con sus leyes de «memoria histórica» que enseguida pasó a «democrática» y que debería llamarse «orgánica», como en tiempos de Franco.
Le imagino tras ver la reconstrucción de Notre-Dame deprimido. Teniendo en cuenta que la Sagrada Familia se financia casi exclusivamente con las entradas de los turistas que la visitan y no por el culto local, ¿hemos perdido la capacidad para construir arquitecturas o algo con alma que aspire a trascender?
Deprimido, no. Nunca me deprimo ni me entristezco por estos motivos. Salí de la catedral muy divertido al constatar que, una vez más, se había cumplido mi vaticinio sobre el fraude. Por eso incluí en el libro el incendio, que fue lo más «auténtico» que le sucedió a Notre-Dame en los últimos cien años. Ahora ya es indudable que el monumento es sólo una máquina para turistas, no tiene ninguna otra función. En cuanto a la Sagrada Familia ya ve usted que la han convertido en una discoteca de Las Vegas y eso la presenta como una metáfora perfecta de la sociedad catalana, la más aficionada al espectáculo fraudulento de toda España.
La muerte del arte permitiría el regreso al oficio artesanal, a la verdad, dice. Pero ha surgido otro efecto, la Inteligencia Artificial, que puede imitar cualquier técnica u oficio. ¿Queda algún reducto para el arte verdadero o la IA es la puntilla que le faltaba a la creación?
Soy partidario de la IA, una vez constatado a lo que ha llegado la inteligencia «natural». No la puede empeorar. Hay cronistas que llevados del optimismo afirman espantados que va a sustituir a la inteligencia humana, pero no lo creo. Detrás de la IA y de todas las máquinas está el aparato gigantesco de la técnica global y lo explotan cuatro irresponsables, remito de nuevo al libro de Echeverría. Son perfectamente sustituibles y aún veremos más locuras. Pero siempre ha sido así, repase la lista de los Papas que controlaron el colosal sistema de poder del cristianismo. Un enjambre de chiflados y déspotas perfectamente intercambiables. La historia de los humanos es siempre la misma, aunque cambien los reyes, los papas y los ministros.
Dice que los historiadores ya no trabajan sobre la historia del pasado, sino ideológicamente sobre el pasado de la historia. Lo vemos, por ejemplo, en el ministro de Cultura, Urtasun, restituyendo obras como asumiendo los dogmas de la leyenda negra. «Es gente con mala conciencia porque son muy de izquierdas. Ganan mucho dinero, les da vergüenza y quieren hacer obras bondadosas y devolver cosas», y lo dice usted, un hombre de izquierdas al que no le van a descubrir la pólvora ahora…
Pero es que yo soy de izquierdas de verdad, de la que ya no existe y no volverá a existir. La izquierda verdadera ya no tiene poder y los que usan ese adjetivo son buhoneros que explotan su mercancía. Tipos como Urtasun, por ejemplo, monigotes codiciosos que se están convirtiendo en millonarios sólo con hacer gestitos cursis de madama de burdel. A ese ejemplar de personas les entregan la cultura porque es el ministerio que menos dinero renta. Sólo reparte unos cuantos cientos de millones entre los amigos y conmilitones del sectarismo.
¿Y la Educación? Ha habido una oleada de suspensos masivos en las recientes oposiciones a maestro en las que se han penalizado graves faltas de ortografía, errores gramaticales y problemas de comprensión. Ya no es simplemente una degradación cultural, es algo más grave, ¿no cree?
A los actuales amos de la sociedad, la aristocracia tecnofeudal, ya no les interesa que la gente sepa leer y escribir, ni mucho menos que lea libros, de modo que hacen todo lo posible por convertir a los estudiantes en analfabetos sin cerebro, pero capaces de pulsar el «acepto» de las máquinas. Así y todo, es en los reductos más brutales del fascismo nacionalista donde los resultados son peores. En las provincias vascas y en Cataluña los amos están creando generaciones sin cerebro, tontos útiles para su religión. Supongo que conoce el fraude de las cifras educativas catalanas.
Por fortuna, sigue sintiendo la curiosidad como motor vital. En esta sociedad en la que la cultura ya no busca elevar, sino solamente distraer, ¿cómo hacemos para que sobreviva nuestra curiosidad intelectual?
La curiosidad es el motor del conocimiento verdadero. Es la última potencia que aún no han aplastado los poderes técnicos. Desde Sófocles sabemos que «los humanos quieren siempre lo que no es». Y eso no hay máquina que lo controle.
No puedo evitar preguntarle por Cataluña, como intelectual barcelonés y miembro destacado que fue de Ciudadanos, que ha visto con estupor crecer a los partidos catalanes independentistas y, para colmo, convertirse en apoyo imprescindible del gobierno de España…
Fui barcelonés unos años, pero me quité. Hace ya casi veinte que soy madrileño. Todo lo que ha hecho el caudillo progresista es de un espantoso ridículo y sólo puede soportarlo una sociedad como la española, habituada a la opresión de siglos de tiranía eclesiástica. El problema es que no sé si el PP tendrá coraje suficiente como para desmontar el entramado mafioso que deja el sanchismo.
Dice que es recomendable tener buena relación con la muerte, ¿podría decirme en qué consiste esto de vivir?
«Esto de vivir», como dice usted, es, realmente, un asunto difícil de entender y llevamos más de un millón de años tratando de entenderlo. Al principio pintamos caballos y bisontes. Ahora ya no pintamos nada. Sin embargo, sigue siendo imperioso negociar con la muerte si uno quiere estar realmente vivo. Los jóvenes no lo saben, pero es lo que les están arrebatando en sus años decisivos, la muerte, que es el sustento de la vida. Somos animales mortales y sólo nosotros lo sabemos, pero todas las fuerzas fácticas trabajan para convencer a la gente de que es inmortal, al tiempo que la destruye sin piedad. Tiene más protección un lobo que un chaval de catorce años. Por eso la muerte se oculta, se disimula y se miente sobre ella. Es demasiado poderosa para los adictos de Disney.
Ahora que todo se corrompe y envilece por momentos, que tanta gente sufre por la inacción de este Gobierno, cada vez me interesa más la gente buena. Antes me importaba más el talento, pero he ido descubriendo que una persona buena, normalmente, suele ser inteligente. Quiero acogerme a esto como algo esperanzador, ¿voy muy desencaminada?
Va usted por el buen camino. No todos los buenos son inteligentes, pero sin duda los malvados son idiotas. Hay una relación directa entre la estupidez y la maldad. La relación entre la bondad y la inteligencia no es tan directa, pero también tiene su fuerza. Y, en efecto, el actual gobierno y su cabecilla son unos peligrosos incompetentes, la mitad por memos y la otra mitad por malvados.
(Fotografía de Pedro Carrillo)