Eloy Sánchez Rosillo: «Me asombra la postura del agnóstico, del nihilista o del ateo, que niegan con rotundidad el misterio »

Conversación con el poeta, una de las voces líricas más singulares de nuestra literatura, con motivo de la publicación de una antología de su obra

La poesía española actual no podría entenderse sin la mirada de Eloy Sánchez Rosillo, una mirada serena y sabia de quien sabe contemplar lo que los demás sólo ven. La suya es una de las trayectorias más sólidas y luminosas —avalada con el premio Adonáis por Maneras de estar solo y el premio Nacional de la Crítica por su poemario La certeza—, consolidando un universo lírico inconfundible. Esa luminosidad conecta cada página de Haber vivido, la cuidada antología poética dedicada a su obra, editada recientemente por la Universidad de Málaga, que recorre casi medio siglo de creación. Si sus primeros libros estaban marcados por una acentuada melancolía ante el paso del tiempo y la pérdida, su obra madura ha evolucionado hacia la celebración del instante, transformando la sencillez cotidiana en algo sagrado y eterno. Esta conversación con IDEAS es toda una invitación a la aventura del asombro, a sentir una emocionante gratitud por la vida y a encarar la madurez con las manos llenas de esperanza ante el indescifrable misterio del vivir.

Nos llega una nueva antología de su poesía bajo el título Haber vivido. Imagino la alegría que siente, aunque hablar del «yo», sentirse protagonista, nunca le ha interesado demasiado.

No, a mí no me disgusta ser protagonista de mis propias cosas, si se trata de las que me han tenido ilusionado y entregado desde que era un muchacho. Me alegran y a veces hasta me enorgullecen. Lo que no me gusta es estar dando la lata con el yo venga o no venga a cuento. Las infatuaciones son siempre lamentables y ridículas, porque, ante los ojos de las personas discretas, el fatuo no va a más, sino que viene a menos. No impresiona como pretende, sino que delata su debilidad moral. Si no eres un engreído, sabes muy bien que los poemas que has escrito, suponiendo que algunos buenos haya en tu obra, no los has escrito tú. Vienen de no sé dónde. El buen poema es un milagro, y un poeta, por muy bueno que sea, no deja de ser un hombre. Un hombre no puede hacer milagros. Puede, eso sí, recibirlos, acogerlos y colaborar con ellos para que queden sobre el papel de la mejor manera.

Haber vivido, la antología que unos buenos lectores de mi poesía, Encarnación Blanco y Pablo Lara, han hecho en Málaga por iniciativa suya y en la que apenas intervine, me parece oportuna. Lo que sí les sugerí a los editores fue el cuadro de Ramón Gaya que figura en la cubierta. Cuando un poeta tiene ya una larga trayectoria y una obra amplia, como es mi caso, a veces los posibles lectores nuevos no saben bien por dónde empezar a leerlo. Una antología bien hecha, como es el caso, facilita la «entrada» a un poeta. Y después de leerla, si al lector le ha interesado, acudirá a los libros del poeta en cuestión para conocerlo con más amplitud. Es fundamental, claro, que se encargue de la edición alguien que conozca a fondo toda la obra del poeta, con el fin de que aparezca en la selección lo mejor y más significativo del mismo, sin saltos, ni desconexiones ni arbitrariedades. El volumen resultante podrá leerse entonces casi como un libro nuevo, incluso como un libro nuevo más intenso, podado de lo menos representativo del autor.

Usted ha encontrado el tesoro de la madurez agradecida, ¿cuál es el secreto para que año tras año le siente tan bien a su poesía y a su estado de ánimo?

No hay ningún secreto, y creo que en mi poesía queda claro cuál es el motivo de mi gratitud. A partir de cierta edad, si uno mira la vida y llega a comprenderla un poco, no tiene más remedio que agradecer. Estar en la vida es un don y un misterio. Que yo esté vivo y participando de este sueño maravilloso que es el vivir es algo que desborda mi imaginación. Casi no puede uno creérselo. El sueño de existir, claro, no está exento nunca de pesadillas. Los contrastes, además de naturales, son necesarios. Vivir es un regalo mágico, pero no es extraño que lo mágico pueda participar de lo terrible. Aun así, un poeta no puede más que agradecer, estar de acuerdo con la vida, no desdecirla nunca.

La cubierta de la antología, como ya me ha dicho, es una pintura de Ramón Gaya que usted propuso a los editores. En el bellísimo poema «Porque nada termina», dedicado a Gaya, leemos «la maravilla cierta del vivir», ¿pensó al ofrecerles este cuadro en esos elementos de la pintura gayesca que dialogan de forma íntima con el conjunto de su poesía?

Sí. La cubierta de un libro de poemas es un sitio muy delicado. Debe atraer al posible lector al verlo en las mesas de una librería, y además es importante que esté en armonía con lo que uno va a encontrarse dentro. Desde mi quinto libro, La vida, todas las cubiertas de mis obras son de Gaya. Ojalá su pintura, su mundo, tengan algo que ver con lo que yo he escrito. Ambos nacimos en el mismo lugar y desde niños nos impregnamos de su luz para siempre. Esa luz suya y mía es mi vara de medir. La luz que me hace ver, sentir e interpretar la realidad de un modo determinado.

El cuadro de Gaya que figura en la cubierta de Haber vivido creo que viene muy bien para un libro como este. En el cuadro hay una fila de libros en la balda de un mueble, y una antología es la selección de los libros de un autor. Las granadas que también están en esa obra contendrían la selección de los mejores poemas extraídos de tales libros. Hay asimismo en el cuadro un vaso con agua y unos claveles. La transparencia del agua, tan misteriosa siempre, me gustaría que estuviera en algunos de los poemas del libro, así como la viveza sencilla de esos claveles.

Pasados los años y llegándole los reconocimientos de los que goza, ¿se mira a sí mismo y agradece cumplir el sueño de escribir poesía, de ser poeta, que en su adolescencia se despertó como vocación y que lo veía como un sueño irrealizable?

No me miro a mí mismo, sino a mis libros, que, como reza el título de uno de ellos y usted dice, son El sueño cumplido. Cómo iba a imaginar yo cuando era apenas un jovenzuelo que empezaba a escribir que llegaría un día en el que mi obra poética estaría realizada en gran parte, cumplida de la manera mejor que he sabido. Ya sé que en una obra de más de seiscientos poemas (se dice muy pronto, pero hay que hacerlos, y no se hacen solos) habrá cosas mejores y peores. Pero yo las hice todas con la misma ilusión, con el mismo deseo de que fueran buenas. Siento mucha gratitud por ellas. Estar en el mundo como poeta no es cualquier cosa.

Usted ha comentado alguna vez que la palabra «luz» es probablemente la que más se repite en toda su obra. ¿En qué momento esa luz dejó de ser algo sólo visual para transformarse en una experiencia más profunda? Leerle es como sentir la luz física, exterior, y al mismo tiempo una revelación interior, ¿voy desencaminada? Se lo digo porque hoy en día el ser humano ha olvidado casi del todo la capacidad de asombrarse ante la cotidianidad del día a día…

En mi poesía, desde el principio, la luz es a la vez física y metafísica. No soy un paisajista ni un colorista y nada más. El exterior, la naturaleza, que desde luego tiene mucha relevancia en mi poesía, remite siempre en mí a una interioridad, o al menos eso pretendo. El poema verdadero no puede ser sólo exterior, sino que en él el poeta, al escribirlo, tiene que «ir por dentro», como decía Darío de Juan Ramón Jiménez.

Y por lo que respecta a la otra parte de su pregunta, yo creo que el hombre ha sido siempre un poco como es ahora, aunque los límites a los que en la actualidad estamos llegando en algunos asuntos son difícilmente superables. El niño se asombra de todo, pero conforme crecemos vamos perdiendo esa capacidad. El hábito de ver el crepúsculo nos impide ver el crepúsculo. Miramos, pero no vemos. Pasamos ante las cosas sin fijarnos en ellas. Eso es muy triste, porque equivale a la ceguera. ¿Se figura usted el asombro grandísimo que sentiríamos si esta tarde sucediera el mar o los árboles o la luna por primera vez? No daríamos crédito, nos parecería un acontecimiento maravilloso y mágico y no pararíamos de mirar. Pero la costumbre mata. Hay que «acorralar a la bestia loca del uso», como decía André Breton, luchar contra el hábito. Deberíamos ir por la vida procurando mirar para ver, y sentir en nosotros para verlo del todo. El poeta auténtico (y no digo que yo lo sea) es alguien que está atento, fascinado por lo real, y que no ha perdido la capacidad de asombrarse ante las cosas del mundo, de sentirlas y de querer decirlas de la forma más verdadera y hermosa.

Recuerdo cuando en sus clases en la Universidad de Murcia nos hablaba de Kavafis. Aprendimos que lo importante no es llegar a la meta, sino el viaje a Ítaca, rico en saberes y experiencias. Al mirar su propia trayectoria literaria, ¿siente que su poesía ha sido ese viaje kavafiano, donde cada poema ha sido una estación de aprendizaje y madurez?

Así es. La vida, todo lo que en mi vida ha ido sucediendo, y sobre todo los poemas que he escrito poco a poco, que son el núcleo central en mi trayectoria, me han hecho ser el que soy. Si no fuera por los poemas y por todo lo demás que me ha ocurrido yo sería sin duda otro. Lo que nos sucede y lo que hacemos nos proporcionan una identidad. Estoy conforme con esa identidad. No querría de ningún modo ser otro. Hay muchas cosas mías que no me gustan, muchas, pero el haber escrito poesía me compensa de todo lo demás.

La rama verde alude a la infancia. «Mientras que uno no pierda de vista la rama verde, y la mire con ilusión, estará vivo, aunque tenga más años que Matusalén», dijo en una ocasión. ¿El poeta que no escuche al niño que fue está perdido? Incluso para la vida en general, a ese niño hay que tenerlo muy en cuenta, hablarle, preguntarle…

Por supuesto. No hay que perder nunca la conexión con el origen. ¿Usted cree que el mundo iría como va si, antes de apretar el botón de los misiles, quien ordena apretarlo tuviera conexión con su origen? El poeta —y no sólo el poeta— debe lograr conectar con la pureza y la ingenuidad del comienzo, limpiar su alma de todas las miserias e intereses espurios que la vida le ha ido echando encima como a cualquiera. Si esto no ocurre, todo lo que escriba nacerá muerto, sin gracia ni verdad.

«No me opongo al tiempo, acato que las cosas sean así, pero lamento que el tiempo con una mano me diese una cosa, y con la otra me la quitara». Si hay algo que le produzca estupor es el paso de los años, pero por lo irrecuperable. Me gusta cómo le habla tan contundente a ese tiempo, a través de su poesía, diciéndole que no se lo va a llevar todo, que usted también tiene cosas que decir, que ahí está usted con empeño para que quede algo sobre el papel…

No sólo en el papel. En el papel, sin duda, pero antes o a la vez en mí. Mi concepto del tiempo ha cambiado por completo con los años. Cuando era joven pensaba que el tiempo daba y quitaba sin cesar. Ahora pienso que hay un tiempo único, un inmenso presente en el que está tu vida entera y en el que todo sucede y no se extingue. El tiempo no se lleva nada. Lo que una vez nos dio está vivo en nosotros y nos pertenece, no se ha ido. Nos transformó y nos hace ser lo que somos, es decir, que sigue sucediendo, nos acompaña.

Y eso que la vida no se lo puso fácil desde bien pequeño. En esa gratitud por las cosas cotidianas —un pájaro, un árbol, el paso de las horas—, leo en el poema «Acerca del jilguero» su recuerdo durante su niñez en una finca murciana: «Cuando digo su nombre mi infancia entera vuelve, / y desando el camino y de nuevo retorno / a aquella casa blanca…». La pérdida de su padre cambió por completo su vida, ¿es ese canto de los pájaros y ese paisaje la única patria real que el tiempo no puede destruir?

Hay un pequeño error en su pregunta. La finca de mi infancia no estaba en Murcia, sino perdida en las solitarias inmensidades de la Mancha. Se llamaba, y se sigue llamando, aunque ya no pertenece a mi familia, Casa del Teniente, porque mi abuelo materno, Alfonso Rosillo, era militar, un joven teniente (y de ahí el nombre que al lugar se le fue dando), cuando comenzó a construir a comienzos del siglo XX el caserón inmenso —una casa de labor con todas sus dependencias— que se encuentra en medio de las tierras de la finca. Eran propiedades muy grandes, pues al ser de secano y fundamentalmente cerealistas (también había viñedos y ganado), para ser rentables necesitaban ser extensas. Las casas de labor, llamadas allí «aldeas», diseminadas y muy aisladas en el tiempo de mi niñez, eran como mundos aparte, casi autónomos, en los que se vivía una vida natural y primaria. El pueblo más cercano a la Casa del Teniente estaba a unos siete kilómetros. Pasábamos allí todos los veranos, de junio hasta el fin de agosto o un poco más. Así ocurrió desde que era niño hasta mis dieciocho años, cuando mi madre tuvo que vender la finca, pues mi padre había muerto hacía años y teníamos que vivir y estudiar (la verdad es que yo estudiaba muy poco) y salir adelante. Aprendí mucho allí, casi todo lo importante que sé. Fue mi verdadera universidad. La naturaleza enseña cosas que no se olvidan y que te valen para siempre. No es como las raíces cuadradas o las ecuaciones, que no he utilizado nunca (aunque a lo mejor, como disciplina mental, no estuviera mal aprenderlas para luego olvidarlas). He escrito muchos poemas en los que esa finca y todo lo que implicaba vivir allí tanto tiempo en la plenitud del verano están muy presentes. El recuerdo que tengo de aquello es de los más emocionantes de mi vida.

Pero su melancolía no está reñida con el optimismo. Hay mucho en ella de celebración, de tránsito hacia un optimismo luminoso. ¿Qué puentes ha tenido que cruzar en su vida para darse cuenta de que la luz y la alegría merecían ser cantadas con la misma fuerza que la pena?

Mi poesía no se ha centrado nunca en las penas, aunque las haya habido en mi vida de todos los tamaños, como en la de cualquiera. Algún poema triste podré haber escrito, cuando, como antes he dicho, mi concepto del tiempo era otro. Pero aun entonces lo que predominaba en mis poemas era la melancolía, que no es tristeza, sino que es como una consideración añorante de las alegrías vividas, y alegría al fin y al cabo ella misma, aunque amortiguada. La melancolía es uno de los sentimientos más ricos, matizados y creadores que conozco. Nos sume en la meditación despaciosa y profunda y nos acerca a nosotros mismos y a las cosas del mundo, sin la urgencia de salir de allí cuanto antes que impone la tristeza, ni la ausencia de ensimismamiento y reflexión a la que nos lleva con frecuencia la explosiva alegría. Si en un poeta no existe melancolía, hasta en sus etapas o momentos más celebrativos, no termino de creérmelo como poeta: será un poeta de la exterioridad, que es como no ser nada. Mis últimos seis o siete libros constituyen la segunda etapa de mi poesía, que como sabe cualquiera que los haya leído es un período celebrativo, porque mi concepción del tiempo es otra y porque mi experiencia de la vida es más completa y comprensiva. Pero incluso en esta segunda etapa, la melancolía subyace en muchos de mis poemas. Ya he dicho que es un sentimiento fundamental para el poeta.

Dedica a su madre el poema Reencuentro, donde entabla un bellísimo y misterioso diálogo con ella más allá de la muerte. Y en otro poema dice: «No habrá ocasión ninguna de morir. / Punto final no cabe en el comienzo. / Luz muy viva del alba brotando de lo vivo, / la muerte es nacimiento». En su obra Dios no se presenta de manera dogmática, sino sutil. Habla de que el misterio está siempre ahí. Siente la presencia de su madre muy cerca, le habla. ¿Es una forma de descubrirnos la huella divina que existe en medio de esta realidad que vivimos?

En muchas ocasiones he dicho que el mundo está lleno de misterio, o que es todo él un único misterio indescifrable. Por eso me asombra la postura del agnóstico, del nihilista o del ateo, que niegan con rotundidad el misterio y piensan que no existe nada más que lo que vemos y tocamos. Tal seguridad en la negación me parece triste y chusca a la vez. Pretenden darle a su negación la validez de una ciencia exacta, pero sin presentar ninguna prueba sólida de que dos y dos son cuatro en lo que afirman. Tampoco el creyente puede presentar pruebas irrefutables de que lo que su fe cree atisbar es sin lugar a dudas cierto. Pero el ser humano no debiera pensar en la divinidad y en el más allá sólo con la mirada corta de la lógica y de lo que se suele llamar sentido común, que es un sentido romo y pobre, de corto alcance. El hombre alberga en su corazón la esperanza, que es, como decía Emily Dickinson en un poema memorable, un ave que hasta en los lugares más inhóspitos canta y no nos pide nada a cambio. Y disponemos también de la intuición. La esperanza es luminosa, conforta y da consuelo. Y la intuición es fundamental para acercarse a lo desconocido, al sentir del más allá y de lo divino. De Dios no puede hablarse desde el dogma, que es como hablan de él las distintas iglesias. El dogmatismo inutiliza tanto al ateo como al creyente. Pero no la intuición, el pálpito. Hasta los científicos más altos, los que no son meros cuentahílos ni cortos constatadores de simplezas, se han valido de ella, antes que del cálculo matemático, para llegar a sus descubrimientos más relevantes. A mí, la esperanza y la intuición me dicen que la muerte es una inquietante aventura y que todo es posible después de atravesar su puerta estrecha. ¿Qué poeta sería yo si sólo creyera en lo que está a un palmo de mi nariz? Lo que hiciera no sería más que prosaísmo hecho de prosa mala, no de temblorosa y honda poesía, que es a lo que el poeta aspira. El poeta va siempre más allá. No debemos llevar por delante el no, sino el sí o el pudiera ser. En mí, el sí se ha ido acrecentando con la experiencia de la vida, con la edad y con la ayuda de la poesía.


El asombro y la gratitud están tan íntimamente unidos que para usted son la misma cosa. La gratitud es la forma más pura de la oración, ha dicho alguna vez.
En esta sociedad en la que la cultura ya no busca elevar, sino sólo distraer y alejar a la gente del pensamiento crítico, ¿cómo hacemos para que sobreviva nuestra curiosidad intelectual? ¿Son la curiosidad y el asombro las únicas herramientas capaces de burlar nuestra mortalidad y mantenernos despiertos?

A la mortalidad no la burla nadie. Hay que contar con ella. Sabemos que está en nuestra condición de hombres. El no ignorar esto es ya una forma de lucidez y de mantenernos despiertos. Pero la vida, a pesar de la muerte, resulta fascinante. El «haber vivido» es tan maravilloso que hay que dar gracias por haber estado aquí, aunque fuera un solo día. Y sin duda, el asombro está por completo unido a la gratitud. Si no hay asombro, de qué vamos a dar gracias.

El pensamiento crítico, por el que asimismo me pregunta, es siempre peligroso para la sociedad, porque conduce a la lucidez y al rechazo de las martingalas que la sociedad pretende hacernos tragar. El hombre que se asombre ante las cosas sabrá rechazar lo inauténtico y no será fácil mantenerlo en el redil callado y con la cabeza gacha.

Usted reivindica el silencio y la soledad a los que mucha gente teme, hoy no sabe nadie permanecer callado más de quince minutos. La soledad no se percibe en su obra como un vacío, sino como un espacio de plenitud. Y el silencio hace ser más consciente de la realidad que te rodea. Y doy fe, su lugar de escritura (en casa) está lleno de sencillez, con un amplio ventanal que llena de luminosidad la estancia, el barroco murciano que suena en las campanas de las iglesias cercanas y los gorriones que se posan en su balcón. No necesita nada más…

La soledad y el silencio, como en el caso del asombro y la gratitud, son entidades inseparables (el uno nace de la otra y la otra del uno), indispensables para el creador. Sin ellos no puede encontrarse uno a sí mismo ni dialogar con las cosas del mundo, que no hablan a gritos, sino en voz baja o en el tono habitual no muy alto que utilizamos cuando no hay a nuestro alrededor nada que nos distraiga o disturbe. Tales cosas requieren atención y respeto; de lo contrario, no hablarán ni será posible obtener nada de ellas. No todo el mundo encuentra la soledad y el silencio en los mismos sitios. Hay distintas maneras de ser. Puede que algunos logren concentrarse sin aislarse demasiado. Para mí el aislamiento, el retiro, son fundamentales, y cuanto más completos mejor. Cuando venimos del bullicio, la soledad puede parecernos vacía, apagada, estéril, y quien no la conozca podrá decirse, qué hago yo aquí. Pero enseguida nos iremos dando cuenta de que es el lugar donde vive la verdad, y su tierra fértil, si tenemos paciencia, se irá poblando poco a poco de todo lo que importa y entregándonos sus frutos.

Muchos ciudadanos viven este presente nuestro con una honda sensación de incertidumbre ante el desastre institucional en España. Se sienten huérfanos de referentes morales y cansados de ver una sociedad fracturada. ¿Cree que la pérdida de la palabra sosegada y del respeto nos está empobreciendo el alma como país? Josep Pla hablaba de la buena gente de nuestra tierra. Con tantos intereses creados y con un gobierno sustentado por socios que están en contra de España, si no existiera esa buena gente, nuestro país, cuna de Velázquez, de Goya, de Quevedo, de Cervantes, ya estaría hecho un solar…

España, como país, siempre ha sido muy conflictiva. Acuérdese del grabado de Goya en el que aparecen dos hombres que dirimen sus diferencias a garrotazos. El grabado que digo es nuestro retrato más fiel. El cerrilismo es el deporte nacional, aunque a veces, milagrosamente, surjan de nuestra barbarie natural las personalidades creadoras que ha mencionado usted en su pregunta y otras muchas. Los milagros pueden darse en cualquier lugar, hasta en los menos propicios, por eso son milagros. Pero como país tendemos a la disgregación, más que a la unión; al conflicto, más que al entendimiento. Los políticos, ante esta forma nuestra de ser, deberían buscar el acercamiento y no el enfrentamiento. Ocurre, sin embargo, que ellos están hechos de nuestra misma pasta y fomentan, ahora y en otros muchos momentos de nuestra historia, la discordia y la falta de acuerdo. Tanto el gobierno como la oposición ocupan el poder que a cada uno le corresponde como si de una propiedad privada se tratara, se lucran con desvergüenza y tratan de derribarse el uno al otro a base de garrotazos. Y lo más tremendo es que cuando la oposición consigue acceder al poder no se dedica a enmendar las leyes y disposiciones que dieron lugar a los desmanes del gobierno anterior ni a promulgar otras mejores y tratar de apaciguar los ánimos, sino que ante todo procuran «mejorar la finca» y dicen, ahora me toca a mí. Las cosas, en vez de mejorar, empeoran. En tantos años de democracia no ha habido ni un solo gobierno en España, de un signo o de otro, al que, al perder el poder, o incluso antes, no se le hayan descubierto latrocinios y rapacidades sin cuento, cuando no cosas peores. Así somos. No sé si esto alguna vez podrá remediarse. No obstante, a mí me gusta ser español. España es un país muy vivo y que merece la pena, a pesar de sus políticos, de los garrotazos a troche y moche y a pesar de todos los pesares.


Decía San Juan de la Cruz que «al atardecer de la vida nos examinarán del amor». Usted, como creyente, ¿piensa que hay algo más? Me gustó aquello que dijo en una ocasión, «a esta vida no venimos a estar de brazos cruzados sino a hacer, en el mundo siempre está todo por hacer». Qué magnifica lección de vida. ¿Tiene respuestas a la pregunta de en qué consiste esto de vivir?

Es muy complicado contestar a su pregunta. En parte ya he tratado de responderla o de balbucearla en alguna de las respuestas anteriores. Las palabras textuales de San Juan de la Cruz dicen: «A la tarde te examinarán en el amor». No habla el santo de «en el atardecer de la vida», sino sólo de «a la tarde», con más vaguedad y quizá con más amplitud. La tarde es un momento del día en el que ya tenemos experiencia del vivir, puesto que hemos respirado poco a poco la larga mañana. Pero la tarde, que es la mitad del día, es también larga. En su transcurso aún queda mucho camino por andar. Y hay que recorrerlo con amor, que es de lo que acaso nos pedirán cuentas y, sobre todo, de lo que nosotros mismos deberíamos pedirnos cuentas. No hay que ir por la vida, ni por supuesto llegar al final de ella, con las manos vacías. Hay que obrar y hacer, y hacer con total y gustosa entrega, es decir, con amor. El hacer del poeta es el amor. El poeta canta las cosas porque es un enamorado de ellas, un enamorado de la realidad, de la verdadera realidad, no de la artificiosa y falsa realidad social. Quien no tiene amor no canta, sino que calla, o gime, o maldice.

(Fotografía de Juana Sánchez Navarro)

MÁS IDEAS