Morir quemados (cuando sin pateras no eres nadie)

Los sacrificios tibetanos solo reciben la indiferencia occidental

Una de las mayores catástrofes del pueblo tibetano es pertenecer a una inmensa cordillera demasiado alejada del mar de la que sólo tenemos conocimiento si alguno de los nuestros hace cima en el K2 y lo retransmite por su canal de YouTube. Por eso, y sin pateras, sus esfuerzos por ser reconocidos, o al menos defendidos, siguen cayendo día tras día, año tras año, en saco roto. O dicho de otra forma: la igualdad no existe entre los diferentes pueblos oprimidos. Primero, porque la inmensa mayoría de las naciones africanas, que por medio de parte de su población llegan a Europa, no lo están (oprimidas); y después, porque alcanzar Motril en patera es televisado a bombo y platillo, así como los tsunamis que azotan la costa este de Japón cada lustro, cuando atravesar el Himalaya en chanclas y túnica azafranada, a treinta bajo cero, no termina de encajar en nuestro Netflix mental que prefiere, como los niñatos que asemejan su cuenta de Instagram a la dirección de la NASA, seguir buscando. 

La ONU, tan robusta cuando el beneficiado tiene tiro de cámara, ningunea con esfuerzo inusitado al pueblo tibetano, que tras proceder a quemarse a lo bonzo casi en doscientas ocasiones –ningún etarra fue capaz siquiera de abrasarse una yema de sus dedos con el mechero durante los años de plomo–, suspira ante la nula repercusión de sus actos: ¿y si hubieran sido los inmolados señoras tibetanas? Ni por esas, asume el que escribe. Salvo que se hubieran cambiado de sexo la misma mañana de los hechos. 

Pasan desapercibidas tantas noticias, que a uno le abruma prestar tanta atención al asesino y descuartizador Daniel Sancho, hijo y nieto de actores, que ya sin mechas, opaca hasta a esta: hace sólo unos días, concretamente el cercano 3 de julio de este año, y frente a la sede de la ONU en Nueva York –no junto a la Casa del Pueblo de Valdemoro–, un tibetano en el exilio que trabajaba como conductor de Uber, se quemó a lo bonzo (en la imagen) sosteniendo la bandera del Tíbet: el pueblo del mundo que, sin duda, recibe más opresión en la actualidad, por mucho que la jerga sólo permita repetir sin descanso el cuatrisílabo Palestina. 

Que casi doscientas personas se hayan inmolado en los últimos años tratando de llamar la atención ante el genocidio –este sí que sí– en Tíbet, demuestra hasta qué punto el derecho a la información anda algo sesgado en Occidente. Porque el día que un palestino se queme a lo bonzo, serán 78 las televisiones que, previo acuerdo, retransmitirán en directo el deceso que será comentado, no sólo en todos los platós de televisión y emisoras de radio, sino en cada parlamento occidental, ya sea local, regional o nacional. A su vez, renombrarán a inmensas avenidas consagradas al trabajo de músicos o filósofos al de avenida de Gaza, mientras en cada pausa de hidratación de cada partido de fútbol profesional de cada país del mundo –incluso en invierno e incluso en Siberia– se abrirá del cielo la bandera palestina para que los 50.000 enfervorizados seguidores, y al unísono de Corea del Norte, flameen al viento los pañuelos más famosos de la historia después del Kleenex. 

Existe, eso sí, una razón para que al pueblo tibetano, apestando a piel recién calcinada por las llamas, se le ignore. Y esa razón tiene un nombre claro y rotundo: la República Popular China, fundada el 1 de octubre de 1949 por el gran genocida Mao Zedong, que en Occidente sirve tanto para culminar obras soporíferas de arte contemporáneo como para serigrafiar camisetas con su rostro. Que menudo rostro. 

Miren, muchos creen que el periodismo exagera cuando están en lo cierto pero para nada en el caso que nos ocupa: China controla a todo su cuerpo de periodistas, que no sólo no denuncian las atrocidades que acontecen en Tíbet, sino que promocionan lo contrario: la gran inversión de Pekín en lo que, para ellos, era un solar ambientado en la Edad Media, cuando de manera alucinante los plumillas occidentales que desean el Pulitzer o sus sucedáneos ya saben que para acceder a semejantes premios no debes calentar el ambiente salvo si es contra Israel o Rusia. O sea: que podrán quemarse 567 tibetanos más, qué digo, la totalidad de sus ciudadanos, que ninguno comentará nada a riesgo de ser señalado. Porque China, gracias a las democracias occidentales, señala al que no admite lo que dicta el Partido Comunista chino. 

Se desconoce también cómo buena parte de la comunidad paria occidental –aquella que viaja hasta Tailandia, por poner sólo un ejemplo, reconociéndose como los nuevos budistas, asumiendo que su crianza en torno al cristianismo fue errada– pasa por alto el aplastamiento al Tíbet, cuna del verdadero budismo. Porque sale mejor quemar incienso en un templo tailandés, a cien metros de la playa y sus mojitos–, que acercarse hasta Lhasa, a cuatro mil metros de sobre el nivel del mar –¿y si me muero de un edema pulmonar?– para corroborar cómo la etnia han, que asola China con un 90% de posesión de balón comparado con el resto de etnias, además de un 100% a la hora de repartirse cargos esenciales, ha mutilado cualquier presencia tibetana convirtiendo el otrora Palacio Potala en un show hollywoodiense donde los escasos oriundos que dan la cara son aquellos que decidieron venderse a Pekín, única posibilidad de poder seguir viviendo en tu tierra, eso sí, bajo el yugo mandarín, tan lejos de lo que hasta la invasión de China en octubre de 1950, era un terreno donde sólo convivían tibetanos incluido su Dalái Lama. Que a escasos metros del centro religioso más importante del pueblo tibetano se realicen masajes demuestra el nivel de perversión de un país al que, en realidad, sólo le interesan de Tíbet sus inmensas reservas de aguas, todas potables.

Y por cierto, que el Dalái Lama no haya regresado por Tíbet desde el levantamiento de los suyos contra China allá por 1959, que degeneró en una huida tanto del máximo representante del pueblo tibetano como de cien mil feligreses hasta la vecina ciudad india de Dharamsala, demuestra que los poderes fácticos, incluso los tibetanos, se manejan en una apatía que, al menos al que escribe, le genera algo de ira. Porque morirá de viejo, no como el millón doscientos mil tibetanos que perdieron la vida negándose a la ocupación china o como los casi doscientos que ya se han quemado a lo bonzo. El último, el conductor de Uber en Nueva York Logba Rangzen, que el pasado 2 de julio decidió que la última gasolina que adquirió no la iba a echar en el tanque de su automóvil, sino sobre su cuerpo. El resto ya es historia. 

Logba, además de ondear una bandera tibetana que también acabó envuelta en llamas y de repartir panfletos con consignas como China fuera del Tíbet, denunció la reciente entrada en vigor de una nueva ley creada por Pekín sobre la “unidad étnica”, que terminará por hacer desaparecer a todas las minorías, por ejemplo la suya. 

Todo esto, y con efectividad absoluta, que ríete tú de la mejor época de Michael Jordan y su infalible tiro en suspensión, no termina de cristalizar en las agendas de los políticos occidentales que rinden, cada dos por tres, pleitesía a Xi Jinping, y al que no le citan este genocidio ni por equivocación. En España, siempre tan muditos Zapatero, Rajoy y ahora Pedro Sánchez, aunque luego en suelo ibérico se desvivan por la causa más extraña y confusa que se puedan llegar a imaginar. 

Eso sí, nos viene muy bien que España arda, tristemente, para así poder desconectarnos de un pueblo que se quema a lo bonzo y que, quién sabe, podría ser más tenido en cuenta si viniera en patera. Pero antes de que eso ocurra todos habrán perecido.

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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