A nadie le puede gustar el régimen iraní. El sistema político que emergió de la Revolución Islámica in 1979 es un tipo extremadamente opresivo de supremacismo islámico que, según la impresión general entre los analistas de Oriente Medio, es rechazado por la mayoría de la población iraní.
Este hecho que a muchos nos parece obvio, junto con el claro éxito israelí en diversas operaciones militares en años reciente, fue decisivo para que Donald Trump se lanzara contra Irán en febrero pasado. Sin embargo, el régimen de los ayatolás hasta ahora ha dado pruebas ser capaz de resistir los embates de EEUU. Si todo sigue igual, y Trump no consigue darle la vuelta a una campaña militar que parece abocada a terminar en una victoria táctica de los iraníes, habrá consecuencias de gran calado que nos afectarán a todos.
1-El poder blando
En primer lugar tenemos que contemplar la posibilidad de que la aventura de Irán acabe por fin con la imagen de EEUU como faro de la democracia y el derecho internacional. Esta imagen ha sido extraordinariamente importante como multiplicador de lo que en geopolítica se llama el “poder blando” de EEUU desde al menos la Segunda Guerra Mundial, y es algo que muchos analistas estadounidenses ven ya como algo poco menos que perdido.
Piensen en el gran conflicto de 1939-1945. Cuando uno lo examina, se da cuenta primero de la importancia de la tecnología –el radar, el descifrado de señales, los titubeos alemanes con su ventaja inicial en motores de reacción, la carrera armamentística nuclear– y luego se sorprende de la importancia de la inteligencia. Y de cómo un puñado de personas que los alemanes creían agentes fiables al servicio del Tercer Reich, en realidad simpatizaban con la causa aliada y proporcionaban a los nazis información engañosa y tóxica.
Abundan los ejemplos: el famoso Joan Pujol («Garbo»), corresponsal español en Londres a quien los nazis creían leal a su causa, fue fundamental para engañarlos y llevarlos al plan de Calais para el Día D; Eddie Chapman, otro supuesto nazi que no lo era, respaldó la afirmación de Pujol el tiempo suficiente para darle mayor credibilidad; la peruana Elvira Chaudoir pasó toda la guerra proporcionando información falsa a los nazis; Wilhelm Canaris, jefe del servicio de inteligencia militar alemán Abwehr, saboteó secretamente los esfuerzos bélicos de Hitler, pasó información a los Aliados y finalmente fue ejecutado justo antes del fin de la guerra.
Ninguna de estas personas trabajaba por dinero ni por fama, y algunos no recibieron ni lo uno ni lo otro, al menos en vida. Trabajaban por la convicción de que el régimen nazi era una lacra para la humanidad y que debían hacer todo lo posible para contrarrestarlo y apoyar a los Aliados, a quienes consideraban defensores de la libertad mundial.
Esta percepción global fue una ventaja que los Aliados mantuvieron durante décadas después de la guerra. La Unión Soviética, siendo genocida y tiránica, siguió explotando su lucha contra los nazis hasta el final: al fin y al cabo, fueron los soviéticos quienes liberaron Auschwitz y los soviéticos quienes tomaron Berlín; a veces uno tiene la impresión de que la mitad de todas las películas soviéticas jamás realizadas son epopeyas de la Segunda Guerra Mundial. Tras la disolución de la URSS, el papel lo heredó fundamentalmente EEUU, en parte porque el Reino Unido, como antigua potencia colonial, sigue siendo bastante impopular en gran parte del mundo.
Cuando EEUU fue atacado el 11-S, la oleada de simpatía y apoyo global fue algo único en la historia, y Rusia fue uno de los países que más ayudó en la campaña estadounidense para derrocar a los talibanes; cuando George W. Bush declaró la guerra a Irak alegando que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva, recibió el beneficio de la duda y el apoyo de muchos países que enviaron tropas para la operación y, posteriormente, para tareas de guarnición en Irak, incluyendo España. Cuando Barack Obama decidió derrocar al régimen sirio, muchos creyeron que su verdadera intención era promover la democracia y no instaurar un régimen yihadista, literalmente encabezado por el mismo que dirigía la rama siria de Al Qaeda, que es lo que ha ocurrido.
Es fácil entender que el crédito es algo que uno tiene, y algo que uno gasta. EEUU se estaba quedando rápidamente sin crédito incluso antes de la fatídica decisión de Donald Trump de atacar Irán. En los meses siguientes, todos hemos aprendido una vez más la lección de que bombardear países, por sí mismo, no logra ningún objetivo político ni militar. Si el panorama no cambia, más allá de la cuestión del “poder blando”, el fracaso de estadounidense puede ser particularmente perjudicial para su posición global por tres razones:
2-El estrecho
Irán ha dejado claro que puede bloquear y controlar el estrecho de Ormuz, ya que cuenta con el armamento necesario.
Es importante destacar que cualquier otra ruta para transportar petróleo desde el golfo Pérsico –la principal región productora de petróleo del mundo– también está expuesta a un sabotaje o ataque iraní relativamente fácil, en especial si Irán cuenta con la ayuda de sus aliados Houthis de Yemen.
3-La imposibilidad de una victoria total
Esta guerra contra Irán es la primera que recuerdo, quizás la primera en más de un siglo, que Estados Unidos no ha podido ganar a pesar de hacer todo lo posible. La imagen de un ejército que puede hacer lo que se proponga se evapora.
En guerras anteriores (Corea, Vietnam, Afganistán, Irak), Estados Unidos no fue derrotado. Su poder militar fue contenido y su voluntad política se fue evaporando hasta que el gobierno de turno encontró que el coste de mantener el compromiso militar era demasiado alto en comparación con los beneficios obtenidos.
Tomemos como ejemplo la guerra de Corea: EEUU podría haber duplicado o triplicado su compromiso y probablemente eso habría sido suficiente, probablemente, para derrotar a una China tercermundista y obtener el control de toda la península. En el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos optó por no hacerlo y prefirió un armisticio. Vietnam fue un caso similar, aunque más dramático, al igual que Afganistán.
Por el contrario, no parece haber ninguna posibilidad de victoria total en Irán. EEUU no dispone de un millón de soldados para desembarcar en las costas iraníes, pero, si los tuviera, podría enviarlos y aun así EEUU tendría todas las de perder en un conflicto terrestre extremadamente difícil en un terreno extremadamente complicado contra un enemigo extremadamente resistente que defiende su territorio. Las pérdidas de material, incluyendo barcos expuestos a ataques cerca de la costa iraní, también serían terribles.
De hecho, tras haber visto la experiencia de las tropas estadounidenses contra enemigos mucho más débiles en Irak y Afganistán, es evidente que cualquier compromiso a largo plazo en Irán sería peor que un suicidio. Es por eso que la única posibilidad real de victoria de EEUU ahora mismo es bombardear y rezar a la virgencita porque una facción del régimen tome la ocasión para derrocar a la línea más dura.
4- La situación de las bases
La guerra contra Irán ha dejado claro que, al menos con la tecnología actual de misiles y drones, las bases estadounidenses no son una ventaja: son una desventaja.
Esto es de suma importancia. Todo el imperio estadounidense se basa en bases militares que sirven como pilares para la proyección de poder y el mantenimiento de guarniciones. En España lo sabemos bien.
Actualmente, EEUU libra una guerra indirecta contra Rusia, utilizando bases en Europa para coordinar ataques y reabastecer al ejército ucraniano. Sin embargo, los rusos (que avanzan en Ucrania a la velocidad de un caracol) no pueden atacar esas bases porque, incluso sin una escalada nuclear, la participación de la OTAN en una guerra terrestre garantizaría su derrota.
Esto no representa un problema para otros enemigos o rivales de EEUU. Irán ha demostrado su capacidad para atacar bases donde y cuando sea, debilitando a Estados Unidos y dejando claro a los países que albergan dichas bases que estas instalaciones no los protegen, sino que los ponen en peligro: atraen el fuego enemigo al mantener a los estadounidenses en sus territorios.
Esto es un mero consuelo para Rusia, no para Irán y, sobre todo, para China. Cabe destacar que los chinos han comprendido que las bases estadounidenses en Corea y Japón, así como cualquier infraestructura de apoyo, se convertirían inmediatamente en objetivos legítimos en caso de una escalada relacionada con Taiwán o cualquier otro punto conflictivo. Los chinos no temen en absoluto la reacción de Japón y Corea ante tales ataques. De hecho, aprovecharán cualquier oportunidad para arrasar Japón; viendo lo que está ocurriendo con los países del Golfo Pérsico que albergaron bases estadounidenses para protegerse de Irán, el gobierno japonés acabará entendiendo esta nueva realidad y actuará en consecuencia.