Proletarios del mundo, morid dignamente

El materialismo histórico cumplirá en algo su profecía: no seremos iguales en la vida, pero seremos iguales en la muerte

En las sociedades burguesas y ricas tenemos el derecho a morir, y en las sociedades pobres y obreras buscan solo como sobrevivir”. El Revolucionario Moderno

Un espectro se cierne sobre Europa”, el espectro de un bienestar sin dolor, de una sociedad sin sufrimiento, de una vida sin agonías. No se sustituirán las elites que mandan, no se cambiaran a los dueños de los medios de producción, no se acabarán los conflictos que tanto dividen a la clase trabajadora, pero el nuevo capitalismo que, por lo menos, se autodefine como “inclusivo” y “sostenible”, dará a los proletarios que no saben que aún lo son, medios para evitar el desconsuelo, el pesar, el suplicio, la aflicción, la angustia o el tormento cuando no tengan nada o no valgan para nada. Por ejemplo, mucha química para vivir sin quejarse (espoleando la dopamina) y para morir sin rechistar (durmiendo antes de tiempo).

            Los Países bajos (la Holanda de siempre) marcó el camino hace décadas, y ha demostrado en pleno siglo XXI que la llamada muerte digna (el sacrificio de siempre) no era lo que se prometió (como sabíamos), sino algo más (como también sabíamos).  Un niño de 12 años se acogió por primera vez a la misma (o decidieron por él), un niño de 12 años que no iba a llegar a ser proletario (porque no tenía ningún devenir al alcance), un niño de 12 años que será símbolo de nuestro nuevo progresismo (cuando nadie debe de sufrir, real o simbólicamente). Si no tienes un futuro inmediato, sino no eres útil a largo plazo y si el dolor es demasiado fuerte, hemos encontrado una solución que trascenderá plazos, leyes y normas. Dentro de poco, como ya sabemos, será a la carta, a nuestra carta.

La burguesía ya no es nuestro enemigo, porque somos como ellos, o queremos ser como ellos; y su “hedonismo” ya no es una lacra, porque sirve para que todo siga en orden y soñemos que estamos realmente cambiando estructuralmente el mundo. Es la hora, y hay que asumirlo, del “bienestar terapéutico” del que hablaba Philip Rieff. Si no podemos modificar el mundo de fuera, cambiaremos nuestro mundo por dentro. Porque con esa química inducida o aplicada, se puede hacer parecer que nadie queda atrás, que somos cada día mejores y que hacemos un favor a los más necesitados.

La industria nos espera. Si la química vital ya no es suficiente, tenemos una química mortal a disposición. Si nadie pueda asegurar una vida digna de manera real (bajo la promesa del Welfare State), te podrán suministrar una muerte digna de forma inmediata (sin remordimientos para los unos y los otros). Escuchad enfermos y discapacitados, deprimidos y descartados, jóvenes sin futuro y viejos decrépitos, empobrecidos y obreros: cuando el Estado no os cuide (ante gastos más importantes ideológicamente hablando) y cuando al Mercado no le importéis (siendo vuestra capacidad adquisitiva muy escasa), el sistema os dará una simple inyección para dejar de sufrir, de llorar y de luchar sí vuestro cuerpo se vaya agotando y vuestra mente perdiendo, y dejéis de ser así útiles para comprar y disfrutar. Ya no será para los postrados y encamados durante años. Ya podéis pedirla para ejercer vuestro derecho a no molestar, a no ser una carga, a no padecer más.

El progreso no debe parar. Los proletarios más sanos aguantarán con esos estímulos masivos y esas fórmulas legales, o socialmente aceptadas, aceptando así que no podemos darles una vivienda decente, una trabajo estable, una familia en el futuro. Se ha descubierto algo mucho más sofisticado que la “soma” de Aldous Huxley, y debemos aprovecharlo.  Así entenderán que contribuirán a salvar el planeta y a que las elites ricas, ahora ya progresistas, puedan seguir guiándonos tras su conversión; que no tiene sentido tener hijos ante ese foráneo “ejército de reserva” presto para pagar las pensiones; que pasó el tiempo de revoluciones, huelgas y grades reivindicaciones porque el capital puede ser “socialmente responsable” (y, porque no decirlo) los que harán el trabajo sucio, los proletarios en construcción, no tendrán ninguna conciencia de clase ni capacidad de sindicación y reivindicación bajo el sistema. Pero muchos enfermos no aguantarán ante una sanidad indiferente, una solidaridad inexistente y unos cuidados paliativos inútiles. Nada de esperar, nada de aguantar, nada de cuidar, porque ese derecho, propio del “primer mundo”, no solo será para casos extremos. Ya podéis pedirla, camaradas, para no malgastar recursos, para dejar de ser un estorbo, para evitar el sufrimiento final.

Lo han conseguido. A los que vivirán, se les seguirá proclamando que Dios es el “opio del pueblo”, y que las innumerables adicciones proporcionadas por el sistema, pese a sus efectos no deseados, serán la salvación frente a la tradición del pasado y la promesa de libertad del futuro. Y a los que van a morir, se les convencerá de que cada uno es su propio Dios, y que matar por compasión nunca más será pecado y siempre será legal, como derecho inalienable y en evolución: primero para aquellos que no tenían solución y a los que les quedaba muy poco; después, para aquellos que tampoco tenían solución pero aún les podía quedar mucho; y, finalmente, para quienes piensa que no hay solución alguna y no quieren esperar para mejorar o para salvarse. Canadá y Bélgica marcan el camino del desarrollo de la eutanasia en Occidente.

Hay que reconocer cuando has perdido o te han convencido. O vida plena y funcional, o muerte a cargo del erario público. Si el consumo masivo no te permite seguir evadiéndote de tus problemas, si te cansas de usar y tirar cosas y relaciones, si esas adicciones siguen mostrándote un mundo que puede ser muy duro, y si nadie te apoya cuando tu cuerpo falla y tu mente colapsa, con una simple y barata inyección tendrás la solución perfecta. El materialismo histórico cumplirá en algo su profecía, aunque de una manera un poco diferente: no seremos iguales en la vida, pero seremos iguales en la muerte.

Selección natural, camarada. Solo los más fuertes no caerán. La eugenesia, en su versión democrática y humanitaria, ha marcado el camino logrando, por ejemplo, que en tantos sitios no nazcan niños con Síndrome de Down. Con los derechos ciudadanos “de nueva generación”, el darwinismo social alcanzará niveles desconocidos en nuestros lares: llegará a enfermos deprimidos, a chicos deprimidos, a mayores deprimidos, a mujeres deprimidas, a proletarios deprimidos. Además, aplicado de manera reservada y rápida: así nadie oirá, parafraseando a Karl Marx, el último “suspiro de la criatura oprimida”.

Proletarios del mundo, uníos para ser libres e iguales en la muerte. Nadie tiene que sufrir, nadie puede marcar tu elección, nadie te tiene que decir cómo dejar este mundo; nos pueden quitar los medios de producción, pero no sustraernos los medios de destrucción. Y en este tema, las masas si conquistarán el poder: aquí el Estado sí te ayudará (evitando que tú te lances por un barranco o alguien tenga que hacerlo por ti) y al Mercado sí le importarás con tu pago directo o con subvenciones públicas (en clínicas con precios que llegarán a ser módicos), recordándote el sistema, por unas horas, como ese héroe que no quiso frenar el tren del progreso funcional. Las cabinas de suicidio “asistido” que anunciaba la serie Futurama en su primer capítulo (1999) parecen estar muy cerca de hacerse realidad.

No irás al cielo. Nada hay después de la muerte “asistida”. Es tu derecho, y debes exigirlo. Se paga con tus impuestos, y debes poder usarlo. Es tu ocaso instantáneo, como ciudadano que exige una prestación pública sin dilaciones. Porque las situaciones terminales darán paso a dolencias habituales del cuerpo y del alma; pronto, la eliminación de cualquier menor golpeada por la vida desasistida, mostrará que no habrá clases en la muerte “asistida”.

Proletarios del mundo, uníos para dejar de ser imperfectos en un mundo que vende la perfección, disfuncionales en un sistema siempre funcional, doloridos en una época donde de existencias idealmente indoloras. No hay que modelo de sufrimiento para productores flexibles y consumidores empoderados que pueden andar, moverse y cumplir sin taras ni defectos, y tampoco una carga para aquellos cuidadores que sí valen para trabajar y para disfrutar sin dependientes a su cargo. Los malos deben vivir, pese al sufrimiento que han causado o causan; los buenos pueden morir, por el sufrimiento que no pueden soportar o que pueden provocar en los demás. Ante un presente doloroso, y sin esperanza personal o colectiva, la pastilla que mostraba la película Children of men (2006) podría estar accesible para tantos y tantos.

No acabarás en el infierno. Porque nadie puede juzgarte por tu muerte “asistida”. Es tu vida, y de nadie más. Es tu elección, y de nadie más. Es tu final, como de cualquier otro producto con fecha de caducidad vital para la ley y como ciudadano dotado de una obsolescencia programada por la comunidad. Marx ya lo enseñó: “el hombre es el ser supremo para el hombre”. No lograremos que seas dueño de tu trabajo, sin vasallaje; pero podrás decidir cuándo deben pincharte. No llegaremos a una sociedad comunista, sin clases; pero nos construiremos sociedad sin dolor. No conseguiremos cambiar la realidad material, sin desigualdad; pero lograremos evitar que te atormente este designio en la vida y en la muerte. Y ante el ocaso vital, legal y químicamente hablando, seremos maestros igualitarios: los casos extremos quedarán atrás y, muy pronto, cualquier hijo de obrero podrá ser convertido, rápida e indoloramente, en el mismo polvo en el que acabará cualquier hijo de patrono.

Proletarios, morid con dignidad. Los cuidados paliativos, el afecto comunitario, la trascendencia espiritual o la propia ley de vida no sirven para nada. Sumaros a la evolución progresista, ya que ha quedado muy lejos la revolución obrerista. Olvidaros de la trascendencia, porque meros productos somos. Descartados, fracasados y sufridores, no aspiréis a vivir mejor que vuestros padres, sino a morir mejor que ellos.

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