La naturaleza traidora de los alauitas

Ninguno de los tres reyes del Marruecos independiente ha cumplido los acuerdos o pactos suscritos con España

La invasión de Ceuta mediante una avalancha de inmigrantes montada por la monarquía alauita ha hundido ante los españoles el relato trabajosamente elaborado desde los años 70, después del abandono del Sáhara, de que “Marruecos es un buen vecino”, de que “estamos condenados a entendernos” y, por último, de que la mejor manera de asegurar las buenas relaciones consiste en un “colchón de intereses” económicos. Con los actos de sus patrocinadores, los propagandistas españoles de Marruecos han perdido el discurso. Cerca de dos meses después del ataque, el pueblo, que no cobra de Rabat, sigue respaldando a sus compatriotas ceutíes.

Las máscaras y las chilabas han caído. Y así ha quedado patente el carácter imperialista del régimen marroquí, ya que no reconoce más fronteras que las “auténticas”. Y también ha aparecido desnuda su deslealtad esencial, con amenazas constantes y promesas de recibir a los inmigrantes, a la vez que cierra el paso fronterizo de Ceuta y permite la salida de pateras rumbo a Canarias. Y es que los sultanes desconocen, no ya la conducta en las relaciones exteriores entre países, sino incluso el significado de la expresión “palabra de rey”.

La dinastía alauita, fundadora de Marruecos en el siglo XVII, pactó con Francia para mantenerse en el trono y, una vez obtenida la independencia, con los nacionalistas panarabistas. Su única guía es la de conservar el poder sobre un país que ha convertido en su finca; y para ello no vacila en traicionar incluso a hermanos árabes y musulmanes. Es lo que hizo el rey Hasán II (en la fotografía, con Francisco Franco).

UN ANFITRIÓN INDIGNO

Entre el 13 y el 17 de septiembre de 1965 se celebró en Casablanca una cumbre de la Liga Árabe, a la que asistieron trece jefes de Estado o representantes de otros tantos países, incluida la OLP, fundada en 1964 en Jerusalén Oriental. Les acompañaban sus jefes militares, porque el principal de los asuntos tratados iba a ser la unidad de los árabes contra Israel. Aunque los debates se desarrollaron a puerta cerrada, los israelíes escucharon todas las palabras allí pronunciadas, hasta las discusiones entre el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser y el rey jordano Hussein.

Semejante éxito no se logró gracias a un camarero que llevara una grabadora en una sopera o a un coronel venal chantajeado por sus deudas de juego. Fue algo menos novelesco, pero, paradójicamente, más asombroso. El propio anfitrión se había puesto en contacto con los servicios de información israelíes, el Mossad y el Shin Bet, y les había ofrecido introducir a una unidad entera de agentes especializados en escuchas (apodados tziporim, o sea, pájaros) en una de las plantas del hotel.

Hassán no se fiaba de sus huéspedes, aunque todos rezasen a Alá. El ensoberbecido Nasser, caudillo del arabismo, fomentaba los golpes de estado contra las monarquías, a las que consideraba una rémora para la unidad árabe. En 1958, militares iraquíes admiradores suyos derrocaron al rey Faisal y asesinaron a la familia real. Además, el año anterior había concluido la guerra que Marruecos libró con la Argelia socialista por territorios en el Sáhara. Pero como tampoco confiaba en la discreción de los israelíes, echó a éstos de su reino. Fueron los espías marroquíes los que grabaron las conversaciones y, una vez cancelada la cumbre, entregaron las cintas al Mossad.

El análisis de las grabaciones llevó a los servicios de información israelíes a las siguientes conclusiones: los árabes estaban divididos y, lo más importante, sus ejércitos carecían de preparación. Cuando dos años más tarde estalló la Guerra de los Seis Días, que comenzó el 5 de junio de 1967 con ataques israelíes a las bases de la aviación egipcia y terminó el 10 de junio, Israel obtuvo una impresionante victoria. Derrotó a sus enemigos y se apoderó de la península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y los Altos del Golán.

La traición se mantuvo en secreto durante medio siglo hasta que el general retirado Shlomo Gazit la confirmó en 2016, pero no trajo consecuencias. Habían pasado cincuenta años, los líderes árabes espiados habían muerto y había una nueva situación geopolítica, en la que sólo quedaba una superpotencia en el mundo y los gobiernos enemigos de Israel ya no existían o, como el sirio, estaban inmersos en una guerra civil. Se impuso el realismo.

Hasán II con Abdel Nasser, en 1965, en la residencia del segundo

EL SECUESTRO DE BEN BARKA

La devolución del favor por parte de los servicios israelíes a los alauitas se produjo ese mismo año.

El 29 de octubre de 1965, Mehdi Ben Barka, opositor a Hasán II y personaje del movimiento anticolonial y subversivo, desapareció en el centro París. La reconstrucción del secuestro y el posterior asesinato (su cuerpo aún no se ha hallado) indican que el general Ufkir, ministro del Interior de Hasán, pidió al Mossad ayuda para eliminarle. El servicio israelí recurrió a sus agentes establecidos en la capital de Francia y a sus contactos dentro del Estado francés. Por supuesto, mucho dinero cambió de manos.

Con la excusa de reunirse con un director interesado en rodar un documental, un agente del Mossad atrajo a París a Ben Barka, que residía en Ginebra. Al salir de un restaurante, lo secuestraron unos policías. Al desdichado marroquí se le trasladó a una villa propiedad de un mafioso y, después de interrogarle, los mismos policías le asesinaron delante de Ufkir, que se lo contó a su sultán.

En cuanto se enteró de esta operación, el presidente francés, el general Charles de Gaulle, la tomó como un insulto, aunque sus servicios secretos habían empleado a matones, apodados barbouzes, para secuestrar y hasta matar en el extranjero a jefes y colaboradores de la OAS (el único grupo terrorista del siglo XX que no contó con el apoyo de la izquierda, como subrayaba Aquilino Duque).

La investigación judicial señaló a varios altos cargos de la policía y a agentes del SDECE (servicio de inteligencia exterior) franceses. El primer ministro, Georges Pompidou, y el ministro de Interior, Roger Frey, tuvieron que responder a interpelaciones en la Asamblea. El presidente les abroncó, pero no les hizo dimitir; sólo limpiar un poco los dichosos servicios. Aunque la implicación del Mossad se mantuvo oculta, tuvo repercusiones.

Desde la independencia de Argelia, en marzo de 1962, De Gaulle había empezado a desplazar su política exterior, de apoyo a Israel, a la cercanía con los países árabes, fuentes de petróleo y mercados para su industria (militar, construcción y nuclear). La Guerra de los Seis Días marcó la ruptura entre París y Tel Aviv, con un embargo de la venta de armamento, sobre todo los cazas Mirage, por parte francesa.

PROMESA A LONDRES

Otro ejemplo del nulo respeto que los monarcas alauitas sienten por su palabra es el destino del teniente coronel Mohamed Amekrane.

Éste ocupaba el mando de la base aérea de Kenitra, cercana a Rabat, cuando se ejecutó el golpe de Estado de 16 agosto de 1972 contra Hasán II. Seis cazas F-5 pilotados por oficiales de su base atacaron el Boeing 727 en el que el déspota regresaba de una estancia en París. Los pilotos fracasaron en abatir el avión y Hasán sobrevivió y castigó de manera cruel a los conspiradores, cuyo cabecilla era Mohamed Ufkir, nombrado el año anterior ministro de Defensa, y sus familias.

En cuanto descubrió que Hasán seguía vivo, Amekrane se hizo trasladar en un helicóptero a la colonia de Gibraltar, donde solicitó asilo político. Los británicos lo arrestaron y lo entregaron al monstruo. Londres permitió que, al día siguiente, un avión marroquí aterrizase en Gibraltar y en él fueron introducidos Amekrane, junto con el otro oficial y los tres suboficiales que le acompañaban. La excusa que dio el ministro de Asuntos Exteriores, Alec Douglas-Home, para romper la tradición británica de asilo a los “luchadores por la libertad” era que Hassán se había comprometido a respetar la vida de su presa.

Un tribunal condenó a muerte a Amekrane y se le ejecutó en enero de 1973. De esta manera honraba su palabra el sultán alauita.

La esposa del militar, Malika Amekrane, que tenía nacionalidad alemana, pudo salir del país, llevándose a sus dos hijos. En los meses siguientes, antes de la ejecución de su marido, presentó una demanda ante la Comisión Europeo de Derechos Humanos contra el Reino Unido, en la que se acusaba al Gobierno conservador de haber vulnerado el Convenio Europeo de Derechos Humanos al entregar a Mohamed Amekrane a Hasán II. La demanda se admitió, pero no se dictó ninguna resolución, porque el Gobierno británico negoció un acuerdo con Malika, en el que le dio 37.500 libras, aunque sin el reconocimiento explícito de haber vulnerado el Convenio.

LA BURLA A LOS COMPROMISOS CON ESPAÑA

El Occidente democrático y liberal perdona a la dinastía alauita todos sus atropellos y abusos, porque, durante la Guerra Fría, era una muralla contra la Argelia prosoviética y, ahora, es supuesta desbaratadora del terrorismo yihadista y controladora de la inmigración ilegal.

Respecto a España, ninguno de los tres reyes del Marruecos independiente, Mohamed V (1955-1961), Hasán II (1961-1999) y Mohamed VI (1999), han cumplido los acuerdos o pactos suscritos, desde las licencias de pesca a la aceptación de inmigrantes que salen de su territorio. Y estas traiciones se han producido con el general Francisco Franco, su sucesor, Juan Carlos I, y el hijo de éste, Felipe VI; y con todos los presidentes de gobierno, desde Carlos Arias a Pedro Sánchez. Sólo uno se le ha enfrentado, José María Aznar, y sufrió en 2004 los atentados del 11-M, cuya ejecución atribuyó la sentencia a marroquíes fanatizados… y relacionados con la policía española.

¿Qué político español puede engañar a los ciudadanos asegurando que “resulta clave fortalecer la cooperación con Marruecos” (Sánchez) o que el país árabe es “un socio fiable” (Grande-Marlaska)? ¿Y qué ciudadano español puede creerlo?

Otra certeza desvelada en esta crisis es la generosidad de la dinastía alauita con quienes le venden su alma y su patria, como demuestran las fortunas y las viviendas de que disfrutan algunos de éstos en Marruecos. Ahí está el “colchón de intereses”.

Más ideas