Mi impresión es que, para la mayoría de chinos, estar a cincuenta años de la muerte de Mao Zedong no es aún suficiente distancia. Los chinos, gente en general supersticiosa, prefieren tener a los espíritus malvados lo más lejos posible.
Esta realidad no es obvia cuando uno visita China. Las tiendas siguen llenas de recuerdos de Mao (yo tengo camiseta), incluyendo estatuas, bustos, medallones, adornos de hogar y entrañables copias del Libro Rojo que resume su particular sabiduría en varios extractos que van de lo insípido a lo estúpido. La gente mayor, en particular, aquéllos que vivieron bajo su caprichoso e implacable dictado, nunca hablan de Mao Zedong, sino del “Presidente Mao” (“Mao Chushí”), una apelación que con frecuencia suena entre cautelosa y reverencial, como una frase que se dice para ahuyentar el mal fario o una denuncia anónima.
Los que leen y saben y entienden la historia moderna de China saben que Mao era un psicópata vicioso y criminal cuyos errores retrasaron el desarrollo de la China moderna durante décadas. Imaginen si la República Popular China actual tuviera la renta per cápita moderna de un país que étnicamente chino al 99% como Taiwán (cuya renta es casi el triple que la china), o la de un país étnicamente chino al 70% como Singapur, casi ocho veces mayor. No habría discusión ninguna sobre si EEUU es una mayor potencia. No habría más que respeto y emulación.
Taiwán y Singapur escaparon la maldición comunista, que es una de las mejores cosas que le podría ocurrir a un país en el siglo XX, y que sigue siendo el mayor legado para España de Francisco Franco. Pero, incluso dentro del apabullante mundillo comunista de incompetencia y genocidio, Mao era de lo peor que había.
El mundo está lleno de libros escalofriantes sobre Mao Zedong, desde las obras de Simon Leys sobre la Revolución Cultural hasta las memorias del doctor de Mao, contando cada detalle con el pesar y el deseo de venganza de alguien que vio y sufrió el mal en estado casi puro, en primera persona, sin ambages y sin filtros. Pero quizás el más chocante de todos sea el libro de 2009 Mao Zedong: La historia desconocida, de Jung Chang y Jon Halliday, una biografía del exlíder chino que no deja títere sin cabeza y va a la yugular en todo momento.
La biografía de Chang y Halliday es particularmente notable, en los círculos de especialistas, por su enfoque en la carrera de Mao antes de su ascenso al poder: lo que observamos en sus páginas es un ser sociópata, decidido a alcanzar el poder caiga quien caiga, que en un momento apuesta por el comunismo soviético como tren para obtener sus objetivos, y tiene la suerte de sobrevivir a múltiples purgas, decapitaciones e intrigas burocráticas.
Esto, por supuesto, no tiene nada que ver con la imagen del Mao guerrillero implacable que aparece aún en los culebrones televisivos chinos sobre la ocupación japonesa y la Guerra Civil. En la realidad, como escriben Chang y Halliday, Mao apenas se acercó a un frente en su vida, dependió siempre de camaradas hábiles en los asuntos militares y, de hecho, se pasó gran parte de la ocupación japonesa en tregua con el ocupante, por orden de Stalin y por su propia iniciativa.
Hay que entender que la Unión Soviética estuvo en paz con Japón casi hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y el Partido Comunista Chino era una mera sucursal del soviético, como lo era el español durante la Guerra Civil. Las órdenes salían del Kremlin y Mao, físicamente más bien cobarde, estuvo encantado de pasarse años acumulando armas y municiones para el conflicto que bien sabía que se desencadenaría en cuanto los Aliados derrotaran a Japón. Mientras, su enemigo jurado, el Partido Nacionalista Chino (Kuomintang) que acabó escondido en Taiwán, se dejó millones de soldados en esfuerzos heroicos por frenar a los invasores.
Durante este periodo, Mao sacó dinero cultivando opio, y comprando y vendiendo viudas para sí mismo y sus tropas, expropiando comida de los explotados campesinos para meterse comilonas con el Politburó, y haciendo gracias con su poder absoluto: por ejemplo, escribe Chang y Halliday, “que hasta mis pedos son pedos socialistas”, cuando alguien puso mala cara porque el tipo no dejaba de echar gases.
A partir de 1949, ya presidente chino, siguió siendo un fiel lacayo de los soviéticos hasta que consiguió, gracias a ellos, la bomba nuclear. Fue solo después cuando rompió con su padrino socialista y expulsó a las decenas de miles de especialistas soviéticos que le habían ayudado a reconstruir (hasta cierto punto) un país arrasado por ocupaciones y guerras durante décadas. Yo mismo viví, hace ya casi tres décadas, en el “Hotel de la Amistad” construido para los especialistas soviéticos en aquellos tiempos lejanos, con restaurantes, elegantes jardines al estilo tradicional chino y una preciosa piscina.
Uno podría pasarse la vida contando historietas sobre Mao. Está su increíble vagancia, frecuentemente comentada por su doctor: en Pekín, se pasaba la mayor parte del tiempo tumbado junto a la aún mejor piscina de Zhongnanhai (la Casa Blanca china que se hizo construir junto a la Ciudad Prohibida, aún hoy en día residencia oficial del presidente) leyendo novelas baratas, muchas veces traducciones de obras extranjeras prohibidas en el país y comiendo comida picante de Sichuán, su favorita. Jamás se lavaba los dientes, cuyo aspecto era mejor ignorar.

Todo lo peor del periodo maoísta fueron ideas personales de Mao: las cocinas públicas donde todo el mundo debía comer y los baños públicos donde todo el mundo debía defecar, el Gran Salto Adelante en el que casi exterminó a los gorriones y mató a millones de hambre porque quería usar el grano como combustible para misiles; la Revolución Cultural que acabó con destrucción y miseria generalizadas, canibalismo y una generación absolutamente en shock; las óperas populares que escribió una de sus esposas y que durante una época fueron las únicas obras que se podían representar en el país.
Cerca de su muerte, cuando solo su enfermera podía entender sus balbuceos agonizantes, Mao Zedong lanzó una última purga destructiva en la que casi mató a su eventual sucesor, Deng Xiaoping, y emitió un lamento interpretado por su enfermera: “No he logrado cambiar a China. Solo he podido cambiar algunos lugares en los alrededores de Pekín». Ésta fue una de sus últimas mentiras: el país arrasado que había recibido en 1949 estaba aún más arrasado en 1976. Mao cambió mucho, y todo a peor.