En estos últimos días se ha visto a ministros del gobierno marroquí reafirmando los supuestos derechos de Marruecos sobre Ceuta y Melilla. Ahmed Toufiq, ministro de Asuntos Islámicos, en una ceremonia religiosa frente a su monarca, Mohammed VI, afirmaba el «deber sagrado» de recuperar las «ciudades ocupadas», mientras Abdellatif Ouahbi, ministro de Justicia, hablaba del derecho «histórico y geográfico» sobre las dos ciudades. No obstante, si de historia y geografía se trata, como en toda buena historia hay que remontarse al pasado —y no al 21 de agosto de 1415, fecha de la conquista portuguesa de Ceuta al sultanato benimerín, que no marroquí—, sino ir mucho más atrás, hasta donde las fuentes históricas ya no llegan y solo queda el «mito».
Cuenta el mito que, en el siglo XIII a.C., el héroe griego Hércules, cumpliendo su décimo trabajo, llegó hasta lo que hoy es Gibraltar, donde África y Europa se unían por una gran montaña que cerraba el paso del Mediterráneo al Atlántico. Fue él quien la partió en dos para abrir el estrecho, dando origen a las columnas que llevan su nombre. Leyenda o no, lo cierto es que África y Europa, aun conectadas, no eran una sola tierra; la unidad real era esa montaña partida que hoy identificamos con el peñón de Gibraltar y el monte Hacho, en Ceuta. Así que, siguiendo el mito, bien podría decirse que Ceuta es un pedazo de la península que quedo en África.
Y del mito al logos: la propia geología demuestra algo muy revelador. No solo Ceuta, sino toda la orilla norteafricana que sigue la cordillera rifeña, mantiene una conexión geológica con el sistema bético, separada tan solo por las aguas del mar de Alborán, igual que ocurre con las islas Baleares: separadas geográficamente por el Mediterráneo, pero unidas geológicamente a la península. Esta zona de fricción entre placas tectónicas, donde la africana se encuentra con la europea, recibe el nombre de arco de Gibraltar, y es una región geológicamente más unida a la península que a los montes Atlas de Marruecos o Argelia, aunque hoy la separe el mar. Quizás, entonces, esos supuestos «derechos geográficos» que reclama Marruecos tengan más sentido vistos desde España, precisamente por esa conexión geológica y geográfica.

Pasando ya a la historia documentada, los fenicios de Tiro fundan Cádiz hacia el 1100 a.C. y ejercen desde allí su control sobre las factorías y colonias de la orilla norteafricana del estrecho. Era esa orilla africana la que dependía de la península, y no del interior de África, donde vivían las tribus nómadas ancestros de los bereberes. Quizás los fenicios solo buscaban continuar la geografía quebrada que había dejado Hércules —a quien llamaban Melkart— uniendo sus dos columnas. Lo mismo hicieron después los cartagineses, entre el 500 y el 206 a.C.: el centro de control militar y administrativo de la orilla africana del estrecho venía siempre desde la península, en este caso desde Cádiz, y nunca al revés.
Roma, al llegar, no rompió con esos casi 900 años de fenicios y cartagineses. La costa norteafricana del estrecho siguió dependiendo de la península, no solo a nivel económico y administrativo, sino también, ya con Roma, a nivel militar. Roma entendió lo que hoy a muchos aún les cuesta ver: que el territorio donde hoy se alza Ceuta era la puerta de entrada a la península y, por tanto, a Europa. Por eso, para defenderse de las incursiones de las tribus maures —ancestros de los bereberes— que asolaban la Bética (la actual Andalucía) en busca de saqueo, el emperador Diocleciano unió definitivamente, en el siglo III d.C., el territorio de la Mauritania Tingitana a la Diócesis de Hispania, en plena época de inseguridad e incursiones bárbaras, no muy distinto a la época actual.
Ese mismo «continuo tempore» lo heredaron los visigodos del Reino de Toledo: entendieron, como sus predecesores, que la península no terminaba en el mar de Alborán, sino que se prolongaba más allá. Por eso, cuando los bizantinos flaqueaban en Oriente frente al avance musulmán, aprovecharon para asegurar el control de las dos orillas tomando Ceuta. Pero los problemas del pasado no son tan distintos a los del presente —ambición, rencillas, corrupción— y fue justo ahí donde los visigodos descuidaron lo que Roma tanto se había esforzado en proteger: el control del estrecho. Gobernaba entonces en Ceuta, según cuentan crónicas cristianas y musulmanas no siempre fiables —hasta el punto de que su propia existencia histórica sigue en discusión—, el conde Don Julián, quien por una disputa personal con el rey visigodo Don Rodrigo dejó las puertas de España abiertas y permitió el paso y la conquista musulmana del 711 d.C. Reparar aquel error le costaría a todo un pueblo casi 800 años de Reconquista —término hoy denostado por buena parte de los historiadores—. Y, sin embargo, incluso durante el paréntesis de poder musulmán independiente en la península, Al-Ándalus, sus propios gobernantes musulmanes siguieron viendo Ceuta como parte del territorio peninsular, igual que después la verían los reinos cristianos en su avance hacia la recuperación de lo perdido.
Por eso Portugal se lanza a conquistarla en 1415, arrebatándosela a los benimerines, que a su vez se la habían quitado antes a los nazaríes de Granada. Ceuta es peninsular como el dedo es extensión de la mano; de hecho, por eso la Reconquista siguió después por esa misma costa, al otro lado del estrecho y del mar de Alborán, aunque limitada a pequeñas plazas y no a la conquista y repoblación que sí hubo en la península —algo que muchos historiadores reconocen que se debió, sobre todo, a que las guerras de Italia y el descubrimiento de América abrieron demasiados frentes a los que atender a la vez—.
Y entonces, si era portuguesa, ¿cómo acaba siendo española? Aquí vuelve a hablar el mismo proceso histórico: Ceuta es una extensión más de la península, y tras la disolución de la unión con Portugal prefiere formar parte de quien controla su orilla norte, de quien depende y la integra: la Corona de Castilla, que junto con las de Aragón y Navarra dará origen a España.
Vayamos ahora a refutar las afirmaciones marroquíes. Primero: Ceuta no es una colonia, y resulta ofensivo llamarla así cuando enfrente sí tenemos una colonia de verdad, Gibraltar, donde se expulsó en 1704 a la población local para poblarla con colonos británicos, dejando a sus descendientes todavía desahuciados en el Campo de Gibraltar. Segundo: la historia muestra a Ceuta —y a Melilla y la costa del Rif donde están los demás enclaves de soberanía española— como puerta y parte íntegra de los estados, pueblos y reinos que nacieron en la península, aunque quizá esa puerta esté volviendo a abrirla otro Don Julián, apellidado Sánchez. Tercero: la geografía no es excusa; si lo fuera, España tendría derecho a reclamar el Rif, pues geológicamente el Rif y la península forman una unidad geológica indivisible. Y cuarto: si Marruecos plantea como «deber sagrado» recuperar lo que nunca fue suyo, más sagrado debe ser para España defender la tierra de sus ancestros y la integridad de su territorio, sobre todo cuando el envite llega con abusos: no se puede ceder ante quien abusa, porque siempre pedirá más.
Porque la historia, bien mirada, no deja lugar a la duda: de Hércules a Roma, de los visigodos a Castilla, Ceuta ha sido siempre la puerta de la península, parte de esta. Y una puerta, por definición, pertenece a la casa que abre, no a quien la mira desde fuera, para derribarla y entrar a robar.