La herida perpetua o la invención de García Lorca

Bajo la mitificación acrítica de la figura de Federico García Lorca se esconde un proyecto político desvitalizador, indigente, baldío

En su célebre conferencia Tres generaciones del Ateneo, Manuel Azaña señaló que lo mismo que existían ¡personas “heredo sifilíticas”, había  pueblos “heredo-históricos” como España. A partir de ese diagnóstico, defendía que cualquier proyecto de carácter progresista o de izquierdas debía perseguir “la emancipación de la Historia”. Sueño en apariencia utópico, pero que, en realidad, hacía referencia a finiquitar con la tradición católico-imperial, que tanto detestaba desde su etapa de estudiante en El Escorial, como puede verse en su libro El jardín de los frailes. Y es que, en otro de sus ensayos, el dedicado al Idearium de Ángel Ganivet, el alcalaíno sostenía que España, como nación, se había desviado de su destino histórico tras la derrota de las Comunidades castellanas en la batalla de Villalar frente a Carlos V. Ahí radicaba la genealogía histórica del liberalismo español, que era preciso renovar contra la monarquía y la Iglesia católica, pilares del orden tradicional. Azaña fue siempre un representante de esa repugnante tradición que Michael Oaskhesott denomina “racionalismo político”. Un ensayista superficial, sin conocimientos sólidos de sociología y economía. Y que tampoco fue capaz de percibir la fuerza de las tradiciones religiosas en la sociedad española. Dio por muerta a una institución milenaria como la Iglesia católica; se enfrentó directamente con ella, sin mediaciones ni maquiavelismo previos; y naturalmente perdió la partida. En ese sentido, siempre me ha llenado de estupefacción intelectual y política su actual consideración como un estadista. No lo fue en absoluto. Realmente fue uno de los culpables –junto a otros muchos, a derecha e izquierda– del estallido de la guerra civil. Algunos historiadores –e historiadoras– superficiales han considerado, contra no pocas racionalidades y evidencias, la II República como un régimen político “integrador”. Tampoco lo fue; ni tan siquiera para aquellas fuerzas políticas triunfantes el 14 de abril de 1931. Su advenimiento estuvo indeleblemente marcado por un claro deseo de venganza hacia las clases e instituciones tradicionales. Estas, en modo alguno inocentes de no pocas lacras padecidas por la sociedad española, obraron en consecuencia, defendiéndose de lo que se les venía encima. Su actuación política fue deleznable. Deplorable. Y estaba destinada al fracaso más estrepitoso. Un político que se autodefinía orgullosamente como burgués unido a las izquierdas revolucionarias, una contradicción que le llevó al desastre personal y político. Como presidente de la II República, antes y después del estallido de la guerra civil, mostró sus insuficiencias como líder político. Poco tenía que hacer en una coalición donde dominaban los socialistas revolucionarios, los comunistas y los anarquistas. Sus discursos son la obra de un viejo león acorralado y domesticado. Sin capacidad de maniobra. Como metido en una jaula con una rata ávida encima de la cabeza. Una mera marioneta en manos de los revolucionarios. A ese respecto, destaca su discurso del 18 de julio de 1938 en Barcelona, cuyo contenido se resumía en tres palabras “Paz, Piedad y Perdón” De nuevo, algunos analistas superficiales lo han ensalzado, sin tener en cuenta el contexto en que se pronunciaron aquellas palabras. Y es que, en aquellos momentos, todos los frentepopulistas sabían que, desde hacía tiempo, la guerra estaba perdida. Y no tenían nada que ofrecer al enemigo, que exigía la rendición incondicional. Según Manuel Tuñón de Lara, testigo de aquella situación que luego intentó malamente historiar, el contenido de aquel discurso fue considerado por no pocos como “derrotista”; y censurado en sus contenidos generales. Todo un fracaso.

  No obstante, aunque de manera involuntaria, Azaña acertó en dos de sus diagnósticos. Por una parte, no hay duda de que España es un país “heredo-histórico” y un país que necesita perentoriamente una reconciliación efectiva y real. Aún no la han conseguido; y no parece que vaya a conseguirla en breve.

  En ese sentido, resulta arquetípica la actitud de algunos intelectuales. Significativamente, la escritora Almudena Grandes publicó hace ya tiempo una gavilla de artículos periodísticos bajo el título de La herida perpetua. La señora Grandes, convertida en un mito de la gauche divine española, no es sólo la autora de novelas claramente pornográficas como Las edades de Lulú, sino de un proyecto neogaldosiano  centrado en la postguerra española, donde los malos son perversos y los buenos angélicos. En sus Episodios nacionales, Galdós describía el ascenso del liberalismo y de la burguesía española, la señora Grandes los fracasos y padecimientos de las izquierdas tras la guerra civil. Los malos malísimos son los nacionales/franquistas y los buenos buenísimos son los republicanos, mejor dicho, los revolucionarios frentepopulistas. El título de La herida abierta sintetiza el contenido de toda su producción,  Un herida que supura permanentemente y que nunca podrá cicatrizar. Una especie de pecado original y hereditario ad aeternum. En su semblanza crítica del poeta John Milton, T.S. Eliot afirmó que las guerras civiles suelen durar unos cien años. Más rencorosa, la señora Grandes aspiraba a una guerra espiritual permanente. Sin fin. Sin perdón.  A través no sólo de la historiografía, sino de la literatura y el cine, la herida no ha dejado de alimentarse artificiosa, cruel y cínicamente ese dolor perenne. Una fabricación orwelliana del pasado ha sido la obsesión permanente de las izquierdas. Mezcla explosiva de masoquismo y rencor.

 El noventa aniversario del asesinato del poeta Federico García Lorca ha puesto de manifiesto una vez más la dimensión de este proceso. La conmemoración lorquiana se ha convertido en un rito a lo largo de los años; pero en esta ocasión se ha extralimitado. Y no hace falta ser un lince o un augur para conjeturar que lo seguirán haciendo. Incluso podemos preguntarnos qué ocurrirá dentro de diez años, en el centenario. Se ha llegado a construir una especie de teología política lorquiana, la creación de un de santo laico, incluso con poderes telúricos, según afirmaba el grotesco David Uclés, cosas más que del realismo mágico del realismo cutre. Todo es posible en España. Lo de la teología política lorquiana no es broma.  Y es que se organizó una especie de procesión laica presidida por una estatuilla representando al granadino, llevada a hombros hasta la madrileña plaza de Santa Ana, donde frente al Teatro Español se encuentra un mediocre monumento que recuerda del autor del Romancero gitano. Naturalmente, la procesión laica se encontraba inserta en un claro proyecto político de reivindicación de la II República, ya que de inmediato se colocó la bandera republicana en el cuello de la estatua. Alguien quitó el trapo, pero de inmediato fue repuesto.

  Dejemos las cosas claras desde el principio: no soy lorquiano. No me gusta el conjunto de su poesía, al igual que su teatro. Su pensamiento político me parece inexistente.  Naturalmente, lo respeto como persona; y, como luego diré, su asesinato puede calificarse de monstruosidad sin paliativos, sin atenuantes posibles; y además un error político que aún estamos pagando. Sin embargo, sentir empatía por el poeta granadino no implica comulgar con ruedas de molino desde el punto de vista estético y político. Quizás quien mejor y más lacónicamente definió la obra de García Lorca fue Enrique Tierno Galván: “la de un Mediterráneo y unos gitanos inexistentes”, Mis preferencias poéticas se encuentran en las obras de Ezra Pound, Gottffried Benn, William Butler Yeats, Manuel Machado, Jorge Luis Borges, Luis Alberto de Cuenca, y Rafael Morales. En consecuencia, no se trata de reivindicar a García Lorca para la derecha. Si existe algo que me escandaliza es la instrumentalización y la invención de su figura para la continuación de esa guerra espiritual permanente y cainita. Veámoslo. “Símbolo de la represión·; “lo mataron por rojo y maricón”; “nuestro poeta más universal”; “lo mató el fascismo porque representaba las ideas de libertad que odiaban”; “A Lorca lo mató el fascismo, la envidia y la homofobia”; “Lorca no era rojo, es que era muy rojo y maricón”.; “no es sólo un poeta; es un símbolo de la luz que el fascismo intentó apagar”; “la poesía es el arma perfecta para matar fascistas”. En ese contexto ideológicamente tan febril como frívolo, quien llegó a un nivel de abyección fue el líder comunista andaluz Antonio Maíllo, quien acusó a VOX de ser el heredero de sus asesinos. Como si el PCE, no tuviera esqueletos en su armario, como, por ejemplo,  Andrés Nin o Juan Camorera, entre otros.

  Por otra parte, Federico García Lorca no ha tenido suerte con sus biógrafos, al menos con los más mediáticos y ruidosos. Sin duda, ha existido, y existe, en la crítica literaria española una clara obsesión lorquiana, cuyo exponente más culto y selecto fue Miguel García Posada. En su autobiografía La Quencia, el nombre del granadino aparece por doquier, venga o no al caso. Era una obsesión grafómana. A pesar de ello, García Posada era un crítico literario culto y sutil. No ocurre lo mismo con el filólogo, que no historiador, Ian Gibson, un irlandés nacionalizado español grotesco. Su amigo Francisco Umbral lo definió como “el hispanista más golfo de Europa”. Hoy, se muestra adalid de la cultura gay. Por puro cálculo mercantil y mediático. Corría un chiste en la España de Franco, sobre quien era la mujer más ahorrativa del mundo; y se contestaba que una jerarca de la Sección Femenina, que con una camisa vieja se hizo un sostén para toda la vida. Es lo mismo que Gibson ha hecho con la figura y el triste asesinato de García Lorca. De hecho, conquistó la fama con su libro La represión nacionalista en Granada y el asesinato de Federico García Lorca, publicado en Francia por la editorial antifranquista Ruedo Ibérico. Muerto Franco, la obra, debidamente revisada, fue publicada en España por la editorial Crítica. Enseguida se nacionalizó español, porque parece ser que en su patria no se le hacía demasiado caso. Hombre macizo y vital, conquistó de inmediato el campo cultural y mediático español. García Lorca daba para mucho; y el irlandés lo exprimió como un limón, hasta límites insospechados. No obstante, a poco que se profundice en su producción, resulta evidente que fuera de los temas lorquianos. Gibson es una absoluta nulidad intelectual. E incluso, en ese aspecto, como luego señalaremos, deja mucho que desear. La editorial Planeta lo recibió con los brazos abiertos. Y le encargó una obra sobre José Antonio Primo de Rivera, titulada En busca de José Antonio, fallida desde el principio. A Gibson no le interesaba para nada la figura del fundador de Falange; es más, lo odiaba, como al conjunto de las derechas españolas. Entre cubata y cubata, escribió una obra de encargo, que le valió el Premio Espejo de España. No aportaba nada. Se le escapaba el contexto social, político y cultural de la España republicana. No pasa del tópico. En gran medida, vampirizó el libro del falangista y homosexual Felipe Ximénez de Sandoval, José Antonio (Biografía apasionada). Luego, publicó un libro repugnante, El vicio inglés. Intentó incidir en la matanza de Paracuellos del Jarama, en un libro muy favorable a Santiago Carrillo. Posteriormente, se dedicó a escribir una serie de biografías intranscendentes de Salvador Dalí, Luis Buñuel, Camilo José Cela y Antonio Machado. Se afilió a PSOE. Su fama procede, como en el caso de Paul Preston, de ser un buen relaciones públicas. Ha publicado varias biografías de García Lorca, algunas el mismo año y en distintas editoriales; lo que no deja de resultar curioso. En cualquier caso, Gibson es un biógrafo muy discutible. La trama narrativa de sus obras lorquianas posee una clara dimensión teleológica.  Y trágica. Desde el principio, el granadino parece condenado a ser asesinado por la monstruosa derecha española. Cada crítica desdeñosa o negativa por parte de la prensa conservadora es interpretada como una especie de ascensor para el cadalso. Para el martirio. A ese respecto, el irlandés se ha convertido en una especie de mistagogo lorquiano, forjador de teología política. Una de sus obsesiones, y no por casualidad, es la tumba y los restos del poeta. Teme morir sin poder haber contemplado los huesos de su mártir. Le preocupa mucho si le metieron los tiros por las posaderas, porque sería la prueba fehaciente de que fue un asesinato homófobo. Gran descubrimiento. De ahí sus permanentes choques con los descendientes del poeta, que sospechosamente se niegan a seguirle los pasos. No menos significativa ha sido su persecución hasta la tumba a uno de sus asesinos, Ramón Ruíz Alonso. No descanso hasta saberle muerto y el lugar de su tumba. Sin duda, padece de necrofilia. Además, los cadáveres le proporcionan una oportunidad para la exhibición de su ego. Y mostrar que el testamentario del granadino, mucho más que su familia, Para Gibson, García Lorca ha sido y es “el poeta y dramaturgo español más traducido y amado de todos los tiempos”, “víctima del fascismo”, la representación de “todos los desaparecidos y perseguidos de la tierra”. Además, este irlandés propugna para España una República Federal Ibérica.

Ian Gibson junto a un retrato fotográfico de Federico García Lorca

  ¿Fue García Lorca un hombre de izquierdas?. ¿Fue un poeta social comprometido con la causa del proletariado rural o industrial?. Sin duda, fue un burgués progresista. Lector quizá de la mediocre obra de su mentor Fernando de los Ríos Urruti, El sentido humanista del socialismo, es decir, un socialismo conservador, anticomunista.  Su  formación fue católica, liberal y elitista, como miembro de la selecta Residencia de Estudiantes. Un burgués paternalista, bon vivant. Vilfredo Pareto le hubiera conceptualizado como un representante de las plutocracias demagógicas. En sus poemas, no aparecen los jornaleros, ni el proletariado industrial. Tampoco existe una crítica explícita a la burguesía ni a la aristocracia terrateniente, tan poderosas en su Andalucía de verde luna. Sí, como veremos, a la Guardia Civil. En su producción, a parecen, eso sí, gitanos, muchos gitanos, afroamericanos, toreros, animales, niños y niñas, jinetes, poetas, paisajes, puestas de sol, etc. La suya no es una poesía militante, como la de Rafael Alberti o la de su amigo Pablo Neruda y luego la de Gabriel Celaya. Es tan elitista como Cernuda, que podría ser comunista, pero un gran admirador del conservador T.S.Eliot.  La denominada “generación de la berza” no pudo inspirarse en su obra. No fue un hombre de pensamiento riguroso desde el punto de vista filosófico o político. En su trayectoria, se impone claramente el pathos sobre el logos. Tenía ocurrencias. Un sentimental. Incidentalmente, nombraba a Karl Marx y, en alguna conferencia, hizo referencia al “gran Lenin”; pero también citó a Menéndez Pelayo o Menéndez Pidal y Balmes. Creía que el verdadero fautor de la revolución rusa había sido Fiodor Dostoyevski. Criticaba, en ocasiones, el concepto de arte por el arte, al que calificó de “cursi”, “en un momento dramático del mundo”; y afirmó ser partidario de los que no tienen “nada”, “la justicia para todos”. Aunque luego matizó y dijo que era partidario de “los pobres, pero de los pobres buenos”. Paternalismo puro. Se negó a afiliarse al Partido Comunista, como le pedía su amigo Alberti. ¿Se lo imaginan al lado de Enrique Líster, con su pajarita burguesa?. En otra ocasión, se autodefinió, humorísticamente, como “anarquista-comunista-libertario, católico tradicionalista y monárquico que apoya a Don Duarte de Portugal”. Obviamente, lo político era secundario para él. En una conferencia, afirmó que su obra teatral Mariana Pineda pretendía ofrecer al público una interpretación “católica” de la heroína liberal. En Los reyes de la baraja, uno de sus últimos poemas,  propugnaba “llenar la cara de barro” a los partidarios de la Monarquía. Y, en uno de sus primeros escritos, rechazó el patriotismo como causante de desastres y guerras. Un sentimiento peligroso.

  Desde el punto de vista de la historia social y del pensamiento, las obras lorquianas que me suscitan un mayor interés son Poeta en Nueva York y Romance de la Guardia Civil española. La primera es reflejo de la auténtica agresión simbólica que significó para un joven de formación católica, liberal, e inserto en el universo simbólico de una sociedad preindustrial y agraria como la andaluza, la contemplación de la hipermodernidad representada por el capitalismo norteamericano en su urbe por excelencia. Y es que no hay nada más antipoético que el capitalismo en su versión más brutal, despiadada y deshumanizadora. Recordemos la interpretación que Baudelaire realizó de la obra de Poe, excluido del canon norteamericano por su desdén hacia los valores liberales y utilitarios. Recordemos igualmente el poema de Ezra Pound Usura, otro autoexcluido del utilitarismo norteamericano. El autor de Cantos era profundamente anticapitalista e incluso elaboró una alternativa económica al liberalismo. Algo que no hizo nunca García Lorca, que de economía no sabía nada. Su asco por Nueva York no le llevó a elaborar su propio pensamiento económico; ni se le pasó por la cabeza. No era lo suyo. Para García Lorca, Estados Unidos en general y Nueva York en particular, era el país de la voluntad individual, del dominio de la máquina, de la democracia masiva, de las muchedumbres solitarias, la industrialización deshumanizadora, del racismo y, sobre todo, del imperialismo económico. En cambio, le gustaba, según dijo a Jorge Luis Borges, Mickey Mouse, que no deja de ser un producto de la cultura norteamericana. Su crítica tiene un carácter cultural, antimoderna, empapada de elitismo, individualismo y el pesimismo cultural. Hace suyos los rechazos de Unamuno, Poe y T.S. Eliot a las consecuencias de la modernización,. La suya era “una nación lírica” ajena a esas amenazas. Detesta la “arquitectura extrahumana y ritmo furioso”. “Geometría y angustia”, “típica angustia vacía”. Sus preferencias se centraban en los afroamericanos, “los negros”, que se caracterizaban por su religiosidad., “que los salva de todos los peligrosos afanes actuales”. Denunciaba, en cambio, a la comunidad judía , “de nariz gélida y alma secante”. Wall Street era “fría y cruel”. Rechazaba la moral protestante, ·”que yo, como español típico, a Dios gracias, me crispa los nervios”. Celebra el crack de 1929 y se siente solo entre las multitudes anónimas de la gran ciudad.

  Romance de la Guardia Civil española refleja una profunda animosidad respecto a la Benemérita. Este poema fue muy celebrado por las izquierdas –tuvo oportunidad de verlo en una conferencia en Barcelona– y ofendió a un sector del conservadurismo español. De hecho, su contenido fue recordado en el informe que legitimó su asesinato. Sin embargo, el contenido del poema resulta ambiguo y críptico. García Lorca idealiza a los gitanos. En su obra, se trata de una etnia imaginada, no real, que encarna cierto tipo de anarquismo y rechazo de las convenciones burguesas. Quizás igualmente objeto de amor oscuro. La Benemérita representaba, por contraste, la “negrura”, “el alma de charol”, “jorobados y nocturnos”, que, en la noche de Navidad, destruye la jerezana ciudad de los calés. No obstante, en el poema aparece la Virgen María y San José, y detrás el terrateniente Pedro Domecq, este último no sabemos por qué, ¿quizás como representante de la aristocracia?.  En cualquier caso, es una figura que no vuelve a aparecer en el poema. San José es herido y “amortaja a una doncella”, la Virgen María cura a los niños “con salivilla de estrellas”. Esta presencia de lo sagrado, del imaginario católico, relativizan en gran medida su contenido pretendidamente subversivo.

  Se ha insistido reiteradamente en el compromiso republicano de García Lorca, reflejado en su participación en la experiencia de La Barraca. Y es cierto.  Sin embargo, a veces se olvida que García Lorca no era un sectario, y que en La Barraca participaron intelectuales de todas las ideologías y militancias políticas; algunos luego afines a Falange o al régimen de Franco, como José Caballero, Manuel Augusto García Viñolas, Manuel de la Corte, Eduardo Ródenas o Luis Felipe Vivanco. Y es que igualmente se ignora que el experimento de La Barraca guarda no pocas relaciones y analogías con el desarrollado en la Italia fascista con los denominados Carros de Tespis, un ambicioso proyecto de teatro itinerante masivo y al aire libre diseñado en Italia a partir de 1929. El sistema transformaría la antigua tradición del teatro ambulante en una maquinaria de difusión cultural y de nacionalización de las masas. A través de la Opera Nazionale Dopolavoro, la institución encargada de la organización del tiempo libre y de formación de un teatro de masas. Igualmente, se ha insistido mucho en las críticas de los sectores conservadores tanto a La Barraca como a las Misiones Pedagógicas. No así a las izquierdistas, que fueron más radicales. Y que aún continúan en la actualidad. No hace mucho José Antonio Fortes definió a García Lorca como un “señorito fascista”, entre otras cosas por la valoración positiva y la difusión del Teatro del Siglo de Oro entre las masas campesinas. Estas críticas no eran nuevas y aparecieron en el período republicano. García Lorca no las tuvo en cuenta e incluso pretendió dar una interpretación progresista, aunque no revolucionaria, de sus mensajes. Era devoto de Luis de Góngora y de Lope, Calderón, Tirso y Cervantes. Para él, se trataba del “teatro más rico de toda Europa”.

  Otra de las jaculatorias progresistas sobre García Lorca es presentarlo como víctima de la homofobia derechista y fascista. Sin embargo, eso que ahora se denomina “homofobia” era general en el conjunto de la sociedad española. En la España de la represiva Ley de Vagos y Maleantes –conocida popularmente por “La Gandula”–, obra de Manuel Azaña y su gobierno, no podía existir espacio social y político para lo que luego se ha denominado colectivo LGTBI  La virilidad era la actitud absolutamente dominante en el conjunto de las izquierdas; y la homosexualidad se consideraba como producto de la decadencia del mundo burgués. Los medios anticlericales, como La Traca y Fray Lazo, contraponían su virilidad al afeminamiento de los tonsurados. El muy viril Miguel Hernández, a quien García Lorca despreciaba, en sus endebles poesías de la guerra civil tachaba a Hitler y Mussolini de “mariconazos”. Durante la guerra civil, las revistas de humor frentepopulistas caricaturizaban a Franco como un ser afeminado. Y a sus “flechas” como unos sarasas, seducidos por el Generalísimo. Nadie parece recordar las actitudes de Manuel Sacristán frente a Jaime Gil de Biedma, impidiéndole ingresar en el Partido Comunista, por su homosexualidad. Y, ya muerto Franco, Juan Goytisolo se quejaba de la homofobia dominante en figuras históricas como Federica Montseny y en dirigentes de la izquierda radical como el PTE o la ORT.

  Y no era solo una actitud española., como pudo verse en Francia, con motivo del proceso contra el escritor colaboracionista Robert Brasillach,  fusilado a los treinta y seis años, Brasillach  fue un intelectual mucho más completo que Garcia Lorca. Era poeta, ensayista,  novelista, autor teatral, memorialista, crítico literario y uno de los primeros historiadores del cine. Cometió el error de sentirse seducido por el nacional-socialismo; y lo pagó con la vida. Sin embargo, en el proceso el fiscal insistió en su orientación sexual a la hora de conseguir la condena.

  Otros intelectuales afines al fascismo corrieron la misma suerte, Giovanni Gentile asesinado por un comando comunista; Ezra Pound encerrado en una jaula; a punto de ser fusilado. Drieu La Rochelle se suicidó.

  ¿Fue García Lorca una víctima del fascismo?. En mi opinión, no. El poeta granadino fue víctima de unos vesánicos monstruosos e ignorantes, y seguramente, como han apuntado algunos historiadores, de enemistades familiares por pleitos de tierras. El fascismo español, es decir, Falange no sacó ningún rédito político del asesinato de un hombre, como García Lorca, inofensivo, y que tenía amigos en todos los sectores políticos. El católico conservador Manuel de Falla y la familia Rosales, conocida por su militancia falangista. El comunista Gabriel Celaya señaló su amistad con José Antonio Primo de Rivera, lo cual  desagrada bastante a un sectario como Gibson. Por supuesto, tampoco tuvo nada que ver el general Franco en el asesinato; ni tan siquiera era todavía el líder efectivo de los rebeldes. No deja de ser igualmente un rumor más o menos malevolente, propio de gente como Gibson, la intervención de Queipo de Llano en la muerte del poeta. Y es que, al parecer, las líneas de comunicación telefónicas entre Granada y Sevilla estaban cortadas cuando se produjo el asesinato. Seguramente, Queipo de Llano ni conocía a García Lorca. Por otra parte, el virrey de Andalucía no era un derechista típico. Había participado en la intentona de Cuatro Vientos a finales de 1930 contra la Monarquía. Su animadversión hacia la familia Primo de Rivera fue manifiesta, y en alguna ocasión terminó a golpes con el fundador de Falange. Queipo de Llano se sumó a la conspiración cuando su consuegro Alcalá Zamora fue destituido de la presidencia de la II República. Rebelde por naturaleza, sus choques con Franco fueron permanentes.

El ministro de, entre otras cosas, Memoria Democrática, Félix Bolaños, junto a un retrato de García Lorca

  Finalizada la guerra civil, como ha señalado Nöel Valis, escritores derechistas y afines al régimen de Franco, como Agustín de Foxá, Felipe Ximénez de Sandoval, Roy Campbell, José María Castroviejo, Edgard Neville, Joaquín Romero Murube o Ernesto Giménez Caballero, se ocuparon de su figura. Sus Obras Completas fueron editadas en España a mediados de los años cincuenta. Hace poco he podido ver por internet una entrevista celebrada en 1967 entre Ezra Pound y Pier Paolo Pasolini. El poeta y cineasta se sintió fascinado por la personalidad del anciano poeta. Claro que Pasolini era un reaccionario de izquierdas.  En España, nunca veremos cosa semejante.

  En contraste, los asesinatos de José Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera, Ramiro de Maeztu o Victor Pradera si reportaron beneficios al bando frentepopulista, ya que privaron a los nacionales no sólo de líderes políticos, sino de algunos de sus pensadores políticos más caracterizados. La repercusión estrictamente política del asesinato de García Lorca fue nula para los revolucionarios; eso sí, resultó ser una gran baza propagandística.

  Deliberadamente en algunos casos, y con la complicidad de la derecha intelectualmente más torpe de Europa, los pensadores y escritores asesinados en la zona frentepopulista han sido olvidados y, en algún caso, vilipendiados. Nadie o muy pocos han recordado a Pedro Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu, José María Hinojosa, Víctor Pradera o Ramiro Ledesma Ramos. Como biógrafo de Maeztu, me ocuparé de su mala suerte histórica, aunque algunos de sus libros, como Defensa de la Hispanidad, se siguen editando y vendiendo. El intelectual vasco fue asesinado sin juicio previo. Hay sospechas de que detrás de esa infamia monstruosa se encontraban Luis Araquistain y Julio Álvarez del Vayo, colaboradores, por cierto, los tres de El Sol. Pero no pude encontrar indicios fehacientes; no soy como Ian Gibson. Tampoco se le tuvo en cuenta excesivamente durante el régimen de Franco, aunque fue presentado como uno de sus precursores. Su Defensa de la Hispanidad no fue editado como libro de referencia en los colegios. Fue criticado por algunos falangistas. No existe ninguna estatua que recuerde su figura, a diferencia de Valle Inclán, Baroja, Azorín o Unamuno. Tampoco se publicaron sus obras completas. Tan sólo se le concedió un título nobiliario poco antes de la muerte de Franco. En la situación actual, primero se le silenció; luego, se le menospreció; y finalmente se le insultó. El recientemente desaparecido Gregorio Morán, foliculario malmetido a historiador ignorante, sostuvo que Maeztu no fue “más que un periodista ultraderechista que había sido asesinado por los republicanos en los primeros días de la guerra civil. Y finalizó la faena, como era de rigor, calificándolo de “demente”. Sin embargo, quien se llevó la palma del improperio fue el centrista Andrés Trapiello –inventor de la figura de Manuel Chaves Nogales, un foliculario carente de formación filosófica, representante, según él, de la mirífica ·Tercera España– que se atrevió a comparar las figuras de García Lorca y Maeztu. El resultado no pudo ser más repugnante y maloliente- En su superficial libro Las letras y las armas, sostuvo que Maeztu fue, en realidad, “un invento del franquismo”, “el escritor muerto que se intentó poner al otro muerto ilustre, que era García Lorca, en un esfuerzo desesperado de demostrar que la barbarie de la guerra se había repartido por igual en ambas partes”. Y es que, según el literato centrista, mientras que García Lorca era un gran poeta, Maeztu no pasaba de ser “literariamente un adoquín”, “un hortera del comercio”. Además, ambos eran disímiles en cuanto personas. El vasco era “un hombre de presa”; y el granadino representaba “la juventud, el talento, la bondad, la generosidad, la alegría”. Leyendo a este patán parece como si el asesinato de Maeztu estuviera justificado, porque era un “fascista”. Dejémoslo. No merece la pena. Porque en la vida política y cultural no existe un espécimen más despreciable que el “centrista”.

  En fin padecemos, pues, en España, como hubiera dicho Tzvetan Todorov, una memoria incompleta, sectaria, de tintes esperpénticos y grotescos. Como contrapartida, la única solución es la razón crítica. Someter a análisis histórico y político los fundamentos de esta indigesta construcción ideológica, convertida en una especie de “sentido común” grosero y mendaz. Bajo la mitificación acrítica y la invención de la figura de Federico García Lorca se esconde un proyecto desvitalizador, indigente, baldío. Hace ya algunos años, un periodista conservador profetizó que el proyecto político de las izquierdas españolas abandonaría a la clase obrera y el principio de justicia social, sustituyéndolo por la apología de la droga, de la contracultura y de la homosexualidad como proyecto de vida. No se equivocó; en eso estamos. Y al frente, la decadencia. La invención de Federico García Lorca sirve, primero, para dar continuidad a esa guerra civil permanente que propugnaba Almudena Grandes, Y luego como mascarón de proa de esa nueva izquierda baldía. En eso, estamos. De ahí que sea necesario, no ya la crítica de su obra, sino darle una estatura real, fuera de mitificaciones absurdas. Más políticas que literarias.

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