Mercedes Sanz de Bachiller tenía una constitución física robusta. Procedía de una familia con una buena posición económica por lo que estuvo bien alimentada durante su infancia. Su madre se preocupó de que caminara a diario para mantenerse saludable.
Nació en Madrid, en el barrio de Chamberí, el 17 de julio de 1911. Los padres de Mercedes se encontraban casualmente en la capital por negocios, pero, en realidad, la familia era oriunda de Montemayor de Pililla, provincia de Valladolid.
Su padre fue Moisés Sanz Izquierdo, hombre sin preparación académica alguna aunque dotado de una inteligencia privilegiada. Se trataba de una persona inquieta, un espíritu imaginativo con ganas de mundo y aventuras. Viajó tres veces a Argentina, cuando, en aquella época, se tardaba un mes en llegar: ya era raro cruzar el Atlántico siquiera una vez en la vida.
Se separó de su mujer, lo que volvía a constituir una «extravagancia» en la España de principios del siglo XX. Parecía ser que la diferencia de personalidades produjo la ruptura del matrimonio, a pesar del conservadurismo y tradición católica de la familia materna. El padre de Mercedes falleció cuando la niña tenía tres años. Mercedes Sanz de Bachiller solo vio tres veces a su padre en su corta vida. La última, ya muerto.
Tras la separación de sus padres, Mercedes se quedó a vivir con su madre, Mercedes Bachiller Fernández, una mujer sobria. Eran gente de campo, terratenientes de Montemayor.
Acudió a la escuela de Montemayor hasta los nueve años y creció sobreprotegida por su madre, que recordaba constantemente, casi de manera obsesiva, las muertes de su hermano y de su hermana. A partir de esa edad, fue internada en el colegio de las Dominicas Francesas de Valladolid. La madre de Mercedes ya no se encontraba bien y quiso que la niña estuviese habituada para que el desenlace que ella sospechaba fuese menos duro. Efectivamente, quedó huérfana a los catorce años. La educación que recibió de las hermanas fue menos severa y más moderna que la que se impartía en la escuela española. Esta disciplina le confirió una cierta apertura en asuntos de costumbres, algo distintas a las de la ideología que vivía en su hogar.
Campanas de boda
Así pues, con casas, fincas y tierras, pero sin padres, hermanos, abuelos o tíos, la adolescente quedó a cargo de un tutor que resultó ser una bellísima persona, muy caritativo y recto, pero frío y poco cariñoso. Y eso era lo único que anhelaba Mercedes. Para entonces, su carácter ya era resolutivo, extrovertido e independiente. Mercedes era muy querida por sus compañeras y, cada dos domingos, cuando le permitían salir del internado, no le faltaban invitaciones para pasar el día con amigas y sus familias.
Los Alonso-Lasheras Pimentel fueron, a la postre, los que la acogieron como unos segundos padres. La familia, natural de Valladolid, ya había sido amiga de los bisabuelos de Mercedes. Ella iba los domingos a almorzar a la casa del banco Hispanoamericano en la que vivían.
En el mismo edificio tenía un magnífico piso Andrés Redondo, director del banco. Con él vivía Onésimo, su hermano.
A veces, cuando Mercedes iba a almorzar a casa de los Alonso-Lasheras, coincidían en el ascensor.
Cierto día Onésimo le preguntó a D. Millán Alonso por esa chica de uniforme negro «tan mona» que iba por su casa los domingos.
—Esa chica le conviene como novia. Venga a tomar café con nosotros y la conoce.
Onésimo Redondo también era un hombre de campo. Estudió Derecho y se presentó a las oposiciones de Abogado del Estado pero suspendió el último ejercicio. Años más tarde Mercedes Sanz de Bachiller rememoraría este episodio concluyendo que se trató de un suspenso injusto, motivado por las ideas políticas de Redondo, que ya estaba totalmente involucrado en la derecha.
Su profundo amor por las tierras castellanas le llevó a organizar el sindicato de remolacheros de Castilla La Vieja; los fabricantes de azúcar abusaban de los agricultores y pagaban la remolacha a precios muy bajos. En el sindicato, Onésimo reunió a campesinos de Valencia, Valladolid, Zamora y Segovia y, casi a modo de huelga, les propuso no sembrar en un año. Los productores decidieron negociar y comenzaron a pagar más del doble de lo que se abonaba hasta el momento por tonelada de remolacha.
D. Millán Alonso-Lasheras era presidente del sindicato remolachero y por tanto, gran conocedor de Onésimo, al que había contratado como abogado.
Después de tomar café en casa de los Alonso-Lasheras, Onésimo le preguntó a Mercedes Sanz de Bachiller si iba a misa.
—A la nueve todos los días, a los jesuitas —respondió ella.
—Allí nos vemos —Onésimo era un hombre virtuoso, bondadoso y un ferviente católico.
Mercedes tenía dieciocho años; Onésimo, entre veinticinco y veintiséis.
Después de Misa, él la invitó a desayunar y a dar un paseo. En tiempos en los que se respetaba el Ayuno Eucarístico, una norma no escrita hacía que el caballero invitase a la señorita a un chocolate con churros después.
Mercedes y Onésimo pasearon por el Campo Grande:
—Merceditas, ¿tú te querrías casar conmigo?
—¡Pues sí!
Mercedes Sanz de Bachiller encontraba a Onésimo Redondo atractivo y apuesto. Además, sentía la soledad como una losa. «Tiene los hombros menos caídos que su amigo, José Antonio Primero de Rivera» —pensaba. Se acabó enamorando de él por sus cartas. Redondo trabajaba mucho en el Sindicato y, además, viajaba frecuentemente, por lo que enviaba bonitas cartas a Mercedes, con un estilo literario.
Tras un noviazgo que duró más o menos siete meses, Mercedes y Onésimo se casaron el 11 de febrero de 1931 en la capilla del Palacio Arzobispal de Valladolid.
Embarazo y clandestinidad
Para entonces, Onésimo ya había fundado las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica (JCAH). Su ideología rechazaba la República. El primer hijo de Mercedes Sanz de Bachiller y Onésimo Redondo nació muerto en noviembre. Faltaban dos días para que se cumplieran los nueve meses. Mercedes lo sabía porque entonces se observaban esas cuentas con severidad.
El 10 de agosto de 1932 el general José Sanjurjo pretendió un golpe de Estado contra el gobierno de la Segunda República que resultó fallido. La intención de Sanjurjo era sublevar algunas ciudades como Valladolid, Cádiz, Granada o Pamplona, además de Madrid y Sevilla. En la capital, los conspiradores pretendían ocupar puntos estratégicos, entre ellos el Ministerio de la Guerra y el Palacio de Comunicaciones, pero la intentona fue rápidamente sofocada por las fuerzas gubernamentales. El Gobierno de Manuel Azaña estaba previamente informado y reaccionó con rapidez. En Sevilla, Sanjurjo consiguió inicialmente hacerse con el control de la situación llegando a proclamar el estado de guerra, pero la falta de apoyo de otras guarniciones y la respuesta gubernamental hicieron fracasar la sublevación finalmente. Sanjurjo fue apresado, juzgado por rebelión militar y condenado a muerte, aunque su pena fue conmutada por la de cadena perpetua.
Onésimo Redondo no había formado parte de la «Sanjurjada» —él no era militar— pero sí simpatizante. Recibió amenazas de prisión y muerte por lo que decidió marcharse a Curia (Portugal).
Mercedes se escondió en una finca de los Calero durante una semana. A la finca se accedía por un camino de tierra de modo que cualquier automóvil que se acercaba levantaba una gran polvareda avisando de su llegada, momento en el que se refugiaba en la buhardilla.
Al cabo de ese tiempo, viajó a Portugal para reunirse con su marido. Allí los jesuitas les dejaron una habitación provisionalmente. En España vivían de lo poco que cobraba Onésimo del sindicato remolachero y de bastanteos —valoraciones del patrimonio de fallecidos— para el banco de su hermano.
Mucha gente de dinero de Madrid se había exiliado por miedo a Portugal, como ellos, y vivían en el hotel Estoril. Los Redondo residieron durante un tiempo en el hotel Londres, gracias a las rentas del patrimonio de Mercedes, pero con el tiempo hubieron de mudarse a una pensión. Mercedes aprendió a regatear el precio de los conejos a las portuguesas y los lusos llamaban a Onésimo «Señor Doctore». Le respetaban porque tenía estudios universitarios.
Mercedes estaba embarazada de una niña. Nació en la pensión, con fórceps, sin anestesia, con cuatro kilos de peso. Con baños compartidos con algunos pensionistas. En soledad.
Política y muerte
En noviembre de 1933 Mercedes Sanz Bachiller ejerció el derecho al voto femenino que las Cortes Constituyentes Republicanas habían habilitado el 1 de diciembre de 1931. Lo hizo consciente de que «es un acto importante, algo que tenía gran repercusión».
De regreso a España, amnistiado, Onésimo participó activamente en política y llegó a presentarse como «candidato del pueblo» en las elecciones del 33. Era el único representante nacional sindicalista y su lema era «ni izquierdas ni derechas». Al ser el fundador del sindicato remolachero tenía influencia en algunos municipios pero acabó retirándose para no dividir a la derecha y favorecer con ello al marxismo. No simpatizaba con la CEDA de Gil Robles, pero sacrificó su candidatura para que Valladolid pudiera obtener un diputado de la misma.
Las JCAH de Onésimo Redondo, apodado «el caudillo de Castilla», se integraron en las Juntas Ofensivas Nacionales Sindicalistas (JONS) de Ramiro Ledesma Ramos; en 1934 las JONS se fusionaron con Falange Española.
Redondo compartía ideología con Ledesma, brillante matemático y filósofo. Se relacionaba con Primo de Rivera, pero no congeniaban. Ramiro y él eran hombres de acción, consideraban que José Antonio era un «señorito», demasiado paciente. Onésimo era un extraordinario orador al que caracterizaba su implicación.
Mercedes aprobaba y compartía, en un segundo plano, la actividad política de su marido, pese a que eso la obligaba a vivir en precario.
El 19 de marzo de 1936, Onésimo fue detenido por los rojos en Valladolid. Durante su reclusión permaneció en contacto con José Antonio Primo de Rivera, que también estaba encarcelado. Con su marido en la cárcel, Mercedes se implicó de lleno en la Falange.
El 25 de junio de 1936, Onésimo Redondo fue trasladado a la cárcel de Ávila.
En julio de 1936 Mercedes estaba embarazada de su quinto hijo.
Una semana después del Alzamiento Militar que dio inicio a la guerra civil, el 24 de julio, Onésimo se dirigía al Alto del León para animar a los combatientes falangistas. José Antonio Primo de Rivera seguía entonces en la cárcel. En el coche viajaban con él su hermano Andrés, el conductor, Eduardo Martín Alonso-Calero —íntimo amigo de Onésimo—, y un joven campesino de Mojados que hacía las veces de escolta.
Al llegar a Labajos (Segovia), encontraron un camión con jóvenes que llevaban emblemas y banderolas rojas y negras. Parece que los ocupantes del automóvil llegaron a tomarlos inicialmente por falangistas, bajaron y pidieron prioridad para repostar, hasta que advirtieron que se trataba de milicianos de la CNT/FAI.
Entonces comenzaron los disparos.
—¡Al de los cordones! —gritaban abriendo fuego contra ellos, según el testimonio transmitido por Mercedes Sanz. Onésimo llevaba los característicos cordones en la camisa del uniforme de Falange.
Primero le hirieron en las piernas. Caído en el suelo, Onésimo les decía que estaban equivocados, que él no iba contra ellos y que pretendía liberarles de cosas que consideraba injustas. «Jamás mataré a un hombre con alpargatas», solía decir.
—Dale en la cabeza —dijo uno de los milicianos.
Onésimo fue entonces rematado a tiros.
Hacía pocos días que había salido de la cárcel de Ávila. Quedó en el suelo cubierto de sangre. Sus acompañantes lograron escapar y refugiarse entre los campos de trigo.
Siempre ha existido cierta controversia conspirativa sobre las circunstancias de la muerte de Onésimo y, en particular, sobre la posibilidad de que el asesinato hubiera sido instigado desde sectores de la propia Falange. Esa hipótesis queda descartada en la reconstrucción de Mínguez Goyanes (biógrafo de Redondo) y en los testimonios recogidos posteriormente, que atribuyen el ataque a milicianos de la columna Mangada. El episodio habría tenido lugar en el contexto de los movimientos de aquella columna por la zona en los primeros días de la guerra, cuando el frente aún no estaba consolidado.
La discrepancia entre las versiones que persiste se refiere a otro extremo: si Onésimo y sus acompañantes confundieron inicialmente a los milicianos con falangistas por la semejanza de sus enseñas rojinegras. Estos son los hechos recogidos por la investigación de Mínguez Goyanes y del testimonio de Mercedes Sanz. Sin embargo, Eduardo Martín Alonso-Calero, que conducía el automóvil, sostuvo en 1980 que no hubo confusión alguna y que identificaron desde el principio a los atacantes como «rojos».
La muerte de Onésimo Redondo, fundador de las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica y uno de los principales dirigentes del falangismo vallisoletano, quedó así vinculada a uno de los episodios más emblemáticos de aquellos primeros días de la guerra.
Mercedes Sanz Bachiller tenía veinticinco años. Cuando conoció la noticia, se desmayó y perdió al hijo que esperaba. Tenía tres hijos vivos, Mercedes, Pilar y Onésimo. Y otra vez estaba sola en la vida.
Bibliografía
Pablo Gil Vico, «Nuevas aportaciones sobre los procesos incoados con motivo del golpe de 10 de agosto de 1932», Revista de Estudios Políticos, n.º 145 (2009), pp. 159-183, esp. 162-166.
Jacobo López Barja de Quiroga, «La sublevación del General Sanjurjo» Los procesos célebres seguidos ante el Tribunal Supremo en sus doscientos años de historia: siglos XIX y XX, vol. II, BOE, 2014, pp. 159-250, esp. 159-166
José Luis Mínguez Goyanes, Onésimo Redondo (1905-1936). Precursor sindicalista, Madrid, Editorial San Martín, 1990, pp. 100-101.
María Jesús Pérez Espí, Mercedes Sanz Bachiller, aproximación a su biografía política, tesis doctoral, Universitat Rovira i Virgili, 2017, 506 pp.