Bastante ha llovido desde que estuve yo en Turquía, en un viaje de trabajo que va haciéndose remoto, en el otoño de 2011. Pero ahora mi hija me ha traído un exquisito regalo de su reciente paso por Estambul: dos cajas de finas delicias turcas. La primera caja contenía una variedad almendrada de los famosos dulces, que yo ya conocía; la segunda, otra distinta, con corazón de granada, que era nueva para mí. Estas delicias son frescas como besos robados. Encierran un sabor que tiene mucho que ver con mi niñez, y me inundan de luz la memoria al degustarlas: cuando vivíamos en Los Compases —la casa en la que me crié en los alrededores del pueblo de San Juan, en Alicante—, mi abuela hacía confitura con las rojas pepitas de néctar vegetal contenidas en el fruto del granado.
Hoy me he tomado un café con uno de esos dulces, después de almorzar, acompañado de un aromático cigarrillo de hebra holandesa, que en este momento reposa en el elegante cenicero que hará unos cuatro lustros regresó conmigo a Madrid desde el hotel Hilton de Lisboa. Sabias son las palabras que el cenicero lleva estampadas en su bello fondo de cerámica blanca: «La vida es asunto demasiado importante como para hablar nunca en serio de ella». La frase pertenece a la época temeraria y feliz del inefable Óscar Wilde, que debió de rumiarla con amargura en sus últimos días, cuando deambulaba convertido en espectro de sí mismo por el París de hace más de ciento veinticinco años, haciéndose llamar Sebastián Melmoth.
Wilde pagó un terrible peaje por su genio. Pero nos dejó, esparcidas mayormente por sus obras de teatro, esas píldoras de chistosa perspicacia que son, a su manera, como semillas de granada; rutilantes aforismos de los que Borges afirmó en cierta ocasión que no habría podido concebir sin ellos el universo. Allá por 1992, en mi propia época «temeraria y feliz», me permití yo la insolencia de guasearme de esa declaración borgiana en mi libro de ensayo-ficción Todos los monos del mundo, donde en un pasaje afirmaba que por mi parte prefería las benzodiacepinas. En aquel tiempo me gustaban por igual los psicotrópicos y las boutades, y marcarles goles a Borges y a Wilde, en su terreno, era un entretenido pasatiempo.
Esta tarde todo vuelve a su lugar: las delicias turcas, la confitura de mi abuela, los suvenires, las boutades, el genio de Wilde —y el de Borges— y toda esta dulzura que yo, probablemente, no me merezca.