Cosas que aprendí en Luso-África

A Maria Amélia Jordão

Entre 2017 y 2018 pasé varios meses viviendo en lo que me gusta llamar Luso-África. La expresión hace referencia, como es evidente, al África portuguesa. Casi seguro se utilizó para designar algún proyecto o concepto más elevado en el pasado, pero yo la tomé, creo, del nombre de una empresa, probablemente de alimentación, de proveedores de uno de los supermercados portugueses a los que íbamos. Hablo en plural porque mi experiencia en Luso-África está intrínsecamente ligada a una persona. Maria Amélia Jordão nació (con el nombre de soltera de Maria Amélia Medina) cuando en España terminaba la Guerra Civil en Portugal, desde donde siendo una niña se fue a vivir con su familia a ultramar. A Mozambique, concretamente, donde creció, se casó y tuvo hijos con los que tuvo que exiliarse con su marido a mediados de la década de 1970, huyendo de la guerrilla comunista que arruinaría poco después el país. Como muchos otros portugueses de Mozambique, y en menor medida de Angola, los Jordão se establecieron en Johannesburgo, que en los años de Gobierno blanco fue la capital económica incontestada de todo el continente africano.

En un Johannesburgo ya muy degradado por años de gobierno racialista negro, pero aún una ciudad extremadamente estimulante, la conocí yo un día de 2016 cuando buscaba el contacto del fundador de Nando’s, una especie de McDonald’s portugués nacido en los mismos barrios del sur de Joburg en que vivió hasta el final de sus días Maria Amélia sobre el que acabé escribiendo para EFE este artículo que publicó La Vanguardia. Recuerdo que paré con el coche en su restaurante portugués en Turffontein y le pregunté si conocía a Fernando Abreu. Me dijo que sí, que no tenía su teléfono pero que me buscaría el contacto, y apuntó mi teléfono en una libreta. Al poco tiempo me llamó. No tenía resultados para mi búsqueda, pero sin que lo supiéramos entonces la llamada abría la puerta a uno de los episodios más evidentemente milagrosos de mi vida.

En el verano europeo de 2017, y después de dejar en el hemisferio norte el trabajo por el que me fui Joburg, decidí volver al sur de África. Añoraba los horizontes abiertos de sus paisajes, la amplitud del estilo de vida, el sentido de nuevo mundo y posibilidad, digamos, colonial. Elegí para despegar en esta nueva etapa allí un trabajo a tiempo parcial pagado con la estancia gratis en un hostel de Windhoek, la capital de Namibia, donde encontré en los muchos viajeros sobre todo alemanes que lo frecuentaban todo lo que no me gusta de Europa. No quería volver a casa y pensé en mis opciones. Entonces me acordé de lo que me había dicho Maria Amélia el domingo en que le dije adiós en su restaurante. ‘Si alguna vez quieres volver tienes casa y comida’. La llamé y a los dos días me esperaba en el sur de Johannesburgo la mesa puesta. 

Y así empezó mi estancia en Luso-África. Por la mañana íbamos a hacer la compra al SPAR y al supermercado portugués de Rosettenville, y de allí al restaurante. Ella cocinaba con sus empleadas de Zimbabue y yo leía la prensa y escribía mientras desayunaba y tomaba café. Siempre con el depósito lleno, el coche estaba a mi disposición hasta las tres de la tarde, cuando empezaba a prepararse para cerrar e irse a casa. A veces la acompañaba a la sucursal en Joburg del Banco Espírito Santo, o me daba la tarjeta para que fuera a sacarle efectivo para algún pago. 

En una de las habitaciones exteriores de su casa vivía su criado zimbabuense. Llevaba años trabajando para ella pero no podía fiarse de él. Si le daba dinero para comprar algo se quedaba parte del cambio. Cantidades pequeñas que a él no le sacaban de nada pero frustraban la perspectiva de cualquier simbiosis de provecho y duradera. 

Ahí aprendí para siempre que la falta de confianza es el primer motivo de fracaso para cualquier sociedad o empresa. Ni una sola vez llegué yo tarde con el coche, le hice trampa con dinero o traicioné su confianza a sus espaldas. Ella había ganado conmigo un ayudante fiable. Yo tuve coche, gasolina, alojamiento y comida gratis cuando me faltaba un sueldo fijo. Por no hablar del afecto y la compañía. Ganancias colosales y decisivas incompatibles con la sospecha. 

La mente europea actual cortocircuita ante la menor contradicción, y pregunta de inmediato ante el caso del criado bajo sospecha: ¿y por qué no lo despide y encuentra a otro? La respuesta blanca africana me la dio unos años antes de mi época en Luso-África un afrikáner de la región de Natal. La criada le habló en zulú y le pregunté si él entendía ese idioma. Me dijo que no. ¿Es que ella no sabe inglés? ‘Sabe, pero quiere ponérmelo difícil.’ ¿Por qué entonces no buscar a otro? ‘Pues porque podría ser peor’, dijo él. El mismo tipo de respuesta dan muchos africanos si se les pregunta por qué siguen trabajando para los peores amos. 

Cada semana llegaban al restaurante los dos periódicos comunitarios, A Voz Portuguesa O Século de Joanesburgo, donde se anunciaban los negocios a los que íbamos y había fotos de misas, feiras y otros actos comunitarios. Me gustaba ver las esquelas, de gente que por su aspecto podría haber sido española nacida en el Portugal continental, Mozambique o Madeira y había acabado sus días en Sudáfrica. A veces cuando había fiestas íbamos al centro portugués. Un campo de fútbol, una sala de banquetes y festejos y un pequeño pub de estilo sudafricano donde se servía cerveza Sagres, o Superbok, y los hombres veían al Benfica, el Sporting y el Porto.

Todos los miércoles venía a comer al restaurante Eugen, un bailarín de ballet retirado, sudafricano de origen inglés, al que Maria Amélia llamaba sin ironía y por razón de su acento luso MGin. Mr Gin tenía un ritual fijo. Se sentaba, pedía y empezaba a fumar (se lo permitía ella en el interior) y a beber muy poco a poco de su garrafa de vino blanco, que para inevitable desesperación de Maria Amélia le duraba hasta mucho después de que hubiera terminado de comer. Cuando ya se habían ido todos los demás clientes ella salía y se sentaba en la mesa de la entrada, la misma sobre la que el día que le conocí había apuntado mi teléfono. Con la novela brasileña de fondo en Telemundo, iba arreglando cosas para irse mientras daba órdenes a las criadas. 

No pocas veces había tensión con ellas. De las criadas me molestaba su apatía crónica. De Maria Amélia el paternalismo con que las trataba. Cuando se imponía el primer sentimiento concluía que es normal que los negros hayan estado maltratados en Sudáfrica. Cuando ganaba el segundo, que era inevitable su condición de ciudadanos de segunda. A veces se lo contaba a mi madre, que me dio un consejo muy útil que intento aplicar hasta hoy. Si puedes no juzgues y si juzgas juzga el hecho concreto, no a la persona. Y, mucho menos, al colectivo, aunque hay situaciones de vida y muerte que exigen aplicar reglas distintas, como veremos al final del artículo.

Habíamos dejado a Mr Gin fumando y sorbiendo vino con sus modos delicados. Tan lentamente que Maria Amélia empezaba a impacientarse. Cuando (yo) no estaba sentado con Mr Gin fumando, Maria Amélia me miraba haciendo evidente su fastidio y quejándose en portugués de lo que (él) tardaba. Mr Gin debía de entender algo, pero nunca hizo otra cosa que sonreír suavemente, y seguir fumando. 

Maria Amélia podía haberle dicho perfectamente que se diera prisa o que viniera antes, pero –al menos por mi experiencia– es parte de la cultura católica –léase aquí española y portuguesa– decirle al invitado que se termine las galletas y quejarse a sus espaldas si lo hace de que ha abusado de la hospitalidad. También por mi experiencia, ocurre todo lo contrario en la tradición judía. Si quiere que no te comas más de tres galletas el judío –sobre todo el religioso, el no asimilado– te dice que puedes comerte tres galletas, y así no tiene que desahogarse después hablando mal de ti por las esquinas. Al cristiano esta claridad le parece mala educación, mezquindad e insolencia. Y aquí encontramos, a mi juicio, una de las explicaciones mundanas a nuestra incomodidad secular ante el judío.

Cuando al fin se terminaba (Mr Gin) la garrafa, con todo barrido y limpio y la puerta del coche ya abierta, Maria Amélia le gritaba a una de las criadas: ‘Beeeetty! Where is the keys?!’ Era el timbre en la clase o al final del patio del colegio, el grito que anunciaba la partida. Betty le traía las llaves, cerraba todos los candados y ponía la alarma y subíamos los tres al coche, Mr Gin, Maria Amélia y yo. Como de forma repetitiva y a veces desesperante recordaba cada mañana en el trayecto Maria Amélia, zonas como Rosettenville, Turffontein o La Rochelle habían sido barrios modestos pero limpios y arreglados donde comerciantes y pequeños empresarios portugueses se habían hecho sus casas junto a católicos libaneses, más veteranos en Sudáfrica, y obreros, mecánicos y funcionarios afrikáners de escala (funcionarial) baja. 

El desmantelamiento del apartheid trajo consigo también en gran medida el de las fronteras. Multitud de emigrantes africanos de países –a menudo condenados al fracaso por la acción de gobierno de sus respectivos movimientos de liberación– como Mozambique, Zimbabue, Nigeria o el antiguo Zaire empezaron a entrar de forma ilegal en Sudáfrica. Muchos se instalaron en lugares como Turffontein, el barrio del hipódromo, donde Maria Amélia tenía el restaurante. Estas zonas se fueron convirtiendo en centros de criminalidad, tráfico de drogas, ocupación de casas y prostitución. Todos los blancos que podían comprar casa o abrir negocio en otro sitio se fueron. 

Mr Gin le llevábamos en coche todos los miércoles. Era frágil y prefería no andar solo por el barrio, incluso de día, por miedo a que le robaran o le hostigaran.

Desde que su marido murió en un accidente de tráfico, Maria Amélia vivía sola en la amplia casa donde también viví yo aquellos meses. Varias veces le entraron a robar, tanto en el restaurante como en la casa, y más de una vez la amenazaron con pistolas. Para entrar al restaurante los clientes debían llamar a un timbre. Maria Amélia salía y les abría. Casi toda la clientela era blanca y de cierta edad. Si el que había llamado al timbre era negro y joven ella le preguntaba qué quería antes de abrir. Y muchas veces no abría. Por mi educación biempensante europea, yo asistía incómodo a esas escenas. Ella no decía nada, pero lo sabía. Hasta que un día acusó recibo del juicio y me dijo en portugués sin hacer sangre mientras volvía a la cocina: ‘a gato escaldado le basta con agua fría’.

(Castellón, 1985). Es periodista y ha trabajado en Rumanía, Sudáfrica, Venezuela y Ucrania.

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