Canciones que consiguen que te pueda amar

El transvase de canciones, historias y talentos está ensanchando aún más el maravilloso bagaje común que llamamos «pop español»

Son las dos de la tarde de un día de verano de finales de los 80. En el comedor, busco las cinco diferencias en un cuadernillo de actividades de verano, y mi hermano pone una cinta en el radiocasete Sony CFM, con sus seis pilas grandes recién renovadas. Venecia de Hombres G suena entre ecos por el patio de luces, que entonces el volumen no era un problema, sino una muestra de virilidad. Cuando se despista, cambio la cinta a la del recopilatorio El Golfo, donde mi favorita es Una chica formal de Doctor Livingstone, Supongo. La escucho una y otra vez en todas partes, hasta me la pongo en la ducha mientras simulo rasgar una guitarra y doy botes frente al espejo empañado. La guerra por el control del radiocasete no le anda a la zaga a la del dominio del mando a distancia. Niños de los 80.

No sabía entonces que veinte años más tarde de mi perfomance frente al espejo, actuando por primera vez en Madrid con el que fue mi grupo, Los Elegidos, el mismísimo Doctor Livingstone se subiría a mi escenario para cantar a dúo Sábado a la noche, del argentino pero madrileño Moris. Luis Livingstone me enseñó esa noche la técnica perfecta para arrojarse en plancha sobre el público desde el escenario durante un solo de guitarra, llegar flotando sobre brazos estirados hasta el final de la sala, y correr la banda después en el regreso para recuperar el micrófono a tiempo de los coros finales de Sábado a la noche. Aprendí la técnica pero nunca me atreví a ponerlo en práctica.

En aquel concierto tan especial contamos también como invitados con Nacho García Vega, de Nacha Pop (en la fotografía), y Fernando Márquez El Zurdo, de La Mode y Paraíso, entre otros. Fue el día en que, rayando el alba, sentados en la mesa junto al piano del Lady Pepa, Javier Urquijo, hermano mayor de Enrique y Álvaro, pidió un lápiz y un cuaderno, y nos hizo un retrato precioso a Los Elegidos, un dibujo que, tristemente, perdimos antes de llegar al hotel.

La memoria musical del pop español es sentimental. El hilo que une nuestra infancia con los adultos que hoy somos está trufado de canciones colgando, himnos que nos enseñaron a ser como somos, a sentir como sentimos, que nos unieron, que hoy nos recuerdan que la cultura musical patria no es un tesoro menor, sino parte esencial de nuestra propia identidad, y por tanto, de nuestra propia identidad nacional.

A Nacha Pop los descubrí a las puertas de adolescencia, en el coche de un amigo de mi hermano, de camino a un partido de fútbol. Hay canciones que te golpean tan fuerte que las recuerdas así: dónde estabas, qué hacías, quién te acompañaba cuando sonaron por primera vez. Era la Chica de ayer, claro, y a esa edad quién no tenía una princesa soñada jugando con las flores de su jardín, quién no sentía el ansia en las venas por llevársela a El Penta a escuchar canciones con las que enamorarse un poco más.

Hubo dos veranos de Los Secretos. El primero, cuando me pasé 31 días en Ribadeo escuchando a todas horas Directo, de 1988, con Buena chica, Sobre un vidrio mojado, Volver a ser un niño, o No supe que decir. El segundo, ya en el siglo XXI. Acababa de salir el recopilatorio –azul o rojo–, y por cosas del cruel destino de la industria musical, también acababa de morir Enrique Urquijo, helándonos el corazón al pensar en la estrofa fallida “de otras peores salí” del Agárrate fuerte a mí, María, esa belleza tristísima, cima de la desolación y también del amor, que compuso a su hija.

Buscando, Colgado, Cambio de planes. Todo eran dardos directos al centro de nuestra vida, cantadas por una voz singular que nunca más volveríamos a escuchar en directo. Me lo preguntó mi novia de entonces, una noche, en la terraza de un sitio extraño allá en la ciudad del mar. Dentro del pub Germán Coppini, aquel que fue de Golpes Bajos, improvisaba tonadillas con una guitarra española ante media docena de borrachos. Y ella me lo dijo con la misma letra de la canción Cambio de planes, que nos fascinaba, y respondí cualquier estupidez, porque me parecía imposible, que en aquel momento nos creíamos invencibles, voz española que tiene un inquietante parecido fonético con imbéciles: “Y recordé su voz / bromeando en las tardes / diciéndome qué harás / si hay cambio de planes”. Ella también estaba bromeando, pero resultó que no del todo. La historia de varias generaciones, debo insistir, se escribe entre las canciones de la edad de oro del pop español.

Aroma a verano y salitre en la memoria. Junto a Los Secretos, me llevaba aquel agosto a la playa el 7 mares de Los Limones, el disco más olvidado del grupo de Santi Santos, que incluía una preciosa versión, pop y en español, del Acuarela de Toquinho. El Acuarela de Los Limones era una genialidad, pero no alcanzó la popularidad merecida por otro capricho del destino de la industria musical, una fatal coincidencia: casi al mismo tiempo, Seguridad Social lanzaba su versión reggae de la misma canción, y entraba directo al número 1 de Los 40 Principales de Joaquín Luqui, acaparando todo el protagonismo y volviendo a poner de moda el clásico. No conozco ningún caso en que dos versiones de un mismo tema hayan alcanzado éxito y popularidad exactamente al mismo tiempo.

Hubo un verano tardío de Hombres G, muchos de Loquillo, y todos de Los Flechazos, de Mamá, de Pistones, como ahora los hay de Veitiuno, de Carolina Durante, de Taburete, o de Sidonie. La memoria emocional de una biografía no es un film de larga duración, sino una desordenada colección de fotografías. En agosto, cuando los atardeceres van enrojeciéndose día tras día, a la hora en que empiezan a estirarse las sombras humanas en la playa, y la arena se va tiñendo de un granate sedado, la voz tan joven de David Summers cantaba en el walk-man aquello de “quiero besarte y tu piel / tan morena, llena de arena, / ahora puedo verte bien / hay luna llena”.

Recién estrenado el 2000, septiembre muy lluvioso, me reencontré con el vinilo Por amor al arte, el primero de Modestia Aparte, y me arrojó de golpe a los diez años, el pantalón corto, y la camiseta de Emilio Butragueño con el escudo bordado, que picaba muchísimo. Es tu turno, Playas de Mazarrón, Ojos de hielo, o Cosas de la edad son canciones que, tras el reencuentro, pasaron a ser mías, compañeras para siempre.

Hará un par de semanas coincidí en una boda en Galicia con Fernando López, líder de Modestia Aparte, y aunque “el tiempo pase y la gente cambie”, como en su canción Dos amigos, me confirmó que la maquinaria pop que un día comenzó a rodar a finales de los 80 sigue en marcha, ofreciendo clásicos inolvidables en directo a entusiastas de varias generaciones. Y esto es un matiz en el que conviene detenerse.

Como ocurre en los de Hombres G, en los conciertos de Modestia Aparte los hijos bailan y cantan ahora con los padres. Ese trasvase generacional tan natural es algo específico de este tiempo, porque yo no me imagino de crío yendo a vociferar estribillos con mis padres a la primera fila de un concierto de José Luis Perales, de Mocedades, o de María Dolores Pradera, enorme artista que ocupaba gran parte del repertorio de viaje y carretera en nuestro Volkswagen Passat del 88. Sí, pero jamás habría ido con mis padres a cantar el Ojalá que te vaya bonito a coro a la primera fila de uno de sus shows.

Hablo a menudo con amigos artistas o artistas amigos, especialmente de los 80 y 90, y comparten conmigo la idea de que la ruptura de ese muro generacional es una bendición propia de este tiempo. Justo es reconocer que en su momento algunos grupos no tuvieron reparos en homenajear a sus mayores, pienso en Los Secretos versionando el Volver, volver de Los Panchos, o en Seguridad Social rindiendo tributo al gran Bruno Lomas. Pero en dos décadas, tras la eclosión del sonido indie, que resultó ser el pop de toda la vida, el muro cayó definitivamente y lo que era excepción se convirtió en costumbre, en algo natural. Vimos a David Summers hacer un dueto con unos jovencísimos Pereza, o saliendo de gira conjunta con El Canto del Loco. Vimos a Loquillo cantando el Club de fans de John Boy con Love Of Lesbian, a Amaral en el disco tributo a Mikel Erentxun, a Xoel López, todavía en Deluxe, grabando una enorme versión de Perlas ensangrentadas, a Cristina, de Dover, bordando el Ya no volverás en el directo de Mamá, y hasta a C. Tangana, en su momento de máxima popularidad, reclutando a Kiko Veneno y Andrés Calamaro para El Madrileño, en un tributo que fue también una liberación musical.

Tengo para mí que ese transvase de canciones, historias, y talentos está ensanchando aún más el bagaje común de ese maravilloso cajón de sastre que, por simplificar, llamamos “pop español”. De modo que, a veces, cuando te preguntan qué es ser español, también puedes mirar a este enorme horizonte musical, contemplar a varias generaciones de talentos compartidos, con sus miles de canciones entrelazadas en tu propia biografía emocional, y decir, esbozando una sonrisa y abriendo mucho los brazos: “todo esto, ¿lo ves?”.

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