Fuego amigo contra el mito de Chaves Nogales

La publicación de unos supuestos cuentos inéditos ofrece una imagen más tendenciosa que cuestionaría su adscripción a la Tercera España

Hay que dejarlo claro desde el principio. Hay dudas más que razonables de que Guerra total (Renacimiento), que se presenta como una colección de inéditos de Manuel Chaves Nogales, y como la continuación natural del mítico A sangre y fuego, pueda considerarse obra de su pluma. Yolanda Morató ha calificado la publicación como “el gran bulo editorial del año” y su editor Abelardo Linares no ha aportado argumentos suficientemente sólidos que justifiquen atribuir a su autoría textos que fueron publicados con el nombre de otros escritores de su entorno.

Pero, aunque más adelante comentaremos algo sobre este funambulesco juego de atribuciones, lo que nos parece más relevante es que Guerra total destruye el mito de la ecuanimidad de Chaves Nogales y lo expulsa del cajón de la Tercera España, esa que no se sentía identificada con ninguno de los dos bandos de la contienda, para resituarlo en el territorio fetén, el de un prorrepublicanismo lleno de clichés y prejuicios.

En el celebrado prólogo de A sangre y fuego, Chaves Nogales se definía como antifascista, pero también como anticomunista y anti revolucionario, al tiempo que admitía que “idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos”. Sin duda, el Chaves de ese prólogo estaría conforme con el título que Pérez Reverte había puesto a sus jornadas sobre la Guerra Civil: “La guerra que todos perdimos”.

Una parte de la izquierda no le perdonó esa toma de posición y pasó a considerarlo un ‘equidistante’, “un derechista que intentaba disimular su condición y hasta un fascista que no se atrevía a decir su nombre”, admite Abelardo Linares, editor de Guerra total y autor de un amplio epílogo. De ahí que haya sido presentado con un notable regocijo el ‘descubrimiento’ de los cuentos de Guerra total, pues nos presentan a un Chaves más nítidamente prorrepublicano, más “uno de los nuestros”.

La inclusión de Chaves en las filas de la Tercera España se vería fieramente comprometida por los cuentos de Guerra total que “prácticamente anulan esa consideración”, según admite Jaime Cedillo en su reseña para El Cultural. “Aquí los personajes están contoneados con trazo inequívocamente ideológico: a menudo presentados como héroes, casi siempre son víctimas de los sublevados”.

Linares reconoce que todos los protagonistas de estos relatos ‘redescubiertos’ son víctimas o héroes más o menos identificados con el bando gubernamental, a diferencia de lo que ocurría en A sangre y fuego, pero no considera que esta ruptura del equilibrio de aquel libro pueda ser un indicio de que no estemos ante el mismo autor. El editor identifica algunos rasgos de estilo similares a los de Chaves y le bastan para atribuirle los textos, pese a que la posición ética que reflejan es ciertamente muy distinta. Al actuar así, seguramente sin pretenderlo, lanza fuego amigo contra su admirado escritor, pues le priva justamente de los atributos principales que le habían convertido en referencia.

Hay que añadir que el problema principal de Guerra total no es sólo su falta de equilibrio, sino, sobre todo, una abundancia de clichés impropia del autor que admirábamos. Y un menor rigor y fiabilidad en los hechos narrados. En «Timidez», por ejemplo, leemos: “Mediada la mañana, al pasar por Ávila, vieron en el andén a unos beatíficos sacerdotes con pistolones en el cinto’. Y hay abundantes menciones al “señoritismo” de los falangistas. “Los señoritos vallisoletanos de Falange Española, para celebrar estas supuestas victorias empezaron los fusilamientos en masa”.

Los adjetivos cargan su peso negativo o condenatorio siempre en la misma dirección. En «El traidor» se nos habla de la “violencia inaudita de la represión franquista» mientras que la violencia de los partidarios de la República contra sacerdotes y religiosos se presenta como “relatos” que se le cuentan a una viuda.

«La última lección» es una formidable colección de clichés: joven víctima de la violencia de un correccional, con papel estelar del clero, decide devolver mal por bien y convertirse en profesor. “Toda su obra educativa se asentaba sobre dos pilares: la bondad y la justicia”, se nos dice de Pablo Expósito, al que se presenta prácticamente como un ser angelical. Pero como se niega a impartir clases de religión, el cacique local –que es malo malísimo, como corresponde– le apunta en su lista negra y será unas de las primeras víctimas cuando los militares franquistas tomen el poder en la zona.

Es la falta de matices y de complejidad lo que decepciona de Guerra total. Allí donde Chaves en A sangre y fuego le buscaba las vueltas a las historias y a los personajes y encontraba ángulos inesperados, aquí priman las visiones ideológicas más romas y previsibles. Si creyéramos de verdad que estos cuentos habían salido de su pluma, obligarían a rebajar su reputación literaria y ética.  

Es llamativo que Linares no vea en este marcado sesgo de estos relatos un indicio de que pueden no ser obra de quién él cree. Pero encuentra una justificación plausible: Chaves quizás estaría afectado por el modo como la propaganda franquista había usado uno de sus relatos de A sangre y fuego, «Masacre», en el que describe la crueldad republicana. “No ha llegado hasta nosotros noticia directa alguna del impacto que en el ánimo de Chaves tuvo ese suceso, pero el hecho de que, a partir de entonces, todos sus relatos tuvieran un declarado carácter prorrepublicano no deja de ser una poderosa y clarísima huella de hasta qué punto acusó el golpe”, asegura el editor de Guerra total, dando nuevamente por hecho su autoría de los cuentos.

“Continuó escribiendo relatos acerca de la Guerra Civil, pero procuró en lo posible que lo escrito por él no pudiera volver a ser utilizado –en su contra y en contra de la República– por la propaganda rebelde”, añade. Lo que no se entiende bien es cómo pretendía lograr ese objetivo firmando con seudónimos, como Linares defiende que hizo, si nadie pudo saber, hasta hoy, que él era el autor. Difícilmente podría ‘limpiar su nombre’ y, al tiempo, ocultar su autoría de esos relatos que pretendían ofrecer otra visión.

Abelardo Linares da por hecho que los relatos, aunque publicados con nombres de escritores reales, personas que formaban parte del entorno profesional y político de Chaves Nogales, tiene una continuidad de estilo y temas con A sangre y fuego, cuestión sobre la que ya hemos planteado algunos reparos. “El lector está emplazado a decidir entre dos opciones: o bien que cinco autores nada experimentados escriban como Chaves Nogales (con su estilo y su mundo) o bien que es Chaves quien escribe los ocho relatos que firman estos cinco autores”.

El problema es que sus premisas son falsas, como explica bien Yolanda Morató, buena conocedora de la obra del periodista. “La diferencia entre relatos es verdaderamente notable”, subraya, para cuestionar la supuesta unidad que Linares ve. Pero es que tampoco puede decirse que los escritores que firmaron estos textos –publicados en el semanario Madrid– fueran ajenos a las lides de la escritura. Ni lo era Eduardo Borrás, ni Fernando de la Milla, ni Ruiz Villaplanas, ni Delgado. “Todos estos autores, profesionales del periodismo de la época, compartieron espacio geográfico y político con Chaves, pero la coincidencia de estilo y temas no debería ser jamás excusa para jugar a los trueques con la autoría”, sentencia Morató. Esta operación de ‘rescate de inéditos’ les roba a los autores originales “lo más sagrado que tiene un escritor, su autoría”. Y, por el camino, deja muy tocada la fama de ecuanimidad, independencia y equilibrio de Chaves.

Pese a las explicaciones del editor de Renacimiento, aquí nos inclinamos a pensar que Chaves no es el autor de los supuestos relatos inéditos de Guerra total. Pero también advertimos de que, ante la duda, preferimos ‘imprimir la leyenda’, antes que ceder a esta prosaica reelaboración de su figura.

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