Jean-Jacques Rousseau ya era el philosophe más famoso de Europa cuando desembarcó en Inglaterra en enero de 1766. El autor de El contrato social, el admirado maestro de la simplicité, llegaba huyendo de Francia, de Suiza y, sobre todo, de una conspiración que, según estaba firmemente convencido, se extendía ya por medio continente. Perseguido por gobiernos, iglesias, antiguos amigos y oscuros enemigos cuya identidad cambiaba con frecuencia, necesitaba encontrar un refugio donde escribir en paz.
Quien salió en su auxilio fue un filósofo escocés, David Hume, que movió Roma con Santiago hasta conseguir que Jorge III concediera al pensador ginebrino una pensión y una apacible residencia en la campiña inglesa. Parecía el principio de una hermosa y larga amistad.
Duró apenas unos meses, y no por culpa del escocés. Rousseau acabó convencido de que Hume era una pieza clave de la conspiración universal que había construido en su cabeza, y ni prueba, ni argumento, ni protesta de amistad lograron tranquilizar al suspicaz ginebrino, que terminó haciendo imposible toda relación entre ambos.
Podría decirse, si se nos admite la hipérbole, que la filosofía que Hume estaba desarrollando venía a responder cómo era posible que un hombre de la excepcional inteligencia de Rousseau llegara a una conclusión tan errónea como ridícula.
Porque Hume pensaba, como su colega francés, que la razón era una facultad prodigiosa, pero no infalible; que era magnífica como herramienta, pero decepcionante como diosa.
Rousseau es una especie de Padre Fundador de la modernidad, un pilar del pensamiento actual, mientras que Hume apenas ocupa unos pocos párrafos en los manuales escolares de Historia de la Filosofía. Y, sin embargo, al menos en esto Hume tenía razón y Rousseau se equivocaba.
Y el error de Rousseau, cuya denuncia fue la genial aportación de Hume, no es menor. Si todos los hombres comparten una misma razón capaz de descubrir el orden justo de la sociedad, basta con imponer ese orden para construir el cielo en la tierra, que es precisamente lo que se intentó en 1792 en Francia y lo que se sigue intentando en todo el mundo, con consecuencias visiblemente desoladoras.
Hume, por decirlo de un modo quizá extraño, habría entendido los interminables debates que mantenemos en redes sociales; Rousseau y otras figuras de la Ilustración Francesa, no. Porque Hume entendió que la razón ocupa un lugar privilegiado en nuestra vida, pero rara vez gobierna sola. Antes de que empiece a trabajar ya han hablado el interés, el miedo, la lealtad, la costumbre, el orgullo, la compasión o la ambición. Cuando la razón entra en escena, a menudo encuentra la función repartida y el desenlace bastante decidido.
Es lo que hace tan desesperantes las discusiones políticas o filosóficas. Creemos esgrimir argumentos cuando, en realidad, solemos intercambiar racionalizaciones. Dos personas contemplan los mismos hechos y llegan a conclusiones incompatibles, convencidas ambas de que la evidencia habla por sí sola. ¿Los hechos? Son mudos: somos nosotros quienes les prestamos la voz.
Hume tenía un alto aprecio por la razón, pero no le atribuía facultades mágicas que no tenía. Sabía que era un instrumento poderoso para comprender el mundo, no una divinidad a la que elevar a un altar.
Esta fue la intuición que distinguió a Hume y a aquel extraordinario grupo de pensadores que hoy conocemos como la Ilustración Escocesa.
La posteridad ha sido atrozmente injusta, para su mal, con la Ilustración Escocesa. Mientras París monopolizaba el brillo de la Ilustración y sus philosophes llenaban Europa de admiradores, en Edimburgo se estaba gestando una revolución intelectual mucho más discreta y, sospecho, mucho más fecunda. Allí escribían Adam Smith, fundador de la economía moderna; Adam Ferguson, uno de los primeros pensadores en comprender que las instituciones más valiosas suelen ser fruto de la acción humana, pero no del designio humano; Thomas Reid, el filósofo del sentido común; Joseph Black, pionero de la química moderna; James Hutton, padre de la geología. Hume era, probablemente, el más brillante de todos.
Podría decirse que estaban más unidos por un temperamento que por una escuela filosófica. Sentían una profunda desconfianza hacia los sistemas demasiado perfectos y las explicaciones excesivamente limpias. Preferían preguntar por qué una institución había sobrevivido durante siglos antes que proponer otra diseñada sobre el papel. Sabían que una costumbre podía contener una sabiduría que ninguno de sus practicantes era capaz de formular. Sospechaban que una sociedad se parecía mucho menos a una máquina que a un organismo.
Y aquí empezaban a separarse los caminos de Edimburgo y París. La Ilustración Francesa también veneraba la razón, pero esa es la palabra clave: veneración. Y la razón está para usarse, no para venerarse.
Eso llevó a los ilustrados franceses a concluir que ya no bastaba con comprender el mundo, que había que reconstruirlo desde los cimientos. Si una institución parecía irracional, debía desaparecer. Si una tradición no superaba el examen de la lógica, debía abandonarse. Si la historia había producido un orden imperfecto, la razón podía diseñar otro mejor.
Era una tentación extraordinaria. Y, precisamente por eso, peligrosísima. La Revolución Francesa fue el primer gran intento de reconstruir una sociedad entera a partir de un puñado de principios racionales. El proyecto poseía una lógica casi geométrica. Si el pasado era un amasijo de supersticiones, privilegios y accidentes históricos, ¿por qué conservar una sola de sus instituciones? Había llegado la hora de empezar de nuevo.
No se limitaron a cambiar un rey por una república. Decidieron rehacer el tiempo. El calendario gregoriano desapareció. Los meses pasaron a llamarse Vendimiario, Brumario, Frimario o Germinal. La semana, ese viejo invento heredado de judíos y cristianos, fue sustituida por décadas de diez días. Los domingos desaparecieron. Los años comenzaron a contarse desde la proclamación de la República, como siglos después haría Pol Por en Camboya. Incluso se intentó decimalizar el reloj. Todo respondía a una lógica impecable. Si la razón podía diseñar un calendario más racional, ¿por qué resignarse al antiguo?
La misma lógica llevó a entronizar solemnemente a la Diosa Razón en Notre-Dame, convertida por unas horas en Templo de la Razón. Ahora nos parece una escena de Carnaval, pero en realidad estaban llevando su filosofía a sus últimas consecuencias lógicas. La Revolución no estaba utilizando la razón, sino adorándola.
Pero, al final, los dioses siempre acaban exigiendo sacrificios. Cuando la realidad se resistió a encajar en el diseño, dejó de ser la teoría la que debía corregirse. Fueron los hombres quienes tuvieron que hacerlo. La guillotina no fue un accidente que interrumpiera el experimento racionalista. Fue el instrumento encargado de eliminar aquello que impedía a la razón realizar su promesa.
Las ucronías tienen mala fama entre los académicos, quizá con razón. Pero es tentador especular que Europa habría recorrido un camino muy distinto si hubiera escuchado con más atención al escocés que desconfiaba de los planos perfectos y con algo menos de entusiasmo al ginebrino convencido de que la sociedad podía rehacerse desde sus cimientos.
Quizá por eso Hume sigue resultando tan actual. Vivimos rodeados de personas convencidas de haber encontrado la solución definitiva a problemas que acompañan al hombre desde que existe. El escocés nos recuerda una lección mucho más humilde y mucho más difícil: antes de desmontar una institución, conviene averiguar qué función estaba cumpliendo. Las herramientas sirven para construir. Los dioses exigen sacrificios. Europa confundió durante demasiado tiempo unas con otros.