Durante los últimos años abundan las alusiones a un famoso artículo de José María Pemán en la Tercera de ABC (17/04/1970). En medio de una polémica sobre la enseñanza del catalán en las aulas durante el tardofranquismo, el escritor gaditano no defendía simplemente que la lengua de Mn. Jacint Verdaguer fuese un vaso de agua clara, sino que, más audaz, sentenciaba: “Hablar o leer o aprender el catalán es un hecho simplicísimo. Se trata de beber un vaso de agua clara”.
El jacobinismo de izquierdas y de derechas, quizá irreversible, ha convertido el ser de las lenguas en una cuestión de voluntad de poder y… de mercado: todo se juega en el terreno del intervencionismo estatal, con recetas socialdemócratas y/o liberales que además explotan un combustible emocional muy, muy inflamable. Como argumentos hablados o escritos, son un vaso de agua turbia.
Dado que estamos atrapados en una burbuja que ni Dionisio Ridruejo, al terminar la Guerra Civil, ni Pemán, al final del franquismo, lograron hacer estallar en el imaginario español, me he sentido reconfortado al volver al ejemplo humano y literario de la obra de Joan Maragall (1860-1911).
Treinta años atrás, en 1996, José Agustín Goytisolo publicaba una antología bilingüe con el título Veintiún poetas catalanes para el siglo XXI. Comenzaba con Josep Carner y terminaba con Àlex Susanna. En el prólogo situaba a Verdaguer, Àngel Guimerà y Maragall como los representantes de la Renaixença y, por tanto, “padres, abuelos y hasta bisabuelos de los poetas representados en esta antología”. La cultura de Maragall, católica y catalana, tan europea que rebasaba el ámbito restringido del romanticismo catalán y se adentraba en un modernismo singularísimo, no acababa de encajar en la selección de Goytisolo.
La cultura española no ha sabido reconocer plenamente la grandeza poética e intelectual de Maragall. Lo ha dibujado a menudo como el sosia catalán de Miguel de Unamuno. Vendría a ser el poeta de la Semana Trágica, del “¡Adiós, España!” o, como mucho, el teórico de la “palabra viva”. No ha advertido del todo que poemas como “La vaca ciega” y el impresionante “Canto espiritual” deberían ser lecturas no ya de cualquier seminario de Grandes Libros sino de la enseñanza secundaria en un país que hiciera de la educación un proyecto de formación integral de las personas. Todo el mundo dice amar a Josep Pla, pero, como decía Hölderlin, aunque no lo parezca, “lo que permanece lo fundan los poetas”.
El Elogio de la palabra y el Elogio de la poesía, que deberían leerse como un díptico, muestran el lado más germánico de la formación intelectual y poética de Maragall, el lector de Goethe y de Schiller y al mismo tiempo el entusiasta melómano wagneriano. La aparente sencillez de su estilo ha ocultado la profundidad de sus intuiciones sobre el ritmo secreto que persigue cualquier obra artística. Sus reflexiones lo aproximan también al simbolismo de Paul Verlaine e incluso de Stéphane Mallarmé. No adaptan sus ideas ni se hacen eco de ellas. Más bien exploran con rigurosa ligereza los caminos más nucleares de la poética modernista.
Leer a Maragall es además una obligación para quienes quieran realmente entender las frustraciones y las esperanzas, los desengaños y el patriotismo de la España a caballo entre los siglos XIX y XX. Sin Maragall, como sin el gerundense Isaac Albéniz o sin el Círculo Artístico de Sant Lluc, con pintores como Joan Llimona o Joaquim Vancells o incluso el arquitecto Antoni Gaudí, no se puede entender en toda su amplitud el esplendor cultural español del primer tercio del siglo XX.
¿Cómo se llegaría a captar la frescura y la serenidad del “neopopularismo” de los Machado o la música de Falla o la experimentación del primer Picasso sin contar con toda esta singularidad artística procedente de Cataluña?
En una reseña de 1900 sobre El alma castellana de Azorín, Maragall, que reconocía que esta había identificado el alma española durante muchos siglos, se preguntaba si habría alguien que buscara las otras almas escondidas en la Península porque “quizás, combinándolas, los españoles adquiriéramos conciencia de un alma nueva que buena falta nos hace”.
En el prólogo a una selección de ensayos maragallianos traducidos al castellano, Carles Riba caracterizaba entonces la búsqueda de los hombres de la generación del 98 diciendo que “ninguno de ellos habría buscado a España de no haberla encontrado antes, desde el mismo instante en que se preguntó —y Maragall lo hizo en patético grito— dónde estaba”.
Cualquier interpretación, por tanto, que encuadre la Oda a España en interpretaciones únicamente políticas, de cualquier signo, falsea la palabra viva de Joan Maragall. La falsea porque la convierte en mera retórica, “aborto poético”, según una expresión suya. En realidad, como él mismo decía en el Elogio de la poesía, la verdadera sinceridad poética “es el balbuceo divino espontáneamente brotado a través del poeta con el mismo ritmo originario que sintió de la forma que le hechizara, que le penetró y se hizo suyo en la pureza de su emoción, que rompió violentamente sus entrañas por sí solo, y aparece al fin hecho hombre, hecho poesía, hecho Dios en la medida del poeta y de su momento”.
Así, la Oda a España es, en realidad, el segundo movimiento de una “sonata” poética bajo el título Los tres cantos de la guerra (1900), ligada a la pérdida de las últimas colonias. Como la composición musical, comienza con Los adioses, que es un allegro en el que contrastan dos temas que insuflan el tono a medias borrascoso y a medias soleado de todo el poema: el entusiasmo y la desilusión. Las alusiones a Caín y al Poniente perturban el ambiente nacional y son en cierta medida correlativas de aquel sentimiento que años después embargaría los Campos de Castilla de Antonio Machado.
Propiamente, la Oda a España, que funcionaría como el adagio, es una súplica melancólica no tanto para advertir de la separación como para lamentar su disolución (“¿No entiendes esta lengua —que te habla entre peligros? / ¿Has renunciado a entender a tus hijos? / ¡Adiós, España!”).
Queda El canto del retorno, el rondó final, donde los temas contrapuestos se asocian ahora a una derrota. Al mismo tiempo que pone en cuestión la propia vida de la patria, deja abierta una luz de esperanza in extremis: “Si aún está bien vivo el recuerdo de otras gestas, / si aún las sierras que han de fortalecernos / se alzan serenas sobre las tempestades / y braman sus bosques al viento de poniente, / hermanos que en la playa llorando esperáis, / no lloréis: ¡reíd, cantad!”.
Maragall descubre la palabra viva, “pura”, sin la frialdad cartesiana de Paul Valéry, de este lado de los Pirineos o del otro o en la punta de la costa cantábrica en boca de las personas más sencillas. Expresiones como “Aquel canal”, “Las estrellas” o “Mira” pueden solo “los poetas decirlas de nuevo con una inocencia más intensa y un mayor canto, con una luz más reveladora, porque el poeta es el hombre más inocente y más sabio de la tierra”.
¿Ingenuo Joan Maragall? Entre la Oda infinita, con la que abrió su primer libro (1895), y el Canto espiritual (1911) con el que cerró su obra, permaneció fiel a una manera cívica y poética de entender religiosamente la vida. Sin ninguna resignación, sino con un espíritu lleno de una visión transfigurada de nuestra existencia, debería seguir brillando de nuevo ante los ojos de nosotros, sus lectores:
“I quan vingui aquella hora de temença
en què s’acluquin aquests ulls humans,
obriu-me’n, Senyor, uns altres de més grans,
per contemplar la vostra faç, immensa.
Sia’m la mort una major naixença”