Bienvenidos a Shangri-La

Occidente lleva un siglo recurriendo al Tíbet como motivo literario y cinematográfico

Monasterios suspendidos sobre precipicios imposibles. Caravanas de yaks que dejan sus huellas sobre la nieve. Banderas de oración deshilachadas por el viento. Trompas que suenan como un bramido ritual. Bibliotecas abarrotadas de manuscritos. No, yo no he estado en el Tíbet, pero tengo en la cabeza, gracias a la literatura, el cine y el cómic, una imagen muy nítida. La mayoría de nosotros, de hecho, poseemos una representación mental sobre ese territorio mucho más desarrollada que el que tenemos sobre otras regiones remotas del planeta. Pocos lugares han generado una visión tan poderosa ni han servido con tanta frecuencia para dar forma a nuestras ideas sociales, espirituales y políticas.

La “tibetomanía” ha sido políticamente transversal precisamente porque el Tíbet funciona como una pantalla en la que se proyectan las críticas a la modernidad occidental, a gusto del consumidor. Si las derechas han admirado la tradición espiritual pura y el sentido aristocrático de la sociedad tibetana, para el progresismo el Tíbet representa un modelo de convivencia pacífica, ajena al capitalismo, no violenta y ecológicamente armónica. Ambas construcciones, no tan alejadas como pueda parecer a primera vista, tienen su parte de verdad y su dosis de mito.

Hasta comienzos del siglo XX, nadie sabía casi nada sobre esa tierra incógnita, al margen de los relatos de un puñado de misioneros. En 1924, la francesa Alexandra David-Néel logró entrar, disfrazada de mendiga, en la ciudad de Lhasa, vetada a los extranjeros, y publicó un par de libros sobre su experiencia. Pocos años después, otra mujer, Margaret D. Williamson, casada con un inglés destinado en el vecino Reino de Sikkim, escribió unas crónicas bien pintorescas que ha editado en nuestro país Ediciones de Viento (Memorias de la esposa de un diplomático en el Tíbet).

Pero el boom de la fascinación por el Tíbet se debe a James Hilton, novelista que jamás visitó la región. Horizontes perdidos (1933) narra cómo un pequeño grupo de viajeros sobrevive a un accidente aéreo en un área remota del Himalaya y es conducido a un valle oculto llamado Shangri-La, donde reinan la armonía, la longevidad casi eterna y la paz espiritual. Aunque Hilton se documentó en la Biblioteca Británica con relatos de viajeros y misioneros, en su Shangri-La hay más de imaginación occidental que de precisión etnológica. La novela ha sido reeditada recientemente por Trotalibros (antes rescató otra del autor, Adiós, señor Chips, que a mí, por cierto, me gusta más todavía).

En plena crisis de entreguerras, Horizontes perdidos fue el primer gran bestseller de bolsillo y se coló para siempre en el imaginario colectivo. Para entender su profundo impacto cultural, basta con una anécdota: Franklin Roosevelt bautizó como Shangri-La a la residencia presidencial que hoy conocemos como Camp David. A este impacto ayudó la espléndida adaptación cinematográfica de Frank Capra (1937). Rodada muy lejos del Himalaya –los exteriores son paisajes de California y los decorados nos resultan hoy algo artificiosos–, la película es hermosa y poética.

Escena deHorizontes perdidos‘, de Frank Capra

Un cuenco de té con mantequilla de yak

Mientras Shangri-La seducía la imaginación de ingleses y americanos, el Eje compartía, por caminos propios, la misma curiosidad por el Tíbet. Himmler llegó a impulsar una expedición científica al país en 1938-1939. El viaje, encabezado por Ernst Schäfer, tuvo un genuino carácter científico, con investigaciones valiosas en los campos de la zoología, la antropología y la etnología, aunque también con ciertas motivaciones raciales. Aunque se ha escrito mucho sobre la naturaleza esotérica y ocultista de la expedición, gran parte de esas interpretaciones son mitos construidos con posterioridad, especialmente a partir de los 60. 

Más duradera fue la pasión por el Tíbet de Giuseppe Tucci, orientalista y arqueólogo próximo al Fascismo. De envidiable intelecto –hablaba fluidamente sánscrito, bengalí, pāli, prácrito, chino y tibetano–, Tucci, a quien llamaron “el explorador del Duce”, se aproximó en la posguerra a la Democracia Cristiana de Andreotti y prosiguió sus sesudos estudios sobre el Extremo Oriente desde su cátedra de la Sapienza. Una de sus fotos más famosas lo muestra llevándose a los labios, con elegancia, un cuenco de sutschia, té con mantequilla de yak, la imprescindible bebida de los inviernos tibetanos.

Tucci bebiendo sutschia

En uno de sus viajes a Lhasa, ya a finales de los 40, Tucci se topó con otro occidental cuya vivencia personal marcaría profundamente nuestra imagen del Tíbet: el austriaco Heinrich Harrer, autor de Siete años en el Tíbet. Alpinista de renombre, el estallido de la guerra le sorprendió en la India, preparándose para ascender el Nanga Parbat. Tras huir de un campo de prisioneros británico, Harrer emprendió un viaje a pie a través del Himalaya hasta alcanzar Lhasa en 1946. Allí vivió siete años, tan integrado en la sociedad que llegó a dar clases al XIV Dalái Lama.

Siete años en el Tíbet es, sin duda, uno de los mejores relatos de viajes de todos los tiempos. Tiene aventura, epopeya y genuina curiosidad cultural. Cuando se publicó, en 1953, mostró al mundo un país aún independiente y hermético, justo antes de la invasión china. Muchas décadas después, en 1997, la historia se llevó a la pantalla en una superproducción dirigida por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Brad Pitt, que pone el foco en la relación entre el aventurero y el joven líder religioso. Yo descubrí el libro de adolescente y lo releí el verano pasado en la excelente reedición de Libros del Asteroide, y volví a disfrutarlo tanto como entonces.

Un periodista belga y un fontanero inglés

En 1958 empezó a publicarse por entregas uno de los mejores álbumes de Hergé, y probablemente el más atípico: viñetas teñidas de blanco, ningún villano -no, el yeti no es un villano- y menos acción que de costumbre. El centro de Tintín en el Tíbet es la amistad profunda entre Tintín y Chang, pero el genio belga aprovecha para presentarnos, gracias a su documentación exhaustiva, unas cuantas pinceladas geográficas y culturales del Himalaya, de la vestimenta tradicional a la vida en las lamaserías, pasando por la alimentación. Hay, por cierto, algún guiño al éxito de Harrer: en una de las planchas, Haddock se pregunta si van a tener que quedarse “siete años en el Tíbet”.

Al Dalái Lama le encantó. No es de extrañar: pese a que se deslizan algunos tópicos, la representación de su pueblo es innegablemente positiva –hospitalidad, sabiduría y coraje–, y dio a conocer su tierra a millones de personas en todo el mundo. En China, el álbum no se publicó hasta 2001, y lo hizo con un título modificado (Tintín en el Tíbet chino) que provocó la airada protesta de la Fundación Hergé y de la editorial Casterman.

Por esos mismos años, los 50, tuvo gran difusión El tercer ojo, que se presentaba como la autobiografía de un lama tibetano. Bien cargado de esoterismo, describía, entre otras cosas, una operación ritual que perforaba la frente de los lamas para despertar en ellos facultades psíquicas y espirituales. El autor se hacía llamar Lobsang Rampa.

A Harrer el asunto le olió a chamusquina y contrató un detective privado para averiguar la identidad del autor. Meses después, el Daily Mail publicó que “Rampa” no era tibetano ni era monje, sino un fontanero inglés llamado Cyril Henry Hoskin, y que gran parte de los datos de su libro eran fabulaciones sin el menor parecido con la realidad. El descubrimiento de la impostura no impidió que Hoskin siguiera vendiendo libros, ese y otros, como churros. Si rebuscan en la biblioteca que heredaron de sus padres o sus abuelos es probable que encuentren algún ejemplar polvoriento.

Contracultura con barniz tibetano

Adentrémonos en los 60. Mientras la Revolución Cultural maoísta arrasaba con buena parte de las tradiciones del Tíbet real, la pasión tibetana se entrelaza con la contracultura y el movimiento hippie. Muchos jóvenes, desencantados con el consumo y la guerra de Vietnam, imaginan en los valles del Himalaya un refugio de pureza, introspección y sabiduría.

En la ficción, la serie Mad Men, el mejor fresco narrativo de la década, refleja la moda en varios momentos —Don Draper ve en un episodio Horizontes perdidos, y en la velada de LSD a la que asiste Roger Sterling se menciona el Bardo Thodol, el Libro Tibetano de los Muertos–. En aquellos años, lo oriental se cuela en la música pop, en la decoración e incluso en la religión: muchos cristianos buscaron inspiración en las tradiciones budistas mientras mandaban las propias al desván.

En los 90, el interés se reactivó al calor del auge del budismo en Hollywood, de la figura, espiritual y geopolítica, del Dalái Lama. Ayudó el estreno de la versión cinematográfica del libro de Harrer, con una superestrella como Pitt. Martin Scorsese se apuntó a la tendencia con Kundun (1997), un biopic del propio Dalái Lama que recuerda, por su ritmo y su enfoque, a la posterior Silencio.

A estas alturas, Occidente lleva un siglo recurriendo al Tíbet como motivo literario y cinematográfico. Es probable que empezara a interesarnos, sencillamente, porque era secreto y cerrado: uno de los últimos reductos inaccesibles en un tiempo en que Phileas Fogg ya había dado la vuelta al mundo. Con el paso del tiempo, sin embargo, ese territorio se ha convertido en algo más: en un reflejo de nuestras propias ideas. Por eso seguimos leyendo con fruición los relatos, reales o novelados, de viajeros y exploradores, y por eso sabemos mucho más del Tíbet que, pongamos, de Mauritania o de Surinam, y puede que hasta más que de algunos países europeos.

“Nos hallábamos ahora en el puente de tejado de color turquesa viendo por primera vez los picos dorados de la catedral de Lhasa”, escribe Harrer, relatando su primera entrada en la ciudad prohibida. “El sol se ponía poco a poco y la imagen aparecía imbuida de una luz ultraterrenal”. Cuando recorremos con él los valles y los monasterios, los pasos nevados y los jardines, el viaje nos resulta tan exótico como, paradójicamente, familiar. Shangri-La, en el fondo, no queda tan lejos.

Mario Crespo (León, 1987) es diplomático de carrera y vive en Panamá. Escribe sobre libros, cine e ideas en varios medios digitales

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