¡Gracias por fumar!

En nuestra cultura, la salud tiende a adquirir un carácter casi sagrado, convertida en ocasiones en una suerte de religión secular

Fumar puede salvarte la vida. Al menos esa es una de las moralejas de Thank you for smoking (2005), película americana con múltiples nominaciones a los Globos de Oro y a otros premios internacionales. En ella, Aaron Eckhart da vida a Nick Naylor, vicepresidente de la Academia de Estudios del Tabaco, lobby cuya misión principal es la de desmentir toda relación entre consumo de cigarrillos y problemas de salud. Naylor, experto en retórica y mercadotecnia, lleva su incorrección política y su gusto por la confrontación social hasta tal punto que un grupo de encapuchados lo secuestra e intenta acabar con su vida induciéndole una sobredosis de nicotina mediante parches transdérmicos. Sin embargo, esta tentativa deviene estéril, cuando tras despertar desorientado en una cama de hospital en la siguiente escena, uno de los médicos le comenta estupefacto que su tolerancia a la nicotina por su condición de fumador ha terminado salvándole la vida.

Esto no pasa en la vida real ─si bien la muerte por sobredosis de nicotina existe─; se trata de una película, una comedia satírica que busca generar una disonancia cognitiva en el espectador. Aunque el objeto inmediato del filme es la industria del tabaco y sus estrategias comerciales, la película también admite una lectura más amplia: la crítica a una cultura en la que la salud o lo que se entiende por ella tiende a adquirir un carácter casi sagrado, convertida en ocasiones en una suerte de religión secular. Luego volveré a ello.

Hoy en día nadie niega que el tabaco sea nocivo. La ciencia ha hablado: fumar mata ─lo pone en el paquete─. A la vista de tan solemne declaración, nos quedan dos opciones: aceptar las consecuencias del tabaco o exigir a nuestros gobernantes que legislen, una vez más, para garantizar la salud y el bienestar de la población. El lobby antitabaco en España ha encontrado un aliado perfecto en el desgobierno de turno para acabar con esta situación. El 21 de julio de 2026 se aprobó en el Consejo de Ministros el nuevo Proyecto de Ley Antitabaco, con el fin de «reforzar la protección de la salud de la población y adaptar la normativa a los cambios en los patrones de consumo». Ampliando los espacios libres de humo, para garantizar los derechos de la mayoría, y reforzando el régimen sancionador, para proteger a los más vulnerables y no para recaudar más, esta ley se convertirá ─Dios no lo quiera─ en otro éxito de resiliencia del gobierno de Pedro Sánchez y apuntalará la tendencia hacia una España más positiva, feliz e inclusiva.

La reglamentación total de la vida ha llegado hasta límites insospechados. Pero esta vez es por una buena razón. Hay que garantizar la salud a toda costa, debemos imponer el enfoque One Health en todas las políticas para prolongar la vida ─humana, animal y ambiental─ hasta que demos con la Solución Final, no en su forma aniquiladora, sino redentora: la inmortalidad inmanente. Para lograr este fin, es necesario acabar, entre otras cosas, con el humo del tabaco.

¿Por qué la salud adquiere un tinte sagrado hasta convertirse en una suerte de religión secular? ¿Por qué es fundamental la prolongación de la vida ad eternum? Cuando un pueblo pierde el sentido trascendente de la existencia, la muerte deja de concebirse como un tránsito y pasa a ser un final total y temible. En otras palabras, la prolongación de la vida se transforma en el bien supremo y la muerte en el mal absoluto. Y es en esta dicotomía, lejos de la relatividad que ofrece una vida influenciada por un más allá, donde la cuestión de la muerte se patologiza. Si esta se convierte en algo definitivo, acaba por volverse tabú, como si al ocultarla desapareciese su amenaza. En consecuencia, habría que hacer todo lo posible por retrasar su marcha triunfal. De ahí el empeño por erradicar el consumo de tabaco, que nos recuerda constantemente que algún día, más pronto que tarde, moriremos. Es muy sencillo, dice Houellebecq, «los seres humanos quieren vivir y sin embargo tienen que morir».

Pero hay un problema. No se puede hacer desaparecer la muerte, ni tampoco el impulso trascendente, por lo que esa necesidad de trascendencia debe canalizarse y reubicarse. En caso contrario, correría el riesgo de generalizar el horror vacui, haciendo insoportable la existencia. De este modo lo trascendente se repliega sobre el mundo mediante un proceso de inmanentización en el que se mundaniza y materializa.

Esta transformación exige también una resignificación de la existencia, ante la negación de la realidad de la muerte. Para ello es necesario crear un nuevo sentido, que se consigue hipertrofiando todo aquello asociado a la prolongación y conservación de la vida. Si la muerte se identifica con el No-Ser, habrá que Ser a toda costa y, por lo tanto, rechazar todo aquello que nos acerca a No-Ser. Es más, en este estadio, no solo se patologiza la muerte, sino todo lo que está relacionado con ella. El sufrimiento y el dolor se convierten en signos de muerte porque recuerdan la fragilidad de la existencia; por el contrario, el placer, el bienestar o la salud pasan a identificarse con la vida misma. Así es como se transforma la salud en una cuestión religiosa. Su promoción pasa a ser una prioridad absoluta, un imperativo moral. Se vuelve necesario prolongar la vida y vivirla con la máxima intensidad posible para rellenar el vacío dejado por la desaparición de la promesa trascendente. Pero para poder vivir esta vida, es necesario estar sano, para lo cual es necesario prohibir fumar.

Como consecuencia de este cambio de paradigma, se desvirtúa el sentido de la existencia. Así, la ratio vitae pasa por procurarse el mayor número de goces y experiencias positivas, buscando desterrar la posibilidad del dolor. La muerte y el sufrimiento se medicalizan y quedan confinados en hospitales desinfectados de humanidad, hasta desaparecer de la experiencia cotidiana.

Pero la muerte es el fin de la vida en la tierra e hito fundamental de la existencia de todos los seres. Una vida auténtica pasa por reconocer con Heidegger que «somos para la muerte», que la finitud de la vida es lo que le da un sentido. El sufrimiento y el dolor son parte consustancial de lo que somos, nos completan y perfeccionan. Teniendo esto en cuenta, la negación de la muerte se convierte en una negación de la vida. La negación del sufrimiento se convierte en una negación de la naturaleza humana. Y, ambas negaciones, en su errática e hipertrofiada pulsión de vida se convierten inconscientemente en una muerte en vida. ¿Por qué?

Primero, porque convierten en virtud suprema la mera supervivencia material. En este intento, el hombre toma todas las precauciones necesarias para evitar el trágico y definitivo suceso de una muerte temprana. Asimismo, porque la presunción de una vida intensa y plena sólo puede darse cuando uno abraza todo su ser, cuando acepta la realidad del sufrimiento y del dolor. La disciplina del sufrimiento, dice Nietzsche, «del gran sufrimiento ─ ¿no sabéis que únicamente esa disciplina es la que ha creado hasta ahora todas las elevaciones del hombre?». Pero si se acepta esta realidad también debe asumirse la muerte. Incapaz de hacerlo, el nuevo hombre busca refugio en cualquier soma huxleyano, anestesiando su conciencia y mutilando voluntariamente una parte esencial de su naturaleza. En tercer lugar, porque hacen de la vida un fin en sí misma. Si lo único por lo que vivo es seguir viviendo, ¿por qué quiero vivir? Fabrice Hadjad acierta cuando afirma que en nuestra época «la gente muere porque no tiene nada por lo que morir».

No resulta extraño que un pueblo incapaz de responder a la pregunta por el sentido de la existencia termine contemplando el suicidio o la eutanasia. Paradójicamente, el abandono de la trascendencia y de las grandes aspiraciones nos conducen a una cultura de la muerte. Esta actitud es propia de sociedades enfermas y decadentes, regidas por los principios gerontocráticos de la conservación y el inmovilismo. Una vida así se opone a toda posibilidad creadora, al dinamismo y a la perfectibilidad, que solo nacen con el sacrificio y el sufrimiento. Y es que vivir conforme a aquellos principios inoperantes es tan insustancial y anodino que no tiene ningún misterio ni exige de grandes esfuerzos. Hadjad recuerda que tener éxito en la vida es más bien un «tenga usted éxito en su muerte», y este tiene como prerrequisito la posibilidad de dar testimonio de una vida que se desborda, pues solo una vida así tiene la fuerza suficiente como para posicionarse más allá de la muerte, para trascenderla gracias a, como diría Évola, «una sed de existencia absoluta».

Cuando la salud deja de ser un medio para una vida plena y pasa a convertirse en el criterio rector de toda la existencia, subordinada ya a la mera prolongación de la vida, esta deja de afirmarse y comienza simplemente a conservarse. Una vida reducida a su mera conservación no es vida. Fumar, en estas coordenadas, deja de ser un hábito nocivo para convertirse en una afrenta al fetiche moderno de la salud como preservación de la vida. Simboliza, así, la resistencia frente a una concepción de la existencia que identifica el bien con la mera supervivencia. No porque fumar afirme necesariamente la vida, sino porque nos recuerda que vivir implica aceptar el riesgo, conquistar la adversidad y, en último término, asumir la muerte.

A la vista de todo lo anterior, cobra sentido concluir diciendo:

¡Gracias por fumar!

Madrileño, casi gato. Graduado en ADE y Relaciones Internacionales con una maestría en Política y Negocio Internacional. A veces se pueden hacer cosas. Soy un hombre sensitivo. Me gusta el billar.

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