Si encajáramos a Ceuta como estado independiente dentro de todo el continente africano, incluyendo sus islas en los océanos Atlántico e Índico además de las del mar Mediterráneo, la ciudad autónoma española arrasaría, y de qué manera, en la clasificación del PIB per cápita, dejando muy atrás a las muy lujosas y escasamente habitadas islas Seychelles, segundonas tras nuestro trozo de España, mal que les pese a algunos. Ceuta, según los datos oficiales, alcanzaría los 27.000 $ mientras que, por ejemplo, Sudáfrica, que ya ha organizado un Mundial de fútbol tan inhóspito como su vuvuzela, sólo rozaría los 6.700 $.
Que Ceuta tenga semejante capacidad económica, comparada, claro está, con cualquier lugar de Marruecos, tiene que ver con varios asuntos tangibles. El primero, que sus ciudadanos se han educado en la libertad y los valores; después, que al pertenecer a España –o sea, a Europa–, bebe de la cuna de la civilización, el orden y el concierto; y por extenderme en la claridad, que en los países de raíces cristianas la mujer es libre, vota, no debe enroscarse ningún trapo en la cabeza por imposición y, sobre todo, que la población española no está obligada a detener su vida cinco veces al día para rezar mirando a La Meca. Ventajas, como digo, de estar urbanizados cerebralmente, y por ello, de no ir ralentizando, diariamente, la economía en torno a un libro sagrado. Por cierto, el mío hasta la Comunión, fue El Libro Gordo de Petete. Datos.
Desde que el pasado 30 de julio 80.000 ilegales entraran a modo de invasión en territorio español a través de Ceuta, las imágenes que recorren el mundo con la misma eficacia propagandística que el gol de la final del Mundial de Ferrán Torres, han dejado razones para que Occidente se siga pensando lo de la Alianza de Civilizaciones de José Luis Rodríguez Zapatero –el cual, hoy al menos, es mundialmente conocido por coleccionar joyas de gran valor–, error histórico desde su misma fundación donde se aseguraba que la supuesta hermandad de los pueblos, tribus, etnias, naciones y, sobre todo, credos, que aunque en realidad no sirviera para nada, demostraba las virtudes de España, crisol de culturas y respetos allende nuestras fronteras exceptuando lo que va de nuestras vallas hacia dentro. Porque, ¿se imaginan que en vez de Colón, uno de nuestros vecinos alauitas hubiera llegado en 1492 hasta América antes que nosotros? A la vista de lo sucedido, les aseguro que hoy en el continente americano hasta Donald Trump se sabría de memoria el Corán cuando jamás habríamos sabido nada de su mujer y/o mujeres.
Si hay una postal por encima de todas para determinar por qué no es que no seamos todos iguales, sino que unos somos mucho mejores que otros, sólo hay que acercarse hasta la playa ceutí del Trampolín, famosa en el mundo entero por haber sido la elegida por los invasores para acampar a sus anchas, alejando al nativo de toda posibilidad de acercarse a su playa, solo o en compañía de sus hijos. Porque en El Trampolín, otrora orilla de arena límpida donde el top-less se mezclaba con los menores –legales– jugando y aprendiendo a dar sus primeras brazadas, hoy es un vertedero de dimensiones peligrosas al que no se le aprecian soluciones ni a corto ni a medio plazo. Como detalle sin igual, Pedro Sánchez acaba de asignar al Ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, como mando único para tratar de superar este caos tan absoluto como constante. ¿Se imaginan que durante un incendio España coordinara su extinción cuatro semanas después? ¿A qué no? Pues aunque no les guste, Ceuta, porque existen todavía 80.000 españoles que pagan impuestos y adoran nuestra patria, la real, está muy por encima de todas las hectáreas de monte bajo que ustedes deseen sofocar. Y les habla alguien que abraza árboles desde tiempos inmemoriales. Porque si en Ceuta no hubiera personas y sólo mares de pinos mediterráneos, actualmente España recordaría Ceuta y Melilla como a día de hoy, a duras penas, lo hace con Cuba y Filipinas.
Expertos consultados, además de mi visión miope apoyada en unas gafas reglamentarias durante mis ya tres visitas a la ciudad autónoma española, han certificado que desde la orilla de la playa del Trampolín hasta que haces pie los zurullos flotan donde hasta el 29 de julio sólo existían colchonetas, señoras refrescándose y reflejos del sol sobre un azul del mar precioso hoy infestado de Escherichia coli, conocida mundialmente como E. Coli, una bacteria peligrosa para el ser humano que demuestra que en la zona existe una contaminación reciente –y tan reciente: desde el muy cercano 20 de julio– por desechos humanos y animales. Zurullos, orines, plumas de palomas y gaviota, basura en general, en lo que augura una desembocadura clara y concisa: el trampolín hacia el tercer mundo.
Uno siempre había creído que los que invaden mejoraban lo conquistado. Así ocurrió con el Imperio Romano, que en la antigua Iberia –luego Hispania y ahora España– trajo la prosperidad y la romanización, base de nuestras actuales culturas y lenguas. Con ese gran legado educativo y formativo construimos, por poner sólo un ejemplo, navíos que fueron botados con éxito para alcanzar, tras meses de singladura, el continente americano. Y allí los españoles llevaron nuestra lengua, el catolicismo, las ciudades, la arquitectura, las universidades, además de nuevos cultivos y alimentos, así como numerosos oficios como la imprenta, la metalurgia y la construcción naval. Nosotros trajimos el tomate y la patata, aunque curiosamente no prestamos la más mínima atención a la quinoa, que hoy te la meten hasta en una ensalada industrial a lomos de un tren de alta velocidad camino de Córdoba, el cual siempre llega tarde.
Por eso, a uno se le queda cara de estúpido cuando se acerca a la playa del Trampolín, certificando que el tercer mundo a España no sólo se le arrima por la afición de defecar en la misma playa donde te bañabas, sino porque ya nosotros mismos, según el último informe de la OCDE –por su acrónimo, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos–, con sede en París, retrocedemos de manera vertiginosa: en España, en los últimos 30 años, el salario real ha subido sólo un 2’8%, no así, precisamente, el coste de vida. Por comparar, en ese mismo tiempo en los Estados Unidos los sueldos han ascendido un 47’5%.
Uno acepta que el mundo se mueve. Que las conquistas existen, que unos imperios se caen y otros que alzan, y que la nueva geopolítica está a la orden del día. Y que España, tristemente, lleva demasiados siglos de profunda decadencia. Pero lo que es inaudito es que los nuevos moradores del lugar de toda África con más educación y PIB caguen en las playas, las jardineras y en plenas calles mientras algunos violan a niñas de doce años en la antesala, imagino, de la vuelta a la Prehistoria, en los que historiadores occidentales politizados dirán que, más que un retroceso, fue una oportunidad de oro para rememorar épocas pretéritas. Y ya puestos, para reinventar la rueda y el fuego. Que Dios nos coja confesados.
En Occidente llevamos todo este siglo y parte del anterior hablando mucho, a veces demasiado, del respeto a otros cultos religiosos mientras nosotros mismos nos desatamos del catolicismo por euforia obligatoria, cuando lo que siempre se calla es la nula consideración de los llamados a pagar nuestras pensiones –a mí me sostuvo un tipo con sarna, cita don Genaro, a punto de cumplir noventa años, en Bembibre–, que llevan también, por qué no decirlo, defecando –en este caso, sólo metafóricamente (aún)–, en nuestros pueblos, culturas, civilizaciones, en realidad, sobre todos los nuestros.
Porque el ocaso de la civilización occidental que acontece a diario en la playa del Trampolín, no se estudiará en las universidades –seguro durante esta época– por lo improbable de poder explicar a alguien ciertamente coherente que esto tiene algún tipo de sentido.