«Se ha vuelto cada vez más evidente que la “realidad” física, no menos que la “realidad” social, es en el fondo una construcción social y lingüística; que el “conocimiento” científico, lejos de ser objetivo, refleja y codifica las ideologías dominantes y las relaciones de poder de la cultura que lo produjo; que las pretensiones de verdad de la ciencia están inherentemente cargadas de teoría y son autorreferenciales; y, en consecuencia, que el discurso de la comunidad científica, pese a todo su innegable valor, no puede reclamar un estatus epistemológico privilegiado respecto de las narrativas contrahegemónicas emanadas de comunidades disidentes o marginadas».
¿No les recuerda algo este texto a este otro?
«La educación antirracista dentro de la Academia posee el potencial de reflejar verdaderamente la hibridez cultural de nuestra sociedad diversa y multicultural a través de los cánones de conocimiento que los educadores celebran, ofrecen y encarnan. La centralidad de la Blanquitud como instrumento de poder y privilegio garantiza que determinados tipos de conocimiento continúen excluidos de nuestros currículos. El monopolio y la proliferación de los cánones europeos blancos dominantes constituye buena parte de nuestro currículo existente y, en consecuencia, afecta a aspectos de participación, inclusión y pertenencia, particularmente para los alumnos negros, asiáticos y de minorías étnicas».
El primero es parte de un artículo aparecido en 1996 en la revista Social Text, firmado por el físico Alan David Sokal; el segundo es parte de la obra del polémico y recientemente fallecido Jason Arday, el profesor negro más joven de la Universidad de Cambridge. Y lo que tienen en común es que ninguno de los dos textos dice nada, para utiliza muchas palabras en jerga académica para decirlo.
Corría el año 1996 y los editores de Social Text se frotaban las manos. La revista neoyorquina, una de las publicaciones de referencia de los entonces pujantes cultural studies, preparaba un número especial dedicado a las llamadas Science Wars, las guerras de la ciencia, y acababa de caer en sus manos algo que no recibían todos los días: un artículo de un científico de verdad. De los que se ocupan de la realidad tangible.
El autor, Alan David Sokal, era profesor de Física en la Universidad de Nueva York. Había publicado sobre mecánica estadística, teoría cuántica de campos y física matemática. Había dado clases en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua durante el Gobierno sandinista. Era, además, un hombre de izquierdas. Un auténtico progresista con ecuaciones.
Y parecía haber visto la luz. Su artículo se titulaba Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity, «Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica». Un título que, si no se ha estudiado física, puede producir cierta inquietud. Si se ha estudiado física, es más probable que provoque una carcajada.
Sokal empezaba denunciando lo que llamaba el «dogma impuesto por la larga hegemonía postilustrada sobre la perspectiva intelectual occidental»: la pintoresca creencia de que existe un mundo exterior independiente de nosotros, que ese mundo obedece leyes físicas y que mediante el método científico podemos llegar a conocerlas aproximadamente. Inmediatamente después llegaba el párrafo que abre este artículo. La realidad física era una construcción social y lingüística; el conocimiento científico reflejaba las ideologías y relaciones de poder de la sociedad que lo producía; y los científicos carecían de derecho a conceder a su discurso una posición epistemológica superior a las «narrativas contrahegemónicas» de los grupos marginados.
Le había venido Dios a ver. Siempre ha habido una peculiar envy of fact, una envidia del hecho, entre determinadas ciencias sociales y humanidades frente a sus hermanas de bata blanca. Un físico podía estropear una discusión con la desagradable costumbre de medir algo. Un químico mezclaba 2 sustancias y, por mucha hermenéutica que uno desplegara, explotaban o no explotaban. El electrón resultaba irritantemente refractario a contar su experiencia vivida. Las ciencias naturales poseían una autoridad que otras disciplinas ansiaban y, al mismo tiempo, envidiaban.
Y ahora uno de aquellos sacerdotes de los hechos acudía voluntariamente para anunciar que, bien mirado, tampoco había hechos. Los editores siguieron leyendo. La mecánica cuántica había socavado la vieja metafísica cartesiano-newtoniana. La crítica feminista había desenmascarado la ideología de dominación escondida tras la fachada de la «objetividad». Había sesgos de género hasta en la mecánica de fluidos. Jacques Lacan podía ser convocado junto a la teoría cuántica de campos. El «campo morfogenético» del gurú New Age Rupert Sheldrake aparecía presentado como una prometedora aproximación a la gravedad cuántica, una relación que no se le había ocurrido ni al propio Sheldrake. Sokal iba sembrando su texto de afirmaciones que cualquier físico habría encontrado, en el mejor de los casos, disparatadas.
Pero aquel tipo tenía citas para aburrir. Sokal había descubierto uno de los grandes secretos de la prosa académica: una afirmación que parece una majadería desnuda adquiere inmediatamente otro porte si detrás lleva un numerito. Su artículo estaba cubierto de notas, autoridades y referencias. Y tuvo además la delicadeza de citar generosamente a autores próximos a Social Text, incluidos algunos de sus propios editores.
No se trataba simplemente de escribir tonterías. Había que escribir las tonterías correctas. El físico sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Tiempo después explicaría que había confeccionado el artículo a partir de una mezcla de verdades triviales, falsedades manifiestas, razonamientos sin lógica, abusos de conceptos científicos y matemáticos y, sobre todo, conclusiones políticamente halagadoras para quienes debían decidir si lo publicaban. La prueba consistía precisamente en comprobar cuánto sinsentido podía tragarse una revista si el sinsentido confirmaba suficientemente sus prejuicios. Y Social Text se lo comió con patatas, sin respirar.
A la revista no se le pasó por la cabeza pedir a algún especialista que revisara el texto, para qué. Así que, sin más, decidieron incluirlo en el número especial de primavera-verano de 1996 dedicado, precisamente, a las Science Wars. Más tarde explicarían que habían visto en él el intento sincero, quizá algo torpe, de un científico profesional que buscaba en la filosofía posmoderna alguna confirmación para los avances de su disciplina. En otras palabras: por fin uno de los mayores había venido a jugar con ellos.
El número salió. Y entonces Alan Sokal le chafó el día explicando que todo era mentira. Casi simultáneamente a la publicación de Social Text, la revista académica Lingua Franca publicó un breve artículo suyo titulado A Physicist Experiments with Cultural Studies. Sokal levantaba allí el telón y explicaba el experimento. Había escrito una parodia. Las afirmaciones que parecían absurdas lo eran. Los saltos lógicos eran deliberados. Las relaciones entre determinadas teorías científicas y las conclusiones políticas no existían. Y aquella afirmación de que la propia realidad física —no nuestras teorías sobre ella, sino la realidad— era una construcción lingüística había sido introducida sin una sola prueba precisamente para ver si a alguien le chirriaba. Y, claro, más que chirriarles les había enloquecido de placer.
Sokal resumió después la cuestión con una invitación experimental difícil de mejorar. Quien creyera que las leyes de la física eran simples convenciones sociales podía intentar transgredirlas desde la ventana de su apartamento, y vivía en el piso 21.
El resultado del experimento podía formularse con la concisión que tanto gusta a las ciencias duras. Hipótesis: una revista académica de estudios culturales puede publicar un artículo plagado de sinsentidos si está adecuadamente revestido de jerga, citas y conclusiones ideológicamente satisfactorias. Resultado: sí.
Y se armó la mundial. Los editores de Social Text, Andrew Ross y Bruce Robbins, respondieron en Lingua Franca. Sokal replicó. Académicos, periodistas, científicos y filósofos se abalanzaron sobre el cadáver. Unos celebraron la broma como la demostración de que el emperador posmoderno estaba desnudo. Otros acusaron a Sokal de deshonestidad, de violar la confianza intelectual necesaria para el funcionamiento de una revista académica o de haber demostrado mucho menos de lo que pretendía. Y ahí empezó una fase aún más entretenida del experimento: observar cómo reaccionaba una institución intelectual después de descubrir que acababa de publicar una tomadura de pelo.
Ross y Robbins alegaron que nunca habían considerado el artículo una gran contribución a la física. Lo habían entendido, dijeron, como el esfuerzo de un científico que intentaba encontrar una conexión entre su especialidad y la filosofía posmoderna. Consideraron que Sokal era un aliado político. Precisamente por eso habían sido indulgentes con un texto que les parecía imperfecto. O sea, venían a admitir lo mismo que quería demostrar Sokal.
Lo resumió, con escaso espíritu caritativo, el crítico literario Franco Moretti al decir que los editores habían publicado lo de Sokal no porque Sokal fuera interesante, sino porque en el texto Sokal encontraba interesantes a los editores.
Bruce Robbins acabaría escribiendo meses después una explicación extraordinariamente honrada de cómo habían caído. Habían confluido, reconoció, cierta ignorancia científica, cierta distracción y «mucho entusiasmo por un supuesto aliado político». El resultado había sido una «ceguera temporal». Difícilmente podría Sokal haber redactado mejor las conclusiones de su experimento.
En días, aquella pequeña revista izquierdista de estudios culturales se había convertido en motivo cómico inagotable en el panorama intelectual. Aquello fue el Sokal Affair.
Sokal escribió un texto posterior, Transgressing the Boundaries: An Afterword, en el que desarrollaba qué había pretendido demostrar y, sobre todo, qué no había pretendido demostrar. El caso, decía, venía a probar que los editores académicos habían aceptado un artículo sobre materias que no dominaban sin consultar a quien las dominase, sencillamente porque venía a darles la razón y a acariciar su vanidad. Demostraba también, añado yo, que la corrección política ha convertido en buena parte el mundo académico en una máquina de producir verborrea más valorada por su alineamiento político que por su aproximación a la realidad.
Pero han pasado 30 años, y el segundo de los textos con los que iniciamos este nos demuestran que la relectura que hizo Sokal del Traje nuevo del emperador, de Christian Andersen, lejos de haber tenido el efecto deseado (“el emperador está desnudo; acabemos con esta farsa”), no ha servido para nada. La prueba es este segundo texto al que hacemos referencia, extraído de un artículo académico publicado en 2020 por Jason Arday y otros 2 autores en Educational Philosophy and Theory.
Este texto, ay, fue escrito completamente en serio. El trabajo, dedicado a «descolonizar el plan de estudios», describe la «Blanquitud» como instrumento de poder y privilegio y denuncia el predominio de los «cánones europeos blancos» en la enseñanza universitaria.
Arday llegó en 2023 a Cambridge como profesor de Sociología de la Educación y fue celebrado como el profesor negro más joven de la historia de la universidad. Este verano empezaron a acumularse públicamente acusaciones de plagio en su tesis doctoral, dudas sobre otros trabajos y preguntas sobre partes de su extraordinaria biografía. Arday negó haber cometido plagio; una investigación anterior de la universidad que le concedió el doctorado no había sostenido la acusación y atribuyó las coincidencias detectadas a errores «honestos y razonables». Cambridge terminó anunciando nuevas investigaciones. Arday dimitió el 5 de agosto. Ocho días después fue encontrado muerto en Londres. Tenía 41 años.
Y entonces ocurrió algo que también habría resultado familiar en 1996. La discusión empezó a desplazarse desde cómo las instituciones académicas habían permitido llegar hasta allí hacia la conducta de quienes lo habían denunciado. La familia de Arday habló de una campaña de abuso y acoso; más de 120.000 personas firmaron una petición reclamando una investigación sobre el tratamiento mediático del profesor. Y este jueves la Universidad de Gante suspendió cautelarmente a Nathan Cofnas, el académico estadounidense que había lanzado públicamente algunas de las principales acusaciones de plagio contra Arday, mientras investiga sus propias declaraciones y conducta.
En 1996, Alan Sokal tuvo que trabajar concienzudamente para fabricar una parodia de la Academia. Hoy el mundo académico sigue igual, validando fraudes basados en una verborrea carente de sentido para confirmar su visión fantástica del mundo, una versión netamente izquierdista que no pisa suelo. Pero treinta años son muchos años, la broma ha durado demasiado y ya no tiene maldita la gracia.