De Gibraltar a Ceuta

A la luz de la invasión marroquí, el entreguismo del gobierno en las negociaciones sobre el Peñón supone un inquietante precedente

                Para entender cómo el Gobierno está gestionado la invasión de Ceuta nada mejor que analizar el acuerdo alcanzado entre España y el Reino Unido sobre Gibraltar, que entró en vigor de forma provisional el pasado 15 de julio, pues la descripción de las actuaciones gubernamentales para evitar recuperar la soberanía sobre el Peñón con motivo del “brexit”, prefigura el futuro de las plazas españolas en el norte de África.

Gibraltar o cuando el vencedor se rinde al vencido

                La consumación de la salida de Gran Bretaña de la UE en enero de 2020 supuso una gran oportunidad para recuperar lo que aún hoy es una base militar británica en territorio español, pues la UE dejó en manos españolas y británicas el futuro de Gibraltar. La relación de fuerzas en la negociación era más favorable que nunca para España dado que la renuncia de Gran Bretaña a seguir siendo miembro de la UE suponía que Gibraltar también queda fuera de la Unión Europea, lo que suponía, entre otras cosas, el fin de la libre circulación de personas y mercancías. 

                La posición británica siguió inamovible en el derecho de autodeterminación de Gibraltar. Sin embargo, esa postura es contraria al Derecho Internacional dado que la Resolución de las Naciones Unidas 24/29 de 1968 (hemos pasado de Fernando Castiella como ministro de Exteriores en 1968, a Albares), declara que Gibraltar es un territorio no autónomo sometido al dominio colonial del Reino Unido que éste tiene que retroceder a España. O lo que es igual, Gibraltar no puede autodeterminarse porque no se reconoce la existencia de una población autóctona que no fuese la española antes de su conversión en una base militar británica.

                En cuanto a la posición española, algunos sectores políticos y diplomáticos (véase Margallo) quisieron recuperar la idea de la cosoberanía, con un periodo transitorio de doble nacionalidad para los habitantes de Gibraltar, hasta que finalmente la soberanía retornase a España. El ejemplo a seguir era el proceso de descolonización de Hong-Kong que negociaron Reino Unido y China.

                La fórmula que finalmente triunfó quedó plasmada en el Acuerdo de Nochevieja de 31 de diciembre de 2020: España renuncia a la cosoberanía. En ese Acuerdo, por ejemplo, se contemplaba que no habría policías españoles en las fronteras, cediendo el control de las mismas a FRONTEX, la agencia de la UE encargada de la inmigración ilegal. El vencedor se rinde al vencido, según feliz expresión de la catedrática de Derecho Internacional Público, Natividad Fernández Sola.  Para nuestro Gobierno el objetivo de la negociación no era la soberanía ni la integridad territorial, sino el vaporoso principio de “garantizar la prosperidad compartida” entre el Peñón y la comarca del Campo de Gibraltar. 

                El Acuerdo de Nochevieja era tan vergonzante para la UE que el Consejo de la Unión Europea (el Consejo de ministros comunitario integrado por un representante con rango ministerial por cada Estado miembro) otorgó el 5 de octubre de 2021 un mandato a la Comisión Europea para que lo renegociase. 

                En esa decisión del Consejo de la UE se daban directrices a la Comisión contrarias a los términos del acuerdo consentido por el Gobierno de España. A modo ilustrativo, se fijaba como meta la aplicación de las normas Schengen, situando los controles de entrada y salida en el puerto, el aeropuerto y las aguas de Gibraltar, bajo supervisión española, no de FRONTEX.  Justo lo contrario del Acuerdo de Nochevieja. La Comisión también debía asegurar que el acuerdo respetase el acervo comunitario sobre empleo, medio ambiente, fiscalidad, blanqueo de capitales…

                Pues bien, el pacto final entre la UE y el Reino Unido, aprobado el 1 de abril de 2026 por el Comité de Representantes Permanentes (el principal órgano preparatorio del Consejo de la UE), reproduce en gran parte los términos del Acuerdo de Nochevieja de 31 de diciembre de 2020. A modo de resumen podemos decir que, quizás por cansancio o por aburrimiento, las instituciones europeas claudicaron frente a la entente España-UK.

                La clara voluntad de perder del Gobierno español se tradujo, en términos formales, en que lo firmado fue un pacto entre la Unión Europea y el Reino Unido donde España no aparece, aunque fuese un acuerdo mixto que necesitaría la aceptación del Parlamento español por el grado en que el mismo afecta a la soberanía de nuestro país. El Gobierno se autoexcluyó de la ratificación del acuerdo y así evita que tenga que ser aprobado por nuestras Cortes.   

                El grado de humillación resultó tan evidente que el texto aprobado ni siquiera se publicó en español cuando el Ministerio de Asuntos Exteriores informó de la noticia en su página web el día 26 de febrero. Parece que la mala conciencia de los “nacionalistas extranjeros” (ocurrencia del socialista Léon Blum, primer ministro francés en los años 30 del siglo XX; que utilizaba para caracterizar a los comunistas de su país que defendían a la URSS contra los intereses de su pueblo) les impedía trasladar a la lengua de Cervantes el chafarrinón.

                El contenido del acuerdo son más del mil hojas de verborrea burocrática donde, entre otras cesiones, se legitima la ocupación ilegal del istmo que conecta el Peñón con la costa española, zona donde se ubica su actual aeropuerto. Al no quedar establecida la delimitación de Gibraltar en el nuevo acuerdo, y al no querer decir nada España sobre la controversia territorial, quien determina los límites del lugar es, y seguirá siendo, Gibraltar de forma unilateral, apropiándose “de facto” de espacios que no le fueron concedidos en el Tratado de Utrecht de 1713.

                La guinda del pastel es la reintegración de “facto” de Gibraltar (y por tanto, del Reino Unido) a la UE y al espacio Schengen después del “brexit”, pues desaparecen los controles de pasaporte y las barreras físicas en el cruce entre Gibraltar y La Línea de la Concepción. En curioso eufemismo, el Ministerio de Asuntos Exteriores español afirma en su página web que “en el ámbito de las personas, Gibraltar quedará conectado al espacio Schengen, sin formar parte de éste”.  Por tanto, a los británicos les basta para incorporarse a Schengen viajar hasta Gibraltar.

                Las consecuencias de “quedar conectado al espacio Schengen, sin formar parte de éste”, son que Gibraltar podrá seguir siendo un paraíso fiscal al no pertenecer formalmente a Schengen; aunque el nuevo acuerdo establezca un periodo transitorio para “armonizar” los regímenes fiscales europeos y gibraltareños.

                Hasta aquí la crónica de una traición que, después de la invasión de Ceuta los días 30 y 31 de julio de 2026, sólo supone un precedente de lo que está por venir.            

La diferencia entre Gibraltar y Ceuta

                Si el Gobierno, con todo a su favor, rechazó lograr la integridad territorial española aprovechando la situación creada por el “brexit”, no hay que tener dotes de adivino para deducir lo que hará con Ceuta y Melilla donde enfrenta a un enemigo que no ha tenido ningún problema en invadir el país.

                Como bien resumió un anónimo ciudadano ceutí en una pregunta que le hizo un reportero, «teniendo lo que tenemos no podemos esperar otra cosa».

                El caso de Gibraltar es completamente distinto del de Ceuta porque si ésta se entrega será para siempre.

                Sin embargo, Gibraltar puede recuperarse en cuanto algún Gobierno, da igual el color, tenga la voluntad política de hacerlo. Ni siquiera tendrían que ser imaginativos, pues el método a seguir es el que empleó China para fagocitar a Hong-Kong practicando la competencia fiscal.

                Recordemos que la China de Deng Xiaoping creó, hace casi medio siglo (1978-1980), unas llamadas “zonas económicas especiales» que no eran otra cosa que territorios de libre comercio con nula fiscalidad para las inversiones foráneas. Una de las áreas elegidas fue un antiguo puerto de pescadores, Shenzhen. El motivo no era otro que su cercanía a Hong-Kong, pues incluso tienen una calle común que divide los dos territorios. China entendió que integraría sin tensiones a la colonia británica si utilizaba sus mismas armas: libertad económica y bajos impuestos.

                Los hechos le dieron la razón a Deng, pues la «zona económica especial» de Shenzhen ha engullido en pocas décadas al paraíso fiscal de Hong-Kong.  Lo ocurrido era inevitable, pues a iguales condiciones para la inversión, la mayor superficie de la «zona económica» china terminaría noqueando a Hong-Kong.

                Extraigamos las consecuencias de este caso y apliquémoslas al contencioso de Gibraltar.

                Hong-Kong tiene una superficie de 1.108 km2 y 7 millones de habitantes.          Shenzhen una superficie de 2.020 km2, poco más de 30.000 habitantes antes de convertirse en “zona económica especial”, más de 8 millones en 2012 y más de 17 millones hoy.  El resultado fue que el antiguo pueblo de pescadores ha convertido a la antigua megalópolis británica en su «patio trasero», bastándole para lograrlo tener una extensión casi el doble de la de su competidor y ser competitivo fiscalmente. 

                Ahora comparemos la comarca del Campo de Gibraltar y el Peñón.

                El Peñón cuenta con una superficie de 7 km2 y 40.000 habitantes, siendo generosos.   El Campo de Gibraltar dispone de una superficie de 1.528 km2 y 280.000 habitantes, uno arriba uno abajo.

                Si los 2.020 km2 de Shenzhen superaron el poderío económico-financiero de los 1.108 km2 de Hong-Kong en menos de treinta años, ¿qué resistencia podrían oponer los 7 km2 del Peñón a la comarca del Campo de Gibraltar si éste combatiese con los mismos instrumentos tributarios que la base militar británica en suelo español? No creo que la pregunta necesite ningún comentario porque el éxito chino nos libera de tener que dar más explicaciones.

                A quien le parezca extravagante lo que comento, conviene recordar que las “zonas especiales” eran un elemento central de la estrategia del Gobierno Merkel para reactivar la economía de los países periféricos (ver el semanario “Der Spiegel” de 25 de mayo de 2012, cuyas revelaciones jamás desmintió ni confirmó la ex canciller).

                En definitiva, si ningún Gobierno ha querido recuperar Gibraltar cuando hacerlo sólo depende de su voluntad, ¿cuál creen que será el futuro de la ya invadida Ceuta y de Melilla, ambas reclamadas por un vecino hostil?

                Parece que la suerte está echada y sólo falta que el Gobierno venza las eventuales resistencias políticas o populares con toneladas de buena conciencia.

                En el caso de Gibraltar esas toneladas de buena conciencia las concentró el Gobierno en el eslogan de “garantizar la prosperidad compartida” entre el Peñón y la comarca del Campo de Gibraltar (?)

                En lo que respecta a Ceuta, después de la invasión remataron a la ciudad anegándola en buena conciencia utilizando el cuento de “los mil y un niños de Marruecos”, pero ese cuento se lo ha comido el lobo en pocos días con unas cuantas violaciones a mujeres.

                En cuanto las terminales gubernamentales encuentren otra fórmula menos burda para convertir la entrega de Ceuta y Melilla en un acto de bondad, otro “desastre del 98” se habrá consumado.

                Si el mito popular dice que en aquella ocasión los españoles estaban en los toros, ahora estarán viendo tik-toks presidenciales anunciando libros, discos o viajes a la nueva normalidad marroquí.

                Sin duda ninguna, progresamos africanamente.

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