Toda crisis política tiene un precedente cultural. Los que está ocurriendo en las últimas semanas con los miles de jóvenes marroquís que invaden Ceuta no sorprenderá a los seguidores de Morad, el exitoso rapero nacido en Cataluña cuyas canciones glamurizan el macarreo callejero. Su canción más célebre se titula “M. D. L. R” (2020), siglas francesas de “mec de la rue”, traducible como ‘chico de la calle’. Nada más publicarse, se convirtió en himno identitario para los jóvenes del Magreb que pululan por España sin oficio ni beneficio, interpelando a los españoles con el consabido “segarro, amigo”, mientras calculan cómo hacerse con el móvil de que quien les cede o niega un pitillo. “Que se junta con gente mixta/ que los problemas de dinero le despistan/ pero quiere ser el primero en la lista/ que vive entre chicos, pobres pero no pobrecitos/ a la policía le tiran pitos, en las paredes lo tienen escrito”, recita el rapero hispanomagrebí. Esta es la carta de presentación de Morad El Khattouti El Horami (Hospitalet, Barcelona, 1999), artista urbano de éxito notable, que actúa en locales tan enormes como el Movistar Arena de Madrid y recibe el patrocinio de marcas de primera fila, entre ellas Adidas, Nike y Lacoste.
Desde el comienzo de su ascenso meteórico, Morad contesta las entrevistas en plural, como hablando por él y por quienes se sienten como él. Tiene claro que representa a gran parte de los jóvenes inmigrantes de Marruecos. Cuando un periodista le pregunta por sus rimas contra la policía, sale del paso como buenamente puede. “Hay buena crítica policial. Está el que insulta a la policía por insultarla, por hacerse el chulo, y estamos nosotros, que no insultamos, estamos dando un mensaje de que no estamos bien con ellos, que la cosa va mal aquí. Solo digo que no tenemos trato por el maltrato con el que nos tratan. No es racismo, es otro nivel», balbucea. El entrevistador de El Periódico prefiere no pedirle ejemplos de actitudes policiales que le molestan, no vaya a ser que diga algo incómodo.
La charla con el diario catalán tuvo lugar en 2019: desde entonces el cantante ha sido arrestado media docena de veces, por comportamientos como usar una pistola taser contra agentes de los Mossos d’Esquadra (2020), amenazar de muerte a un policía local tras una discusión por un coche mal estacionado, conducir de forma temeraria sin carné y por incitar desórdenes públicos en su barrio (estas tres últimas detenciones, en 2022). Tuvo en breve ingreso en la cárcel de Brians 2 por saltarse un semáforo en rojo.
Mientras los grandes medios le presentan como “la voz de la calle”, miles de bafles portátiles y teléfonos móviles siguen atronando en bucle rimas como las de “Normal”: “Normal, lo-lo-lo-lo-lo/ Normal, le-le-le-le-le/ Odio a los azules, también a los picolos”, recita desafiante. En septiembre de 2025, el hermano de Morad fue detenido por rajar la cara de tres jóvenes en Molins de Rei, haciéndoles “la sonrisa del payaso” durante las fiestas patronales. El fiscal dictó ingresarle en el centro de menores Can Llupià de Barcelona. Aquí las cabeceras progresistas tuvieron que suspender su campaña para convertir al rapero en icono de la España multicultural.
Hablamos claro: Morad no es rapero brillante, pero sí competente. Su voz resulta reconocible, su flow aguanta y las historias que escoge tienen credibilidad. Ha ocupado un hueco que estaba vacío: narraciones de la vida cotidiana de los jóvenes migrantes de extrarradio en España. Engancha, sobre todo, a los adolescentes: una edad en la que somos vulnerables a la estética de los malotes y al victimismo en vena. La fórmula ya funcionó como un tiro en la Francia multicultural de los noventa, con grupos legendarios como IAM y Suprême NTM.
Al igual que en las banlieue, los barrios periféricos galos saturados de inmigración musulmana, la música de Morad apela a jóvenes que sufren un doble desarraigo: en Europa son considerados invasores por gran parte de la población, mientras que en África se les trata como a extranjeros. Lo que comparten los chavales es la sensación de vacío, la compulsión consumista y una intensa sensación de agravio, como si el país que los acoge les debiera algo que no les ha dado. Pasaba en Francia y ahora también ocurre en España.
El autor de “M.D.C.R” es el ídolo de millones de veinteañeros a ambos lados del Estrecho de Gibraltar, sobre todo en barrios populares (también es amigo de Lamine Yamal, que le invita a sus fiestas de cumpleaños). La juventud de Marruecos, y de gran parte de España, le escucha y le sigue. Según la Encuesta Nacional sobre el Empleo del Alto Comisariado de Planificación, equivalente marroquí a nuestro Instituto Nacional de Estadística (INE), en el país de Mohamed VI residían en 2023 un total de 1,5 millones de jóvenes de entre 15 y 24 años que ni estudiaban ni trabajaban, una cifra que se dispara a 2, 9 millones de jóvenes cuando se amplía el rango hasta los 29 años. En otras palabras, un tercio de los jóvenes están fuera del mercado laboral y también del sistema educativo. Toda una señal del fracaso, sobre todo si tenemos en cuenta que la economía del país crece a un ritmo del 3% anual, según cifras del Banco Mundial, (excepto en 2020 por la pandemia del covid).
Este 33,6% de media de paro juvenil casi triplica al índice que maneja el conjunto de la OCDE, que se sitúa en 12%. Incluso es superior a la media de la miserable región Oriente Medio y Norte de África. La cifra de paro en el país es del 9, 2%, pero entre los jóvenes de 15 a 24 años se dispara al 24, 9%. El dato más escalofriante, sobre todo desde la mentalidad europea, es que los jóvenes con educación superior están en un 59, 2% de desempleo. Según calculan los economistas, todo este desperdicio de talento juvenil le cuesta al país un 7, 5% anual de su Producto Interior Bruto. Situaciones como esta, unidas al subempleo que sufren también en España, son terreno abonado para el crecimiento de artistas como Morad, rebeldes con micro dispuestos a ajustar cuentas con cualquiera que les incomode.
Si echamos la vista atrás, hasta 2022, podemos intentar explicar por qué ha fallado la canonización progresista de un personaje como Morad. Ese año Jordi Évole le dedicó un episodio entero de su programa Salvados, en Atresmedia. Évole intentaba convertirlo en icono de la España multicultural de Pedro Sánchez y se encontró justamente lo contrario: un chaval que apreciaba –sobre todo– el arraigo, la familia y la patria. Arremetió contra los centros de internamiento de menores, por los que había pasado, porque defiende que un adolescente debe de estar con sus padres. También reveló que España no faltaban españoles que le ayudasen, por ejemplo una profesora que le compraba bocadillos para que no se sintiera menos que sus compañeros. Cerca de los veinte años, ya ingresaba “lo que un futbolista de primera división”, que si buscas un poco es alrededor de un millón de euros anuales. Morad admitió que se sigue sintiendo marroquí, a pesar de tener DNI español, y que su fidelidad está con Mohammed VI. Como la charla descolocó tanto a Évole, dedicó los minutos finales a preguntar a Morad por Vox, donde el rapero puso a escurrir al partido verde.
Lo que no hizo Évole en ese programa fue preguntar a ningún vecino de La Florida de Hospitalet de Llobregat (Barcelona). Una decisión extraña, ya que buena parte de la charla transcurría en sus calles, además de que la rentable empresa del periodista catalán se llama Producciones del Barrio S.L. La concejala del distrito IV de Hospitalet no pudo resistirse a replicar. “Es una lástima que no haya querido preguntar a la mayoría de vecinos del entorno qué piensan de este señor y los que le acompañan. Le podrían haber explicado las noches enteras sin dormir por el escándalo en la calle. La música a tope durante toda la noche, los contenedores quemados, y las llamadas que tienen que hacer a Guardia Urbana y Mossos, a escondidas, temerosos por las amenazas que les gritan. Imagino que para Évole contrastar estas declaraciones no tiene interés periodístico. A su disposición queda la Concejalía del Distrito si quiere, en cualquier momento, para ofrecerle otra versión”, ofrecía Lola Ramos Zafra en un post de la red social Facebook.
Otra vecina del barrio, Flor Correa, completaba el cuadro en la sección de comentarios: “Hay una romantización de la marginalidad en la entrevista con la que no estoy de acuerdo. A nadie le obligan a ser un delincuente. Ni la sociedad ni el racismo. Yo soy inmigrante y no me siento discriminada, porque trabajo, no robo, no tiro la basura ni orino en la calle, no voy a los gritos por la calle a las 3 de la madrugada. Hospitalet ha sido copada por el incivismo. El respeto por el prójimo y por el espacio en que convivimos todos no es una cuestión de piel ni de clase social”, defendía. En el actual ecosistema mediático, criticar a Morad te hace sospechoso de racismo y elogiarlo te da un sello de modernidad, de que estás “con los de abajo”, aunque no le traguen gran parte de los vecinos. Algo similar ocurre con los invasores de Ceuta.