Ceuta: niños sin vuelta al cole

Retorno a las aulas marcado por el miedo y el fuerte absentismo escolar

Entre el culmen de la leyendas infantiles –por encima incluso de los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez– estaba aquel señor, casi siempre embutido en una gabardina que, según la tarde, podía aparecer elegantemente vestido o, por el contrario, sin camisa ni ropa interior. Solía repartir caramelos en las inmediaciones de los colegios: a veces envenenados; otras, erecto. Con el tiempo –seguramente cuando me fui haciendo adolescente–, el mismo ser hipnótico había dejado las golosinas para comenzar a repartir droga. Algunos que aseguraron verlo afirmaron que estaba mucho más demacrado. Y no tenía nombre. Era, simplemente, el señor que repartía caramelos en las puertas de los colegios. 

Sea como fuere, en aquella época singular donde el que suspendía tres asignaturas repetía curso, no existió un solo caso de policía en la puerta de las escuelas, salvo si el agente iba a dejar o a recoger a su hijo, siempre vestido de paisano, generalmente sin gabardina. Ahora, sin embargo, y en pleno 2026 y en Ceuta, que sigue siendo Europa mal que les pese a algunos, llevar a los niños a aprender, a formarse, se ha convertido en lo más parecido a recogerlos un lunes a mediodía de un rave ilegal en medio de una era, entre Navalcarnero y Villanueva de Perales.

En pleno centro de Ceuta, donde la invasión marroquí ha masacrado los negocios que más facturaban, se sitúa el colegio Los Agustinos, donde a mediodía, los que estudian bachiller han salido a corroborar lo que hasta ahora hace que me duelan los ojos: unidades militares, una docena de hombres vestidos de verde; la catástrofe jamás imaginada en una de las supuestas democracias ejemplares, España, derrotada, a paso de tortuga, por la dictadura, no precisamente encubierta, del sátrapa Mohamed VI.

Que la vecina Marruecos sea la culpable de la orgía de hombres en edad militar que tratan de asentarse en España origina una pena muy grande, aquella que reconoce que si al final la niña se va a ir de casa por amor, que al menos el hombre seleccionado sea justo, digno, educado, limpio, bien vestido y con futuro, además de no roñoso, ni traficante o analfabeto soñando con que tampoco ostente numerosos antecedentes penales. 

Paco, que me atiende a cambio de no contarles que es militar –he preferido cambiarle el nombre–, me lo explica con más claridad que el prospecto del Ibuprofeno: “Cuando me formaba para ser lo que soy jamás pude llegar a imaginar que traería a mi hija al colegio escudado por militares”. 

Que coincida la mayor caída de la historia de la educación en España por los recientes resultados del Informe PISA, con el mayor tiempo desde Felipe González de socialismo en este país, gracias a Pedro Sánchez, a sumar que cada vez hay más extranjeros, legales o ilegales, ha redondeado el sueño de los talibanes: de aquí a poco ni siquiera hará falta quemar libros, porque algunos llevan años depositándolos en el contenedor de reciclaje de papel como si en realidad fueran los cartones de leche sin lactosa recién consumidos. 

Rosa, una madre, acude a las dos de la tarde a recoger a sus dos hijas. No me deja grabar su diatriba, pero a cambio, suelta varias perlas: “La mayor, de catorce años, me pregunta si estamos en guerra por tanto policía, guardia civil y militar; y la pequeña, directamente, me asegura que deben estar buscando una bomba en la ciudad”. 

La empleada de la seguridad privada del colegio Los Agustinos también tiene algo que contarnos: “Durante las vacaciones los invasores entraron en algunos colegios a defecar y orinar en las aulas que previamente forzaron. Además, hicieron fogatas para cocinar quemando sillas y pupitres”. Enfermedades como la sarna o la tuberculosis han regresado a Europa a través de Ceuta. Y justo durante estos días. Blanco y en botella. 

Por ahora, no aparecen cuando se pasa lista el 30% de los niños ceutíes matriculados en alguno de los centros educativos de la ciudad. Hay miedo, además de desesperanza al comprenderse de forma clara que no sólo no existe solución alguna sino que el problema, incluso, se ha arraigado. “Yo conozco a profesores que se han dado de baja por depresión –cuenta otra madre–, aunque lo peor está en el hospital, donde, sobre todo, los médicos de urgencia, no pueden más ante el aumento del trabajo y los numerosos casos de delitos sexuales, violaciones y heridas por arma blanca tras reyertas, algo que antes sucedía de pascuas a ramos en la ciudad”. 

Una semana después de la vuelta a las aulas, los protocolos y medidas de seguridad hacen aguas. Por ello, la comunidad educativa ha tenido que convocar una manifestación para protestar por esta situación, que está pervirtiendo aún más las futuras clasificaciones en matemáticas y comprensión lectora, donde España va a la cola. “Es muy difícil mantener la concentración tanto por parte del alumnado como por parte de nosotros –comenta un profesor–; y es normal, ya que si un niño no puede hacer vida normal –imposible ir a las playas y parques o salir solos a la calle cuando cae la noche– el maestro, también en graves dificultades, no tiene la capacidad suficiente para sacarlo de este bucle”. 

Las violaciones, muchas de ellas a menores, continúan con la flecha hacia arriba en Ceuta mientras Pedro Sánchez se pasea por los platós de su cuerda contando que todo está bajo control. Los futuros jueces, cardiólogos y maestros, por cierto, son justamente esos que hoy van –o aún no van– con miedo a las clases sin que nadie ponga remedio. Nuestro futuro en manos de Mohamed VI. 

Qué tiempos aquellos, donde el mayor peligro en los colegios era un tipo, que como la Virgen, se aparecía o poco o nunca. Qué tiempos aquellos en donde no se igualaba por abajo, no permitiendo que el tuercebotas ralentizara al resto de la clase. Y qué tiempos aquellos en donde  cuando Marruecos ocupaba un islote deshabitado, se cogía a los invasores de la pechera y se les devolvía a su país. Porque lo que antes era borrasca hoy es el clima habitual en una ciudad, Ceuta, convertida en estercolero humano, mal que les pese a algunos que consideran cualquier escrutinio de la realidad una tortilla trufada de racismo y nazismo. 

Paco, el militar que fue a recoger a su hija a Los Agustinos, cerró este artículo de forma prodigiosa: “Tanto preocuparnos por el cambio climático cuando el único cambio palpable de España está siendo Ceuta y nadie hace nada”.

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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